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domingo, 23 de mayo de 2010

37. EL MURO

Letra y música: Humberto Álvarez.
Intérprete: MCC.
Disco: MCC 1980/1984.



Esta barda la pintamos
para crecer en lo oscuro;
una tarde abandonada
nos dio una historia en el muro.

Somos dos,
antes y después del sol,
que al tiempo no aguardan,
ni guardan su nombre
nunca más.

Entre puertas y zaguanes,
deslizábamos los cuerpos,
transformados en colores
que alimentaban lo cierto.

Somos dos,
antes y después del sol,
que al tiempo no aguardan,
ni guardan su nombre
nunca más.

Sigo y sigues, con el alba,
en el ciclo del desvelo,
alimentando con cielo
esta noche sosegada.

Somos dos,
antes y después del sol,
que al tiempo no aguardan,
ni guardan su nombre
nunca más.


Como ya dije antes, en México el rock progresivo auténtico (es decir, que no abarca al etno-rock, lo trovadoresco ni otras derivaciones más lejanas) se ha ido mucho más por el lado de la música instrumental que por el de las canciones con letra, cantadas. Es decir, son herederos más de Emerson Lake & Palmer y Tangerine Dream que de Pink Floyd o King Crimson. Entre las excepciones destacan Delirium, algo (muy poco) de Chac Mool, Lucerna Diogenis y algún grupo más por ahí. Pero sin duda el máximo exponente de esta línea del progresivo es MCC (que significa Música y Contracultura). Si bien la música de MCC tiene base en los sintetizadores, magistralmente ejecutados por Enrique Quezadas (curiosamente hoy trovador), y en alguna época por Humberto Álvarez (que luego formó Sangre Asteka), más comunes en el progresivo instrumental y ambiental o atmosférico, siempre siguieron escribiendo canciones con letra, seguramente porque mucho de su sello lo sostenía su cantante, el desaparecido Mario Rivas, a mi juicio la mejor voz masculina en la historia del rock mexicano (quizá sólo se le acercan Kiko Bandido, de la época de Avándaro, el nunca reconocido Armando Vega Gil de Botellita de jerez y Arturo Huizar de Luzbel, de la línea del heavy metal). Así, pese a tener sólo un disco oficial (Sobrevivientes) y otro editado tras la muerte de Rivas (MCC 1980/1984, a partir de unos extraordinarios demos añejos), MCC representó el punto máximo de la historia del progresivo en México.
En la canción El muro, MCC expone su característico estilo poético en las letras. Centrada en la apología de la pareja enfrentada a las vicisitudes de la existencia, la rola es una estampa, pequeña, pero representativa, de ese aliento, de esa lucha por trascender entre la adversidad, con el símbolo del graffiti anhelante de eternidad citadina. Como suele pasar (por ejemplo en Replicantes y Ángel de Sodoma), MCC nos habla de amantes neutros, sin género expreso, porque la época impedía la canción abiertamente homosexual, aunque en otra rola, A riesgo de perder la vergüenza, finalmente lograron expresar (quizá por primera vez en la historia del rock mexicano) el amor gay sin tapujos, sin hacerlo indirectamente como los españoles de Mecano en Mujer contra mujer, ni humorísticamente como su paisano Joaquín Sabina en Juana la loca, sino de manera personal, directa, honesta y seria. En México después el grupo La maldita vecindad y los hijos del 5º patio intentaría tratar seriamente el tema, en su variante travesti, en Rafael, pero con muy inferiores resultados. Incluso Rockdrigo, tan certero en casi toda su obra, resultó fallido cuando se acercó al asunto en Diva francesa. En El muro ocurre lo antes mencionado: la pareja señalada no especifica géneros, pero uno sólo lo nota cuando sabe la historia de algunos miembros del grupo, así que la calidad de la letra no depende en absoluto del conocimiento de ese dato. Si lo señalo, es sólo porque la valentía del grupo al abrir esa posibilidad expresiva es histórica, y la belleza del sentimiento y su expresión artística demuestran cuán independiente es la calidad del arte de ese tipo de contextos ajenos a su verdadero ámbito.
La letra de El muro basa su estilo en las dos figuras literarias más clásicas: la metáfora y la prosopopeya. Las figuras literarias son logradas, precisas, sin demasiada pretensión, en sus tres estrofas principales, siempre apoyadas por el estribillo de glosa. MCC opta por el poema breve, algo muy similar a la ya analizada Suley Imaginaria de Lucerna Diogenis (con quienes MCC tiene más de una coincidencia estilística), por el mismo motivo: extenderse más sería sólo repetir, cuando lo importante es expresar la intensidad del concepto amoroso, único, distinto.
Como suele ocurrir con el progresivo, mucho de su mérito está en la música, sobre todo en el arreglo y la ejecución. En El muro, la letra, casi sutil, se potencia profundamente gracias a la intensidad de los sintetizadores (que incluyen un sonido de explosión, intermedio, semejante al de su otra rola, El chisme de los tucanes, y al de La rata inmigrante de Lucerna Diogenis, como ya dijimos), el extraordinario bajo de Jorge Velazco y la potente batería del también mimo y actor Perico, el payaso loco. Y como ya mencionamos, la voz de Mario Rivas es simple y sencillamente un prodigio. No en vano se dice, por su identidad sexual y trágica muerte, pero también por su voz inigualable, que Mario Rivas es el equivalente mexicano de Freddy Mercury. Su increíble registro se nota especialmente en los estribillos, en los que, con cada aparición, eleva el tono de su último verso, cuando parecía imposible. Sin duda un superdotado.
De esta manera, El muro es una canción muy poderosa. La mezcla de su letra sutil y su música y voz potentísimas provocan una sensación de apología mayor, de aguerrida defensa de esa pareja que busca la inmortalidad a través del amor auténtico, más allá de presiones sociales, morales, religiosas y de género.

viernes, 21 de mayo de 2010

35. LOS AMORES DE TATO

Letra, música e intérprete: MCC (no tengo a la mano los créditos precisos de letra y música).
Disco: Sobrevivientes.



En la soledad
me puse a pensar:
soy relieve del planeta,
un caudal de ideas y grietas,
cometa,
quimera,
vuelo sideral,
un dilema en la oscuridad.

Ya inventaste al amor…
¿y ahora qué vas a forjar?

Mínima porción
de luz estelar,
el mundo y sus materiales,
añejado en arsenales,
escenas,
rituales,
drama universal,
una espera, guerra sin final.

Ya alcanzaste el terror:
esta cultura va hirviendo.


Como comenté antes, el grupo MCC siempre se ha caracterizado por el nivel poético de sus letras, de imágenes engañosas, porque son transparentes por sí mismas si se toman aisladas, pero complejas en su interrelación, en la suma total. Los amores de Tato es un buen ejemplo de ello. Cuando uno termina la lectura de todos sus versos, desconcierta sentir que las líneas que iban quedando claras se opacan al final, al integrar un todo. Pero no es de extrañar tanto si uno rememora otras muestras de rock progresivo. Ya mencionamos Eclipse de Pink Floyd, a la que podríamos agregar otras, como Echoes, Time y Set the controls for the heart of the sun. Los Beatles también lo han hecho, en canciones como The continuing story of Bungalow Bill, Glass onion e incluso con humor negro en Maxwell’s silver hammer. Además de estas influencias rockeras, seguramente MCC se ha nutrido de la literatura mexicana y latinoamericana, porque ese juego entre transparencia momentánea y opacidad final es uno de sus rasgos distintivos, a partir del llamado Boom, como lo muestran obras como Los recuerdos del porvenir de Elena Garro o el famoso poema breve Aquí de Octavio Paz (“mis pasos en esta calle / resuenan / en otra calle / donde / oigo mis pasos / pasar en esta calle / donde / sólo es real la niebla”), entre muchos otros ejemplos.
Los amores de Tato es una canción de auto-revisión, de introspección, una respuesta más para las preguntas fundamentales: ¿qué soy?, ¿qué alcances tengo? Y una vez más, como tantas veces en el rock, no hay realmente una respuesta. Lo importante es el proceso humano, la duda misma, sensible, consciente. A través de una estructura simétrica, las estrofas de la rola muestran el gran manejo de la sutileza de MCC. La pregunta retórica y filosófica que desencadena todo se plasma con una intensidad impecable, angustiada ante el tamaño de la existencia, pero con cierta salida a través del amor y la rebeldía. Así, Los amores de Tato es una de las canciones más ontológicas del rock mexicano.
Y por si todo esto fuera poco, la música de la canción es sencillamente alucinante. Más cercanos a la música estelar del Pink Floyd de la época de Syd Barret, de canciones como Atronomy domine y A saucerful of secrets, a Exiliado celeste de Arturo Meza y al Eblén Macari del mencionado Música para planetarios, MCC crea arreglos futuristas, de vanguardia. Los amores de Tato inicia con un sonido de “grillos eléctricos”, para introducirnos a un mundo sonoro riquísimo y novedoso de sintetizadores y recursos de estudio. La música revienta al entrar la impactante voz de Mario Rivas, pero al terminar la letra, la melodía se queda en un estanque de notas que semejan burbujas musicales, que los juegos guturales y onomatopéyicos de Rivas acompañan y adornan. Toda una red, un bombardeo sonoro lleno de detalles y pasadizos instrumentales. Por todo ello, Los amores de Tato es una obra maestra del rock progresivo mexicano.

jueves, 20 de mayo de 2010

32. ÁNGEL DE SODOMA

Letra: J.J. Hernández.
Música: Enrique Quezadas.
Intérprete: MCC.
Disco: Sobrevivientes.
También existe otra versión, en el disco
MCC 1980/1984.


Hablo
esta noche contigo,
media noche de mis sueños.
En la oscuridad
me llevas a las estrellas,
hermoso ángel
omnipresente.

En puños del tiempo,
ves lo que está oculto,
sabes lo que desconozco.

Ángel mío,
mis ojos te hablan
ríos de palabras
que tú sólo puedes oír.
Mírame,
respóndeme.

Mi amor se escapa,
sale de mi puerta,
sale de mi puerta.
Los tigres de la soledad
amarillean en la noche.

Florecen falsos jardines
que no me atrevo a cruzar.
Mira las sierpes,
rodean mi cuerpo,
¡quieren matar al amor!

Arde la ciudad,
ángel, la carne se suicida.
Protégeme esta noche con tu voz,
con tu cuerpo,
ángel.

No me desampares
ni de noche ni de día,
ángel de Sodoma,
mi dulce compañía,
ángel,
mi dulce compañía.


Como comenté antes, MCC creó un rock progresivo más bien futurista, muy apegado a los nuevos sonidos espaciales de los sintetizadores. Pero en Ángel de Sodoma el grupo se acerca mucho más al rock sinfónico, al influido por la música clásica. Este tipo de fusión o subgénero del rock ha creado varias de las mejores canciones de la historia, porque la enorme riqueza de la música de cámara, sumada a la originalidad rítmica y vanguardista del rock, se funden en un total muy poderoso, que deja muy claro el potencial armónico y melódico que costó reconocerle al rock. Canciones como Yesterday y The long and winding road de los Beatles, Ruby Tuesday, As tears go by y She’s like a rainbow de los Rolling Stones, Lalena de Donovan, A salty dog y A whiter shade of pale de Procol Harum, Touch me de los Doors, Love, reign o’er me de The Who, Old friends de Simon & Garfunkel o Nights in white satin de Moody blues, entre muchísimos más ejemplos, son verdaderas joyas de la historia de la música, no sólo del rock. En México también ha tenido su importancia. Por su misma instrumentación y formación musical, todo el rock de Armando Rosas y La Camerata Rupestre se fundamenta en esta fusión, sobre todo en canciones como El papalote, Tu boca o Herraje. Pero también podemos citar Vals de la muerte de Gerardo Enciso, los discos enteros Viaje al espacio visceral y Ausencias e irreverencias de Guillermo Briseño, Everness de Arturo Meza (musicalización de un poema de Borges, como ya dijimos), Ausencias de Lucerna Diogenis, Cenzontle de Jaime López (también como ya mencionamos, otro poema musicalizado, ahora de Pablo Ulrich) y un largo etc. Además de los experimentos con la música clásica directa, como los discos Rythm & Pango y 3.5 vueltas para Re de Armando Rosas o Romeo y Julieta de Guillermo Briseño. Esta proliferación de ejemplos muestra que los rockeros mexicanos realmente importantes se exigen como verdaderos artistas, no se conforman, avanzan, experimentan, fusionan, no se estancan en una fórmula exitosa, probada. Obviamente, para poder hacerlo se requieren conocimientos musicales amplios; pero los Beatles demuestran que un origen lírico, autodidacta, no significa un pretexto para no aprender (es de sobra conocido el ejemplo más representativo de ello en la literatura mexicana: Juan José Arreola).
En Ángel de Sodoma los mismos sintetizadores de Enrique Quezadas esta vez se van hacia el rock sinfónico, al piano clásico y las cuerdas, para crear esta especie de oratorio, pero no dedicado a Dios, sino a la persona amada. Igual que en la analizada El muro, en Ángel de Sodoma MCC crea una canción de amor de género ambiguo, o mejor dicho, no explícito. Pero en este caso la elección de la palabra ángel va más allá de su valor semántico sacro y su juego con el ángel de la guarda. No es sacro: es un ángel, pero de Sodoma, y basta recordar el término sodomizar para entender el juego verbal y conceptual de la canción. Así, estamos ante una estupenda canción velada, un oratorio, pero profano, una oración en sentido contrario, que exalta su condición alternativa, iconoclasta. La alta dignidad de su tratamiento, de su forma, hace de Ángel de Sodoma un verdadero himno libertario, una oración a la tolerancia, a la libertad de elección. Pero sobre todo, al amor. No se necesita ni por asomo compartir la identidad sexual del compositor para valorar la belleza del sentimiento, calidad e importancia cultural de la canción, como no se necesita compartir la ideología para valorar a Jaime Sabines, Jorge Luis Borges u Octavio Paz, la ética para apreciar la obra de Arthur Rimbaud o Louis-Ferdinand Céline, el credo para disfrutar a San Juan de la Cruz (todos ejemplos contrarios a mis respectivas posturas), y ni mencionar la raza para reconocer las creaciones de Naguib Mahfuz, Kenzaburo Oé o Toni Morrison. Quien no comprende esto, sigue viendo el arte como medio, y no como lo que es: un fin.
El lenguaje de Ángel de Sodoma es bastante sencillo; se limita a seguir la línea de la oración religiosa tradicional, pero alterándola en el sentido, haciendo especial énfasis en el ruego de protección ante las amenazantes sierpes: símbolo de los intolerantes, los moralistas obtusos, o como dice el propio MCC en Vuelta al día, otra de sus canciones: “las mentiras / de una historia que destila / por los poros moralina, / miedo a la imaginación”. Pero en este caso, la sencillez del lenguaje vuelve la letra mucho más sentida, honesta, porque es una sencillez elegida, y no resultado de un nivel bajo, de un manejo pobre de los recursos estilísticos. No hay que olvidar que así es también el lenguaje de la oración que está renovando, la del ángel de la guarda; por lo tanto, la elección de esta simpleza forma parte del sentido mismo de la canción.
Pero sin duda la gran riqueza de Ángel de Sodoma radica en su melodía, arreglo y ejecución e interpretación. El piano introductorio de Enrique Quezadas es impecable. La influencia clásica crea una atmósfera íntima, casi de misa al inicio. Hasta que el sonido de cuerdas potencia, intensifica emocionalmente la melodía, lo que recuerda Gethsemane del Jesus Christ Superstar de Lloyd Weber. La voz de Mario Rivas llega a su máximo nivel, con una potencia impresionante, en agudos de alto grado de dificultad, con un manejo del vibrato perfecto, que nadie ha podido igualar en el rock mexicano. Hasta que el ritmo rompe al entrar la batería (hay que recordar que en este disco a MCC lo conforman sólo Quezadas, Mario Rivas y el bajista Sergio Ramírez, así que no hay baterista, y en casi todas las canciones usan una batería electrónica; sin embargo, en Ángel de Sodoma toca como invitado César Calderón, más conocido como Perico, El Payaso Loco, antiguo baterista del grupo). Es entonces cuando el rock sinfónico pasa a ser rock puro, que a partir de ahí se va en fade out, entre los adornos vocales de Rivas.
Sin duda alguna, Ángel de Sodoma es una verdadera cumbre del rock mexicano, un ejemplo de compromiso con la igualdad y la tolerancia, sin que eso merme la obra, por ser una muestra indiscutible de alto nivel musical, instrumental y vocal. Rock arte, sencillamente.