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viernes, 4 de junio de 2010

95. BLUES DE LAS VENTANAS

Letra y música: Enrique Pato Montes.
Intérprete: Trolebús.
Disco: Trolebús en sentido contrario.



Son las seis, el tiempo corre,
el timbre suena y corta
tu soñar.
El primer insulto al día,
entre lagañas, dices,
ya sin pensar.

Entras a la regadera,
bautiza el agua tu malestar.
Blandes la navaja de rasurar,
queriendo afeitar la realidad.
Te sirves un desayuno frugal,
la prisa es el café, es tu pan.
La oficina es el punto final,
ya se aproxima esa ola glacial.

Te suben al cielo en un elevador,
y bajan los bonos de tu corazón,
tecleando pantallas gandallas,
haciendo llamadas a fantasmas,
escribes la muerte en tu piel,
en tu piel.
Dime si tu mano aún vive,
o si ya sólo dices adiós.
Si bostezas el hastío,
quedó siempre el reloj,
o preguntas: “¿qué es lo que soy?”.

Para evitar claustrofobia
y ahuyentar la luz artificial,
una ventana pediste,
y te pusieron un fotomural.
Quieres sólo una ventana,
de perdida para saltar,
para que al menos te sientas,
te sientas muerto de verdad.

Te suben al cielo en un elevador,
y bajan los bonos de tu corazón,
tecleando pantallas gandallas,
haciendo llamadas a fantasmas,
escribes la muerte en tu piel,
en tu piel,
en tu piel.


Pese a ser en general un grupo de canciones humorísticas compuestas por José Luis Campos Choluis, Trolebús expone esta canción como doble excepción: es seria, y el compositor y cantante es el requintista Enrique Pato Montes (que pasó después a La Maldita vecindad y Los hijos del 5º Patio). A través de metáforas y prosopopeyas consecutivas, sencillas, pero bien logradas, la primera parte de la letra refleja la mañana monótona del oficinista hasta que llega a su trabajo. La desesperanza de los días repetidos, de la labor opaca, intrascendente, han eliminado cualquier anhelo; lo único que queda es un deseo de aire y luz de día, pero el oficinista no obtendrá ni eso en un medio deshumanizado y con el objetivo único de la productividad. Así, la ventana es el símbolo de un escape irrealizable: el aire, la luz, son en realidad máscaras que ocultan el verdadero deseo, el del fin, el de la puerta —la ventana— que termine con tanto tedio, aunque sea con una caída liberadora, al fin liberadora. Pese a que Trolebús ensayó un ángulo distinto para el mismo tema en la rola 7º piso (y que la comparación no deja de ser interesante), ésta sí compuesta por Choluis, sin duda Blues de las ventanas (título erróneo, porque no se trata realmente de un blues) es superior, tanto en su propuesta estilística, como en su intensidad emotiva. La calidad de la composición de Enrique Pato Montes sorprende, sobre todo si se compara con la otra canción que aportó al grupo: El anzuelo, más cercana al humor urbano y el mensaje directo característicos del grupo, pero por lo mismo menos atrevida en el uso de la elipsis narrativa.
La música y el arreglo son muy propios de una alineación de grupo urbano, y a pesar de los desajustes de volumen de una mala mezcla (lo que ocurre sólo con esta canción, además de Troleblues, que no pertenecían al LP original, sino que se añadieron para la edición del CD), su esencia más visceral le da a la melodía el tono de hartazgo y desesperación que su tema requería. Lo más original del arreglo es la breve introducción musical que imita el sonido de ese reloj que saca del sueño y lleva al protagonista a ese nuevo día que nunca quisiera que llegara.
En conclusión, Blues de las ventanas es la mejor muestra del lado más reposado y analítico de Trolebús, pero sobre todo del deseo de hacer algo más trascendente que la risa novedosa, quizá el obstáculo mayor de esta banda.

jueves, 3 de junio de 2010

86. ATLETIC TEPIS

Letra y música: José Luis Campos, Choluis.
Intérprete: Trolebús.
Disco: Trolebús en sentido contrario.



Chuta la pelota ese machín,
hasta el fondo de las mallas.
Pellizcando el cuero, su gambeta nunca falla
para echar piropos a las chavas
chapeadas.

Driblando entre chela y chela,
llegando chido a la fonda de Chabela,
a la cruda le dio la voltereta,
cinco garnachas por piocha,
por piocha.

El barrio lo prende de las greñas, sí señor,
en noches de centellas,
abriendo un pomo,
comiendo poco,
horgando un queso,
tirando verbo loco:
“loco, coco, te lo coloco por el coco, cojo loco, ah ah,
loco, coco, te lo coloco por el coco, cojo loco, me cae”.

Una sopita de pichón en el ring
le dan de papear a ese machín.
A esa güera que viaja en el delfín,
al roce de un fajín,
de un fajín.

Silbando hasta la madrugada
viejas rolas de Agustín Lara,
¡aguas con tirarle un albur a la chotaya,
o te lleva La tiznada,
tostada!

El barrio lo prende de las greñas, sí señor,
en noches de centellas,
abriendo un pomo,
comiendo poco,
horgando un queso,
tirando verbo loco:
“loco, coco, te lo coloco por el coco, cojo loco, ah ah,
loco, coco, te lo coloco por el coco, cojo loco, me cae,
loco, coco, te lo coloco por el coco, cojo loco”.


No se puede poner en duda el ingenio de José Luis Campos García, más conocido como Choluis. Cantante y compositor mayoritario del material de Trolebús, Choluis posee sobrados aciertos en la creación de rolas humorísticas. Pero como siempre, algunas creaciones se logran, pero otras no tanto. Cuando el humor viene acompañado de un trasfondo más ambicioso que sólo conseguir la risa o la sonrisa, entonces estamos ante un auténtico hallazgo. Muchas veces Choluis lo consigue, como en Esqueleto, ¡Chin, pum, cuas! o Córtate esas greñas. Pero otras ocasiones uno siente que cae en cierto facilismo, como si de pronto dijera: “a ver, ¿de qué no he escrito? ¡Ah, de esto!”, y que ahí hace la rola. Hígados calientes sería un claro ejemplo de esta canción fácil, intrascendente, que aporta poco. Obviamente no es un problema exclusivo de Choluis, pero en él de pronto se volvió su piedra de tope. Atletic Tepis es el ejemplo de lo contrario, lo que demuestra que la capacidad de hacer humor profundo sí la tiene, innegable.
Dentro de las disciplinas deportivas tratadas como fenómeno social por las obras artísticas, destaca el boxeo. En cine, películas como Campeón sin corona de Alejandro Galindo, o Nocaut de José Luis García Agraz muestran las consecuencias de derrotas, abusos, mal manejo de un dinero con el que ni siquiera se soñaba, complejos de clase, amigotes parásitos y managers explotadores. Lo mismo pasa en la literatura, en cuentos como El Rayo Macoy de Rafael Ramírez Heredia o El Albañilito Rodríguez de Gustavo Masso. En el rock mexicano, podemos citar las canciones Nocaut de Jaime López y El campeón de Rockdrigo. Pero pese a que se trata del deporte más popular, el fútbol no ha inspirado tantas obras. Cabría mencionar El fútbol de Naftalina, El madruguete del mismo Choluis y Túnel 29 de Guillermo Briseño —desde la posición del fanático—, y alguna otra más por ahí. Pero Atletic Tepis es seguramente la mejor canción sobre el tema. Aquí no se narra la caída del ídolo nacional como en el box, sino el contexto mucho más liviano del futbolista llanero, ídolo si acaso en el barrio nada más. No obstante, el retrato sociológico sí tiene esos alcances, porque cada uno de estos mini-héroes se vuelve El rey del barrio, como en la película de Tin-Tán, una especie de líder comunal, que lo mismo manda en la cancha, que en la cantina, los tiros, la lonchería, el ligue, el albur. Su pequeña gloria no dejará mayor huella que la del momento juvenil y el recuerdo con los amigos y la prole, pero el brillo de su momento de auge se volverá el escape presente y futuro de quien no tiene ni tendrá logros en el resto de su cotidianidad, restringida al trabajo mal remunerado, la mera sobrevivencia, los pocos y destartalados electrodomésticos que se puedan, las horas nocturnas de comedias televisivas y míseras películas de Alfonso Zayas, Rafael Inclán o Lalo el Mimo. Pero lo bailado, lo gozado, los placeres de ese momento de gloria nada podrá borrarlos jamás, aunque no contengan verdadero fondo.
Sobre una música veloz de rock urbano de garra y energía, Choluis jugará con el lenguaje para crear una estampa auténtica, una Comedia humana de Balzac chilango, que retrate esa picaresca barriera del que se maquilla de orgullo y altivez su propia esclavitud de clase. En un acierto estilístico, inserta en la rola una frase alucinada, lúdica y vivificante de la novela Tepito de Armando Ramírez (“loco, coco, te lo coloco por el coco, cojo loco”), como una voz que, pese a todo, siempre intentará reafirmarse.