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viernes, 4 de junio de 2010

98. PARIA'S BLUES

Letra: José Cruz.
Música: Real de Catorce.
Intérprete: Real de Catorce.
Disco: Real de Catorce.



En una de las calles
más lejanas del sueño
—la más confusa y apagada—,
donde las sombras se erizan
y los miedos se palpan,
hay un rincón de café.

Sorbiendo a tragos el olvido,
trazando penas de papel,
borrando nombres y apellidos,
está un cadáver de mujer.

Bailando con fantasmas
vestidos de negro,
vendiendo el sexo a placer,
fumando la absurda
tonada de un necio,
rompiendo bocas de un revés.

Tejiendo —muerta— telarañas,
guardando lutos por hacer,
odiando el llanto de una virgen,
está un cadáver de mujer.

Tejiendo —muerta— telarañas,
guardando lutos por hacer,
odiando el llanto de una virgen,
está un cadáver de mujer.

Con más de un siglo después…


José Cruz, sin duda el armoniquero más impactante de la historia del rock mexicano, pero también gran cantante, guitarrista y compositor, ha vuelto una y otra vez sobre el tema de esta canción: el arrabal y sus criaturas. Como una especie de actualización rocanrolera del Agustín Lara de Aventurera o Los Panchos de Amor de la calle y Perdida, Real de Catorce nos introduce en la luz roja, la madrugada humeante y los despojos del lupanar y sus callejones, verdaderos nidos de parias, como la mujer de este blues desgarrado. Despojo humano, derrota con medias raídas, tos seca de cigarrillo y bilé corrido, todo eso es este “cadáver de mujer”. No le queda nada, y justo por eso hay que cantarle, que trovarle metáforas osadas como manos bajo la falda, porque José Cruz nos hace ver la nueva Dulcinea que se esconde tras esa nueva Aldonza pintarrajeada de rímel y agonía. Porque no es tan diferente a nosotros, que de una manera u otra, somos también despojos de nuestro tiempo.
La música de esta rola es uno de los blueses más clásicos y deliciosos de la historia del rock mexicano, con sus urgentes solos de guitarra y armónica, que son un auténtico alivio para el alma. Y la voz de José Cruz muestra un inmejorable nivel, un gran control del vibrato y los juegos de los cambios tonales, que hacen de Paria’s blues una obra cumbre de este género, generalmente fallido en México, pero con excepciones tan honrosas como esta canción, a la altura del mejor blues negro clásico.

viernes, 21 de mayo de 2010

33. SOLEDAD Y SOL

Letra: José Cruz.
Música e intérprete: Real de Catorce.
Disco: Real de Catorce.



El cuerpo envuelto,
en periódico envuelto,
alcohol y lluvia,
soledad y sol,
soledad y sol.

Calles, patios sucios,
antenas, perros,
bruma de las 7:00
en un día gris.
Es un día gris.

Hay que caminar
cuatro horas más
bajo esta espada
de metal.
Los niños fuman
el viento aural.
Julia rompe un vaso,
cambia el canal,
abre sus venas,
le brota el mar.

Un auto hierve
en su reflejo,
los ojos flacos,
de mí, de yo, de mí, de yo, de mí.
Los edificios
andan despacio.
En el 500
vive Dios
con su mujer.
Baldía nación;
se te derriten
todos tus muchachos,
todos tus borrachos,
todos tus muchachos
en un rincón.


Si antes mencionamos lo escasas que son las canciones optimistas en el rock mexicano, sin duda alguna Soledad y sol de Real de Catorce representa el extremo opuesto, el máximo pesimismo. Los personajes marginales, olvidados, perdidos en su soledad y miseria, se pasean una y otra vez por las canciones de José Cruz, como ya vimos al analizar Polvo en los ojos y Paria’s blues. Pero en Soledad y sol vemos el punto cumbre de esta visión oscura, en la descripción de la mujer derrotada, suicida. El suicidio no ha sido aceptado casi por ninguna doctrina religiosa o postura filosófica. Sólo el Nihilismo, sobre todo de Schopenhauer y Heidegger, lo asume como posibilidad válida. El arte romántico sí que lo trató con amplitud, como ya vimos al hablar del Werther de Goethe, la obra cumbre sobre el tema. Los libros El suicidio, un estudio sociológico de Emile Durkheim y el famosísimo El dios salvaje de Al Alvarez (donde se analizan suicidios de personajes célebres, como Sylvia Plath y Antonin Artaud) son muy buenas referencias si se quiere profundizar en la revisión histórica del asunto. En la historia del rock, el suicidio se ha abordado poco. Se pueden citar Yer blues de los Beatles, de sutileza exquisita Ballad of a thin man de Bob Dylan (que se menciona en Yer blues), de forma indirecta The final cut de Pink Floyd, el final de la ópera-rock Quadrophenia de The Who, y de manera más reciente, toda la línea del rock gótico, dark y grunge. Pero no se ha explorado demasiado en el rock mexicano. Las excepciones son la revisada Mírame desaparecer de Roberto Ponce, La última lágrima y Quiero huir de Lucerna Diogenis, Para un compa de Arturo Meza, Nos queremos morir de Santa Sabina de manera mucho más pop, y alguna que otra más. Pero Real de Catorce lo ha hecho en varias ocasiones, como en la rola Con el alma borracha y las canciones ya mencionadas.
En Soledad y sol, Real de Catorce se aproxima al suicidio de otra manera, pues lo ubica como una reacción provocada por las condiciones sociales del país, que dejan a los seres marginales sin opciones, sin más salida que el alcohol, la droga, y finalmente, el suicidio. Pero toda esta carga temática, pesada y patética, no deforma el sentido poético de la letra; al contrario, se vuelve la vía, el detonante que desata la búsqueda estilística. José Cruz suelta algunos elementos escogidos, que permiten echar un vistazo, sólo entrever las condiciones del día final de Julia, la suicida. Un día deforme, asfixiante, porque más que el exterior, es el día interno, poblado de asperezas y enemigos, ajenos, extraños que sólo pasean su olvido, su indiferencia, cómplices de un país asesino, porque todo suicidio en realidad es un asesinato social, según la tesis de José Cruz. Y no importa si se comparte o no su postura; la sensibilidad ante el dolor ajeno que muestra Soledad y sol, junto con su riqueza expresiva y artística, bastan para darle su justo valor. En todo caso, toda la sutileza que muestra la canción a lo largo de casi todas sus líneas se rompe en las últimas, como si finalmente se impusiera la desesperación ante esa fractura expuesta, terrible del personaje, y eso nos la hace más próxima, más semejante.
La música de Soledad y sol es de rock clásico, pero con el detalle del cambio de tono que va adquiriendo, siempre en aumento, con cada cambio de estrofas; un recurso original y de gran riqueza melódica, que rompe cualquier monotonía. El arpegio de guitarra eléctrica sola y limpia en la introducción, sin efectos, apenas acompañada del muy discreto adorno de otra guitarra, es de una delicadeza magnífica. La melodía parece arropar cálidamente la voz grave de José Cruz. Pero de pronto la música revienta, muy intensamente, energética, y la voz de Cruz se eleva una octava completa. Este cambio simula la agitación anímica del personaje central de la letra, del dolor apretado a la decisión final desesperada. Al final, el impecable y efervescente solo de guitarra del desaparecido José Iglesias se lleva la melodía como una avalancha aguda y desgarrada.
De esta manera, amargura y poesía se desenvuelven a la par, y Soledad y sol alcanza una intensidad profundamente emocional, que ejemplifica la verdadera solidaridad (antes que el malnacido Salinas de Gortari echara a perder para siempre la palabra en México) ante el inigualable dolor del prójimo perdido, destrozado.