Mostrando entradas con la etiqueta RICARDO CASTILLO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RICARDO CASTILLO. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de mayo de 2010

64. LOS TIEMPOS CAMBIAN

Letra, música e intérprete: Gerardo Enciso.
Disco: Es la calle honda.
Aunque para este análisis me base en otra versión, grabada en vivo, porque la del disco
Es la calle honda, grabado junto al poeta Ricardo Castillo, permanece de fondo sobre un poema, y eso la hace menos manejable para este blog.


“Los tiempos cambian”, dice mi doctor.
Es jubilado, y también mi papá.
Apura pronto el café,
y se va a trabajar.

“¡Ya no me alcanza!”, dice mi mamá.
Treinta años hace que hace de comer.
Se ven cansados los dos,
y eso me duele aquí.

Yo hago canciones para sobrevivir.
No sé hacer otra cosa que cantar.
Tengo una banda de rock,
y la verdad, me va muy mal.

Y es que no entiendo nada,
no tengo amor ni tengo nada,
me siento mal por las mañanas,
y no me tengo que rendir.

Ella trabaja en la U. de G.
Tan mal la tratan, que no puede más.
Vamos haciendo el amor,
y luego se nos cae.

Ya no me acuerdo cuándo comenzó
este dolor que se hace nudo aquí.
Si de algo sirve mi amor,
ya no sé distinguir.

Yo hago canciones para sobrevivir.
No sé hacer otra cosa que cantar.
Tengo una banda de rock,
y la verdad, me va muy mal.

Y es que no entiendo nada,
no tengo amor ni tengo nada,
soy un extraño hasta en mi casa,
y no me tengo que rendir.


Esta canción de Gerardo Enciso se convirtió en una especie de himno de los rockeros mexicanos. Tal como vimos en La escena me traspasa el corazón de Jaime Moreno Villarreal, estamos ante una canción de rock sobre el rock, sobre las implicaciones de ser músico en un país acaparado por los medios comerciales, ante un público cautivo por la incultura como estrategia política, y con recursos limitadísimos. Pero a diferencia de la rola de Moreno Villarreal, en Los tiempos cambian hay una mínima esperanza, o mejor dicho, un afán de resistencia, parecido al que oímos en Rocanrolas domésticas de Carlos Arellano, Nube de Lucerna Diogenis, El huerto de Roberto González o El rol debe seguir de Roberto Ponce. En la canción de Enciso, vemos, además, el contexto familiar y amoroso del rockero, lo que refleja el fracaso total, amplio. Pero pese a lo adverso del panorama, Los tiempos cambian se centra en la defensa de la vocación musical a toda prueba, que lleva al músico a aguantar, a sobreponerse, aunque no logre ver el sentido real de su esfuerzo, casi sacrificio cuando hablamos del contexto mexicano. Y justo por esa importancia emocional, Enciso escoge un lenguaje más descriptivo, claro y directo, para retratar ese contexto y su impacto anímico en la vida del músico de rock.
La música de Los tiempos cambian es de sencilla balada-rock, pero profundamente emotiva. La voz de Gerardo Enciso, en otros casos fuerte y áspera, aquí se suaviza, pero no hacia lo melifluo, sino hacia la melancolía. Estamos ante una rola muy conmovedora, hecha e interpretada a flor de piel. Y eso el escucha lo nota y agradece. El dejo de esperanza le da un sentido catártico, y la figura final, de bajeo, de la guitarra acústica, va menguando en ritmo, lo que impulsa al respiro reparador, al alivio, que es el auténtico espíritu de la canción.

lunes, 17 de mayo de 2010

2. VALS DE LA MUERTE

Letra, música e intérprete: Gerardo Enciso.
Disco: Cuentos del miedo.
También existe otra versión, solo con guitarra acústica y voz, en el disco
Es la calle honda, de Enciso junto al poeta Ricardo Castillo.



¿Cuántas veces tu corazón
será golpeado sin compasión?
Una lucha en el vientre,
el sentimiento viajando
entre las ruinas del amor.

¿Cuántas veces te irás sin ver
lo maltrecho del corazón?
Un baúl de reproches,
una estación
de ferrocarril.

Viento de otoño,
hojas que caen,
bailan el vals de la muerte,
y los amantes se hieren:
nubes manchadas de sangre…

¿Cuántas veces tu corazón
negará el fuego del amor?
Una luz que ilumina
esta vida perdida
entre las huellas del dolor.

Viento de otoño,
hojas que caen,
bailan el vals de la muerte,
y los amantes se hieren:
nubes manchadas de sangre…

Si El papalote de Armando Rosas y La Camerata Rupestre es la mejor canción del rock sinfónico mexicano, Vals de la muerte de Gerardo Enciso está a milímetros de distancia. Quizá sólo el hecho de que sea un vals y que el piano no utilice tanto la técnica clásica, hacen que Vals de la muerte esté ligeramente más cargada hacia el rock (mucha gente no se da cuenta, pero Piano man de Billy Joel, por poner sólo un ejemplo, es en realidad un vals, como ya dijimos). Pero sin duda alguna la diferencia es infinitesimal, y por lo tanto, discutible. Lo que sí creo es que la letra de la rola de Enciso es un poco más ambiciosa y lograda, y por eso la coloco un lugar por encima. Si en El papalote las licencias literarias no impedían su correcto nivel poético, en Vals de la muerte Gerardo Enciso aprovecha lo sombrío de su tema, para crear una letra bastante más críptica, y por lo tanto, con una elipsis más trascendente, adecuada para la atmósfera oscura de su esencia. Si en Cadáver Enciso explotó al máximo la emoción encendida, Vals de la muerte apunta al lado opuesto, pues es la sutileza, cadenciosa y casi volátil, la que marca el estilo de la rola, la que la acerca más a las revisadas Eros del mismo Enciso y a Herraje de Armando Rosas. Para lograr esto, Enciso acude a diferentes figuras poéticas. Para el inicio de las estrofas, escoge la interrogación retórica (salvo la segunda, que se acerca un poco más a la recriminación), seguidas de enumeraciones que explican el motivo de esas interrogaciones. Y el estribillo da la clave: el “viento de otoño”, y las consecuentes “hojas que caen”, representan el paso del tiempo, y más específicamente, el desgaste. De esta manera, estamos ante una nueva canción sobre la ruptura y el abandono, sobre el fin del amor. Sobre la muerte del amor, a la que se le compone un vals, que bailan esas hojas, ese tiempo exterminador, férreo, implacable. Asesino. Por ello, si en Cadáver vimos el terrible peso de la muerte física, en Vals de la muerte vemos la otra muerte, la del alma, la del corazón, la de la esperanza, lo que hace recordar la ya mencionada conclusión de Igor Caruso en La separación de los amantes: la ruptura amorosa es una vivencia de muerte. Y en ella, “los amantes se hieren”, y esas nubes que siempre se asocian al estado de enamoramiento, quedan “manchadas de sangre”, la sangre del alma de los amantes. De este modo, Enciso expresa con mucha delicadeza el gran dolor del desamor, como si quisiera reflejar esa falta de reacción por su impacto, como ocurre en las revisadas Si tuviera un corazón y La ventana de Arturo Meza, sólo que de modo más acotado, más específico. Así, gracias a los bien elegidos recursos estilísticos, la poesía de Vals de la muerte es brumosa y leve, de enorme belleza, como el “agua muerta” de Antonio Machado.
Por otro lado, y como ya dijimos, la música de Vals de la muerte es maravillosa. Misteriosa, amarga y nocturna, la melodía es inicialmente una balada arpegiada en tono menor, lenta y densa, muy bien apuntalada por las notas largas de las cuerdas y la tersura del piano. Pero en el estribillo se transforma en un vals lúgubre, tenebroso, que al final de la estrofa se queda casi flotando, para retomar el ritmo inicial. Y así se desarrolla una vuelta más, con su estribillo. Al final, el vals se va paralizando, hasta ser opacado por otro, ligeramente más acelerado, y con arreglo circense o de feria, intenso y lleno de detalles sonoros de fondo (que obviamente recuerda la magistral y varias veces mencionada aquí Being to benefit of Mr. Kite de los Beatles, así como Corporal Clegg de Pink Floyd), y que va creciendo en vigor, lo que provoca una sensación realmente macabra, muy impactante.
De esta manera, Vals de la muerte muestra no sólo el crecimiento artístico de Gerardo Enciso, sino la amplitud que puede alcanzar el rock cuando incorpora ritmos, voces, instrumentos y arreglos de otros tipos de música. En este caso, el resultado es una pieza de rock sinfónico de los más altos vuelos, de extraordinaria sensibilidad e impecable trabajo poético. Estremecedora y profunda, Vals de la muerte es también una auténtica obra maestra.