Letra y música: Saúl Hernández.
Intérprete: Caifanes.
Disco: El diablito.
Intérprete: Caifanes.
Disco: El diablito.
Antes de que nos olviden,
haremos historia,
No andaremos de rodillas.
El alma no tiene la culpa.
Antes de que nos olviden,
rasgaremos paredes
y buscaremos restos,
no importa si fue nuestra vida.
Antes de que nos olviden,
nos evaporaremos en magueyes,
y subiremos hasta el cielo,
y bajaremos con las lluvias.
Antes de que nos olviden,
romperemos jaulas,
y gritaremos la fuga.
No hay que condenar el alma.
Aunque tú me olvides,
te pondré en un altar de veladoras,
y en cada una pondré tu nombre,
y cuidare de tu alma.
Amén.
haremos historia,
No andaremos de rodillas.
El alma no tiene la culpa.
Antes de que nos olviden,
rasgaremos paredes
y buscaremos restos,
no importa si fue nuestra vida.
Antes de que nos olviden,
nos evaporaremos en magueyes,
y subiremos hasta el cielo,
y bajaremos con las lluvias.
Antes de que nos olviden,
romperemos jaulas,
y gritaremos la fuga.
No hay que condenar el alma.
Aunque tú me olvides,
te pondré en un altar de veladoras,
y en cada una pondré tu nombre,
y cuidare de tu alma.
Amén.

A lo largo de esta lista vamos a encontrar muy pocas canciones propias del llamado rock pop. ¿Por qué? No se trata de un prejuicio, ni mucho menos de desconocimiento del género. Como ya se dijo, se tomaron en cuenta todos los tipos de rock. Pero la explicación es bastante sencilla: inevitablemente, cuando el interés del compositor se desvía de la búsqueda de la calidad de la obra, los resultados generalmente se malogran. Y el rock pop tiene un pie en el cálculo de ventas, por las presiones de las disqueras oficiales, que en México respaldan casi exclusivamente a este tipo de rock (ya hemos visto cómo muchas de las canciones de esta lista pertenecen a músicos que no sólo no tienen disquera, sino que ni siquiera han podido grabar un disco independiente). Por lo tanto, cuando establecimos el criterio de esta lista: única y exclusivamente la calidad, la mayoría de las canciones pop iban quedando afuera, de manera natural, desplazadas por las que se crearon sin presiones comerciales o mercadotécnicas.
Casi todos los grupos de pop han cedido a las presiones de las disqueras, que exigen material digerible, al alcance de un público mayoritario, poco educado, sin herramientas culturales para exigir, sin experiencia auditiva con materiales de calidad (aunque el pop explota más la línea fresa y snob que la marginal, más propia del rock urbano, el heavy metal, el punk, etc.). Este cálculo de ventas propició vuelcos dramáticos en varios grupos, que nacieron como contestatarios y arriesgados, y han terminado en lo contrario. Basta recordar el cambio de La Revolución de Emiliano Zapata, del rock hippie a la balada, o la inmutabilidad de El Tri, como ya vimos. Pero eso no pasa sólo en México, hay que decirlo. Un ejemplo clásico es Blondie, un grupo que de plano pasó del punk a la música disco. O Génesis, que del sonido progresivo liderado por Peter Gabriel pasó a la lamentable caricatura comercialísima de Phil Collins. Una muy buena canción sobre este todo esto es Rap del optimista de Joaquín Sabina.
Caifanes es un caso complejo. Bienintencionados al principio, desde que se llamaban Las insólitas imágenes de Aurora, también cedieron a las presiones de la disquera. Su canción Amanece decía originalmente, en una grabación en vivo que circula por ahí: “dicen que es muy bueno el material, pero poco comercial”. ¿Qué pasó al grabarla en una de las disqueras que la canción denunciaba? Sencillo: esa frase fue suprimida. ¿Y fue la única concesión? Ni de lejos: el mismo disco incluyó… ¡una cumbia!, la tristemente célebre La negra Tomasa. Paradójicamente (o ni tanto, en realidad), la canción que los volvió un suceso, de ventas y fama. Hay quien dice que todo esto es válido, parte de una estrategia que les permitió después colar su propia propuesta, ya con el público cautivo y la disquera apaciguada. El problema de esta postura es que todo suena a mercadotecnia, ningún elemento del postulado tiene nada que ver realmente con la música. Pero en fin… Lo que sí hay que reconocer es que Caifanes (por cierto, nombre tomado de la maravillosa película Los caifanes de Juan Ibáñez, con guión suyo y de Carlos Fuentes, y en la que curiosamente actúan fugazmente los escritores Carlos Monsiváis, Luis Guillermo Piazza y Alberto Dallal, y que además protagoniza el trovador Óscar Chávez), y sobre todo su compositor Saúl Hernández, nunca se sintieron realmente cómodos con tanta concesión. Lo demuestra no sólo que no se quedaron en su propuesta original, sino los conflictos internos que provocaron su desintegración primero, y su resurgimiento después, modificado, como Jaguares.
Una de las canciones de Caifanes que se salieron de la norma absolutamente comercial (sin dejar de tener un cierto tonito liviano, quizá ya inevitable) es Antes de que nos olviden. Como si hubieran hecho una revisión sobre sí mismos, aquí aparece una voz más auténtica, que reflexiona y se rebela ante su propia condición inofensiva. Una necesidad de trascendencia aparece, la de los verdaderos artistas, y la rola parece una reacción, algo tardía, ante esas concesiones que los han alejado de dicha trascendencia. ¿Es creíble esta especie de manifiesto (¿arrepentimiento?) después de lo señalado? A pesar de todo, me parece que en esta canción sí se habla con honestidad. Como sea, en este caso Caifanes sí presenta una canción más ambiciosa y firme. El nivel poético de la letra esta vez se mantiene, no decae como en otras del grupo, pese a que igual su sentido es más transparente que el de las canciones más logradas. Pero la honestidad mencionada equilibran completamente esta debilidad.
El arreglo de Antes de que nos olviden es bastante bueno. A pesar de que es un recurso más propio del progresivo de Pink Floyd, el efecto delay extremo de la guitarra de Alejandro Markovich suena más bien al de U2, seguramente porque hablamos de armonías más sutiles. En todo caso, los rasgueos llenan la melodía, cumplen bien su función. La voz de Saúl Hernández es emotiva, desarrolla bien las entonaciones. El solo de bajo de Sabo Romo aporta originalidad y solidez. Y el final, casi en susurro, pese a que reafirma el sonido pop de la rola, se condice perfectamente con el cambio entre la amplitud de las primeras estrofas, y el intimismo de la última.
Casi todos los grupos de pop han cedido a las presiones de las disqueras, que exigen material digerible, al alcance de un público mayoritario, poco educado, sin herramientas culturales para exigir, sin experiencia auditiva con materiales de calidad (aunque el pop explota más la línea fresa y snob que la marginal, más propia del rock urbano, el heavy metal, el punk, etc.). Este cálculo de ventas propició vuelcos dramáticos en varios grupos, que nacieron como contestatarios y arriesgados, y han terminado en lo contrario. Basta recordar el cambio de La Revolución de Emiliano Zapata, del rock hippie a la balada, o la inmutabilidad de El Tri, como ya vimos. Pero eso no pasa sólo en México, hay que decirlo. Un ejemplo clásico es Blondie, un grupo que de plano pasó del punk a la música disco. O Génesis, que del sonido progresivo liderado por Peter Gabriel pasó a la lamentable caricatura comercialísima de Phil Collins. Una muy buena canción sobre este todo esto es Rap del optimista de Joaquín Sabina.
Caifanes es un caso complejo. Bienintencionados al principio, desde que se llamaban Las insólitas imágenes de Aurora, también cedieron a las presiones de la disquera. Su canción Amanece decía originalmente, en una grabación en vivo que circula por ahí: “dicen que es muy bueno el material, pero poco comercial”. ¿Qué pasó al grabarla en una de las disqueras que la canción denunciaba? Sencillo: esa frase fue suprimida. ¿Y fue la única concesión? Ni de lejos: el mismo disco incluyó… ¡una cumbia!, la tristemente célebre La negra Tomasa. Paradójicamente (o ni tanto, en realidad), la canción que los volvió un suceso, de ventas y fama. Hay quien dice que todo esto es válido, parte de una estrategia que les permitió después colar su propia propuesta, ya con el público cautivo y la disquera apaciguada. El problema de esta postura es que todo suena a mercadotecnia, ningún elemento del postulado tiene nada que ver realmente con la música. Pero en fin… Lo que sí hay que reconocer es que Caifanes (por cierto, nombre tomado de la maravillosa película Los caifanes de Juan Ibáñez, con guión suyo y de Carlos Fuentes, y en la que curiosamente actúan fugazmente los escritores Carlos Monsiváis, Luis Guillermo Piazza y Alberto Dallal, y que además protagoniza el trovador Óscar Chávez), y sobre todo su compositor Saúl Hernández, nunca se sintieron realmente cómodos con tanta concesión. Lo demuestra no sólo que no se quedaron en su propuesta original, sino los conflictos internos que provocaron su desintegración primero, y su resurgimiento después, modificado, como Jaguares.
Una de las canciones de Caifanes que se salieron de la norma absolutamente comercial (sin dejar de tener un cierto tonito liviano, quizá ya inevitable) es Antes de que nos olviden. Como si hubieran hecho una revisión sobre sí mismos, aquí aparece una voz más auténtica, que reflexiona y se rebela ante su propia condición inofensiva. Una necesidad de trascendencia aparece, la de los verdaderos artistas, y la rola parece una reacción, algo tardía, ante esas concesiones que los han alejado de dicha trascendencia. ¿Es creíble esta especie de manifiesto (¿arrepentimiento?) después de lo señalado? A pesar de todo, me parece que en esta canción sí se habla con honestidad. Como sea, en este caso Caifanes sí presenta una canción más ambiciosa y firme. El nivel poético de la letra esta vez se mantiene, no decae como en otras del grupo, pese a que igual su sentido es más transparente que el de las canciones más logradas. Pero la honestidad mencionada equilibran completamente esta debilidad.
El arreglo de Antes de que nos olviden es bastante bueno. A pesar de que es un recurso más propio del progresivo de Pink Floyd, el efecto delay extremo de la guitarra de Alejandro Markovich suena más bien al de U2, seguramente porque hablamos de armonías más sutiles. En todo caso, los rasgueos llenan la melodía, cumplen bien su función. La voz de Saúl Hernández es emotiva, desarrolla bien las entonaciones. El solo de bajo de Sabo Romo aporta originalidad y solidez. Y el final, casi en susurro, pese a que reafirma el sonido pop de la rola, se condice perfectamente con el cambio entre la amplitud de las primeras estrofas, y el intimismo de la última.
