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viernes, 4 de junio de 2010

93. SOLARES BALDÍOS

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: El profeta del nopal.
También
Nina Galindo grabó una versión para el disco de homenaje a Rockdrigo, llamado A ver cuándo vas…, grabado por varios músicos del movimiento rupestre.


Ella estaba sentada
en un jardín de sopor;
sentada sobre la nada,
viendo fantasmas de amor,
con los dedos amarillos
por los cigarrillos
y excesos de ron.

Cruzan mi mente solares,
solares baldíos de amor.

Ella se mece en su hamaca,
enredada en el tiempo,
con la mirada ya flaca
por quien nunca regresó.
Dicen los niños que juegan
a ver quién atina a los vasos de ron.

Cruzan mi mente solares,
solares baldíos de amor.

Es un cometa la imagen,
es un mapa de vapor.
“Voy por cigarros”, le dijo,
se puso el sombrero y jamás regresó.
“¡Ya no arañe las nubes!”,
le recetó algún doctor,
pero ella estruja lugares
que dan a solares
baldíos de amor.

Fue a sacudir al tendero,
al policía y al dolor,
pero de aquel paradero
sólo silencio encontró.
Los días eran sospechas
de algún enemigo con el odio a flor.

Eran su vida solares,
solares baldíos de amor.

Supo de alguien que sabía
adivinar el color,
y en un teléfono viejo
ella escupió su dolor.
“Miles de gentes perdidas”,
le dijo un lejano interlocutor.

Eran su vida solares,
solares baldíos de amor.

Es un cometa la imagen,
es un mapa de vapor.
“Voy por cigarros”, le dijo,
se puso el sombrero y jamás regresó.
“¡Ya no arañe las nubes!”,
le recetó algún doctor,
pero ella estruja lugares
que dan a solares
baldíos de amor.

Solares baldíos,
baldíos de amor.
Solares baldíos.


En las entrevistas y conciertos que tuvo en vida, Rockdrigo siempre dividía sus canciones entre “urbanas” y “humanas”. Así, el humor era su característica, pero no la única. Solares baldíos lo demuestra. Una vez más, como tantas, se narra una historia (o una hurbanistoria, como propuso ortográficamente Rockdrigo); en este caso, la de la mujer abandonada, pero sin explicación, sin que se sepa el destino de la pareja, que sólo desapareció (Jaime López retomó el tema recientemente, en su rola Por cigarros a Hong Kong, grabada en el disco Nordaka junto a Eulalio González Piporro). La angustia y las miserables esperanzas resultantes llenan la vida de la abandonada, pero la llenan de vacío realmente, y la paradoja consume el alma, los nervios y los años de la mujer. Todas esas emociones las refleja poéticamente la letra, con imágenes muy ricas y modernas (como las metáforas “jardín de sopor”, “mapa de vapor” y obviamente “solares baldíos de amor”, y las prosopopeyas “escupió su dolor” y “estruja lugares”, además de adjetivaciones y comparaciones). De esta manera, la verdadera división de las canciones de Rockdrigo tiene más que ver con la elección entre complejidad formal (como en Rock en vivo, Tiempo de híbridos y Solares baldíos), o un lenguaje más directo, de impacto inmediato (como en Oh, yo no sé, El feo o Asalto chido). Obviamente muchas veces coincide esta división con la diferencia entre canciones de humor y más serias, pero no en todos los casos. Pero como sea, Solares baldíos es una de las canciones donde Rockdrigo explora más los límites estilísticos, sin que ello impida que logre un fondo profundo, y una delicadeza muy lograda ante la tragedia cotidiana, absurda y aplastante de la protagonista. Una verdadera pieza de empatía, la rola resulta conmovedora, y la desesperación y la soledad que se vuelven alcoholismo se reflejan sin obviedades sensibleras, en aras de un tratamiento mucho más profundo.
La música es una pieza clásica de rock rupestre, donde la guitarra sola tiene que encargarse de llenar lo que un arreglo más elaborado, eléctrico y con recursos de estudio, facilitaría. Rodrigo González suple esta carencia muy eficientemente, con cambios de ritmo y énfasis, con punteos y viajes de lo más agudo a lo grave, del arpegio al golpe de guitarra, y todo esto ajusta la concordancia con las complejidades emocionales del personaje principal de la letra. Una de las grandes del Rockdrigo.

jueves, 3 de junio de 2010

90. TIEMPO DE HÍBRIDOS

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: El profeta del nopal.
También existe una versión del dueto
Callo y Colmillo, es decir, Nina Galindo y Roberto Ponce, grabada en Radio Educación. Y Nina la grabaría sola finalmente en el disco Antes del toque de queda.


Era un gran rancho electrónico,
con nopales automáticos,
con sus charros cibernéticos
y sarapes de neón.
Era un gran pueblo magnético,
con marías ciclotrónicas,
tragafuegos supersónicos,
y su campesino sideral.
Era un gran tiempo de híbridos.
Era Medusa anacrónica,
una rana con sinfónica
en la campechana mental.

Era un gran sabio rupéstrico
de un universo doméstico,
pithecanthropus atómico, era
líder universal.
Había frijoles poéticos, y también
garbanzos matemáticos
en los pueblos esqueléticos, con sus
guías de pedernal.
Era un gran tiempo de híbridos,
de salvajes y científicos
panzones, que estaban tísicos
en la campechana mental,
en la vil penetración cultural,
en el agandalle trasnacional,
en lo oportuno norteño imperial,
en la desfachatez empresarial,
en el despiporre intelectual,
en la vulgar falta de identidad.


La relación entre rock y Surrealismo ha sido más bien tangencial. Quizá fue John Lennon quien más la buscó, con canciones como I am the walrus, Glass onion, Come together o A day in the life, donde realmente hubo una serie de asociaciones cercanas a la escritura automática, que buscaba la verdadera expresión del subconsciente. Así que seguramente sería más lógico hablar de influencia surrealista, más que de canciones realmente surrealistas. No toda la gente entiende la diferencia, lo que explica que se incluyan en la misma lista lennoniana canciones que evidentemente tienen un “tema”, es decir, un claro uso de la razón, por más audaces que sean sus imágenes, como Lucy in the sky with diamonds, Strawberry fields forever o Being to benefit of Mr. Kite. Lo mismo podría decirse de la confusión del mismo André Breton, cuando afirmaba que Frida Kahlo era surrealista. La relación con el Surrealismo tampoco se dio demasiado en el rock mexicano. Quizá el caso más notorio es el grupo de canciones del disco Del surrealismo, la picaresca y el humor, de José de Molina y Los Nakos (ninguna logró quedar en la lista final, lamentablemente, pero hay canciones bastante buenas en este disco, como El asesino de la televisión, La modista, y las cercanas a lo surrealista Pasitas, y la ya mencionada Canto a tus vísceras).
Dentro de las canciones de influencia surrealista sobresale Tiempo de híbridos de Rockdrigo. La letra es muy original, una sucesión de metáforas formadas por elementos autóctonos o folclóricos por un lado, y por referencias tecnológicas por el otro; mezcla que crea imágenes insólitas, surrealistas, compuestas básicamente de esdrújulas enigmáticas, que recuerdan vagamente el poema La rosa de Hiroshima de Vinicius de Moraes, pero con carga menos obvia, y además, humorística. Estas metáforas, estos híbridos entre tradición local y futurismo ajeno encierran el tema de la rola: el gran híbrido en que se ha convertido México por el colonialismo cultural que padece ante los vecinos del norte. Esta nueva Conquista ha creado auténticos monstruos contradictorios y sincréticos; el acceso del tercer mundo a la tecnología, sin un auténtico desarrollo económico y educativo que lo acompañe, sólo ha propiciado una población de burros que tocan la flauta. Es decir, híbridos, absurdos, risibles. La antigua y asfixiante dependencia económica que Estados Unidos ata a nuestro cuello se ha extendido a lo cultural, pese a que el avance de la mano de obra hacia el otro lado significa también una velada reconquista de los territorios arrebatados (la tesis esperanzadora es de Carlos Fuentes, no tanto mía). Pero en todo caso el resultado de este trasvasije es lo que Rockdrigo retrata, con humor despiadado y originalidad innegable. Pero además, para ello se vale de un manejo del lenguaje muy destacado, de gran inteligencia, que esconde muy atinadamente su contenido como una bomba de tiempo, de tiempo de híbridos. Así, esdrújulas precisas, metáforas alucinantes y adjetivaciones estrambóticas se mezclan en una gran elipsis, en un intenso despliegue de recursos estilísticos ocurrentes y, para colmo, certeros. Quien pescó el fondo, que lo disfrute; quien no, se lo pierde, problema suyo.
Pero también la música es certera. También es un híbrido. La introducción está conformada por ascendentes figuras bitonales propias de la canción ranchera (similares a las de Renunciación, Plegaria guadalupana, Las rejas no matan, Un cancionero lloró, Que te vaya bonito y muchísimas más, y copiada después por Caifanes en La célula que explota). Pero inmediatamente la guitarra acústica rompe en un aporreo, y la armónica remata el salto a un ritmo de rock; en él se desarrolla el resto de la canción, hasta que el final retoma la figura ranchera. Es decir, también la música retrata el híbrido entre tradición folclórica e influencia extranjera (tengo clarísimo que casi toda música es de por sí un híbrido, incluyendo la ranchera y el mariachi). Es decir, Rockdrigo no hace una canción ranchera con letra de rock (como sí lo hace Jaime López en ¡Ay, que dolor vivir!), ni tampoco modifica una canción ranchera con música rockera o bluesera (como hace Betsy Pecanins en todo el disco El efecto tequila). No, aquí se trata de fusionar ambos espíritus totalmente, de crear un híbrido. No podría haber mayor concordancia entre letra y música. Y como en el mejor rock, sin moralina, simplemente reflexionando sobre una realidad, y expresándola con una búsqueda formal propia.

88. LOS INTELECTUALES

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Aventuras en el DeFe.



En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
Se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos,
pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos.

Los veías en los cafés, llenos de libros profundos,
y en eventos culturales olías conceptos rotundos.
Constantemente escribían poemas y cuentos cortos,
y aunque no los comprendían, se quedaban como absortos.

Si veías tal escritura, te sentías medio atontado,
porque con tal estructura te ibas bien apantallado.
No sabías si eran marcianos, mexicanos o europeos,
ángeles, diablos o enanos, cardíacos o prometeos.

Y así estos tipos extraños siempre estaban cavilando,
y hasta cuando iban al baño se la pasaban pensando.
Pensaban cuando comían, en la esquina, en el avión;
pensaban cuando dormían, pensaban en el camión.

Y entre tanto pensamiento, análisis y estructura,
decían conocer la neta y hasta también la locura.
Pero al llegar a su casa se liaban con su mujer:
sintiéndose de otra raza, nunca daban pa’ comer.

Ya que en un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.


Todos los que, de una manera u otra, trabajamos en el ámbito intelectual, nos hemos estremecido con esta bofetada de Rodrigo González, el Rockdrigo. Su canción Los intelectuales es absolutamente certera, como una bomba terrible. Siempre he querido saber qué experiencia pudo inspirarla, cómo se le ocurrió, qué desató este mazazo. Y varias veces he tratado de objetarla: que es injusta, que ya tenemos suficiente con la falta de oportunidades, que uno se esfuerza por acrecentar el uso de la inteligencia. Etcétera, etcétera, etcétera. ¿Pero saben qué?, es INAPELABLE. Simple y sencillamente inapelable. No sé por qué, pero siempre la relaciono con la frase del poema de Vinicius de Moraes: “para vivir un gran amor (…) hay que (…) saber ganar dinero con poesía”. Y yo, que aún no sé hacerlo, sigo sangrando con cada estrofa de Rockdrigo. ¿Qué lo llevó a ponerse “del otro lado”, uno que nunca reflexionamos, y que menos criticamos? No podremos saberlo, pero sí podemos apreciar de nuevo un arranque de originalidad, un mito derribado, una nueva máscara que cae. El mensaje es claro: quien sólo se queja, es cómplice, no víctima. No basta con padecer la incultura popular ni encerrarse en la inconexión con la realidad práctica. Rockdrigo lo decía: “ha llegado la hora de modificar las estructuras”. Quizá se hartó de ver cómo se rendían todos, se resignaban, se quedaban en la queja, y por eso creó esta pequeña terapia de shock, este electroshock. O mejor dicho, como buen rupestre, un acustishock. La explicación se perdió con él bajo las ruinas del terremoto de 1985.
La música de Los intelectuales es sólo un rocanrolito clásico en 4/4, y el toque más rupestre, más precario aún, es el sonido gutural que sustituye el inalcanzable trombón o saxofón. Porque la paradoja es que tampoco él daba mucho “pa’ comer”, también él padeció esa precariedad, y quizá la explicación más lógica es que, al final, y al estilo de John Lennon, todo es sólo una impecable, genial y despiadada autoironía.

miércoles, 2 de junio de 2010

76. NO TENGO TIEMPO (DE CAMBIAR MI VIDA)

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Hurbanistorias.



Cabalgo sobre sueños innecesarios y rotos,
prisionero iluso de esta selva cotidiana,
y como hoja seca que vaga en el viento,
vuelo imaginario sobre historias de concreto.

Navego en el mar de las cosas exactas,
muy clavado en momentos de semánticas gastadas,
y cual si fuera una nube esculpida sobre el cielo,
dibujo insatisfecho mis huellas en el invierno.

Ya que yo
no tengo tiempo de cambiar mi vida,
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa,
y aunque soy la misma tuerca que han negado tus ojos,
sé que aún tengo tiempo para atracar en un puerto.

Camino automático en una alfombra de estatuas,
masticando en mi mente las verdades más sabidas,
y como lobo salvaje que ha perdido su camino,
he llenado mis bolsillos con escombros del destino.

Sabes bien que manejo implacable mi nave cibernética,
entre aquel laberinto de los planetas muertos,
y cual si fuera la espuma de un anuncio de cerveza,
una marca me ha vendido ya la forma de mi cabeza.

Ya que yo
no tengo tiempo de cambiar mi vida,
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa,
y aunque soy la misma tuerca que han negado tus ojos,
sí, sé que aún tengo tiempo para atracar en un puerto.



En esta especie de canción folk, con clarísima influencia de Bob Dylan, Rockdrigo describe metafóricamente el mal de nuestra era: la falta de tiempo para uno mismo, embriagados en la necesidad de producción que ha impuesto el neoliberalismo, el capitalismo salvaje. En esta realidad, el espejo es un enemigo terrible, y quedarse a solas con los pensamientos propios, una tortura que sólo la acción sin tregua, la evasión con la tele o la vida social pueden acallar. Pero una vez más, como vimos en Calzada de Tlalpan de Roberto Ponce, hay un atisbo de esperanza, pero no la obvia de los discursos oficiales, rosados y acríticos. Comparaciones, metáforas y prosopopeyas, al estilo de Like a rolling stone y tantas otras de Dylan, se suceden, y Rockdrigo consigue una de sus letras más poéticas, sólidas y profundas.
El arreglo de No tengo tiempo (de cambiar mi vida) es emotivo, marca los cambios de ánimo de la letra. La bajada del Do Mayor al Re menor y luego al La menor en la segunda mitad del estribillo, por poner sólo un ejemplo, resalta la melancolía de lo que se está diciendo. Pero cuando se pasa, a través del Re7, al Sol Mayor, para caer de nuevo al Do Mayor, el tono de la canción, se retoma ese espíritu de esperanza. Así, estos juegos entre tonos menores, propios de lo triste, y mayores, más cálidos, se ajustan a los vaivenes del texto, para reafirmar el tono optimista a través del solo de la armónica y la vivacidad de la voz de Rockdrigo. Un clásico del rock mexicano.

martes, 1 de junio de 2010

71. PERRO EN EL PERIFÉRICO

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Hurbanistorias.



Sólo era una representación,
tan sólo un acto de teatro,
una simple asimilación
de aquel tiempo y ese espacio.

Desde que nació,
barnizaron sus entrañas,
retacaron su cabeza de patrañas;
costumbres que, como arañas,
lo atraparon en su red hecha de mañas.

Creció creyendo ser normal,
con los botones precisos,
superando al animal
en el cuarto y quinto incisos.

Pero un día voló,
y desde arriba él miró
el desorden de todo el barullo esférico;
fue entonces que se sintió
como un perro en el Periférico.
Fue entonces que se sintió
como un perro en el Periférico.

Confundido por creencias
de religiones y ciencias;
aturdido por el ruido;
en su interior, bien perdido;
tan sólo un disco rayado
a un volumen muy histérico;
sin saber para qué lado,
como un perro,
como un perro en el Periférico.

Sólo era una representación,
tan sólo un acto de teatro,
una simple asimilación
de aquel tiempo y ese espacio.

Confundido y colérico,
como un perro en el Periférico.
Confundido y colérico,
como un perro en el Periférico.

Periférico, Periférico,
Periférico, histérico, esférico,
histérico, esférico, histérico, esférico,
histérico, esférico, histérico, esférico
histérico, esférico, histérico, esférico.
Perro en el Periférico.


Pese al título, Rockdrigo se aleja un poco del humor en Perro en el Periférico, para crear una canción humanamente más profunda. Si como dice el Naturalismo, no basta con la descripción de una realidad, sino que hay que acompañarla de los orígenes que expliquen los actos humanos, o en términos de la Pedagogía, el proceso de formación del individuo, aquí vemos cómo la confusión del protagonista se debe a toda la carga de enseñanzas, miedos, explicaciones a medias, prejuicios y apariencias que acompañaron su infancia y crecimiento. La religión, los padres, el medio, la clase social, la televisión, la política, etc., todo se conjuga para alimentar una red de posiciones enfrentadas ante los diferentes hechos de la vida y la convivencia, y al final resulta casi imposible armar una opinión realmente propia, inmaculada. Para ello, habría que conseguir lo que propone Scott Peck en La nueva psicología del amor: poner “entre paréntesis” todo lo aprendido, todo lo que nos han inyectado, para buscar nuestro propio pensamiento. Pero en una época de adicción al trabajo, a la tecnología y al “estar comunicado” permanentemente, evadir los momentos a solas, y la auto-revisión que eso implica, se ha vuelto el ritmo de los tiempos. Así, la llegada de una auténtica madurez, ajena a la de las clasificaciones de la “normalidad”, se retarda, y la adolescencia se vuelve crónica. Lo que se vive, entonces, es la farsa que denuncia Rockdrigo: una repetición de lo aprendido, sin someterlo nunca a verdadero juicio; una simulación, una fachada social. Hasta que un día se cae, como le ocurre al personaje de Perro en el Periférico. Y la vida, como decía John Lennon, “te pasa, mientras estás ocupado haciendo otros planes”, sin haber adquirido herramientas de crítica y autocrítica.
Rodrigo González se mete con este proceso complejo. Por medio de rimas simples, pero modernas, casi todas consonantes, la letra de Perro en el Periférico esboza apenas, sin brindar soluciones, porque el personaje no las tiene: se trata de confusión pura, y el personaje siente la desazón, pero como ya dijimos, no tiene muchas armas para explicársela. Mucho menos para resoluciones. Por eso la letra se queda allí, buscando esa concordancia emotiva, sin que deje de colar su cuota de ironía, propia del título y de la obra de Rockdrigo.
La melodía de Perro en el Periférico es de las más ricas de Rockdrigo. El tono menor dominante baja gradualmente en disminuidos arpegiados, en la figura principal. Eso, más su ritmo, producen una atmósfera hipnótica y oscura, similar a los nubarrones internos del personaje.
Por todo ello, Perro en el Periférico es una canción muy meritoria, que muestra sin lugar a dudas los niveles más altos de Rockdrigo.

jueves, 27 de mayo de 2010

59. DISTANTE INSTANTE

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Hurbanistorias.



Si volviera el amor,
si tuviera un hermano, un amigo, un sueño en la mano,
moriría ese dolor
de buscar el calor
en el cruel laberinto de este vaso de alcohol,
de estas calles sin sol.

Si tuviera ilusiones,
si existieran razones, locuras, mentiras, pasiones,
no habría necesidad
de pasarme, por horas,
bebiendo cantimploras de esta gris soledad,
de esta eterna ansiedad.

Si pudiera borrarme
esos viejos recuerdos
que, como viles cuervos,
arrancan ya mis ojos,
dejando mis despojos
entre historias hirientes,
igual de indiferentes
al amor y a las gentes…

Si te hubieras quedado,
si me hubieras pedido que quemara el sonido
de ese viejo pasado,
no estaría aquí metido,
ahogando mis entrañas, arañando el olvido,
bien confuso y perdido.

Cuando tenga la suerte
de encontrarme a la muerte, yo le voy a ofrecer
todo el tiempo vivido
y este vaso henchido
por un distante instante,
un instante de olvido.

Si pudiera borrarme
esos viejos recuerdos
que, como viles cuervos,
arrancan ya mis ojos,
dejando mis despojos
entre historias hirientes,
igual de indiferentes
al amor y a las gentes…

Si volviera el amor,
si tuviera un hermano, un amigo, un sueño en la mano,
moriría ese dolor
de buscar el calor
en el cruel laberinto de este vaso de alcohol,
de estas calles sin sol.


En esa dicotomía en que vivió siempre Rodrigo González, entre canciones serias y de humor, Distante instante es la más reconocida del primer bloque. No sólo por el carácter premonitorio que ahora le achacan los que siempre buscan esas explicaciones mágicas, sino por su intensidad emotiva, esta rola es la más conmovedora de Rockdrigo. Mezclando sencillas pero poéticas imágenes, la letra de esta canción es de una honestidad asombrosa. Sin dejar de aportar figuras retóricas de léxico novedoso (“bebiendo cantimploras de esta gris soledad”, “si me hubieras pedido que quemara el sonido de ese viejo pasado”), como proponían los rupestres, en esta canción Rodrigo González opta por el mensaje más directo, más claro, por tratarse de una canción más emocional. La interpretación es suave, igual que su melodía. La voz de Rockdrigo, nasal, adquiere aquí matices más dulces, sin perder el estilo característico. La soledad, la necesidad de olvido y sobre todo el anhelo de una condición diferente, de compañía, de afecto real, son los aspectos centrales de Distante instante. Una canción para desahogarse, de esas que llevan a decir: “¡así, justo así me siento!”. La sencillez de esta canción aumenta su autenticidad, la vuelve más cercana. Por ello, es una sencillez elegida, no una deficiencia. Lo demuestra la complejidad de otras canciones, varias de las cuales están en esta lista. Así, Rockdrigo demuestra que ni la complejidad ni la sencillez en sí mismas son la respuesta: es la exploración de todas las posibilidades, la concordancia con el tema, la riqueza expresiva, la movilidad, la experimentación, el inconformismo.
La música de Distante instante se centra en el arpegio, entre acordes que arman una escala ascendente, que se regresará hasta la tónica, y con un estribillo un poco más intenso, pero que vuelve a la calma del ritmo principal. Al final, el arpegio se acelera como en una llovizna, que amaina y se termina en un leve golpe final.
Por ello, esta canción sin adornos, a guitarra acústica limpia, es de un intimismo, de una sensibilidad transparente, que vaya si desahoga…

martes, 18 de mayo de 2010

8. ROCK EN VIVO

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Hurbanistorias.
También existe una versión de
Santa Sabina y El haragán, en el disco homenaje Ofrenda a Rockdrigo.


No falta nada
en la estructura de smog,
los zapatos viejos
y las caras oxidadas.
Las máquinas rugen feroces
sobre Antonio Caso.
Sombras que entran y salen,
oliendo a cerveza.

Clavado en una idea,
volteo a ver si aterrizas.
Me asomo al reloj,
y es más que un calendario.
Sospecho que allá afuera
sólo hay desconocidos,
figuras de cera que pasan,
sin decir tu nombre.

No, no hay manera
de regresar la cinta.
Tu amor fue un rock en vivo;
dos, tres manchas de tinta;
un requinto de jazz,
fugaz e improvisado;
una imagen en el aire,
de un pintor apresurado.

Ya todo es esquema,
desde que partió tu barco;
máquinas, sistemas,
estructuras. Sin embargo,
un acorde vuela,
me platica de una isla,
y un navegante herido
parar tras tus ojos.

Traigo en mi entraña
un pedazo de aerolito;
me doy algo de maña,
pero no me comunico.
Un extraño me ha dicho
que navegas lejos,
en busca de tierras lejanas,
calor y azulejos.

No, no hay manera
de regresar la cinta.
Tu amor fue un rock en vivo;
dos, tres manchas de tinta;
un requinto de jazz,
fugaz e improvisado;
una imagen en el aire,
de un pintor apresurado.


Como ya vimos, el llamado rock rupestre siempre se movió entre el humor ingenioso y la canción poética profunda. Y Rodrigo González, Rockdrigo, el mayor representante del movimiento, quizá es quien más demostraba esa dualidad. De una u otra manera, lo humorístico suele opacar un poco en la memoria del público la gran propuesta formal de sus canciones más serias, algunas de las cuales se encuentran entre las mejores del movimiento rupestre y del rock nacional en general. El mayor ejemplo de ello es Rock en vivo, canción muy poco valorada, pese a ser la más ambiciosa desde el punto de vista literario. En ella, Rockdrigo reflexiona sobre la fugacidad del amor, en medio de un paisaje urbano un tanto surrealista, o mejor dicho, expresionista, que algo recuerda la estética oscura y deforme de El gabinete del doctor Caligari de Robert Wiene. Las imágenes de Rock en vivo no son tan duras, pero la sensación opresiva que rodea al amante abandonado (quizá filtrada por su propia pesadumbre), sutil pero penetrante, la crea Rockdrigo con una combinación de elementos muy cuidada, moderna, incorporando, como en ninguna otra rola, léxicos distantes, que adquieren significados sorprendentes y de belleza triste. La rola toda tiene un espíritu elegíaco, de abatimiento profundo, pues, a diferencia de su pariente estilística más cercana, la ya analizada No tengo tiempo (de cambiar mi vida), aquí no hay ese dejo de esperanza, esa pequeñísima tabla de salvación. No obstante, no se trata de una canción trágica al estilo de la ya analizada Mírame desaparecer de Roberto Ponce o Caminó de Roberto González. Más bien se acerca al tono nostálgico, pero un tanto resignado a la pérdida, de 15 m. 3’’ 8/8 16 de León Chávez Teixeiro, justo porque, como bien dice, “no hay manera de regresar la cinta” (el mismo espíritu de la frase “tiene el amor vencimiento, y no se debe aplazar” de la revisada El pendiente de Jaime Moreno Villarreal, en una muestra más de las coincidencias temáticas y temperamentales de los rockeros mexicanos). Así, en Rock en vivo ese mundo perdió toda luz, toda trascendencia, pero “un acorde vuela”, es decir, ese dolor, esa sensibilidad lacerada, permite la creación, la existencia del arte (en una coincidencia más, lo mismo concluye Lucerna Diogenis en Nube). Quizá la única fuente, que explica esa resignación. De este modo, la función catártica de Rock en vivo se cumple: como si siguiera a Schopenhauer, Rockdrigo acepta la amargura existencial, y a través de esa “resignación creativa”, la trasciende. Por eso, para hacernos familiar ese proceso y permitirnos compartir ese desahogo, acude a la referencia directa, al ubicar un pasaje de la canción en la calle Antonio Caso, recurso que, como ya vimos con Viaducto Piedad de José Elorza, Calzada de Tlalpan de Roberto Ponce y Suburbia Madre de Guillermo Briseño, saben explotar los rockeros frecuentemente, sobre todo los rupestres. Pero más allá del fondo casi filosófico de la canción, Rockdrigo maneja el lenguaje, crea imágenes de belleza poética sobria, pero intensa. La adjetivación cuidadosa, los tropos y prosopopeyas, la ya mencionada combinación de campos semánticos distantes en las gradaciones (como “tierras lejanas, calor y azulejos”), develan un trabajo formal muy prolijo, inteligentemente selectivo, inspirado. De este modo, Rock en vivo marca el nivel más alto que Rockdrigo logró alcanzar antes que lo sorprendiera la muerte en el terrible terremoto del 85. Cúspide de su poesía y sus alcances imaginativos.
La música de Rock en vivo es profundamente atmosférica, pese a que su arreglo no se fundamenta en sintetizadores ni recursos tecnológicos de estudio. Eso mismo ya es un auténtico logro. El ambiente melancólico lo crea la melodía, la combinación de acordes (sobre todo el paso de Sol Mayor a Fa sostenido menor inmediatamente después de la tónica Re Mayor, muy propio de las baladas románticas) e incluso la voz, más etérea, leve, y sobre todo menos nasal, salvo en el estribillo, donde adquiere más énfasis. El arpegio de la guitarra acústica rítmica, y el marcado efecto de reverb que usa, le dan profundidad a la estructura melódica, y los discretos adornos de la segunda guitarra en los puentes sin letra dulcifican aún más la canción. La suma de todo esto le da a Rock en vivo ese aire afligido, que se ajusta perfectamente a la letra, de modo que a nivel musical e interpretativo también es el punto máximo de Rockdrigo. Realmente una lección de cómo explotar al máximo los limitados recursos de la infraestructura rupestre, y cómo son el talento, la imaginación y la profundidad los que logran canciones extraordinarias, y no las grandes producciones (que si llegan a acompañar al verdadero artista, sí magnifican los resultados, pero en manos de un farsante, sólo resaltan lo insustancial de su propuesta).
Por todo lo anterior, Rock en vivo resume el gran aporte del movimiento rupestre, y corona maravillosamente el gran legado que Rockdrigo dejó al rock y a la música en general de México.