viernes, 4 de junio de 2010

96. NOSOTROS SOMOS LOS MARRANOS

Letra y música: Julio Haro.
Intérprete: El Personal.
Disco: No me hallo.



Nosotros somos los marranos,
nos divertimos como enanos.
Nosotros somos los cochinos,
nos divertimos como chinos.

Hay que acabar con esta Tierra,
desde la playa hasta la sierra.
Hay que acabar con el ambiente,
para que vean lo que se siente, ay, ay, ay, ay.

Nosotros somos los marranos,
nos divertimos como hermanos.
Nosotros somos los cochinos,
Nos divertimos como primos.

Hay que acabar con las especies,
con las aves y con los peces.
Que ya no quede nada vivo,
el bosque es nuestro enemigo, ay, ay, ay, ay.

Nosotros somos los marranos,
nos divertimos como enanos.
Nosotros somos los cochinos,
proliferamos como chinos.

Hay que acabar con el reino animal
y con la flora intestinal.
Hay que ponernos Odorono,
para acabar con el ozono, ay, ay, ay, ay.

Nosotros somos los marranos,
nos divertimos como enanos.
Nosotros somos los cochinos,
nos divertimos como chinos.

Hay que llenar el mar de orines,
para acabar con los delfines.
Hay que lavar con detergente,
para que se muera la gente, ay, ay, ay, ay.

Nosotros somos los marranos,
nosotros somos los cochinos,
Nosotros somos los marranos,
nosotros somos los cochinos.

Hay que acabar con esta Tierra,
desde la playa hasta la sierra.
Hay que acabar con el ambiente,
para que vean lo que se siente, ay, ay, ay, ay.


Siempre resulta complicado sopesar el humor cuando se trata de hacer comparaciones como las de este blog. Lo serio y lo cómico parecen incomparables. Lo humorístico siempre parte con una desventaja: la de sonar a intrascendencia. Si uno piensa en otras ramas del arte, resulta claro. Por ejemplo, muy rara vez una comedia gana un Oscar a mejor película. Lo curioso es que muchas grandes obras han sido esencialmente humorísticas, al menos en gran parte. En literatura podemos ejemplificar esto con el Quijote, con el Ulises de Joyce, y ni hablar de obras como el Gargantúa de Rabelais. Y sin embrago, sigue pasando: lo humorístico sigue subvalorado. En esta lista también pasó: varias canciones humorísticas fueron perdiendo lugares, hasta quedar fuera. Pero ni modo, el procedimiento así lo dictaminó, y como ya se explicó, se respeta.
Uno de los casos (sí los hay, a pesar de todo) en que el humor sobrevivió a la competencia, es esta canción de El Personal. Todo un experto en ligar rima tras rima, el desparecido Julio Haro desarrolla esta ironía sobre la inconsciencia ecológica. Asumiendo por un segundo la parte “marrana” que todos tenemos, pero que, asimismo, negamos, las estrofas abren las compuertas de nuestro verdadero comportamiento. ¿De veras nosotros NO somos los marranos? ¿De veras es siempre OTRO el culpable de la agonía del planeta? ¿De veras ese “LOS OTROS” no es realmente un “NOSOTROS”? A través de un reggae muy propio de su estilo, El Personal parece restregarnos la respuesta con una sonrisita en los labios, que significa simple y llanamente “a mí no me engañas, marrano”. Obviamente la ironía es la figura retórica fundamental de la rola. Pero al final los versos arman otra: el retrato, pero satírico, esperpéntico, a la manera de Valle-Inclán, y también de las rolas que son sus parientes cercanas: El contaminador de Naftalina y Cof, cof de Héctor Cruz (Ya nadie respira de MCC muestra la visión seria del tema). Este tono satírico, sumado a las impecables rimas de Haro, el ejemplo máximo de versificación del rock mexicano, le dan a Nosotros somos los marranos un aire muy cercano a la picaresca medieval, renacentista y aun posterior, como El Lazarillo de Tormes, El Periquillo Sarniento de Fernández de Lizardi, Rinconete y cortadillo de Cervantes, etc. Pero si el pícaro tradicional es siempre producto de su medio marginal, y la motivación única de su comportamiento es la necesidad de sobrevivir, en el caso de Nosotros somos los marranos no hay excusa: es la simple y llana inconsciencia, el egoísmo más bruto. Y lo peor de todo: las continuas palizas que el pícaro tradicional experimenta, en el caso de la canción de El Personal se vuelven impunidad absoluta, y que no se detiene nunca. El justo y doloroso sello de nuestro tiempo. De ahí que, por más risa que provoque el ingenio de la rola, hay una amargura muy tenue escondida, que queda en manos del escucha dimensionar.
Como dije, Nosotros somos los marranos es un reggae típico de El Personal. El arreglo es absolutamente distintivo de su estilo, con unos teclados que suenan más a melódica (si no es que de hecho lo es) que a sintetizador, y con una sección de ritmos casi caribeña, rica y jocosa (que no se pierde ni en los temas más “serios”, como No me hallo). La voz de Julio Haro, como siempre, es un juego de graves divertidos, y síncopas saltarinas, que aquí cumplen perfectamente su función humorística.
De esta manera, pese a que su sentido es quizá de los más transparentes de la lista, Nosotros somos los marranos posee agudeza y talento estilístico más que meritorios.

95. BLUES DE LAS VENTANAS

Letra y música: Enrique Pato Montes.
Intérprete: Trolebús.
Disco: Trolebús en sentido contrario.



Son las seis, el tiempo corre,
el timbre suena y corta
tu soñar.
El primer insulto al día,
entre lagañas, dices,
ya sin pensar.

Entras a la regadera,
bautiza el agua tu malestar.
Blandes la navaja de rasurar,
queriendo afeitar la realidad.
Te sirves un desayuno frugal,
la prisa es el café, es tu pan.
La oficina es el punto final,
ya se aproxima esa ola glacial.

Te suben al cielo en un elevador,
y bajan los bonos de tu corazón,
tecleando pantallas gandallas,
haciendo llamadas a fantasmas,
escribes la muerte en tu piel,
en tu piel.
Dime si tu mano aún vive,
o si ya sólo dices adiós.
Si bostezas el hastío,
quedó siempre el reloj,
o preguntas: “¿qué es lo que soy?”.

Para evitar claustrofobia
y ahuyentar la luz artificial,
una ventana pediste,
y te pusieron un fotomural.
Quieres sólo una ventana,
de perdida para saltar,
para que al menos te sientas,
te sientas muerto de verdad.

Te suben al cielo en un elevador,
y bajan los bonos de tu corazón,
tecleando pantallas gandallas,
haciendo llamadas a fantasmas,
escribes la muerte en tu piel,
en tu piel,
en tu piel.


Pese a ser en general un grupo de canciones humorísticas compuestas por José Luis Campos Choluis, Trolebús expone esta canción como doble excepción: es seria, y el compositor y cantante es el requintista Enrique Pato Montes (que pasó después a La Maldita vecindad y Los hijos del 5º Patio). A través de metáforas y prosopopeyas consecutivas, sencillas, pero bien logradas, la primera parte de la letra refleja la mañana monótona del oficinista hasta que llega a su trabajo. La desesperanza de los días repetidos, de la labor opaca, intrascendente, han eliminado cualquier anhelo; lo único que queda es un deseo de aire y luz de día, pero el oficinista no obtendrá ni eso en un medio deshumanizado y con el objetivo único de la productividad. Así, la ventana es el símbolo de un escape irrealizable: el aire, la luz, son en realidad máscaras que ocultan el verdadero deseo, el del fin, el de la puerta —la ventana— que termine con tanto tedio, aunque sea con una caída liberadora, al fin liberadora. Pese a que Trolebús ensayó un ángulo distinto para el mismo tema en la rola 7º piso (y que la comparación no deja de ser interesante), ésta sí compuesta por Choluis, sin duda Blues de las ventanas (título erróneo, porque no se trata realmente de un blues) es superior, tanto en su propuesta estilística, como en su intensidad emotiva. La calidad de la composición de Enrique Pato Montes sorprende, sobre todo si se compara con la otra canción que aportó al grupo: El anzuelo, más cercana al humor urbano y el mensaje directo característicos del grupo, pero por lo mismo menos atrevida en el uso de la elipsis narrativa.
La música y el arreglo son muy propios de una alineación de grupo urbano, y a pesar de los desajustes de volumen de una mala mezcla (lo que ocurre sólo con esta canción, además de Troleblues, que no pertenecían al LP original, sino que se añadieron para la edición del CD), su esencia más visceral le da a la melodía el tono de hartazgo y desesperación que su tema requería. Lo más original del arreglo es la breve introducción musical que imita el sonido de ese reloj que saca del sueño y lleva al protagonista a ese nuevo día que nunca quisiera que llegara.
En conclusión, Blues de las ventanas es la mejor muestra del lado más reposado y analítico de Trolebús, pero sobre todo del deseo de hacer algo más trascendente que la risa novedosa, quizá el obstáculo mayor de esta banda.

94. SÁCALO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Jaime López.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint en el disco En esta ciudad, pero si el arreglo del disco de Jaime López ya había bajado el nivel de la versión demo sólo con guitarra acústica, el de Cecilia es aún peor, pues el sintetizador con voces de cuerdas le restó toda la fuerza que la letra expresa.


Quiero decir que estoy harto de mí.
Si algo de ti permanece aquí,
sácalo, sácalo,
antes que me lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Si tuviera religión,
me pondría a analizar;
si tuviera ideología,
pondríame a rezar.

Quiero creer que revive el ayer,
pero la piel se volvió pared;
tírala, tírala,
saca la primera piedra;
tírala, tírala,
tira la primera piedra.

Si sumida en la prisión
te podías liberar,
¿por qué en la libertad
te vas a encarcelar?

Quiero decir que estoy harto de mí.
Si algo de ti permanece aquí,
sácalo, sácalo,
antes que me lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Mi enemiga no eres tú,
tu enemigo no soy yo:
el enemigo común
está alrededor;

sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Sácalo...

Sácalo de Jaime López es el hartazgo amoroso hecho canción. El hartazgo de no poder cerrar el círculo emocional tras el rompimiento, y del que no se termina de salir hasta no agotar los argumentos que expliquen el fracaso. Pero la trampa es que nunca habrá argumentos que alcancen para el que todavía ama; sólo resta desear apasionadamente que esa cadena se rompa al fin. Qué tanto se deseará, que incluso se pide ayuda a la persona amada misma, se le pide una ayuda para quedar libre, pero sólo como apóstrofe, desesperado, inútil. No obstante, es justo ese el rasgo distintivo de Sácalo, y la diferencia con otras canciones de López con el mismo tema, como El hombre de Wall Street y Ella empacó su bistec. Y acudir a la persona perdida no sólo es un original recurso literario, sino un ejemplo de humildad y sobre todo de sensibilidad. No extraña entonces que la línea lo exprese: “mi enemiga no eres tú, tu enemigo no soy yo: el enemigo común está alrededor”. Es decir, la auténtica visión madura de la ruptura, que sabe diferenciar lo que muy pocos: que el que opina, ve las cosas o toma decisiones de manera distinta no es por ello un equivocado, sino sólo alguien que disiente, desde otra línea igual de válida. Obviamente no cualquier ruptura permite tal sensatez; por eso mismo, Jaime López y el resto de los autores pueden explorar en otras canciones los distintos grados. Por otro lado, la propuesta poética de Sácalo se centra en el retruécano de sus estribillos, muy inteligentes y estupendamente trabajados, que sin duda recuerdan los famosos de varios sonetos y redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz. A través de esta figura retórica, Jaime López muestra, además, cómo la alteración lógica refleja la propia del amor frustrado, de ahí lo atinado de su elección. De hecho, López siempre se ha caracterizado por la exploración de distintas figuras literarias principales, de rola en rola, lo que sin duda ha enriquecido ampliamente su propuesta artística.
Por su parte, la música de Sácalo refleja la gradación emocional que se va desarrollando en la letra: parte casi como una balada-rock, hasta terminar de manera energética, incluyendo un coro a capella, luego del cual reaparece el arreglo instrumental fuerte. Como ya dije antes, la primera versión de esta canción, grabada en radio, era sólo con guitarra y voz. La versión del disco incluye un acordeón, lo que, a mi juicio, fue una mala elección, pues le resta fuerza, por el tono más propio de la canción humorística o liviana norteña que dicho instrumento provoca. Pero pese a ello, la garra de la voz de López fortalece totalmente la rola, que surge auténtica, profunda, y sobre todo, muy sentida.

93. SOLARES BALDÍOS

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: El profeta del nopal.
También
Nina Galindo grabó una versión para el disco de homenaje a Rockdrigo, llamado A ver cuándo vas…, grabado por varios músicos del movimiento rupestre.


Ella estaba sentada
en un jardín de sopor;
sentada sobre la nada,
viendo fantasmas de amor,
con los dedos amarillos
por los cigarrillos
y excesos de ron.

Cruzan mi mente solares,
solares baldíos de amor.

Ella se mece en su hamaca,
enredada en el tiempo,
con la mirada ya flaca
por quien nunca regresó.
Dicen los niños que juegan
a ver quién atina a los vasos de ron.

Cruzan mi mente solares,
solares baldíos de amor.

Es un cometa la imagen,
es un mapa de vapor.
“Voy por cigarros”, le dijo,
se puso el sombrero y jamás regresó.
“¡Ya no arañe las nubes!”,
le recetó algún doctor,
pero ella estruja lugares
que dan a solares
baldíos de amor.

Fue a sacudir al tendero,
al policía y al dolor,
pero de aquel paradero
sólo silencio encontró.
Los días eran sospechas
de algún enemigo con el odio a flor.

Eran su vida solares,
solares baldíos de amor.

Supo de alguien que sabía
adivinar el color,
y en un teléfono viejo
ella escupió su dolor.
“Miles de gentes perdidas”,
le dijo un lejano interlocutor.

Eran su vida solares,
solares baldíos de amor.

Es un cometa la imagen,
es un mapa de vapor.
“Voy por cigarros”, le dijo,
se puso el sombrero y jamás regresó.
“¡Ya no arañe las nubes!”,
le recetó algún doctor,
pero ella estruja lugares
que dan a solares
baldíos de amor.

Solares baldíos,
baldíos de amor.
Solares baldíos.


En las entrevistas y conciertos que tuvo en vida, Rockdrigo siempre dividía sus canciones entre “urbanas” y “humanas”. Así, el humor era su característica, pero no la única. Solares baldíos lo demuestra. Una vez más, como tantas, se narra una historia (o una hurbanistoria, como propuso ortográficamente Rockdrigo); en este caso, la de la mujer abandonada, pero sin explicación, sin que se sepa el destino de la pareja, que sólo desapareció (Jaime López retomó el tema recientemente, en su rola Por cigarros a Hong Kong, grabada en el disco Nordaka junto a Eulalio González Piporro). La angustia y las miserables esperanzas resultantes llenan la vida de la abandonada, pero la llenan de vacío realmente, y la paradoja consume el alma, los nervios y los años de la mujer. Todas esas emociones las refleja poéticamente la letra, con imágenes muy ricas y modernas (como las metáforas “jardín de sopor”, “mapa de vapor” y obviamente “solares baldíos de amor”, y las prosopopeyas “escupió su dolor” y “estruja lugares”, además de adjetivaciones y comparaciones). De esta manera, la verdadera división de las canciones de Rockdrigo tiene más que ver con la elección entre complejidad formal (como en Rock en vivo, Tiempo de híbridos y Solares baldíos), o un lenguaje más directo, de impacto inmediato (como en Oh, yo no sé, El feo o Asalto chido). Obviamente muchas veces coincide esta división con la diferencia entre canciones de humor y más serias, pero no en todos los casos. Pero como sea, Solares baldíos es una de las canciones donde Rockdrigo explora más los límites estilísticos, sin que ello impida que logre un fondo profundo, y una delicadeza muy lograda ante la tragedia cotidiana, absurda y aplastante de la protagonista. Una verdadera pieza de empatía, la rola resulta conmovedora, y la desesperación y la soledad que se vuelven alcoholismo se reflejan sin obviedades sensibleras, en aras de un tratamiento mucho más profundo.
La música es una pieza clásica de rock rupestre, donde la guitarra sola tiene que encargarse de llenar lo que un arreglo más elaborado, eléctrico y con recursos de estudio, facilitaría. Rodrigo González suple esta carencia muy eficientemente, con cambios de ritmo y énfasis, con punteos y viajes de lo más agudo a lo grave, del arpegio al golpe de guitarra, y todo esto ajusta la concordancia con las complejidades emocionales del personaje principal de la letra. Una de las grandes del Rockdrigo.

92. LA RATA INMIGRANTE

Letra: Gerardo Meneses.
Música: Jorge Meneses.
Intérprete: Lucerna Diogenis.
Disco: Nube.



Llega La Rata Inmigrante.
Es una voz venida a más,
un lienzo que hiere, ensucia y arde,
que de repente ya no está.
Llega La Rata Inmigrante,
sin muda alguna, para qué…
No tiene un orden, es de nadie.
Cuando la buscas, ya se fue.

Rata corriendo en las paredes,
fotografiando una verdad,
acelerando lo que quieres,
desbaratando ingenuidad.
Bien no se sabe tú quién eres.
Tu no-gobierno es claridad.
Bien no se sabe tú quién eres.
Tu no-gobierno es claridad.

Llega La Rata Inmigrante.
Es una voz venida a más,
un lienzo que hiere, ensucia y arde,
que de repente ya no está.
Llega La Rata Inmigrante,
sin muda alguna, para qué…
No tiene un orden, es de nadie.
Cuando la buscas, ya se fue.


No son muchos los grupos formados por hermanos en el rock mexicano. Pero de hecho eso tampoco es muy común en el rock internacional. En general los ejemplos son mínimos y malos: los Beach Boys (de los pocos casos que pasaron de la intrascendencia del sonido surf californiano a la fabulosa búsqueda de Pet sounds), los dañinos para el rock Bee Gees, los Jackson Five, más recientemente ese monumento a la autocomplacencia y la pose llamado Oasis, y párale de contar. Quizás es mucho pedir que dos miembros de una misma familia tengan el suficiente potencial creativo. En todo caso, en México se ha dado más en la música comercial, como los horrendos Hermanos Zavala y los Hermanos Castro, o en la época del rock’n’roll, los Hermanos Carrión.
Por eso es un tanto extraño el caso de Lucerna Diogenis (que significa La lámpara de Diógenes en latín, nombre basado en la anécdota del filósofo griego Diógenes de Sínope, que, paseándose con una lámpara encendida a pleno día, decía “busco un hombre”, es decir, un ser humano de verdad, y no sólo de nombre), formado por los hermanos Gerardo y Jorge Meneses. Ambos han grabado discos como dúo, y también como grupo más grande, y primero como Boleto del Metro, nombre con el que quizá se les conoce más. Curiosamente dieron un salto del rock urbano de garaje, casi amateur, al más complejo, incluso progresivo, como el caso de La Rata Inmigrante.
Quien oiga esta canción, pero no tenga el disco Nube de Lucerna Diogenis, seguramente tendrá dificultades para entender la letra. En el cuadernillo del CD se explica que La Rata Inmigrante es un periódico mural estudiantil anarquista. La letra de esta rola es sencilla, pero bien lograda, y se limita a describir lo señalado: el espíritu rebelde de una manifestación sociopolítica clásica de los estudiantes universitarios, sólo que del lado más clandestino y fugaz. Para concordar con esa misma fugacidad, Gerardo Meneses escoge un lenguaje muy conciso, y las figuras retóricas son más bien parcas, limitadas a unas cuantas prosopopeyas, una gradación y algo más por ahí. No obstante, el efecto, casi de foto instantánea, es preciso, contundente, cuidadosamente elegido, como puede corroborar una comparación con otras canciones de Lucerna Diogenis.
Pero quizá lo más importante de La Rata Inmigrante es cómo, a partir de una melodía de sólo 4 acordes, el grupo (en el disco Nube, donde está esta rola, es en realidad un dueto) logra construir un arreglo muy elaborado de rock progresivo, con un bajo potente y certero, un estupendo solo de guitarra electroacústica, batería electrónica y sintetizadores atmosféricos vanguardistas (pese al ligeramente titubeante solo de teclado), al estilo de músicos como MCC, Juan Valdez y Eblén Macari. Y todos estos instrumentos ejecutados por una sola persona, Jorge Meneses, creador de la música (sorprendentemente la música de todo el disco Nube la ejecuta Jorge —salvo la batería electrónica y algún teclado del invitado trovador argentino Cacho Duvanced—, y Gerardo sólo canta algunas rolas, lo que inevitablemente lleva a recordar el primer disco solista de Paul McCartney). Por último, La rata inmigrante tiene un par de méritos adicionales: primero, la armonía del estribillo, a dos voces, una de las cuales es reconocible, la de Fausto Arrellín, del grupo Qual (el grupo de Rockdrigo en vida), además de la segunda aguda de otro hermano Meneses, Raúl, como músico invitado. El otro mérito es el efecto de explosión al final, casi futurista, como recurso de estudio muy propio del progresivo, y que recuerda el final de El chime de los tucanes de MCC, en la versión del CD MCC 1980/1984, así como otro, intermedio, de otra rola de MCC: El muro.
Por ello, y pese a su innegable valor poético, La Rata Inmigrante de Lucerna Diogenis es un buen ejemplo de una canción con mérito principal en la potencia de su arreglo. Una de las mejores canciones del progresivo mexicano.

91. SÓLO LA LLUVIA

Letra, música e intérprete: Rafael Catana.
Disco: Polvo de ángel.



Ella se desnuda como una ola,
mientras el radio suena,
y mi cuarto parece porche,
estacionamiento de corazones
en donde cruza el amor.

Ella se desnuda, y yo soy una rocola,
un camino de polvo,
Pedro Infante de pelo largo,
y el radio suena.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.

No llores muchacho, no llores.
No lloren muchachos, no lloren.

Tal vez, atrapado en la sombra,
ella se vaya sin avisar.
Aquí no es la terminal:
es el camino de la vida y de la muerte,
la muerte en la ciudad.

Ella se desnuda, y yo soy una rocola,
un camino de polvo,
Pedro Infante de pelo largo,
y el radio suena.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.

No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.


En esta balada-rock Rafael Catana, uno de los mejores letristas mexicanos, nos da su propia visión del rompimiento amoroso. A pesar de su coincidencia en la marginación, pues da la impresión que la pareja forma parte de la juventud más contracultural, las diferencias propias de los géneros ante la cultura imperante llevarán a la separación final. No obstante, no se explica demasiado la causa; sólo se sugiere, y la letra se centra en que, si en pareja cuesta resistir los embates de la deshumanización citadina reinante, a solas todo empeora. Ahora habrá que seguir llorando, pero solos. Como siempre, Catana maneja impecablemente la elipsis, y es a través de los indicios que podemos encontrar la plenitud del significado y la riqueza poética de la rola, porque sabe ocultar cuidadosamente su trasfondo, para no obviarlo. En Sólo la lluvia es a través del retrato de la pareja primero, pero sobre todo del protagonista después, que podemos entender su contexto, sin que se nos tenga que decir plenamente, gracias al control de los indicios del autor. Con gran sabiduría, Catana maneja este estilo bien graduado, contenido, para elevar la belleza poética de la canción. La frase “aquí no es la terminal: es el camino de la vida y de la muerte”, funciona casi como moraleja, la tabla reflexiva para los náufragos del amor, que tan acertadamente analizó Jaime Sabines en su famoso poema Los amorosos. De esta manera, Rafael Catana nos entrega en Sólo la lluvia una rola muy sensible, para añorar a la mujer perdida con la luz apagada del cuarto al alba, porque todo rockero mexicano es justo lo que dice, al menos interiormente: un “Pedro Infante de pelo largo”, sufriente, trágico y entregado, aunque sea por distorsión idiosincrásica.
Como en toda balada-rock, la melodía de Sólo la lluvia es cálida y sin muchas ambiciones, pero la voz rasposa de Catana, más el requinto profundo de José Luis Domínguez (guitarrista de Cecilia Toussaint desde el grupo Arpía) le dan ese toque rocanrolero que perfila a los personajes como miembros de la subcultura urbana. El final en fade-out de la letra, repitiendo una y otra vez “no llores, muchacho, no llores”, desvaneciéndose hasta dejar solos a los instrumentos, magnifica la melancolía del tema, para cerrar el círculo de la catarsis, como una analogía del amor que se va, que se ha perdido para siempre.

jueves, 3 de junio de 2010

90. TIEMPO DE HÍBRIDOS

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: El profeta del nopal.
También existe una versión del dueto
Callo y Colmillo, es decir, Nina Galindo y Roberto Ponce, grabada en Radio Educación. Y Nina la grabaría sola finalmente en el disco Antes del toque de queda.


Era un gran rancho electrónico,
con nopales automáticos,
con sus charros cibernéticos
y sarapes de neón.
Era un gran pueblo magnético,
con marías ciclotrónicas,
tragafuegos supersónicos,
y su campesino sideral.
Era un gran tiempo de híbridos.
Era Medusa anacrónica,
una rana con sinfónica
en la campechana mental.

Era un gran sabio rupéstrico
de un universo doméstico,
pithecanthropus atómico, era
líder universal.
Había frijoles poéticos, y también
garbanzos matemáticos
en los pueblos esqueléticos, con sus
guías de pedernal.
Era un gran tiempo de híbridos,
de salvajes y científicos
panzones, que estaban tísicos
en la campechana mental,
en la vil penetración cultural,
en el agandalle trasnacional,
en lo oportuno norteño imperial,
en la desfachatez empresarial,
en el despiporre intelectual,
en la vulgar falta de identidad.


La relación entre rock y Surrealismo ha sido más bien tangencial. Quizá fue John Lennon quien más la buscó, con canciones como I am the walrus, Glass onion, Come together o A day in the life, donde realmente hubo una serie de asociaciones cercanas a la escritura automática, que buscaba la verdadera expresión del subconsciente. Así que seguramente sería más lógico hablar de influencia surrealista, más que de canciones realmente surrealistas. No toda la gente entiende la diferencia, lo que explica que se incluyan en la misma lista lennoniana canciones que evidentemente tienen un “tema”, es decir, un claro uso de la razón, por más audaces que sean sus imágenes, como Lucy in the sky with diamonds, Strawberry fields forever o Being to benefit of Mr. Kite. Lo mismo podría decirse de la confusión del mismo André Breton, cuando afirmaba que Frida Kahlo era surrealista. La relación con el Surrealismo tampoco se dio demasiado en el rock mexicano. Quizá el caso más notorio es el grupo de canciones del disco Del surrealismo, la picaresca y el humor, de José de Molina y Los Nakos (ninguna logró quedar en la lista final, lamentablemente, pero hay canciones bastante buenas en este disco, como El asesino de la televisión, La modista, y las cercanas a lo surrealista Pasitas, y la ya mencionada Canto a tus vísceras).
Dentro de las canciones de influencia surrealista sobresale Tiempo de híbridos de Rockdrigo. La letra es muy original, una sucesión de metáforas formadas por elementos autóctonos o folclóricos por un lado, y por referencias tecnológicas por el otro; mezcla que crea imágenes insólitas, surrealistas, compuestas básicamente de esdrújulas enigmáticas, que recuerdan vagamente el poema La rosa de Hiroshima de Vinicius de Moraes, pero con carga menos obvia, y además, humorística. Estas metáforas, estos híbridos entre tradición local y futurismo ajeno encierran el tema de la rola: el gran híbrido en que se ha convertido México por el colonialismo cultural que padece ante los vecinos del norte. Esta nueva Conquista ha creado auténticos monstruos contradictorios y sincréticos; el acceso del tercer mundo a la tecnología, sin un auténtico desarrollo económico y educativo que lo acompañe, sólo ha propiciado una población de burros que tocan la flauta. Es decir, híbridos, absurdos, risibles. La antigua y asfixiante dependencia económica que Estados Unidos ata a nuestro cuello se ha extendido a lo cultural, pese a que el avance de la mano de obra hacia el otro lado significa también una velada reconquista de los territorios arrebatados (la tesis esperanzadora es de Carlos Fuentes, no tanto mía). Pero en todo caso el resultado de este trasvasije es lo que Rockdrigo retrata, con humor despiadado y originalidad innegable. Pero además, para ello se vale de un manejo del lenguaje muy destacado, de gran inteligencia, que esconde muy atinadamente su contenido como una bomba de tiempo, de tiempo de híbridos. Así, esdrújulas precisas, metáforas alucinantes y adjetivaciones estrambóticas se mezclan en una gran elipsis, en un intenso despliegue de recursos estilísticos ocurrentes y, para colmo, certeros. Quien pescó el fondo, que lo disfrute; quien no, se lo pierde, problema suyo.
Pero también la música es certera. También es un híbrido. La introducción está conformada por ascendentes figuras bitonales propias de la canción ranchera (similares a las de Renunciación, Plegaria guadalupana, Las rejas no matan, Un cancionero lloró, Que te vaya bonito y muchísimas más, y copiada después por Caifanes en La célula que explota). Pero inmediatamente la guitarra acústica rompe en un aporreo, y la armónica remata el salto a un ritmo de rock; en él se desarrolla el resto de la canción, hasta que el final retoma la figura ranchera. Es decir, también la música retrata el híbrido entre tradición folclórica e influencia extranjera (tengo clarísimo que casi toda música es de por sí un híbrido, incluyendo la ranchera y el mariachi). Es decir, Rockdrigo no hace una canción ranchera con letra de rock (como sí lo hace Jaime López en ¡Ay, que dolor vivir!), ni tampoco modifica una canción ranchera con música rockera o bluesera (como hace Betsy Pecanins en todo el disco El efecto tequila). No, aquí se trata de fusionar ambos espíritus totalmente, de crear un híbrido. No podría haber mayor concordancia entre letra y música. Y como en el mejor rock, sin moralina, simplemente reflexionando sobre una realidad, y expresándola con una búsqueda formal propia.

89. LA ESCENA ME TRASPASA EL CORAZÓN

Letra y música: Jaime Moreno Villarreal y Guillermo Briseño.
Intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco.
Para este análisis tomo la versión grabada para
Radio Educación. También existe la versión de Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Esta valiendo… el corazón.


Sobre la cama, anchamente,
me la paseo esperando un phone,
y bostezando ampliamente,
prendo la televisión.
He descubierto que me duele,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Si se supone, vagamente,
que yo vivo del rock,
¿por qué será que diariamente
me la paso en el colchón?
Como que no le importa a nadie,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Quiero mi lira, y una bataca,
tráiganme un pantalón.
Abran la puerta, que entre la gente,
ya va a empezar la función.

Soy un enfermo reincidente,
eso me ha dicho el doctor.
Siempre me apañan gachamente
en los conciertos de rock.
De la ambulancia soy el cliente,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

El corazón.
El corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.


La escena me traspasa el corazón posee una letra dura, directa, no muy común en la obra del también poeta Jaime Moreno Villarreal, aunque aquí se trata de un tema compuesto con Guillermo Briseño (quién sabe qué tanto es de cada uno). El tema es doloroso: el rockero ante el espejo, ante su situación desfavorable en México (salvo los pops), país dominado absolutamente por la música comercial y los medios que la encajan en la gente. Sin disqueras. Sin promociones. Sin productores que pongan la lana. ¿Qué queda? Nada, migajas, espacios ínfimos para manifestarse, incluso agresiones de ese público para el que se toca, y que ni valora, ni agradece, ni escucha realmente. Como dice el rockero protagonista de la novela Polvos de la urbe, de Víctor Roura: “a fin de cuentas, ¿para qué tocar? Para unos cuantos canallas...”. Y aunque el músico de rock mexicano lo tiene clarísimo, lo sabe de antemano, no deja de dolerle. Por ello, Moreno Villarreal deja por un momento su estilo poético elaborado y sutil (sin que falten los detalles formales bien cuidados, como el recurso estilístico de los adverbios terminados en mente), para entregar una rola que golpee, que cumpla al máximo su función: el desahogo, libre, puro, rudo, sin tropos que suavicen el fondo doloroso, como una especie de escape, de ruptura. Ya habrá tiempo y canciones para sutilezas…
La música de La escena me traspasa el corazón es también directa: una guitarra acústica, que nos recuerda, por ejemplo, que los rupestres lo eran por falta de medios para la instrumentación eléctrica, y no por un purismo folk al estilo de los que pifiaron a Bob Dylan en Newport. El rasgueo, de golpes entrecortados, le imprime un aire visceral, casi furioso, pero en el estribillo el ritmo rocanrolero parece reafirmarse, como si asumiera su esencia pese a todo, como si sacara el orgullo. Por ello, al final letra y música forman un nudo de catarsis pura, un desahogo que parece decir: “¿ah, sí?, ¡pues a la mierda todos!”.

88. LOS INTELECTUALES

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Aventuras en el DeFe.



En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
Se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos,
pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos.

Los veías en los cafés, llenos de libros profundos,
y en eventos culturales olías conceptos rotundos.
Constantemente escribían poemas y cuentos cortos,
y aunque no los comprendían, se quedaban como absortos.

Si veías tal escritura, te sentías medio atontado,
porque con tal estructura te ibas bien apantallado.
No sabías si eran marcianos, mexicanos o europeos,
ángeles, diablos o enanos, cardíacos o prometeos.

Y así estos tipos extraños siempre estaban cavilando,
y hasta cuando iban al baño se la pasaban pensando.
Pensaban cuando comían, en la esquina, en el avión;
pensaban cuando dormían, pensaban en el camión.

Y entre tanto pensamiento, análisis y estructura,
decían conocer la neta y hasta también la locura.
Pero al llegar a su casa se liaban con su mujer:
sintiéndose de otra raza, nunca daban pa’ comer.

Ya que en un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.


Todos los que, de una manera u otra, trabajamos en el ámbito intelectual, nos hemos estremecido con esta bofetada de Rodrigo González, el Rockdrigo. Su canción Los intelectuales es absolutamente certera, como una bomba terrible. Siempre he querido saber qué experiencia pudo inspirarla, cómo se le ocurrió, qué desató este mazazo. Y varias veces he tratado de objetarla: que es injusta, que ya tenemos suficiente con la falta de oportunidades, que uno se esfuerza por acrecentar el uso de la inteligencia. Etcétera, etcétera, etcétera. ¿Pero saben qué?, es INAPELABLE. Simple y sencillamente inapelable. No sé por qué, pero siempre la relaciono con la frase del poema de Vinicius de Moraes: “para vivir un gran amor (…) hay que (…) saber ganar dinero con poesía”. Y yo, que aún no sé hacerlo, sigo sangrando con cada estrofa de Rockdrigo. ¿Qué lo llevó a ponerse “del otro lado”, uno que nunca reflexionamos, y que menos criticamos? No podremos saberlo, pero sí podemos apreciar de nuevo un arranque de originalidad, un mito derribado, una nueva máscara que cae. El mensaje es claro: quien sólo se queja, es cómplice, no víctima. No basta con padecer la incultura popular ni encerrarse en la inconexión con la realidad práctica. Rockdrigo lo decía: “ha llegado la hora de modificar las estructuras”. Quizá se hartó de ver cómo se rendían todos, se resignaban, se quedaban en la queja, y por eso creó esta pequeña terapia de shock, este electroshock. O mejor dicho, como buen rupestre, un acustishock. La explicación se perdió con él bajo las ruinas del terremoto de 1985.
La música de Los intelectuales es sólo un rocanrolito clásico en 4/4, y el toque más rupestre, más precario aún, es el sonido gutural que sustituye el inalcanzable trombón o saxofón. Porque la paradoja es que tampoco él daba mucho “pa’ comer”, también él padeció esa precariedad, y quizá la explicación más lógica es que, al final, y al estilo de John Lennon, todo es sólo una impecable, genial y despiadada autoironía.

87. VIOLENCIA, DROGAS Y SEXO

Letra y música: Alejandro Lora y Guillermo Briseño.
Intérprete: El Tri.
Disco: Simplemente.
También existe la versión de
Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Está valiendo… el corazón.


Yo conocí una productora,
en un estudio de televisión,
que le gustaban las pistolas
y los rifles de grueso cañón.
Para ella ver Los intocables
era el máximo reventón.
No se perdía Los intocables
ni aunque la invitaras a un reventón.

Ella me dijo: “si le cambias a tus rolas,
yo te voy a lanzar,
vas a llegar a las estrellas
y en el cielo vas a tocar,
y vas a tener más audiencia
que El club del hogar.
Vas a tener más audiencia
que El club del hogar”.

Violencia, drogas y sexo,
es como el rock’n’roll.
Violencia, drogas y sexo,
es el camino del gol.

Ella me dijo: “a mí me pasa tu onda,
pero a la demás gente no,
y el más picudo licenciado de la tele
ya se peinó.
Si quieres cántale tus rolas,
pero no las cantes en español.
Cántale tus rolas,
pero no las cantes en español”.

Violence, drugs and sex,
just like rock’n’roll.
Violence, drugs and sex
,
es el camino del gol.

Violencia, drogas y sexo,
es como el rock’n’roll.
Violencia, drogas y sexo,
es el camino del gol.

¡Gol!
¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!
¡Gol!

La fusión entre el ingenio de Guillermo Briseño y el color urbano de Alejandro Lora no impide que uno note que la influencia del primero saca a flote lo mejor del segundo, eso que ha ido dejando en el camino de la repetición de la misma rola, del conformismo y la concesión fácil a la banda. Es evidente que Briseño se encarga de la elipsis de la ironía (que Lora siempre obvia cuando trabaja solo, hasta caer en la moralina ultradigerible del mensaje). Por eso el resultado es brillante en Violencia, drogas y sexo. La petición de la productora al rockero duro que canta “violencia drogas y sexo, es como el rock’n’roll” es tan ridícula como familiar. Vemos una vez más cómo los medios están en manos de personajes que no tienen ni idea, sin preparación ni sensibilidad: puede darse cualquier mensaje, incluso áspero, siempre que no se entienda. Por ejemplo, en inglés. Pero también vemos la rendición del que carece de la firmeza necesaria en sus convicciones. Asistimos, entonces, al trueque de vergüenzas, al lamesuelismo y la pasteurización de la conciencia propia de disqueras, radiodifusoras payoleras, canales de tele, instituciones de la cultura oficial, teatros y auditorios. Pero, gracias a la parte de Guillermo Briseño, el verdadero fondo hay que descubrirlo debajo del guiño irónico.
La música de Violencia, drogas y sexo es potente y agresiva, rock'n'roll puro al estilo clásico de El Tri, con sus respectivos solos de requinto y sax. La voz de Alejandro Lora ayuda a “ver” al rockero protagonista, de manera más lograda que en la versión de Briseño. Sin duda una rola muy placentera.