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miércoles, 2 de junio de 2010

73. QUÍTAME TU CÓMIC DE LA VISTA

Letra y música: Jaime López.
Intérprete: Jaime López, Roberto González y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¡Son divinos los paisajes nuestros!;
basta echar un ojo a un nuevo día
y ver a los grises policías
enlatando a la gente en el metro...

En la extraña entraña de concreto
alguien una mano fría olvida.
¡Deja de inyectarme fantasías!,
¡saca tu hipodérmica un momento!
¡Vamos, que no quiero más tormento!,
¡quítame tu cómic de la vista!

Por las bocas flacas, la ironía
“¡bien que estamos!”, te dirá, sonriendo.
Un presente de vencido ancestro
es lo que te ofrecen por tu vida;
entierra tus ruinas hoy en día,
que la historia no va en retroceso.

De Tenochtitlán, te dan un cuento,
y de Tlatelolco, una sangría:
son sólo vergüenzas, recaídas;
son, por todos lados, monumentos;
son para dormir este momento.
¡Quítame tu cómic de la vista!

¡Deja ya de andar con fantasías!,
¡quiero ver esos paisajes nuestros!

Un presente de vencido ancestro
es lo que te ofrecen por tu vida;
entierra tus ruinas hoy en día,
que la historia no va en retroceso.

De Tenochtitlán, te dan un cuento,
y de Tlatelolco, una sangría:
son sólo vergüenzas, recaídas;
son, por todos lados, monumentos;
son para dormir este momento.
¡Quítame tu cómic de la vista!

¡Deja ya de andar con fantasías!,
¡quiero ver esos paisajes nuestros!


La mentira, sobre todo de los mass media, ha acompañado la historia de México desde la Conquista. Los imperios, los dictadores y el partido único en los hechos, han usado los medios como elementos de propaganda y autoafirmación. La “prensa vendida” ha imperado, y la que ha intentado zafarse, pronto paga las consecuencias. “No pago para que me peguen”, exclamó el nefasto presidente José López Portillo contra la revista Proceso, que surgió cuando el igualmente nefasto mandatario anterior, Luis Echeverría, se apoderó del diario Excélsior de Julio Scherer, episodio que relata Vicente Leñero en Los periodistas. Y los Díaz Redondo, Zabludowskys, Sarmientos y Alatorres se han multiplicado al amparo del poderoso en turno.
Pero muchos historiadores no han actuado muy diferente. Basta ver los casos de Aguilar Camín o Enrique Krauze, incapaces de la reflexión no sesgada por las posturas políticas propias, y que en su momento han sido defensores de Salinas de Gortari y demás fauna. Por lo tanto, el acceso, ya no a la verdad, sino simplemente a interpretaciones diferentes de la realidad ha sido inexorablemente raquítico (obviamente hay honrosas excepciones en ambos campos, como Adolfo Gilly, Enrique Semo, Daniel Cossío Villegas, el mencionado Julio Scherer, Miguel Ángel Granados Chapa o Lorenzo Meyer).
Jaime López reflexiona sobre esto en Quítame tu cómic de la vista. Su rola es una crítica a la mentira histórica misma, pero también a la falta de memoria del pueblo mexicano, su auténtico lastre, que explica los 71 años del mismo partido indefendible en el poder, caso único en el mundo. Pero al igual que Guillermo Briseño en la recién analizada Presagio charro, Jaime López evita el sermón reduccionista, y aporta, en cambio, una crítica inteligente y cuidada, concentrada en la profundidad de un nuevo lenguaje, que sea crítico, sin ser obvio ni limitado. Léxico y estilo nuevos (“cómic”, “hipodérmica”, “extraña entraña de concreto”), crítica fresca y enriquecida. Esa es la fórmula que los rupestres aportaron, y que se ha hecho sentir en todo el rock mexicano.
La música de Quítame tu cómic de la vista es un ejemplo de la herencia trovadoresca y folk que innegablemente influyó en los rockeros rupestres y sus cercanos (Jaime López nunca se asumió rupestre). Las guitarras de Jaime y la nunca suficientemente reconocida Emilia Almazán todavía buscan en el arpegio su sustento, pese a que la mayor velocidad del mismo, y sobre todo el correcto bajo eléctrico de Roberto González le dan ese tono ya rocanrolero. No hay que olvidar que esta grabación de lo que fue el grupo Un viejo amor se da en un momento de transición entre el rock hippie y en inglés de Avándaro y el nuevo deseo de creación en español, así que no es rara esta amalgama. Al contrario: Jaime López siempre se ha caracterizado por la mezcla sin piedad de géneros, en busca de amplitud, de combate a las restricciones. Los resultados no siempre han sido convincentes, dado lo extremo de sus influencias (cumbia, rock’n’roll, norteña, rag, trova, balada), pero siempre que un artista corre riesgos, se agradece el valor, y cuando éste acompaña una búsqueda de profundidad, como en Quítame tu cómic de la vista, no hay mucho que objetar.

jueves, 27 de mayo de 2010

60. LOS ROLLING STONES NOS CULPARÍAN

Letra y música: Jaime López.
Intérprete: Jaime López, Roberto González y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¿Y qué hicimos de estas rebeldías?:
pues nutrir las viejas agonías
y engordar las mismas jerarquías.
Hasta de tontos anarquistas,
los Rolling Stones nos culparían.

¿Y qué se hizo de la gritería?:
prevenir a los que rompen filas
y engrosar su cuerpo el policía.
Hasta de tonto comunista,
tu amigo fiel te culparía.

¿Y qué has hecho sin la hipocresía?:
sostener verdades de mentiras
y enfilar directo a una vitrina.
Hasta de vil oportunista,
algún gorrón te culparía.

¿Qué se ha hecho, pues, de tanta herida?:
presumir la cicatriz que olvida
y contar nietos en tus rodillas.
Hasta de tantas tonterías,
los pobres mudos hablarían.

¿Y qué hicimos de esas rebeldías?:
pues nutrir las viejas agonías
y engordar las mismas jerarquías.
Hasta sus propios policías
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían.


Al igual que Los intelectuales de Rockdrigo, Jaime López nos entrega una canción muy dolorosa, que lastima por certera, por inapelable. Como en una continuación de Quítame tu cómic de la vista, López voltea ahora sus dardos hacia el otro bando, al de los que enarbolaron una bandera, un puño, una “V” de la victoria, y que ahora, cómodamente instalados en sus vidas productivas, sirven al enemigo, lo quieran o no. Los Rolling Stones nos culparían es una revisión autocrítica de toda una generación. Y las conclusiones son vergonzosas. Como lo prueba la ya analizada Un curso intensivo, para Jaime este tema es una de sus obsesiones. Aquí queda totalmente comprobada la cita de José Emilio Pacheco que ya revisamos, porque esta generación ya se volvió “lo que combatimos hace 20 años”, salvo honrosísimas excepciones. Pero Jaime López desenmascara la deformación, detalle por detalle, la gran derrota de esos sueños en resumidas cuentas, ante la realidad imperante, ante el mundo moderno, ante el consumo, la dependencia económica, la política, el subdesarrollo, la caída de las ideologías, etc. Muchas veces lúdico, aquí López es más bien pesimista. Pese a ello, la melodía, y sobre todo el arreglo juguetón, con los coros de Roberto González y Emilia Almazán, aligeran la carga negra de la letra, como si los tres rockeros quisieran mostrar que tampoco es para tomárselo a la trágica, que hay que seguir, simple y sencillamente, y que la denuncia humorística es el camino, y ya no el sueño ingenuo de tonto útil.
Como siempre, Jaime López se vale de la insinuación; camufla en aparentemente inofensivas rimas asonantes la profundidad del contenido. En ese sentido, López es el gran maestro a imitar, porque comprende como nadie que la riqueza artística está en lo que se sugiere, en la línea oculta narrativa y lírica, para que el escucha sea activo, se esfuerce, no reciba todo digerido y no se convierta en un regurgitador, en un espantapájaros, en un loro que tararee lo que oye. Pese a que no siempre le atina —lógico—, Jaime López es quizá el rockero mexicano más arriesgado en el uso del lenguaje y la exploración rítmica. Reacio a la pertenencia a cualquier movimiento, indudablemente López tiene un sello tan distintivo, que suena sólo a sí mismo, pese a que circula el chiste de que es producto de una noche orgiástica entre Chava Flores, Chuck Berry, Piporro y Rigo Tovar.
El arreglo de Los Rolling Stones nos culparían es el mejor del disco grabado junto a Roberto González y Emilia Almazán. La guitarra acústica rítmica de López es el andamiaje sobre el que revolotean los adornos del sorprendente requinto acústico de González. Y los coros ingeniosos en la maravillosa voz de Almazán aportan gracia y agudeza. La parodia final a Jumpin’ Jack Flash y Satisfaction de los Rolling Stones cierra una canción redonda, inteligentísima, uno de los más altos momentos en la historia del rock mexicano.

martes, 18 de mayo de 2010

18. EL HUERTO

Letra y música: Roberto González.
Intérprete: Roberto González, Jaime López y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¿Y con qué fin
toda esta dialéctica en historia?
¿Para qué ir al paraíso estando muerto?
¿Para qué alcanzar a la gloria estando vivo,
si la gloria está muy lejos de este huerto?

Todos juntos
—afirman los que saben de distancias—
llegaremos al final de la estructura,
escultura de cadáver y concreto,
a posarnos al final de la cultura.

Hay también
quien afirma que tan sólo es sufrimiento,
soportable nada más en el olvido;
que el que canta va buscando algún sediento
para echarle encima su vaso vacío.

Yo no sé
hasta dónde se resiente lo vivido,
pues saberlo es, simplemente, estar ya muerto;
seguiré siempre cantando lo prohibido
y gozando de los frutos de este huerto.

¿Y con qué fin
toda esta dialéctica en historia?
¿Para qué ir al paraíso estando muerto?
¿Para qué alcanzar la gloria estando vivo,
si la gloria está muy lejos de este huerto?



Algunas canciones del rock, pocas, alcanzan la categoría de himnos, auténticos puntos claves, que resumen una época, un espíritu, una generación. Se me ocurren All you need is love de los Beatles, My generation de The Who, Flowers in your hair de Scott McKenzie, Blowin’ in the wind de Bob Dylan, etc. En el rock mexicano son aún más escasas, pero sin duda alguna El huerto de Roberto González es una de ellas. Obviamente se trata de la canción cumbre de Roberto González, donde alcanza su nivel poético más alto. Pero si algo caracteriza esta canción es la profunda inteligencia que refleja. La pregunta retórica inicial, que recuerda “¿por qué el ser y no la nada?” de Heidegger, ya nos anuncia que estamos ante una canción altamente intelectual, filosófica, como si González revisara a Hegel, pero desde el momento histórico mexicano de los 60’s y 70’s, la herencia hippie y contracultural, que incluye, por supuesto, el 68 de Tlatelolco. Si al hablar de Los amores de Tato de MCC la llamamos canción ontológica, sin duda alguna esa condición era más lírica; en cambio, en El huerto la reflexión sí es plenamente filosófica, una revisión profunda del sentido de la existencia. Roberto González se lo plantea una vez más, y la rola no es más que el proceso mental y literario que trata de responder la duda ontológica, la duda metódica de Descartes, pero desde un plano que al final se acerca más al carpe diem de la filosofía grecolatina y la poesía prehispánica nahua. Así, la revaloración del goce, ya no centrada en las flores, los cantos y los amigos como en los aztecas, sino en los placeres contemporáneos, es la esencia fundacional de El huerto. Por su lado, la oposición a la idea de la recompensa ultraterrena judeocristiana es importante; la valoración del aquí y el ahora no es más que una toma de conciencia de la responsabilidad de la vida propia. Una sola vida, un solo momento: hay que gozarlo. De esta manera, Roberto González opta, y nos entrega su elección: como no hay certezas luego de la duda ontológica, lo único razonable, más allá de cualquier moral castrante, es agotar “la savia de la vida”, como decía Thoreau.
Pero toda esta profundidad del fondo nos la entrega Roberto González a través de un amplio cuidado formal, poético. Como dijimos, la interrogación retórica es la figura literaria de toda la primera estrofa, la del planteamiento. En las dos siguientes, González nos muestra las posturas opuestas, que han intentado responder esta angustia existencial, la oposición histórica que Umberto Eco analiza en Apocalípticos e integrados. Y en la cuarta estrofa, Roberto nos entrega su propia duda, y su conclusión. Pero todo esto a través de un lenguaje lleno de imágenes bellísimas y modernas, como la de la extraordinaria revisión del papel del músico (“que el que canta va buscando algún sediento, para echarle encima su vaso vacío”). Así, González se posiciona, y con él, su idea del arte, su poética: ni apocalíptico ni integrado, sino abierto a la valoración de lo fugaz, de lo auténticamente bello (como en La belleza de Luis Eduardo Aute), sin esperanzas religiosas, políticas ni metafísicas vacías, sino con el destino propio en las manos. Pero no renuncia a la duda ni a la angustia existencial, que proseguirán en sus apariciones, en sus acosos, o al menos eso sugiere la decisión de cerrar la rola con la estrofa inicial, justo porque ese proceso contradictorio es la esencia de lo humano, de lo real, sobre todo para el artista y el sensible. Ese eterno retorno nietzscheano, interno, es lo propio de quien siente, de quien opta por “vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido” (otra vez Thoreau).
La música de El huerto es cercana a la trova, principalmente por su esencia acústica, pero el arreglo más rockero la diferencia claramente, sobre todo con las apariciones de los extraordinarios coros de Emilia Almazán y la estupenda armónica de Jaime López. La voz de Roberto González está en su mejor momento, y la canción fluye limpia, deliciosa.
Así, sin duda alguna El huerto es la canción filosófica, ontológica, más lograda de la historia del rock mexicano, y también el verdadero himno con el que el rock mexicano cierra una época, y abre otra, más crítica, ilustrada y artísticamente lograda.