Mostrando entradas con la etiqueta ROBERTO GONZÁLEZ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ROBERTO GONZÁLEZ. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de junio de 2010

102. CIPRIANO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ (bonus track)

Letra y música: León Chávez Teixeiro.
Intérprete: Gabino Palomares.
Disco: Fabricando la luz.
Obviamente también existe la versión del autor, que puede apreciarse en el CD
De nuevo otra vez, pero en mi opinión esta versión supera a la original. También existe una reciente versión de Roberto González, en el disco homenaje a Chávez Teixeiro llamado La chava de la Martín Carrera.


Cipriano Hernández Martínez
se volvió a levantar,
dizque se desayunó
y se fue a trabajar.
Cuando llegó al lugar
le pidió a su patrón
que le aumentara el jornal.
Su patrón se le negó:
“Las cosas andan muy mal…
Cipriano Hernández Martínez,
te aumentaré tu jornal
si me señalas muy bien…
si me señalas muy bien
quién me va a alborotar”.

Cipriano Hernández Martínez
se volvió a levantar,
dizque se desayunó
y se fue a trabajar.
Cuando llegó al lugar
se encontró a Juvenal.
Juvenal era un hombre,
era un hombre muy cabal.
Juvenal era un hombre,
era un hombre muy cabal.
“Cipriano Hernández Martínez”
—lo invitaba Juvenal—,
“únete al movimiento,
únete al movimiento,
la huelga ya va a empezar,
la huelga ya va a empezar”.
Cipriano Hernández Martínez
le replicó a Juvenal:
“las huelgas no dejan nada,
las huelgas no dejan nada.
Siempre que llego a mi casa
encuentro bocas que llenar.
Siempre que llego a mi casa
encuentro bocas que llenar”.
“Cipriano Hernández Martínez,
¿cuándo podrás entender
que lo que gana el patrón
más la limosna que da
lo fabricamos los hombres
que te invitan a luchar,
lo fabricamos los hombres
que te invitan a luchar?”.
Cipriano Hernández Martínez
se largó a emborrachar,
a visitar al patrón,
a acusar a Juvenal.
Y le pegó a su mujer,
y a sus hijos traicionó.
Y le pegó a su mujer,
y a sus hijos traicionó.
Cipriano Hernández Martínez
le tenía miedo a su patrón.
Cipriano Hernández Martínez
había vendido su valor.

Cipriano Hernández Martínez
se volvió a levantar,
dizque se desayunó,
y se fue a trabajar.
Cuando llegó al lugar,
los soldados se llevaban
al valiente Juvenal,
los soldados se llevaban
al valiente Juvenal.
Cipriano Hernández Martínez
le replicó a Juvenal:
“las huelgas no dejan nada,
las huelgas no dejan nada,
ahora te van a matar
ahora te van a matar”.
Juvenal era un hombre,
era un hombre muy cabal:
“¡Me van a morir,
jamás nos matarán!
“¡Me van a morir,
jamás nos matarán!
¡Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos, vamos
a regresar!”.


A diferencia de los dos casos anteriores, con Gabino Palomares no cabe duda: pertenece al ámbito de la trova, no del rock. Sin embargo, pese a que compartía la peregrina crítica con que los trovadores atacaban al rock, al final comprendió —al menos en la práctica, por este y el siguiente caso que veremos— que los músicos y compositores de rock podían enriquecer su propio trabajo. Cipriano Hernández Martínez forma parte de esta lista, no sólo porque fue compuesta por León Chávez Teixeiro, alguien también en la frontera del rock y la trova, sino por el poderoso arreglo clásico de rock que realizó y ejecutó la banda de Guillermo Briseño (con el aporte de un magnífico requintista, del que desafortunadamente no tengo el nombre a mi alcance) con instrumentos eléctricos, incluyendo el estupendo solo de guitarra y los típicos aporreos de piano de Briseño. Este arreglo, impecable y potente, incluso propició que la interpretación de Gabino Palomares también adquiriera la potencia rocanrolera que la canción requiere. Además, llevó la melodía de León Chávez Teixeiro a su máximo nivel de intensidad, sobre todo en la bajada de semitonos con que cierra algunas estrofas, así como la original construcción de acordes rápidos y sucesivos que delinean toda la pieza, y que en muchas partes equivalen a un acorde por cada sílaba de la letra, lo que provoca una sensación de vértigo que subraya la reiteración del nombre del protagonista de esta historia de conflictos obrero-patronales, que al final se convierte un una estupenda pieza de rock.
La letra de Cipriano Hernández Martínez reitera una preocupación clásica de las canciones de Chávez Teixeiro: la explotación del trabajador, en este caso centrada en la traición del esquirol potencial, en contraste con el que sí posee conciencia de clase, y que vale más por su pertenencia al colectivo que por su individualidad. Justamente este es el gran sentido de Cipriano Hernández Martínez, que se opone al individualismo que propicia la sociedad de consumo del neoliberalismo, representada en su grado más básico por el obrero egoísta, que también es un producto de su marginalidad. Juvenal, la voz resilente, que comparte el mismo contexto paupérrimo, y no obstante logra discernir el mecanismo de explotación que padece, deja su mensaje de esperanza, cifrada en la lucha organizada, tesis que Chávez Teixeiro ha expuesto en otras canciones, como Ponciano Flores. Así, la extensión de la letra, el recurso de repetir una y otra vez el nombre del traidor, así como el idéntico inicio de sus jornadas, y sobre todo la elección de un lenguaje directo y plenamente narrativo, le dan a la canción el toque de realismo que requiere el tema.

100. LENTEJUELAS

Letra, música e intérprete: Roberto González.
Disco: Lentejuelas.
Este disco tiene dos versiones, pues
Roberto González lo regrabó y reeditó. En el nuevo disco esta canción tiene dos versiones, y no una sola, como en el original. La versión más nueva de esta canción cambia “la relación”, en lugar de “la Selección”, lo que, me parece, mejora la letra. Sin embargo, he preferido la versión original para este análisis.


Soy el mexicano medio,
y no me siento muy bien.
La Selección no es mi fuerte,
más bien de todo también.

¿Soy feliz o sigo errante?

Y me pregunto dormido
qué intimidad compartí
para estar aquí metido
y sólo a veces salir.

De lo que sé, nada sirve
para poderme olvidar
de que no estoy muy contento
ni tampoco en el lugar.

¿Soy feliz o sigo errante?

¿Soy feliz o sigo errante?

De repente sí me meto
—para poder respirar—
a un mundo de lentejuelas,
donde sí aprendí a mirar.

Después siempre me regreso
a pasarme por aquí,
y resulta divertido
cómo todo sigue ahí.

¿Soy feliz o sigo errante?
Sigo ausente y voy por ti.


Roberto González nos entrega una típica canción críptica suya (basta recordar Algo, El palacio de espejos o Voy a olvidarme de ti). ¿Cuál es el “mundo de lentejuelas” del que habla? Como toda interpretación, la mía es sólo una de tantas posibles. ¿Qué “mundo” permite olvidar, escaparse, tomar un respiro, mientras vemos “lentejuelas”, es decir, luces titilantes, inaprensibles? ¿Por qué no es más explícito? Yo creo que estamos ante un nuevo paraíso artificial, como diría André Breton. El escape a través del ácido (o la droga específica de que se trate) no es algo que reciba apologías públicas fácilmente. Pero lo compartamos o no, cantar lo prohibido requiere valentía. Algo similar ocurre en la canción A riesgo de perder la vergüenza de MCC sobre el tema homosexual, o en la novela Lolita de Vladimir Nabokov y el deseo hacia las adolescentes casi niñas. Lentejuelas, además, muestra el porqué, el contexto que hace sentir asfixiado y que lleva al escape a ese “mexicano medio” que no es tan medio: el artista. Que la vía es fallida y se llevó a Hendrix, Janis, Morrison, etc., es otra cosa. Pero la necesidad de Roberto González es de confesión, o mejor: de asumir lo que se es, la deficiencia, la fragilidad. Al final, ¿se es feliz, o se vive errante, escapando? Ni siquiera el autor puede responderlo, y comparte con nosotros su propio proceso de angustia, su propia duda metódica, lo que hace de esta rola un acto de honestidad intachable. Y si no es más explícito es por la misma fragilidad que la canción refleja. Pero obviamente caben otras interpretaciones. No obstante, la necesidad de escape ante una realidad demasiado áspera para el ser sensible sí es explícita en Lentejuelas, y esa sensibilidad golpeada es la de toda una generación, la posterior al 68, la de Roberto González, pero que podemos reconocer en cualquiera, pues el fondo opresivo para el verdadero artista se maquilla diferente, pero persiste.
La música de Lentejuelas, suave, con arreglo de balada-rock, parece salir del mismo vapor, de la misma neblina morada, leve, cadenciosa gracias a su solo de sax intermedio, sin mayor pretensión que la confesión (o auto-revisión) que encierra. No obstante, al final rompe en un jazz impecablemente ejecutado y casi gozoso (recurso muy semejante al que usa On’tá en Padre, padre, pero en el intermedio de la canción), como si quisiera remarcar musicalmente ese pequeño respiro del “mundo de lentejuelas” de la letra, como si esa música de jazz perteneciera a ese otro mundo, y marcara el ingreso a esa mínima alegría temporal, fugaz. Un recurso inteligente y de talento.
De este modo, Lentejuelas es una canción intimista, pero que representa una voz generacional, perdida y doliente, pero de gran valor histórico en México.

97. EL GATO

Letra, música e intérprete: Roberto González.
Disco: Aquí.
Aunque para este análisis me basé en la versión con guitarra acústica sola y voz, grabada para
Radio Educación, porque considero que el arreglo del disco Aquí no resultó muy bueno.


El alarido ahogado es como caminar
a las 4 de la madrugada por la ciudad,
donde te encuentras a los que viven en ella.

Agentes borrachos violentos,
ratas que salen a tu encuentro,
tratando de decirte que eres un extranjero.

Los perros te muerden,
te pasan la rabia,
se van satisfechos.
Bajo la luna, sigues derecho.

El alarido ahogado es como caminar
a las 4 de la madrugada por la ciudad,
donde te encuentras a los que viven en ella.

Gatos negros hambrientos,
desperdiciando su talento,
pudriéndose en la basura, inhalando cemento.

Los gatos te dicen
que tú eres como ellos,
que buscas bocado
para pasar el día aislado.


Roberto González nos entrega en El gato una reflexión sobre la marginalidad: ¿qué tan ajena es realmente? ¿Acaso no vivimos todos una misma limitante ante las condiciones imperantes, sociales, económicas, psicológicas? Tanto la crítica como su otro lado, la compasión, se congelan en la boca del cantante-testigo al notar que ese ser marginal, ese gato de callejón maloliente, no es tan diferente; que pese a su evidente desventaja ante todos nuestros privilegios, estos no son sino espejismos que ocultan la misma trampa, la misma condición de estar en manos de los que verdaderamente tienen la sartén por el mango: altos empresarios, banqueros, políticos. La nueva perspectiva que nos ofrece Roberto González otorga a la canción toda su originalidad. Así, El gato muestra la gran capacidad crítica de Roberto González, y aun del movimiento rupestre en general, que evita obviedades ya inofensivas de tan sobadas, y muestra, en cambio, que la conciencia social no está peleada con la calidad artística, siempre y cuando la primera cumpla su papel de mera inspiradora y detonante, y la segunda el suyo, de fin en sí misma, de verdadero sentido y único compromiso del artista. Porque si bien el fondo es relativamente claro, la forma de la canción es cuidadosa, de figuras literarias sólidas, y que, sobre todo, no evidencian, no regalan el tema. De hecho, la primera estrofa guarda el suficiente cuidado en su comparación fundamental, que adquiere un tono enigmático, profundo, que igual implica un ejercicio interpretativo no demasiado fácil. Como igual se trata de una canción en que la crítica social es importante, Roberto González tampoco la hace demasiado oscura, pero eso mismo demuestra que las decisiones estilísticas surgen de un trabajo minucioso y una capacidad notable.
La música de El gato es sólo un rocanrolito clásico de tres acordes, pero justo por eso concuerda tanto con la condición de los personajes que describe la letra, simples sólo en apariencia, pero cargados, muy cargados emocionalmente. Y el resultado es una rola aguda y disfrutable, sin que se resienta esa amalgama, de uno de los grandes precursores del rock mexicano inteligente y poético.

jueves, 3 de junio de 2010

81. DOMINGO AZUL / PASANDO POR INTRUSO

Letra, música e intérprete: Roberto González.
Disco: Lentejuelas.
Igual que en el caso ya visto de la canción
Lentejuelas, de Pasando por intruso y Domingo azul existen dos versiones, porque el disco fue regrabado. Aquí tomamos la versión original, donde forman una sola canción en los hechos.


Llegó en un domingo azul a nacer,
en este mundo gris.
Llegó decidido a ser un ser
genial, y así lo fue.
Entregó su vida al arte,
y el arte se lo tragó;
vivió haciendo hermosuras
que nadie imaginó.

Y más bien nunca le importó
saber por qué vivió.
Siempre tuvo a la mano un trago
calientito de ron.
Entregó su vida al sexo,
y el sexo se lo tragó;
vivió haciendo hermosuras
que nadie, nunca, vio.

Amando siempre a dos,
las dos eran iguales;
gozando con las dos,
las dos eran sus madres.

Mantuvo su orgullo en inflación
y nunca claudicó.
Llevaba un secreto personal
que nunca develó.
Entregó su vida al arte:
él mismo se atrapó.
Sirvió, haciendo hermosuras,
que nadie imaginó.

Su espacio vital nadie invadió,
lo supo conservar.
Sostuvo un desprecio puritano
a la mediocridad.
Entregó su vida al sexo:
él mismo se atrapó.
Sirvió, haciendo hermosuras
que nadie, nunca, oyó.

Amando siempre a dos,
las dos eran iguales;
gozando con las dos,
las dos eran sus madres.

***

Después de haber nacido siendo viejo,
crucé a nado lagunas de demente,
me crié a punta de sones y de rezos,
mirando vida sólo en los reflejos.

Fui niño, fui a la escuela y aprendí;
pero en la sacristía, jugando al sexo,
las niñas me cobraron en canicas,
y entonces a la escuela no volví.

Después he estado atento a las corrientes,
las modas, movimientos y vaivenes;
gozando como un loco, aquí me tienes,
pasando por intruso en los ambientes.

He oído lloriqueos justificantes,
a un anarco cantante de rancheras,
he sentido un olfato tras mis huellas,
y he sufrido un fascismo galopante.

He visto a radicales refugiarse,
a un modesto argentino oportunista,
he visto dibujar a un feminista
luces de neón y homosexuales.

Los he visto venir desde provincia,
y he vístome reír en vacaciones.
He conocido porros de ambas clases,
y he conocido perros alpinistas.

Me gustó el sabroso sangrar de los 60’s,
diez años vi este mundo desde Praga
con una manzana latiéndome incrustada,
y he muértome de risa en los 80’s.


Roberto González nos entrega aquí un par de canciones tan relacionadas que, como dije, en su primera versión se sucedían sin pausa. Ambas forman un auténtico manifiesto generacional, que desglosa la caída y los padeceres de sueños, cambios y luchas, personales y grupales. Si bien se narra la vivencia personal, es obvio que las semejanzas con los contemporáneos le dan ese valor de cántico de época. El recorrido, desgastante, lleno de angustias y renuncias, pero también de afán de seguir en pie, ve pasar las décadas, sin descifrar ni adaptarse a los cambios de lleno, en parte porque mucho fue determinado por las condiciones sociopolíticas de México. Así, se pasó del sueño sesentero a la desilusión y evasión consecuente de los 70’s, y de ahí a esa especie de resignación-revaloración en los 80’s, momento en el que se compone la rola, y del que aún no se puede tomar distancia para sopesar lo que se siente ahora. Una vez más Roberto González nos entrega una letra honesta, que incluye contradicciones, dudas, incluso miedos, y es eso lo que permite identificarnos.
Domingo azul es una pequeña balada-rock, cálida y suave, con introducción y adornos permanentes de armónica, como si tratara de reflejar los tiempos del grupo Un viejo amor de Roberto González, Jaime López, Emilia Almazán y Guadalupe Sánchez, que luego se convertiría en el disco Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia. Por su lado, Pasando por intruso se acelera ligeramente, y su mayor aporte musical está en los cambios de ritmo que van ilustrando los que se van mencionando o sugiriendo (tango, ranchera, disco), y que resaltan así todas las modificaciones que el paso del tiempo fue dejando. En ese sentido, el arreglo es notable, sobre todo en la sección de ritmos (batería y bajo), que Roberto González trató de rescatar en su segunda versión, con notoria pérdida, pese a que hablamos casi de los mismos músicos. Realmente un himno generacional de honestidad conmovedora.

miércoles, 2 de junio de 2010

73. QUÍTAME TU CÓMIC DE LA VISTA

Letra y música: Jaime López.
Intérprete: Jaime López, Roberto González y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¡Son divinos los paisajes nuestros!;
basta echar un ojo a un nuevo día
y ver a los grises policías
enlatando a la gente en el metro...

En la extraña entraña de concreto
alguien una mano fría olvida.
¡Deja de inyectarme fantasías!,
¡saca tu hipodérmica un momento!
¡Vamos, que no quiero más tormento!,
¡quítame tu cómic de la vista!

Por las bocas flacas, la ironía
“¡bien que estamos!”, te dirá, sonriendo.
Un presente de vencido ancestro
es lo que te ofrecen por tu vida;
entierra tus ruinas hoy en día,
que la historia no va en retroceso.

De Tenochtitlán, te dan un cuento,
y de Tlatelolco, una sangría:
son sólo vergüenzas, recaídas;
son, por todos lados, monumentos;
son para dormir este momento.
¡Quítame tu cómic de la vista!

¡Deja ya de andar con fantasías!,
¡quiero ver esos paisajes nuestros!

Un presente de vencido ancestro
es lo que te ofrecen por tu vida;
entierra tus ruinas hoy en día,
que la historia no va en retroceso.

De Tenochtitlán, te dan un cuento,
y de Tlatelolco, una sangría:
son sólo vergüenzas, recaídas;
son, por todos lados, monumentos;
son para dormir este momento.
¡Quítame tu cómic de la vista!

¡Deja ya de andar con fantasías!,
¡quiero ver esos paisajes nuestros!


La mentira, sobre todo de los mass media, ha acompañado la historia de México desde la Conquista. Los imperios, los dictadores y el partido único en los hechos, han usado los medios como elementos de propaganda y autoafirmación. La “prensa vendida” ha imperado, y la que ha intentado zafarse, pronto paga las consecuencias. “No pago para que me peguen”, exclamó el nefasto presidente José López Portillo contra la revista Proceso, que surgió cuando el igualmente nefasto mandatario anterior, Luis Echeverría, se apoderó del diario Excélsior de Julio Scherer, episodio que relata Vicente Leñero en Los periodistas. Y los Díaz Redondo, Zabludowskys, Sarmientos y Alatorres se han multiplicado al amparo del poderoso en turno.
Pero muchos historiadores no han actuado muy diferente. Basta ver los casos de Aguilar Camín o Enrique Krauze, incapaces de la reflexión no sesgada por las posturas políticas propias, y que en su momento han sido defensores de Salinas de Gortari y demás fauna. Por lo tanto, el acceso, ya no a la verdad, sino simplemente a interpretaciones diferentes de la realidad ha sido inexorablemente raquítico (obviamente hay honrosas excepciones en ambos campos, como Adolfo Gilly, Enrique Semo, Daniel Cossío Villegas, el mencionado Julio Scherer, Miguel Ángel Granados Chapa o Lorenzo Meyer).
Jaime López reflexiona sobre esto en Quítame tu cómic de la vista. Su rola es una crítica a la mentira histórica misma, pero también a la falta de memoria del pueblo mexicano, su auténtico lastre, que explica los 71 años del mismo partido indefendible en el poder, caso único en el mundo. Pero al igual que Guillermo Briseño en la recién analizada Presagio charro, Jaime López evita el sermón reduccionista, y aporta, en cambio, una crítica inteligente y cuidada, concentrada en la profundidad de un nuevo lenguaje, que sea crítico, sin ser obvio ni limitado. Léxico y estilo nuevos (“cómic”, “hipodérmica”, “extraña entraña de concreto”), crítica fresca y enriquecida. Esa es la fórmula que los rupestres aportaron, y que se ha hecho sentir en todo el rock mexicano.
La música de Quítame tu cómic de la vista es un ejemplo de la herencia trovadoresca y folk que innegablemente influyó en los rockeros rupestres y sus cercanos (Jaime López nunca se asumió rupestre). Las guitarras de Jaime y la nunca suficientemente reconocida Emilia Almazán todavía buscan en el arpegio su sustento, pese a que la mayor velocidad del mismo, y sobre todo el correcto bajo eléctrico de Roberto González le dan ese tono ya rocanrolero. No hay que olvidar que esta grabación de lo que fue el grupo Un viejo amor se da en un momento de transición entre el rock hippie y en inglés de Avándaro y el nuevo deseo de creación en español, así que no es rara esta amalgama. Al contrario: Jaime López siempre se ha caracterizado por la mezcla sin piedad de géneros, en busca de amplitud, de combate a las restricciones. Los resultados no siempre han sido convincentes, dado lo extremo de sus influencias (cumbia, rock’n’roll, norteña, rag, trova, balada), pero siempre que un artista corre riesgos, se agradece el valor, y cuando éste acompaña una búsqueda de profundidad, como en Quítame tu cómic de la vista, no hay mucho que objetar.

jueves, 27 de mayo de 2010

60. LOS ROLLING STONES NOS CULPARÍAN

Letra y música: Jaime López.
Intérprete: Jaime López, Roberto González y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¿Y qué hicimos de estas rebeldías?:
pues nutrir las viejas agonías
y engordar las mismas jerarquías.
Hasta de tontos anarquistas,
los Rolling Stones nos culparían.

¿Y qué se hizo de la gritería?:
prevenir a los que rompen filas
y engrosar su cuerpo el policía.
Hasta de tonto comunista,
tu amigo fiel te culparía.

¿Y qué has hecho sin la hipocresía?:
sostener verdades de mentiras
y enfilar directo a una vitrina.
Hasta de vil oportunista,
algún gorrón te culparía.

¿Qué se ha hecho, pues, de tanta herida?:
presumir la cicatriz que olvida
y contar nietos en tus rodillas.
Hasta de tantas tonterías,
los pobres mudos hablarían.

¿Y qué hicimos de esas rebeldías?:
pues nutrir las viejas agonías
y engordar las mismas jerarquías.
Hasta sus propios policías
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían.


Al igual que Los intelectuales de Rockdrigo, Jaime López nos entrega una canción muy dolorosa, que lastima por certera, por inapelable. Como en una continuación de Quítame tu cómic de la vista, López voltea ahora sus dardos hacia el otro bando, al de los que enarbolaron una bandera, un puño, una “V” de la victoria, y que ahora, cómodamente instalados en sus vidas productivas, sirven al enemigo, lo quieran o no. Los Rolling Stones nos culparían es una revisión autocrítica de toda una generación. Y las conclusiones son vergonzosas. Como lo prueba la ya analizada Un curso intensivo, para Jaime este tema es una de sus obsesiones. Aquí queda totalmente comprobada la cita de José Emilio Pacheco que ya revisamos, porque esta generación ya se volvió “lo que combatimos hace 20 años”, salvo honrosísimas excepciones. Pero Jaime López desenmascara la deformación, detalle por detalle, la gran derrota de esos sueños en resumidas cuentas, ante la realidad imperante, ante el mundo moderno, ante el consumo, la dependencia económica, la política, el subdesarrollo, la caída de las ideologías, etc. Muchas veces lúdico, aquí López es más bien pesimista. Pese a ello, la melodía, y sobre todo el arreglo juguetón, con los coros de Roberto González y Emilia Almazán, aligeran la carga negra de la letra, como si los tres rockeros quisieran mostrar que tampoco es para tomárselo a la trágica, que hay que seguir, simple y sencillamente, y que la denuncia humorística es el camino, y ya no el sueño ingenuo de tonto útil.
Como siempre, Jaime López se vale de la insinuación; camufla en aparentemente inofensivas rimas asonantes la profundidad del contenido. En ese sentido, López es el gran maestro a imitar, porque comprende como nadie que la riqueza artística está en lo que se sugiere, en la línea oculta narrativa y lírica, para que el escucha sea activo, se esfuerce, no reciba todo digerido y no se convierta en un regurgitador, en un espantapájaros, en un loro que tararee lo que oye. Pese a que no siempre le atina —lógico—, Jaime López es quizá el rockero mexicano más arriesgado en el uso del lenguaje y la exploración rítmica. Reacio a la pertenencia a cualquier movimiento, indudablemente López tiene un sello tan distintivo, que suena sólo a sí mismo, pese a que circula el chiste de que es producto de una noche orgiástica entre Chava Flores, Chuck Berry, Piporro y Rigo Tovar.
El arreglo de Los Rolling Stones nos culparían es el mejor del disco grabado junto a Roberto González y Emilia Almazán. La guitarra acústica rítmica de López es el andamiaje sobre el que revolotean los adornos del sorprendente requinto acústico de González. Y los coros ingeniosos en la maravillosa voz de Almazán aportan gracia y agudeza. La parodia final a Jumpin’ Jack Flash y Satisfaction de los Rolling Stones cierra una canción redonda, inteligentísima, uno de los más altos momentos en la historia del rock mexicano.

domingo, 23 de mayo de 2010

36. EN MEDIO DEL MAR

Letra y música: Carlos Arellano.
Intérpretes: Carlos Arellano y Roberto González.
Disco: La jauría.



En medio del mar crece un árbol,
y del árbol crece un fruto que no es del mar.
Con la sal del fruto se hace el mármol
que edifica un puente que no va a ningún lugar.
De ese árbol alguien hará leña
para darle calorcito al huracán;
al mar le crecerá una enredadera
que trepará la nube que caerá.

En medio del mar crece un árbol,
en donde ata el barco de la noche su cordel.
A él se arriman peces y lagartos
a orar por que su sombra no muera de sed.
Con sus raíces alguien hará redes
para atrapar los vientos de alta mar;
en esos vientos de líquidas paredes
crecerá el árbol de la tempestad.

En medio del mar crece un árbol.
En ese árbol habita una especie de animal,
que, a mitad del sueño, alarga el brazo
y de cuajo me saca la realidad.
En ese árbol que a la mar doblega,
alguien un sueño largo soñará,
donde un océano azul y sin fronteras
levante un árbol que alimentará.


El rock mexicano nunca se ha caracterizado por los discos conceptuales. Al contrario: en general se entiende un disco como una mera suma de canciones, acumuladas durante un determinado tiempo, a veces largo. Prácticamente nunca se ha seguido el ejemplo de discos como Tommy y Quadrophenia de The Who o The wall y Animals de Pink Floyd. Las excepciones son tan escasas como notables, justo por su reducido número. Podemos mencionar la suite Viaje al espacio visceral de Guillermo Briseño (aunque ocupa sólo uno de los lados del LP), Música para planetarios de Eblén Macari, Historia del rock de aquí, de México de Naftalina, y Esta que habita mi cuerpo en lo temático y El efecto tequila en la propuesta de fusión musical, ambos de Betsy Pecanins, así como Maradentro de Eugenia León, también con unidad temática, pero con carga más a lo trovadoresco que al rock, salvo en las rolas compuestas por Jaime López. Como podemos ver, la unidad conceptual puede ser temática, rítmica, narrativa, etc.
En el disco La jauría, Carlos Arellano prueba con otro criterio unitario: crea un disco exclusivamente de duetos, con varios de los rockeros (y trovadores) más importantes de México, entre los que sobresalen Rafael Catana, Roberto González, Armando Rosas, Fausto Arrellín del grupo Qual, Francisco Barrios El Mastuerzo y Gerardo Enciso. Y entre todas las canciones, sin duda se destaca En medio del mar, a dúo con Roberto González. En ella, Carlos Arellano desarrolla una pequeña narración, casi fábula, imaginativa, ingeniosa, de gran riqueza estilística. El tono optimista de la rola es rarísimo en el rock mexicano de calidad (salvo en la época del festival de Avándaro, obviamente, por el espíritu hippie), mucho más orientado a la melancolía y aun a lo trágico. Entre los escasos ejemplos de canción optimista bien lograda, destacan Debe haber un lugar y Un poco de música en tu corazón de Arturo Meza, Tarde o temprano de Fausto Arrellín y Habrá tiempo de Armando Rosas. En general, Carlos Arellano explora continuamente este tipo de rola, especialmente de carácter doméstico, como se ve en María Eugenia, Perra guardiana y Ella lo ama, él también, sin caer en facilismos de librito de autoayuda, y sin que signifique que no componga canciones tristes. En el pequeño cuento de En medio del mar, Arellano canta la esperanza, centrada en la valoración de la naturaleza, siempre limpia, por encima de las miserias humanas. Mucho del mérito de la letra radica en la habilidad para colocar los elementos que la componen, la elección precisa entre el campo semántico disponible, para crear esta alegoría que significa algo más humano, escondido, de lo que lo vegetal y animal muestran, porque el concepto final invita a voltear a la madre natura, a la Pachamama, para reconocer nuestro lado olvidado, la inocencia perdida. En el fondo, En medio del mar es justo otra busca del tiempo perdido, al estilo de Marcel Proust, de ese paraíso perdido que canta John Milton: la inocencia original, asesinada por los tiempos modernos denunciados por Chaplin. La sencillez de la letra de En medio del mar está cargada de poesía y profundidad, de una esperanza inteligente, que no suena hueca, algo muy difícil de conseguir actualmente.
A medio camino entre la trova y la balada-rock, la música de esta canción es evidentemente emocional, pero no cursi, gracias al arreglo acústico cuidadoso, y sobre todo a la voz firme de Roberto González, que apoya la más suave de Arellano, en estrofas alternadas. Así, En medio del mar alegra, alivia, pero no desde la evasión de la realidad, como propone la música comercial, sino desde la agitación de la memoria del ecosistema invisible, pero vivo, esencial.

martes, 18 de mayo de 2010

18. EL HUERTO

Letra y música: Roberto González.
Intérprete: Roberto González, Jaime López y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¿Y con qué fin
toda esta dialéctica en historia?
¿Para qué ir al paraíso estando muerto?
¿Para qué alcanzar a la gloria estando vivo,
si la gloria está muy lejos de este huerto?

Todos juntos
—afirman los que saben de distancias—
llegaremos al final de la estructura,
escultura de cadáver y concreto,
a posarnos al final de la cultura.

Hay también
quien afirma que tan sólo es sufrimiento,
soportable nada más en el olvido;
que el que canta va buscando algún sediento
para echarle encima su vaso vacío.

Yo no sé
hasta dónde se resiente lo vivido,
pues saberlo es, simplemente, estar ya muerto;
seguiré siempre cantando lo prohibido
y gozando de los frutos de este huerto.

¿Y con qué fin
toda esta dialéctica en historia?
¿Para qué ir al paraíso estando muerto?
¿Para qué alcanzar la gloria estando vivo,
si la gloria está muy lejos de este huerto?



Algunas canciones del rock, pocas, alcanzan la categoría de himnos, auténticos puntos claves, que resumen una época, un espíritu, una generación. Se me ocurren All you need is love de los Beatles, My generation de The Who, Flowers in your hair de Scott McKenzie, Blowin’ in the wind de Bob Dylan, etc. En el rock mexicano son aún más escasas, pero sin duda alguna El huerto de Roberto González es una de ellas. Obviamente se trata de la canción cumbre de Roberto González, donde alcanza su nivel poético más alto. Pero si algo caracteriza esta canción es la profunda inteligencia que refleja. La pregunta retórica inicial, que recuerda “¿por qué el ser y no la nada?” de Heidegger, ya nos anuncia que estamos ante una canción altamente intelectual, filosófica, como si González revisara a Hegel, pero desde el momento histórico mexicano de los 60’s y 70’s, la herencia hippie y contracultural, que incluye, por supuesto, el 68 de Tlatelolco. Si al hablar de Los amores de Tato de MCC la llamamos canción ontológica, sin duda alguna esa condición era más lírica; en cambio, en El huerto la reflexión sí es plenamente filosófica, una revisión profunda del sentido de la existencia. Roberto González se lo plantea una vez más, y la rola no es más que el proceso mental y literario que trata de responder la duda ontológica, la duda metódica de Descartes, pero desde un plano que al final se acerca más al carpe diem de la filosofía grecolatina y la poesía prehispánica nahua. Así, la revaloración del goce, ya no centrada en las flores, los cantos y los amigos como en los aztecas, sino en los placeres contemporáneos, es la esencia fundacional de El huerto. Por su lado, la oposición a la idea de la recompensa ultraterrena judeocristiana es importante; la valoración del aquí y el ahora no es más que una toma de conciencia de la responsabilidad de la vida propia. Una sola vida, un solo momento: hay que gozarlo. De esta manera, Roberto González opta, y nos entrega su elección: como no hay certezas luego de la duda ontológica, lo único razonable, más allá de cualquier moral castrante, es agotar “la savia de la vida”, como decía Thoreau.
Pero toda esta profundidad del fondo nos la entrega Roberto González a través de un amplio cuidado formal, poético. Como dijimos, la interrogación retórica es la figura literaria de toda la primera estrofa, la del planteamiento. En las dos siguientes, González nos muestra las posturas opuestas, que han intentado responder esta angustia existencial, la oposición histórica que Umberto Eco analiza en Apocalípticos e integrados. Y en la cuarta estrofa, Roberto nos entrega su propia duda, y su conclusión. Pero todo esto a través de un lenguaje lleno de imágenes bellísimas y modernas, como la de la extraordinaria revisión del papel del músico (“que el que canta va buscando algún sediento, para echarle encima su vaso vacío”). Así, González se posiciona, y con él, su idea del arte, su poética: ni apocalíptico ni integrado, sino abierto a la valoración de lo fugaz, de lo auténticamente bello (como en La belleza de Luis Eduardo Aute), sin esperanzas religiosas, políticas ni metafísicas vacías, sino con el destino propio en las manos. Pero no renuncia a la duda ni a la angustia existencial, que proseguirán en sus apariciones, en sus acosos, o al menos eso sugiere la decisión de cerrar la rola con la estrofa inicial, justo porque ese proceso contradictorio es la esencia de lo humano, de lo real, sobre todo para el artista y el sensible. Ese eterno retorno nietzscheano, interno, es lo propio de quien siente, de quien opta por “vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido” (otra vez Thoreau).
La música de El huerto es cercana a la trova, principalmente por su esencia acústica, pero el arreglo más rockero la diferencia claramente, sobre todo con las apariciones de los extraordinarios coros de Emilia Almazán y la estupenda armónica de Jaime López. La voz de Roberto González está en su mejor momento, y la canción fluye limpia, deliciosa.
Así, sin duda alguna El huerto es la canción filosófica, ontológica, más lograda de la historia del rock mexicano, y también el verdadero himno con el que el rock mexicano cierra una época, y abre otra, más crítica, ilustrada y artísticamente lograda.