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jueves, 3 de junio de 2010

89. LA ESCENA ME TRASPASA EL CORAZÓN

Letra y música: Jaime Moreno Villarreal y Guillermo Briseño.
Intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco.
Para este análisis tomo la versión grabada para
Radio Educación. También existe la versión de Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Esta valiendo… el corazón.


Sobre la cama, anchamente,
me la paseo esperando un phone,
y bostezando ampliamente,
prendo la televisión.
He descubierto que me duele,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Si se supone, vagamente,
que yo vivo del rock,
¿por qué será que diariamente
me la paso en el colchón?
Como que no le importa a nadie,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Quiero mi lira, y una bataca,
tráiganme un pantalón.
Abran la puerta, que entre la gente,
ya va a empezar la función.

Soy un enfermo reincidente,
eso me ha dicho el doctor.
Siempre me apañan gachamente
en los conciertos de rock.
De la ambulancia soy el cliente,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

El corazón.
El corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.


La escena me traspasa el corazón posee una letra dura, directa, no muy común en la obra del también poeta Jaime Moreno Villarreal, aunque aquí se trata de un tema compuesto con Guillermo Briseño (quién sabe qué tanto es de cada uno). El tema es doloroso: el rockero ante el espejo, ante su situación desfavorable en México (salvo los pops), país dominado absolutamente por la música comercial y los medios que la encajan en la gente. Sin disqueras. Sin promociones. Sin productores que pongan la lana. ¿Qué queda? Nada, migajas, espacios ínfimos para manifestarse, incluso agresiones de ese público para el que se toca, y que ni valora, ni agradece, ni escucha realmente. Como dice el rockero protagonista de la novela Polvos de la urbe, de Víctor Roura: “a fin de cuentas, ¿para qué tocar? Para unos cuantos canallas...”. Y aunque el músico de rock mexicano lo tiene clarísimo, lo sabe de antemano, no deja de dolerle. Por ello, Moreno Villarreal deja por un momento su estilo poético elaborado y sutil (sin que falten los detalles formales bien cuidados, como el recurso estilístico de los adverbios terminados en mente), para entregar una rola que golpee, que cumpla al máximo su función: el desahogo, libre, puro, rudo, sin tropos que suavicen el fondo doloroso, como una especie de escape, de ruptura. Ya habrá tiempo y canciones para sutilezas…
La música de La escena me traspasa el corazón es también directa: una guitarra acústica, que nos recuerda, por ejemplo, que los rupestres lo eran por falta de medios para la instrumentación eléctrica, y no por un purismo folk al estilo de los que pifiaron a Bob Dylan en Newport. El rasgueo, de golpes entrecortados, le imprime un aire visceral, casi furioso, pero en el estribillo el ritmo rocanrolero parece reafirmarse, como si asumiera su esencia pese a todo, como si sacara el orgullo. Por ello, al final letra y música forman un nudo de catarsis pura, un desahogo que parece decir: “¿ah, sí?, ¡pues a la mierda todos!”.

domingo, 23 de mayo de 2010

38. EL PENDIENTE

Letra, música e intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco, grabada para radio.
También existe una versión de
Carmen Leñero, en su disco Almuerzo en la hierba.


No tenga pendiente, madre,
yo vuelvo al amanecer,
voy a ver un compromiso
que no lo puedo romper.
Mañana que me devuelva
ya yo le platicaré.
Mañana que me devuelva
ya yo le platicaré.

Tres años en el tomate,
tres años en el carwash,
paisano Isidro Silguero,
¿quién cree que lo iba a esperar?:
las lágrimas de una joven
se apaciguan con la edad,
las lágrimas de una joven
se apaciguan con la edad.

Madre mía, si ve que me emborracho
y me da por salir a buscarla,
no me deje volver a sus brazos,
no me deje rodar por su falda.
Ya no sé ni quién soy ni qué es lo que hago,
no me deje hacer la tarugada.

Ejido de La Esmeralda,
Peñita del Ocotal,
no hay nadie que los recuerde
cuando vuelven al corral.
Tiene el amor vencimiento
y no se debe aplazar,
tiene el amor vencimiento
y no se debe aplazar.

Madre mía, si ve que me emborracho
y me da por salir a buscarla,
no me deje volver a sus brazos,
no me deje rodar por su falda.
Ya no sé ni quién soy ni qué es lo que hago,
no me deje hacer la tarugada.

Ejido de La Esmeralda,
Peñita del Ocotal,
no hay nadie que los recuerde
cuando vuelven al corral.
Tiene el amor vencimiento
y no se debe aplazar,
tiene el amor vencimiento
y no se debe aplazar.


Una vez más, Jaime Moreno Villarreal nos entrega una verdadera obra maestra de la canción narrativa. El pendiente es el relato breve y certero del drama del indocumentado mexicano, del mojado que regresa de Estados Unidos sólo para encontrar su pasado perdido. En este caso, la decepción de la mujer que no supo esperar. El tema del bracerismo lo ha tocado continuamente el rock mexicano. Las canciones van del humor de ¡Qué onda, ese! de Jaime López, a la seriedad del desarraigo de su otra rola, Bordando la frontera, pasando por la visceralidad algo primitiva de Viajero de la Banda Bostik y el facilismo más comercial de Mojado de La Maldita Vecindad y Los hijos del 5º patio. Pero sin duda El pendiente se destaca considerablemente por encima de las otras canciones sobre el tema. Su calidad literaria se explica porque apareció primero como poema, en el libro La estrella imbécil de Moreno Villarreal. En esta rola, el ángulo desde donde se narra, la creación de un lenguaje nuevo, propio, que a la vez suena familiar, autóctono —lo que recuerda el estilo de Juan Rulfo—, las figuras literarias riquísimas en el manejo del nivel de la línea narrativa oculta, el impecable uso de la alusión, etc., son todos logros estilísticos impresionantes, que sólo se alcanzan con una formación literaria tan elevada como la de Moreno Villarreal. Por ello, sin duda alguna parte con una amplia ventaja sobre la mayoría de los compositores del rock mexicano.
El pendiente inicia con una justificación ante la madre, que más adelante se transformará en súplica para que sea la contención natural ante la caída emocional. Esto, que en otro autor sonaría vergonzoso, al estilo del famoso y ridículo verso de Manuel Acuña en su Nocturno a Rosario (“y en medio de nosotros, mi madre como un Dios”), Moreno Villarreal lo resuelve con mucha sutileza. La canción sigue con la descripción minimalista de la limitadísima vida del bracero, para pasar de inmediato con las frases que buscan una resignación en el fondo inalcanzable, en un recurso que es más un mecanismo de defensa (la racionalización) que una convicción. Pero pronto la carga dolorosa retoma el mando, en la nueva estrofa hacia la madre. Podemos ver, entonces, que el espíritu de la letra se centra en estos vaivenes emocionales, en las crisis de calma aparente y pena renovada, continuas, sin tregua, que reflejan el auténtico infierno interior que representa el desamor (lo que la relaciona también con Rulfo, en el final de su cuento Paso del norte). Así, el golpe a la autoestima (de por sí baja en un indocumentado) que significa el abandono de la mujer amada, esa obra cumbre de la crueldad, se describe, pero más por lo que se sugiere que por lo que se expresa, en un manejo experto de la elipsis, que le da a la rola un toque de originalidad y amplitud extraordinario.
Pero si alguien piensa que una letra tan poco explicativa pierde emotividad, se equivoca rotundamente en el caso de El pendiente: además de las frases más emocionales, cuidadosamente escogidas, colocadas y medidas, para eso están la música y la interpretación. La melodía, sencilla, a guitarra acústica limpia, estructurada a través de reiteraciones que forman un pequeño círculo melódico, se fundamenta en la caída del tono mayor dominante a uno menor, una y otra vez, más un estribillo con dominante menor. Todo esto, más las aceleraciones y desaceleraciones del ritmo, concuerdan perfectamente con los vaivenes emocionales del protagonista y narrador, y vuelven a El pendiente una rola desgarrada, sobre todo en su estribillo, en el que se centra la parte más dolorosa de la canción. Además, la voz de Jaime Moreno Villarreal se hace más intensa en las partes precisas, llegando a ser muy conmovedora, aun en la falsa calma del final, porque presagia que el dolor seguirá regresando, destrozando el alma sin compasión.
Por todo ello, El pendiente es verdaderamente una canción de un compositor experto, extraordinario, que demuestra sin duda alguna lo que una mayor exigencia cultural e imaginativa puede crear si los rockeros mexicanos siguieran el ejemplo.

martes, 18 de mayo de 2010

16. SE DECOLORA

Letra, música e intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco, grabada para
Radio Educación.


Tengo tu foto en la mano,
y la luz del cansancio
me dice que te tengo que hablar.
Tú bien lo sabes:
cabes fácil
en un rayo lunar.

La vida sigue de largo,
sobre un auto alquilado
del que nunca supimos bajar.
Tan pronto dudo,
mudo rápido de velocidad.

Hora tras hora,
se decolora
la flor en tu risa,
la tarde en verano,
un trago sin prisa,
tu foto en mi mano
se decolora.

Mis dedos cruzan el piano,
cinco pasos en falso,
habituando mi tacto a tu piel.
Tu voz me ronda,
ronda abierta la memoria infiel.

De noche espío tu cuarto
desde un acantilado
y el océano se extiende sin ver
que, como piedras,
hiedras ruedan sobre el amanecer,
hora tras hora.

La flor en tu blusa,
el espejo del baño,
la nube que cruza
tu foto en mi mano,
se decolora.

Hora tras hora…

Nadar en lo hondo
vestidos de blanco,
el miedo que escondo
en la cuenta de un banco,
mi pie pierde fondo,
tu foto en mi mano
se decolora.

Tengo tu foto en la mano,
y la luz del cansancio
me dice que te tengo que hablar.
Tú bien lo sabes:
cabes fácil
en un rayo lunar,
lunar,
lunar,
lunar…


No es raro que Jaime Moreno Villarreal sea más reconocido en el ámbito de la literatura que en el de la música. Sus ensayos y artículos en la revista Vuelta y otros espacios lo han colocado como uno de los mejores estudiosos de la literatura contemporánea en México. Y como poeta, sus publicaciones también han sido valoradas ampliamente. Pero Moreno Villarreal es también un extraordinario compositor, como hemos podido verificar aquí mismo. Participó en el taller de Guillermo Briseño, y pese a que nunca se ha sentido conforme con su nivel como pianista, su técnica y brío son notables. Se decolora es justo una pieza con piano solo y voz, no tanto porque sea un arreglo decidido, o porque le rehúya a trabajar con un grupo entero (hay que recordar que formó, junto a Carmen Leñero y otros músicos, la fugaz banda La ópera flotante), sino simple y sencillamente por la falta de recursos y apoyos del rock mexicano. Pese a ello, en el caso de Se decolora esa limitante resulta benéfica, porque la pieza adquiere una atmósfera de soledad y sentimiento, que lleva a imaginar al amante nostálgico, expresando su añoranza a oscuras, completamente abandonado, al piano nocturno y melancólico. La maravillosa letra de la canción, llena de imágenes poéticas vanguardistas, de complejidad moderna y ambiciosa, la convierte en una de las mejores canciones de amor jamás escritas en el rock mexicano. Casi como ninguno, Moreno Villarreal comprende que la originalidad del arte, y en este caso, la poesía, requiere un esfuerzo expresivo amplio, la incorporación de nuevos léxicos, pertenecientes a campos semánticos no utilizados por la literatura, así como una nueva manera de combinarlos y resaltarlos, una nueva creación de metonimias, metáforas, comparaciones, todos los tropos posibles, para expandir las posibilidades artísticas del lenguaje. Si bien es una de las premisas básicas de los miembros del llamado rock rupestre, y esa influencia se nota en Moreno Villarreal, no cabe duda que su mayor formación literaria, profesional, le ha dado más y mejores herramientas para la creación de canciones. Y lo más destacado es que al mismo tiempo comprende que la letra de rock pertenece a la manifestación de la cultura popular, y que posibilita mayores licencias, juegos y riesgos que la poesía estricta, académica, rigurosa. Así, Moreno Villarreal renueva la canción de rock en México, sin traicionar su espíritu cotidiano, barriero, urbano. Por eso, en Se decolora las prosopopeyas y metáforas mezclan elementos etéreos con el léxico más familiar, citadino (“el miedo que escondo en la cuenta de un banco”, “la vida sigue de largo sobre un auto alquilado”, “cabes fácil en un rayo lunar”), y esto permite que la letra siempre se sienta como una canción rockera, a pesar del tema y la melodía sutiles, delicados. Pero lograr esto requiere un importante manejo del lenguaje y una capacidad artística elevada, y Moreno Villarreal se destaca justo por ambas características.
En Se decolora, Moreno Villarreal le canta a la foto de la mujer amada, para adueñarse de su alma, como los pintores rupestres vivían la caza primero en sus trazos primitivos y después en la realidad, para hacerla inevitable. Como en Pregúntale a tu retrato de Guillermo Briseño, el canto a la foto se vuelve la comunión con el alma adorada, como en los Autos sacramentales medievales y barrocos, pues desde el Romanticismo el verbo adorar, antes único de la devoción religiosa, se volvió corpóreo. Cuando en La celestina Calisto se define como melibeo, y ya no cristiano (recordemos que el verdadero nombre de esta obra es Tragicomedia de Calisto y Melibea), estamos ante el germen, todavía muy incipiente, del alma romántica, y la foto, que es un recuerdo capturado, retrata no sólo la imagen anhelada, sino que se vuelve ella. Ese es el espíritu de Se decolora, y Moreno Villarreal habla con la mujer realmente, no sólo con el retrato, en un recurso estilístico cercano al apóstrofe y la obtestación. De esta manera, Se decolora es estilísticamente moderna, pero también heredera de la esencia romántica más plena en su fondo y emoción, en un equilibrio extraordinario y enormemente significativo.
Como ya dije, la música de Se decolora es dulce, delicada, de piano solo y voz. Jaime Moreno Villarreal suele explorar armonías y acordes más complejos que los de la balada-rock común, y en esta canción eso es notorio, sobre todo en la bajada melódica previa a los estribillos, que recuerda la manera de tocar el piano de Richard Wright de Pink Floyd, sobre todo en The great gig in the sky, aunque aquí partiendo de una tónica mayor. La voz de Moreno Villarreal, que tiende a lo agudo, pero suave, aquí funciona perfectamente, coincide con la sutileza del tema, y por momentos explora la técnica del vaivén entre dos notas, en el vibrato final del estribillo.
De esta manera, romanticismo, imaginación, originalidad e inteligencia se equilibran de modo perfecto, convirtiendo a Se decolora en una verdadera cumbre de la canción de amor.

13. LAS MUJERES SOLAS LO HACEN

Letra, música e intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco. Grabada para
Radio Educación.


Es hora
de irte a acostar.
La música de agua que te escurre al andar,
se anima en tu cama;
las sábanas hablan
de un día que pasa
y otro que vendrá.

Tu cuarto
pretende ignorar
las grietas del techo, que no dejan de espiar.
Tus manos amasan
el fin de la trama
de un día que pasa
y otro que vendrá.

Y siempre
olvidas echar la llave,
el gas no lo cerraste,
el foco brilla aún.

Es duro
tener que marcar
el número que no quieres recordar.
Tu miedo rebasa
el ansia lejana
de un día que pasa
y otro que vendrá.

Memorias
que nunca se van;
te siguen rondando, no te dejan en paz.
Rompiste una taza;
romper es la gracia
de un día que pasa
y otro que vendrá.

Y nunca
pudiste hilar dos palabras,
¿por qué hiciste esta llamada?
Nadie contesta aún.

Gotas para los ojos,
valium y Mejoral.
Gotas para los ojos
de cristal,
de cristal.

Quisieras
ir a caminar,
un cine, un café, una copa en un bar,
un rojo de brasa
que espanta el fantasma
de un día que pasa
y otro que vendrá.

La calle,
la seguridad,
al vago, a la loca, a la mujer de hogar.
Persigues tu causa,
perdida en las llamas
de un día que pasa
y otro que vendrá.

Y siempre
olvidas echar la llave,
el gas no lo cerraste,
las mujeres solas lo hacen
cuando el foco brilla aún.

Y nunca
pudiste hilar dos palabras,
¿por qué hiciste esta llamada?,
las mujeres solas lo hacen
cuando nadie contesta aún.

Nadie,
nadie...


Cuando hablamos de Ella de Carlos Arellano y ¿Qué vas a hacer? de Iván Rosas vimos dos ejemplos del tratamiento del rock mexicano al tema de la soledad femenina, y su terrible impacto en una sociedad que se burla de la soltería de la mujer, o presiona para que se tengan hijos, al volverlo el único sinónimo posible de la feminidad. Pero Las mujeres solas lo hacen de Jaime Moreno Villarreal la manifiesta de una manera aún más cruda, descarnada, quizá porque centra mucho más la letra en la presencia, como fantasma opresivo sin compasión, del recuerdo del hombre que se fue, que desencadenó la soledad, e impide la culminación del proceso de duelo y, por lo tanto, vuelve inalcanzables la resignación y el olvido. La terrible llamada que nunca logra nacer, justo por la obviedad de su incorrección, atosiga la mente, las noches impías, impide el descanso, el respiro, lo que recuerda la rola Mudo auricular de Lucerna Diogenis, pero aquí desde el otro lado, desde la mujer que sabe que, si la concreta, sólo recibirá oprobio, rechazo. En ese sentido, se acerca más a Solares baldíos de Rockdrigo, sólo que aquí el que se fue es quien está del otro lado de la línea, ubicable, y por eso mismo paradójicamente más inalcanzable. Y este infierno cotidiano tiñe, ensucia un día tras otro, sin tregua, como subraya Moreno Villarreal con la figura retórica de conversión, es decir, la repetición permanente de la última parte de las estrofas principales (“de un día que pasa y otro que vendrá”). De esta manera, crece la sensación de asfixia, de encierro emocional, enfermizo. Las gotas para los ojos, como el valium y el Mejoral, representan esa condición insana, vieja, acabada, esa a la única que aspiran “las mujeres solas”, derrotadas “cuando nadie contesta aún”. El cuartucho desolado, con el foco pelón permanente, esconde, sin embargo, un amago de escape, pero terrible: “y siempre olvidas echar la llave, el gas no lo cerraste”, de una mujer que pareciera anticipar la de Mujer en la barranca del mismo Moreno Villarreal, y también la de la ya revisada Polvo en los ojos de Real de Catorce, pero que en esta caso nadie recordará.
Las imágenes poéticas de Las mujeres solas lo hacen son más bien transparentes, pero al mismo tiempo muy sutiles. Como suele ocurrir con Moreno Villarreal, los tropos sugieren, insinúan, y en este caso la crudeza no está en los elementos estilísticos aislados —las imágenes son delicadas, tenues—, sino en el conjunto, en sus connotaciones, realmente dramáticas. Y como dijimos, la forma, sobre todo la estructura, es casi regular, muy cuidada. Una vez más, Moreno Villarreal nos entrega un maravilloso poema, esta vez emocionalmente intensísimo, doloroso, de una gran tristeza.
Si mencionamos en otro post la fuerza con que Moreno Villarreal ejecuta al piano solo muchas de sus rolas, en Las mujeres solas lo hacen llega al máximo. Si en El apagón impresiona su fluidez, su ritmo, o en Feliz lo juguetón de su estilo, en Las mujeres solas lo hacen es el poder, la intensidad creciente del aporreo, casi desesperado, lo que imprime a la música un ímpetu (entendido en el sentido del Sturm und drang de Goethe y otros poetas; es decir, exaltado, apasionado) que conmociona, y que refleja certeramente la ebullición interna de la protagonista. Por su parte, la aguda voz de Moreno Villarreal suena férvida, como un narrador testigo que transgrede la frontera con su personaje, de pura compasión (que a ratos parece algo de repugnancia, de “vergüenza ajena”).
De este modo, Las mujeres solas lo hacen devela un mundo exhausto, agonizante de dolor, una soledad insoportable, que distorsiona la razón de su protagonista, como en el cuento Comillas ratas comillas de Gustavo Masso, pero aquí desde el aislamiento absoluto, en el que el recuerdo y la conciencia del abandono son el verdadero infierno, total, inexorable. Una canción fuerte, maravillosa, de potentísima sensibilidad poética.

lunes, 17 de mayo de 2010

6. EL BOTELLAZO

Letra y música: Guillermo Briseño y Jaime Moreno Villarreal.
Intérprete: Briseño y El séptimo aire.
Disco: Está valiendo… el corazón.



Encendida en un valle de luces,
extendiendo su voz como un manto,
despejó el escenario de nubes,
absorbía el deseo de tantos:

“Tócala, tócala,
acaríciala,
roba la estrella
para ti”.

Con un puño de luz insensata,
una línea de verde botella
estalló en esquirlas de plata,
derribó el fulgor de la estrella.

“Tócala, tócala,
acaríciala,
roba la estrella
para ti”.

“Tócala, tócala,
acaríciala,
roba la estrella”.

Y él lanzó
el relámpago aquel,
contra el cristal
de su voz.

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡No le tiren al pianista!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡¿Qué se traen con el bajista?!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Aguas con el baterista!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Tapen al saxofonista!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Me van a romper mi lira!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Se los va a llevar la tira!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Muestren su ciudadanía!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Más respeto pa’l artista!

Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

¡Me van a romper mi lira!,
¡se los va a llevar la tira!,
¡muestren su ciudadanía!,
¡más respeto pa’l artista!,
¡¿qué pasó?!


Como si fuera una segunda parte de su rola Cruciflexo, Guillermo Briseño compone El botellazo junto a Jaime Moreno Villarreal, una “variación sobre el mismo tema”: el público, el fan, el escucha del rock, pero el del estereotipo, o mejor dicho, arquetipo, porque sí existe, y en abundancia, no se trata de un mero prejuicio, sino que puebla los limitadísimos espacios del rock mexicano, ya sean los similares a los antiguos hoyos fonkys, o los antros, deportivos, cuasi-auditorios o simples callejones de hoy. Hablamos del enajenado de signo contrario, marginal, lumpen, farmacodependiente del consumo más bajo, ya sea chemo o solvente, que no escucha realmente, pero sí acompaña su viaje con las vibraciones más bien básicas de grupo de rock urbano rítmico y repetitivo, y reacciona desde el slam, la cintura agitada o el simple subibaja de cabeza, autómata, ido. No obstante, El botellazo narra desde un ángulo diferente: si en Cruciflexo Briseño optó por un narrador omnisciente en tercera persona, en El botellazo hay una combinación de narradores. La canción inicia con el mismo tipo de narrador de Cruciflexo, en la voz de Hebe Rosell, pero al describir el deseo creciente del admirador de la diva del rock sobre el escenario, transcribe lo que ocurre en esa mente, pero como si fuera un llamado interno, como el de esos “diablitos” que mal aconsejan en las películas, que tientan, y que representan los impulsos oscuros y auténticos, o en términos freudianos, el principio del placer: “tócala, acaríciala, roba la estrella para ti”. Y aunque el narrador omnisciente retoma el relato, en el final hay una voz que interfiere, la de Briseño, que representa al músico, al miembro de la banda que está tocando y recibe la agresión, el botellazo del espectador enajenado. Uno a uno, los músicos del grupo tradicional de rock se nombran entre estrofa y estrofa, y al final todas estas exclamaciones desesperadas se juntan, no sin un fuerte dejo de ironía, y es el grupo de rock el que se vuelve el narrador último, el coro griego de la tragedia rocanrolera mexicana, después del hybris del botellazo. Así, y quizás sin decidirlo del todo, pero sí desde el conocimiento pleno de la realidad del músico, Briseño expone la tragedia fundamental del rock en México: la distancia insalvable entre el músico, sobre todo de calidad, y su público. Por un lado está el desolador mundo del músico: el esfuerzo y la resistencia ante la falta de espacios, ante la raquítica infraestructura de instrumentos, consolas, amplificadores, estudios de grabación, disqueras, etc.; y por otro, la condición del público de rock: marginalidad social, pobreza, incultura, barrio peligroso, adicciones que benefician al narcotraficante (micro o macro), desempleo, familia disfuncional, etc. Y el concierto se transforma en el campo de batalla entre los dos bandos, cuando debería ser el espacio de encuentro, solidaridad y admiración. Las frustraciones explotan una contra otra, y el músico siente justo lo que expresa un personaje de la novela Polvos de la urbe de Víctor Roura, como ya citamos: “al final, ¿para qué tocar? Para unos cuantos canallas…”, mientras el escucha mira esa diva del escenario, ese ídolo inalcanzable, de vestuario mágico y belleza de otra galaxia, y hace comparaciones con su propia condición derrotada, inamovible (como en el mencionado cuento Comillas ratas comillas de Gustavo Masso), y entonces ese botellazo es la única posibilidad de contacto con esa realidad dolorosísima por ajena, y lo que pudo ser reconocimiento, admiración y aplauso, se vuelve la agresión más burda, más injusta, porque, como dice Jaime López en Sácalo: “mi enemiga no eres tú, tu enemigo no soy yo: el enemigo común está alrededor”. Pero por supuesto todo esto se trata no desde el inútil y obvio discurso moral, sino desde el ingenio, y ese cierre algo socarrón de la última estrofa. En una decisión muy inteligente, Briseño y Moreno Villarreal escogen un lenguaje poético más elevado para las primeras estrofas, las que canta Hebe Rosell, para que coincidan con la atmósfera que crea la cantante observada, idealizada, descrita precisamente a través de un estilo literario igual de inalcanzable. Pero cuando el botellazo explota, el lenguaje cambia, se vuelve mucho más coloquial, directo, mundano, porque como dijimos, también se altera el tipo de narrador. Esta sola decisión muestra el impecable manejo de los recursos poéticos y aun narrativos de los autores, y cómo un fuerte fondo puede expresarse con la misma intensidad y eficacia a través de una forma bien trabajada. En síntesis, y al igual que la revisada Cisne de Rafael Catana y Armando Rosas, una muestra más del resultado del trabajo en equipo entre artistas de auténtico talento.
Pero si la letra de El botellazo es brillante, la música, y sobre todo el arreglo, son impactantes. Los acordes y los sintetizadores de la introducción recrean esa atmósfera profunda, mágica, de luces, brillos y vapores, que suelen usar las divas de la música en sus entradas al escenario. Y la voz de Hebe Rosell, suave y honda, inflama y estremece, acorde con la letra. Hasta que el arreglo revienta, justo cuando el clímax del botellazo aparece, y la melodía, cadenciosa y cachonda del principio, se convierte en un rock intenso, coral, y que se estanca en una vuelta musical y letrística, una y otra vez, al estilo de las grandes canciones con coda infinita, como Hey Jude de los Beatles, Daydream de Wallace Collection, Catch the wind de Donovan o la misma El adicto de Botellita de jerez (curiosamente un recurso también propio del son cubano), sólo que en El botellazo sí concluye finalmente, justo con la unión de las líneas de los rockeros agredidos, como explicamos antes. En esta coda la banda de Briseño muestra una capacidad instrumental muy bien sostenida, y crean uno de los finales más memorables del rock mexicano.
De este modo, El botellazo es un rock muy poderoso, una reflexión aguda y ácida de la vida del rockero (una serpiente que se muerde la cola), semejante a la que hace Paul Simon en God bless the absentee y Long, long day, pero aquí adaptada al mucho más limitado y ridículo contexto del rockero mexicano. Una rola de humor negro y hondo, envuelto en una música, arreglo y ejecución energéticos, de gran grupo de rock, como siempre han sido los que forma Guillermo Briseño.

1. BOTONES

Letra, música e intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco. Grabada para
Radio Educación.


¡Santas Pascuas de Cuaresma,
estos no conocen ley!,
a la niña se la llevan
al cuartel de ocupación, con el tropel.
¡Mi hijita linda!, ¿cuándo te volveré a ver?

Que le traigan sus muñecas,
que le traigan un bidé,
y la caja de botones
de que ha hecho colección, para coser.
¡La niña tanto le ha gustado al Coronel!

Ya le rizan los mechones,
ya le pintan el rubor,
ya le ponen unas medias
de color.

¡Cuánta flor de pedrería!,
¡cuánta cuenta de carey!
Va pegando los botones
al chaqué de gala de su Coronel.
¡Cómo aprovecha sus ausencias del cuartel!

El olor de naftalina,
le fascina, del baúl;
la memoria de un ropero,
las corbatas anchas de papá Saúl.
Ahora su hombre vestirá también de azul.

Se prepara la revista,
¡que le vistan el chaqué!
¡A divisionario
lo van a ascender!

¡Cuánta concha de conchita!,
¡cuánta luna de marfil!
¡¿Quién hizo esta carambada,
que le pasen al pelón por un fusil,
y que le planchen su camisola de dril?!

¡Santas Pascuas de Cuaresma,
estos no conocen ley!
A la niña se la llevan
del cuartel…


Son tantas las contradicciones y debilidades del rock mexicano, sobre todo de calidad, que casi no debería extrañar que esta, la canción número 1 de la lista, ni siquiera esté grabada en un disco. De hecho, Jaime Moreno Villarreal, para mí el mejor letrista del rock mexicano, ni siquiera ha podido grabar. Conocemos su material por los demos a guitarra o piano y voz que grabó para Radio Educación, o por las magníficas versiones de sus canciones que ha grabado Carmen Leñero. Insólito. Francamente imperdonable. Pero, para quien ha visto, como yo, la situación del rock nacional a lo largo de su historia, nada extraño. Pero en fin…
Si al analizar Exiliado celeste de Arturo Meza la mencioné como la única canción auténticamente épica del rock mexicano, de Botones de Jaime Moreno Villarreal podemos decir de manera igual de tajante que es la mejor canción auténticamente narrativa-histórica del rock nacional, y casi la única, de no ser por la ya analizada Dama en la carretera de Rafael Catana, la otra gran representante del género. Si la rola de Catana centraba claramente su contexto histórico en la Revolución, la de Moreno Villarreal podría ubicarse en distintos momentos, pero sin duda alude a un momento de la convulsionada historia de México (yo tiendo a pensar que se refiere a la ocupación francesa, por la línea “cuartel de ocupación”, o a la Revolución, por la manera en que se apoderan de “la niña”, que recuerda la leva de esa época, pero obviamente son sólo posibilidades). En todo caso, el valor de la canción no está en su contexto temporal, sino en la impresionante capacidad para hacer un relato, un pequeño cuento extraordinario, con reminiscencias de la novela mexicana de fines del siglo XIX y principios del XX, de autores como Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Payno, Gregorio López y Fuentes, José Rubén Romero e incluso Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Mauricio Magdaleno y Agustín Yáñez, sólo que con la carga poética de José Juan Tablada y López Velarde, en amalgama extraordinaria. Pero sin duda toda influencia es limitada en Botones, que posee un estilo y un control narrativo únicos. En esta canción, el amor y cierto abuso (producto de las circunstancias históricas) se confunden, como seguramente ocurrió más de una ocasión en la vida real. La “niña” de la narración parece raptada por las tropas, ya sea federales, o revolucionarias (depende de la interpretación histórica que se escoja), para “servicio” de un Coronel. ¿Pero es un rapto real, o una manera de expresar la pérdida de la hija, de este ingenioso narrador-padre? Como suele ocurrir con las grandes canciones, esa conclusión se deja al lector. Moreno Villarreal, como todo gran artista, cree en el lector, escucha o público activo, que pueda “crear” también la obra junto al artista. Por eso Cortázar sugiere varios tipos de lecturas para Rayuela, incluyendo el famoso “tablero”. Y también por eso José Agustín deja que las dos novelas cortas —Luz externa y Luz interna— que forman El rey se acerca a su templo estén en un libro sin “lado correcto”, gracias a que, a través de un original recurso de impresión, no puede distinguirse cuál novela es la primera que hay que leer, y por lo tanto, la decisión que tome el lector crea una sensación diferente, “arma” el gran total en un sentido u otro. Con la misma intención, los grandes artistas dejan que la interpretación personal tenga mayor peso, y sea múltiple, polisémica. Cuando en Botones ese abuso real, o ese rapto espiritual de la hija se convierte en amor máximo, la pérdida final que resuelve la historia, por la que “a la niña se la llevan del cuartel”, es tan sutil, tan delicada, que cuesta trabajo percibirla, y aun transcribirla correctamente en su puntuación (problema frecuente en las canciones, que no siempre son claras en sus énfasis gramaticales, por la naturaleza propia de la estructura musical). Y de hecho, caben varias interpretaciones (la mía es que el amante, el Coronel, muere, y la “carambada” es justo “que le pasen al pelón por un fusil”, que lo hayan matado). Pero sea cual sea la interpretación que se escoja, claramente la “niña” abandona el cuartel, como podemos concluir gracias al recurso estilístico de Moreno Villarreal, al contraponer la primera y la última estrofas. Es decir, ese amor termina, tan fugaz y tan circunstancialmente como comenzó, en ese contexto histórico violento, vertiginoso y cruel que definió, define y al parecer seguirá definiendo a México. Por ello, el fondo de Botones es profundo, de grandes connotaciones de la cultura, la historia y la sensibilidad de México. Pero si la trama y el fondo de Botones son notables, inteligentes y emotivos, el lenguaje, las imágenes y las herramientas estilísticas que Moreno Villarreal utiliza con gran maestría son inigualables. Como dijimos, el tipo de narrador, cambiante, mixto, con voz de padre en un principio, pero con tonos omniscientes después, es ingenioso, original, riquísimo en posibilidades. El vaivén léxico con el que logra esa mixtura es tan cuidadoso, tan bien llevado, que sorprende, por sus términos populares, coloquiales y afectivos, colocados con tino y belleza. El añejo hipérbaton (“el olor de naftalina, le fascina, del baúl”) es tan evocador, y transporta y contextualiza históricamente el tema con tanta precisión, que realmente es un prodigio poético. Y el extraordinario control del ritmo narrativo, entre insinuaciones y ocultamientos, pistas y distractores, hacen que la línea narrativa oculta y la tensión estén en el más alto nivel literario que haya alcanzado rockero mexicano, a través de una elipsis ejemplar. Por todo esto, para mí Botones es la mejor letra del rock mexicano en la historia, impecable, hermosa, perfecta, de una ternura y una melancolía maravillosas. Un auténtico poema máximo.
Pero lo extraordinario es que Jaime Moreno Villarreal cobija este logro poético con una música preciosa, de dulzura conmovedora, tristísima, cristalina, en una melodía llena de cadencias aterciopeladas, gracias a un piano solo delicado, grácil, etéreo como nunca. Pocas veces en el rock la elección de un instrumento solo es el arreglo más rico. Suele pasar que, cuando ocurre, sentimos la necesidad de algo más, y si no conocemos la rola, incluso esperamos que aparezca un quiebre instrumental, lo damos por hecho. Pero el piano de Botones se basta totalmente, es pleno, porque Moreno Villarreal acude a las octavas altas en los momentos más precisos, a través de figuras cristalinas y cálidas, que apuntalan su voz bien colocada, en la melodía quizá más apropiada para su tesitura. Todos estos méritos musicales crean una atmósfera tibia, un vapor nostálgico en concordancia perfecta con el tema y la poesía de la letra, un aire de antaño, de pasado, de historia. Esta suma pulcra, perfecta, de letra, música, interpretación y arreglo, con gran equilibrio en forma, fondo y emoción, hacen de Botones la canción número 1 de esta lista. Si alguien siguiera dudando de que el rock mexicano es arte (si hay infinidad de canciones que no lo son, simplemente es porque pasa eso mismo con la pintura, la literatura, el cine y todas las demás ramas del arte, así que no lo desmentiría), basta con ponerle Botones de Jaime Moreno Villarreal. Una obra maestra que no deja lugar a dudas.