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viernes, 4 de junio de 2010

97. EL GATO

Letra, música e intérprete: Roberto González.
Disco: Aquí.
Aunque para este análisis me basé en la versión con guitarra acústica sola y voz, grabada para
Radio Educación, porque considero que el arreglo del disco Aquí no resultó muy bueno.


El alarido ahogado es como caminar
a las 4 de la madrugada por la ciudad,
donde te encuentras a los que viven en ella.

Agentes borrachos violentos,
ratas que salen a tu encuentro,
tratando de decirte que eres un extranjero.

Los perros te muerden,
te pasan la rabia,
se van satisfechos.
Bajo la luna, sigues derecho.

El alarido ahogado es como caminar
a las 4 de la madrugada por la ciudad,
donde te encuentras a los que viven en ella.

Gatos negros hambrientos,
desperdiciando su talento,
pudriéndose en la basura, inhalando cemento.

Los gatos te dicen
que tú eres como ellos,
que buscas bocado
para pasar el día aislado.


Roberto González nos entrega en El gato una reflexión sobre la marginalidad: ¿qué tan ajena es realmente? ¿Acaso no vivimos todos una misma limitante ante las condiciones imperantes, sociales, económicas, psicológicas? Tanto la crítica como su otro lado, la compasión, se congelan en la boca del cantante-testigo al notar que ese ser marginal, ese gato de callejón maloliente, no es tan diferente; que pese a su evidente desventaja ante todos nuestros privilegios, estos no son sino espejismos que ocultan la misma trampa, la misma condición de estar en manos de los que verdaderamente tienen la sartén por el mango: altos empresarios, banqueros, políticos. La nueva perspectiva que nos ofrece Roberto González otorga a la canción toda su originalidad. Así, El gato muestra la gran capacidad crítica de Roberto González, y aun del movimiento rupestre en general, que evita obviedades ya inofensivas de tan sobadas, y muestra, en cambio, que la conciencia social no está peleada con la calidad artística, siempre y cuando la primera cumpla su papel de mera inspiradora y detonante, y la segunda el suyo, de fin en sí misma, de verdadero sentido y único compromiso del artista. Porque si bien el fondo es relativamente claro, la forma de la canción es cuidadosa, de figuras literarias sólidas, y que, sobre todo, no evidencian, no regalan el tema. De hecho, la primera estrofa guarda el suficiente cuidado en su comparación fundamental, que adquiere un tono enigmático, profundo, que igual implica un ejercicio interpretativo no demasiado fácil. Como igual se trata de una canción en que la crítica social es importante, Roberto González tampoco la hace demasiado oscura, pero eso mismo demuestra que las decisiones estilísticas surgen de un trabajo minucioso y una capacidad notable.
La música de El gato es sólo un rocanrolito clásico de tres acordes, pero justo por eso concuerda tanto con la condición de los personajes que describe la letra, simples sólo en apariencia, pero cargados, muy cargados emocionalmente. Y el resultado es una rola aguda y disfrutable, sin que se resienta esa amalgama, de uno de los grandes precursores del rock mexicano inteligente y poético.

jueves, 3 de junio de 2010

89. LA ESCENA ME TRASPASA EL CORAZÓN

Letra y música: Jaime Moreno Villarreal y Guillermo Briseño.
Intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco.
Para este análisis tomo la versión grabada para
Radio Educación. También existe la versión de Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Esta valiendo… el corazón.


Sobre la cama, anchamente,
me la paseo esperando un phone,
y bostezando ampliamente,
prendo la televisión.
He descubierto que me duele,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Si se supone, vagamente,
que yo vivo del rock,
¿por qué será que diariamente
me la paso en el colchón?
Como que no le importa a nadie,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Quiero mi lira, y una bataca,
tráiganme un pantalón.
Abran la puerta, que entre la gente,
ya va a empezar la función.

Soy un enfermo reincidente,
eso me ha dicho el doctor.
Siempre me apañan gachamente
en los conciertos de rock.
De la ambulancia soy el cliente,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

El corazón.
El corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.


La escena me traspasa el corazón posee una letra dura, directa, no muy común en la obra del también poeta Jaime Moreno Villarreal, aunque aquí se trata de un tema compuesto con Guillermo Briseño (quién sabe qué tanto es de cada uno). El tema es doloroso: el rockero ante el espejo, ante su situación desfavorable en México (salvo los pops), país dominado absolutamente por la música comercial y los medios que la encajan en la gente. Sin disqueras. Sin promociones. Sin productores que pongan la lana. ¿Qué queda? Nada, migajas, espacios ínfimos para manifestarse, incluso agresiones de ese público para el que se toca, y que ni valora, ni agradece, ni escucha realmente. Como dice el rockero protagonista de la novela Polvos de la urbe, de Víctor Roura: “a fin de cuentas, ¿para qué tocar? Para unos cuantos canallas...”. Y aunque el músico de rock mexicano lo tiene clarísimo, lo sabe de antemano, no deja de dolerle. Por ello, Moreno Villarreal deja por un momento su estilo poético elaborado y sutil (sin que falten los detalles formales bien cuidados, como el recurso estilístico de los adverbios terminados en mente), para entregar una rola que golpee, que cumpla al máximo su función: el desahogo, libre, puro, rudo, sin tropos que suavicen el fondo doloroso, como una especie de escape, de ruptura. Ya habrá tiempo y canciones para sutilezas…
La música de La escena me traspasa el corazón es también directa: una guitarra acústica, que nos recuerda, por ejemplo, que los rupestres lo eran por falta de medios para la instrumentación eléctrica, y no por un purismo folk al estilo de los que pifiaron a Bob Dylan en Newport. El rasgueo, de golpes entrecortados, le imprime un aire visceral, casi furioso, pero en el estribillo el ritmo rocanrolero parece reafirmarse, como si asumiera su esencia pese a todo, como si sacara el orgullo. Por ello, al final letra y música forman un nudo de catarsis pura, un desahogo que parece decir: “¿ah, sí?, ¡pues a la mierda todos!”.

88. LOS INTELECTUALES

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Aventuras en el DeFe.



En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
Se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos,
pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos.

Los veías en los cafés, llenos de libros profundos,
y en eventos culturales olías conceptos rotundos.
Constantemente escribían poemas y cuentos cortos,
y aunque no los comprendían, se quedaban como absortos.

Si veías tal escritura, te sentías medio atontado,
porque con tal estructura te ibas bien apantallado.
No sabías si eran marcianos, mexicanos o europeos,
ángeles, diablos o enanos, cardíacos o prometeos.

Y así estos tipos extraños siempre estaban cavilando,
y hasta cuando iban al baño se la pasaban pensando.
Pensaban cuando comían, en la esquina, en el avión;
pensaban cuando dormían, pensaban en el camión.

Y entre tanto pensamiento, análisis y estructura,
decían conocer la neta y hasta también la locura.
Pero al llegar a su casa se liaban con su mujer:
sintiéndose de otra raza, nunca daban pa’ comer.

Ya que en un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.


Todos los que, de una manera u otra, trabajamos en el ámbito intelectual, nos hemos estremecido con esta bofetada de Rodrigo González, el Rockdrigo. Su canción Los intelectuales es absolutamente certera, como una bomba terrible. Siempre he querido saber qué experiencia pudo inspirarla, cómo se le ocurrió, qué desató este mazazo. Y varias veces he tratado de objetarla: que es injusta, que ya tenemos suficiente con la falta de oportunidades, que uno se esfuerza por acrecentar el uso de la inteligencia. Etcétera, etcétera, etcétera. ¿Pero saben qué?, es INAPELABLE. Simple y sencillamente inapelable. No sé por qué, pero siempre la relaciono con la frase del poema de Vinicius de Moraes: “para vivir un gran amor (…) hay que (…) saber ganar dinero con poesía”. Y yo, que aún no sé hacerlo, sigo sangrando con cada estrofa de Rockdrigo. ¿Qué lo llevó a ponerse “del otro lado”, uno que nunca reflexionamos, y que menos criticamos? No podremos saberlo, pero sí podemos apreciar de nuevo un arranque de originalidad, un mito derribado, una nueva máscara que cae. El mensaje es claro: quien sólo se queja, es cómplice, no víctima. No basta con padecer la incultura popular ni encerrarse en la inconexión con la realidad práctica. Rockdrigo lo decía: “ha llegado la hora de modificar las estructuras”. Quizá se hartó de ver cómo se rendían todos, se resignaban, se quedaban en la queja, y por eso creó esta pequeña terapia de shock, este electroshock. O mejor dicho, como buen rupestre, un acustishock. La explicación se perdió con él bajo las ruinas del terremoto de 1985.
La música de Los intelectuales es sólo un rocanrolito clásico en 4/4, y el toque más rupestre, más precario aún, es el sonido gutural que sustituye el inalcanzable trombón o saxofón. Porque la paradoja es que tampoco él daba mucho “pa’ comer”, también él padeció esa precariedad, y quizá la explicación más lógica es que, al final, y al estilo de John Lennon, todo es sólo una impecable, genial y despiadada autoironía.

87. VIOLENCIA, DROGAS Y SEXO

Letra y música: Alejandro Lora y Guillermo Briseño.
Intérprete: El Tri.
Disco: Simplemente.
También existe la versión de
Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Está valiendo… el corazón.


Yo conocí una productora,
en un estudio de televisión,
que le gustaban las pistolas
y los rifles de grueso cañón.
Para ella ver Los intocables
era el máximo reventón.
No se perdía Los intocables
ni aunque la invitaras a un reventón.

Ella me dijo: “si le cambias a tus rolas,
yo te voy a lanzar,
vas a llegar a las estrellas
y en el cielo vas a tocar,
y vas a tener más audiencia
que El club del hogar.
Vas a tener más audiencia
que El club del hogar”.

Violencia, drogas y sexo,
es como el rock’n’roll.
Violencia, drogas y sexo,
es el camino del gol.

Ella me dijo: “a mí me pasa tu onda,
pero a la demás gente no,
y el más picudo licenciado de la tele
ya se peinó.
Si quieres cántale tus rolas,
pero no las cantes en español.
Cántale tus rolas,
pero no las cantes en español”.

Violence, drugs and sex,
just like rock’n’roll.
Violence, drugs and sex
,
es el camino del gol.

Violencia, drogas y sexo,
es como el rock’n’roll.
Violencia, drogas y sexo,
es el camino del gol.

¡Gol!
¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!
¡Gol!

La fusión entre el ingenio de Guillermo Briseño y el color urbano de Alejandro Lora no impide que uno note que la influencia del primero saca a flote lo mejor del segundo, eso que ha ido dejando en el camino de la repetición de la misma rola, del conformismo y la concesión fácil a la banda. Es evidente que Briseño se encarga de la elipsis de la ironía (que Lora siempre obvia cuando trabaja solo, hasta caer en la moralina ultradigerible del mensaje). Por eso el resultado es brillante en Violencia, drogas y sexo. La petición de la productora al rockero duro que canta “violencia drogas y sexo, es como el rock’n’roll” es tan ridícula como familiar. Vemos una vez más cómo los medios están en manos de personajes que no tienen ni idea, sin preparación ni sensibilidad: puede darse cualquier mensaje, incluso áspero, siempre que no se entienda. Por ejemplo, en inglés. Pero también vemos la rendición del que carece de la firmeza necesaria en sus convicciones. Asistimos, entonces, al trueque de vergüenzas, al lamesuelismo y la pasteurización de la conciencia propia de disqueras, radiodifusoras payoleras, canales de tele, instituciones de la cultura oficial, teatros y auditorios. Pero, gracias a la parte de Guillermo Briseño, el verdadero fondo hay que descubrirlo debajo del guiño irónico.
La música de Violencia, drogas y sexo es potente y agresiva, rock'n'roll puro al estilo clásico de El Tri, con sus respectivos solos de requinto y sax. La voz de Alejandro Lora ayuda a “ver” al rockero protagonista, de manera más lograda que en la versión de Briseño. Sin duda una rola muy placentera.

82. BIGOTE AZOTADOR

Letra y música: Roberto Ponce.
Intérprete: Callo y colmillo, es decir,
Nina Galindo y Roberto Ponce.
Disco: Sin editar en disco, grabado para
Radio Educación.


—¡Yo también!
—¡Yo también!
—¡Yo también!

—¡Yo también trabajo mucho, señor,
y usted todas las noches toma
su autobús, y no se da cuenta
que esto es una entrada de coche!
—¡Yo también trabajo día y noche!
—¡Bigote azotador,
quita tu portafolio, deja pasar!,
me voy a guillotinar…
—¡Yo también trabajo mucho, señora,
doce horas en la oficina!
De tarde en tarde no me falta alguna nena que me dice:
“oye, vamos a una cantina”.
¡Yo también hago pan de harina,
y la llamo “vieja loca”,
pues le toco el claxon y no deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!

—¡Yo también hago pan de harina,
y la llamo “vieja loca”,
pues le toco el claxon y no deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!
—¡Yo también trabajo mucho, señor,
tengo que cuidar a mis hijos!
—Cada noche, cuando entro en la cama, oigo que mi esposa tiene ganas de…
—¡Yo también trabajo a más no poder!
¡Bigote azotador,
quita tu portafolio, deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!


Igual que Jaime López en la recién revisada Chilanga banda, Roberto Ponce da una muestra de juego de ingenio y lenguaje en la canción dialogada Bigote azotador. En este caso, la estampa urbana es la típica discusión neurótica de automovilistas y peatones en la ciudad de México. En esa lucha de poderes y géneros, se cae en el más ridículo de los infantilismos, tratando de ser a toda costa el que tiene razón: “¡Yo también!”, se repite en una segunda línea sonora al fondo, a lo largo de toda la letra. Es decir, “¡yo puedo más!”, “¡yo merezco más!”, “¡yo necesito más!”. Y para subrayarlo, se acude a su otra cara: “¡usted no puede!”, “¡usted no merece!”, “¡usted no necesita tanto como yo!”. Y el colofón es ese “¡yo también!” en ping pong sordo, de los que nunca se ponen en los zapatos del otro. Hasta que, ante la falta de argumentos, sólo cabe la descalificación, también ridícula, del pugilato citadino: “¡vieja loca!” vs. “¡bigote azotador!”. De carcajada. Pero una carcajada que se congela en la boca, cuando entendemos cuánto nos salpica la caricatura, cuando esa mascarada de intolerancia y miseria ética encaja perfectamente en nuestras caras. Y de pronto vemos nuestros propios rasgos en los esperpentos.
Pese a la curiosa decisión de dejar en la voz de Nina Galindo los diálogos de ambos personajes, y que Roberto Ponce sólo haga los “¡Yo también!” y discretos coros al fondo, la disputa se capta plenamente. La melodía, vivaz y simpática de rock'n'roll simple, sostenida en la guitarra de Ponce, más el sonido bilabial del intermedio, imitando un sax o un trombón, muy al estilo rupestre (como ya vimos en Los intelectuales de Rockdrigo) atizan el humorismo inteligente de la canción, sin duda una de las más originales del rock mexicano.

lunes, 31 de mayo de 2010

66. LA ALMOHADA ELÉCTRICA

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Jaime López.



Fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.
Fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.

Tu cabeza en la almohada
pregunta que por qué sacan chispas tus sueños.
Esos sueños eléctricos hablan dormidos,
diciendo que han rellenado de electroshocks
la almohada.

Sífilis mental te diagnostican,
¡ah, pues sí!, ¡las malas compañías!
Sífilis mental te diagnostican,
¡ah!, ¿te cae? ¡Las malas compañías!

Venerable venérea mirada
la del doc, que, benévolo, dice
que el contacto sexual es mental, demencial;
te cuestionas en dónde tendrá este doctor
la bragueta.

Debe de darle delirium semen, dolly

Ya tu mamá te sienta a la mesa,
y más y más te faltan las fuerzas.
Ya tu mamá te sienta a la mesa,
y más y más te faltan las fuerzas.

En secreto sazonan tu sopa
y ese plato está lleno de chochos;
no los ves, más te van deprimiendo, dejándote lelo.
¡Qué rara manera de actuar la de tu
familia!

Fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.
Sí, fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.

Tu cabeza en la almohada
pregunta que por qué sacan chispas sus sueños.
Esos sueños eléctricos hablan dormidos,
diciendo que han rellenado de electroshocks
la almohada,
la almohada,
la almohada.


Quizás el mayor aporte —además del rítmico— que dejó el rock’n’roll de los pioneros, fue la primera insinuación de una liberación sexual. No sólo con los movimientos del baile, sino con maquilladas alusiones en las letras. En México, los covers no conservaron ese tono, debido a la época. El rock de Avándaro, al ser mayoritariamente en inglés, tampoco logró aportar demasiado (Nasty sex de La Revolución de Emiliano Zapata, el caso más notable, gustó más por su ritmo y sus figuras de guitarra que por el conocimiento del contenido de la letra). La trova y el Canto nuevo tampoco influyeron mucho en ese ámbito, pues el tema sexual no era prioritario, más preocupados de los contenidos sociopolíticos y amorosos. La excepción es Acuéstate, hazme sentir y derramarme en cada poro de tu cuerpo de Pablo Milanés. La verdadera influencia se dará en la literatura y en el cine. La llamada literatura de la onda sí ejerció notable influencia en los rockeros contemporáneos a ella. Obras como De perfil y Se está haciendo tarde (final en laguna) de José Agustín, Gazapo de Gustavo Sáinz, Pasto verde y El rey criollo de Parménides García Saldaña, Las jiras de Federico Arana y aun El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata fueron lecturas que dejaron su huella (además de las obras extranjeras, por supuesto, sobre todo de los beats como Ginsberg, Kerouac y Burroughs). Así, de nuevo, es hasta la aparición del rock rupestre cuando la música refleja esa nueva visión de la sexualidad, con canciones como Sangre de Roberto González, Oh, María de León Chávez Teixeiro, la ya analizada Rojos de marzo de Roberto Ponce o, desde el humor, Oh, yo no sé de Rockdrigo.
La nueva libertad sexual es un tema recurrente en Jaime López, como lo muestran Ámame en un hotel o Bonzo. Pero siempre logra mostrarnos otros lados, otros matices, y apela a otros léxicos, a otros recursos literarios y musicales. En La almohada eléctrica una vez más nos entrega una rola con impresionante manejo de la elipsis. Casi sin expresarlo, es decir, más por lo que sugiere que por lo que dice, en esta canción nos muestra cómo los mecanismos de represión de la sexualidad: familia, malos terapeutas, etc., más los miedos propios, no sólo provocan las frustraciones, sino la desconexión con la realidad, la inautenticidad, el autoengaño. López denuncia una sociedad y una cultura de doble moral, hipócritas, que se fundamentan en el control de los impulsos, y que se escandalizan ante el cuerpo y sus expresiones. Pero, una vez más, López lo hace no a través del sermón, sino del sarcasmo, mucho más efectivo, certero, liberador, y sobre todo, artístico.
Pero por si todo eso fuera poco, en La almohada eléctrica Jaime López se hace acompañar por un arreglo de voces estilo jazz, o más exactamente, de grupo coral rocanrolero, que recuerda a las Chordettes y a las Ronettes, pero con influencias de gospel, be bop y hasta boogie. La melodía surge a capella, llena de ritmo, garra y soltura de la voz de Jaime, sobre las armonías femeninas —seguramente negras, pues hay que recordar que López grabó este disco en Nueva York—, y una voz masculina de bajo. Así, pocas veces podemos encontrar en el rock mexicano un arreglo tan profesional y potente. La voz de Jaime López nunca desmerece. Al contrario: con su timbre tan particular y su fraseo lúdico, crea un estupendo contraste con la suavidad energética (al oírlas se darán cuenta que no es contradicción) de las voces femeninas. Disfrute puro, y no por ello menos profundo.

jueves, 20 de mayo de 2010

28. 1ª CALLE DE LA SOLEDAD

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: 1ª calle de la Soledad.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint, en su disco Arpía.


Tal vez te suene esta tonada como transistorizada,
entonada por la laringitis del escape,
pero así suena en la tatema cuando vas a La Merced.

Tal vez te suenen mis palabras a humedad ahumada urbana,
tan cascadas por la sinusitis que contraje,
pero te traje escaparates, ¡ya le va!, pa’ su merced.

Desde el taxi, recorriendo medio sueldo,
veo al sol detrás, viajando de mosca,
llegando tarde a la chamba a chambear,
en la 1ª calle de la Soledad.

Quizá te encuentres agüitado a media estaca, trago a trago;
oye, ¡buzo!, enlata tu gastritis —¡buena idea!—,
y si le pegas su etiqueta, a la fayuca llévala a vender.

Si ya tu chava no te pela, ponle a tus zapatos suelas,
que es consuelo andar con peatonitis, pie de atleta,
y si te cansas, en la esquina ponle un veinte al 03, ¿cómo la ves?

Mete un metro en el boleto anaranjado;
a media realidad, te bajas —¡qué país!—;
detrás del Palacio Nacional,
está la 1ª calle de la Soledad.

Tal vez te suene esta tonada como transistorizada,
entonada por la laringitis del escape,
pero así suena en la tatema cuando vas a La Merced.

Si ya tu víscera cardiaca cacarea, queja a queja,
la Doctora Corazón de perdis te remienda,
y si de a devis te desvela La llorona, pss… te hace bien.
¡Órale pues! Va de nuez:

Desde el taxi, recorriendo medio sueldo,
llevo al sol detrás, viajando de mosca,
llegando tarde a la chamba a chambear,
en la 1ª calle,
en la 1ª calle,
en la 1ª calle de la Soledad.


En el principio fue el rock’n’roll, que, al evolucionar, perdió el apellido, y se convirtió en rock, a secas. ¿Qué significó esa pérdida, más allá de la nomenclatura? Primero que todo, que la estructura fija de tres acordes en ritmo de 4/4 dejó de ser esencial, y poco a poco se fue volviendo compleja, amplió sus influencias y búsquedas sonoras, rítmicas, letrísticas. Pero la mayoría de los músicos vuelven de vez en cuando a la vieja estructura, tratando de incorporar variantes, pero conservando el espíritu rocanrolero original, fresco, vibrante, energético y circular. Así, podemos encontrar grandes rocanroles (y blueses) al estilo clásico entre los grupos más ambiciosos del rock. Ahí están I’m down, One after 909 o Revolution de los Beatles, Seamus de Pink Floyd, Hi, hi, hi de Paul McCartney, Roadhouse blues de los Doors, Rock and roll de Led Zeppelin, New York City de John Lennon, etc. Como ya explicamos, esta lista no toma en cuenta la época del rock’n’roll propiamente dicho en México, por ser casi exclusivamente de covers. Pero los músicos más modernos y de todos los géneros (incluido el progresivo) han acudido una y otra vez al rock’n’roll, innovando sobre lo clásico. Podemos citar Ojo de ballena y Apaga la luz de Guillermo Briseño, El feo de Rockdrigo, Oh, Dennys y El Zarco de Botellita de jerez, Rocanrolas domésticas, El enredo y Treintañeros de Carlos Arellano, La élite de Lucerna Diogenis, Cuentos del miedo de Gerardo Enciso, Blues de los 5 pesos de Tierra baldía, En México me quedo de Hebe Rosell, No y No hubo modo de Mamá-Z, Brindis por un difunto, Susana y Te regalo mi sombra de Roberto Ponce, El diablo y yo de Iván Rosas, Toca un rock’n’roll y Pájaro loco de Real de Catorce, El gato y Alguien de Roberto González, Juan Camaney de Trolebús, y un larguísimo etcétera. Y ni hablar de los grupos que todavía sustentan su música en el rock’n’roll tradicional, como Naftalina (que toca sólo covers humorísticos), El Tri y casi todo el llamado rock urbano.
Jaime López es de los músicos que más vuelven al rock’n’roll clásico. Rolas como Nunca me he llevado con el pizarrón (cover con letra libre de Johnny B. Goode de Chuck Berry), Puñalada trapera, Tengo la edad del rock’n’roll, Blue Demon blues, Me siento bien pero me siento mal o Caite cadáver así lo demuestran. Pero su obra máxima en esta línea es 1ª calle de la Soledad. Básicamente se trata de un rock’n’roll clásico en La Mayor —quizá el tono más usado en este estilo—, con la ligera variante de una bajada a Fa Mayor en los estribillos, que se regresa a la dominante. En esta rola, Jaime López juega una vez más con el lenguaje, uno de sus recursos más explorados, como ya vimos con Chilanga banda, y en otras canciones, como El Mequetrefe, Caite cadáver y El Malafacha. En 1ª calle de la Soledad nos presenta una estampa, una instantánea de la vida urbana, barriera, centrada en la supervivencia, con ciertos aires picarescos. La idea es sobrellevarla, resistir, envueltos en su lenguaje, su tránsito, y sobre todo la soledad, representada por el símbolo de la calle céntrica con ese nombre, que recuerda la obra de teatro El cuadrante de la Soledad de José Revueltas. Así, 1ª calle de la Soledad es una actualización rocanrolera de Sábado, Distrito Federal de Chava Flores, un pequeño paseo por ese purgatorio asfáltico que es la Ciudad de México, apasionante, límite y dolorosa. López recrea el léxico urbano, pero no al estilo lumpen de Chilanga banda, sino más enfocado a la clase media, que padece la burocracia, el caos, el trajín exprimidor de la chamba y los transportes repletos, la camisa sudada, las relaciones mediocres. Con humor, rima inteligente y original, más los juegos vocales y corales, López crea una rola profundamente energética, vivísima, chispeante. El desahogo de esa realidad conocida se logra con el ritmo y la letra lúdica, de gran inventiva y dominio del léxico citadino. Una más de las proezas lingüísticas de Jaime.
La música de 1ª calle de la Soledad es intensa, rica. Si bien acude al grupo de metales, no suena realmente fonky, sino rocanrolera pura, quizá por el extraordinario solo de guitarra eléctrica, de los mejores del rock mexicano, porque no se basa en su alto nivel de distorsión; al contrario, el efecto elegido es muy claro, así que la velocidad de sus escalas resalta de manera impresionante, en una ejecución técnica de una limpieza muy notable. Los metales hacen figuras, pero no solos, son de soporte, y mesurados, lo que también ayuda a que la rola conserve la línea rocanrolera. Y la voz de Jaime también es más limpia que otras veces, mucho más centrada en la interpretación apasionada que en los jugueteos guturales de otras canciones.
Así, 1ª calle de la Soledad es un rocanrolazo, redondo, impecable, una especie de guiño —sin ninguna intención— a otro fronterizo: Javier Bátiz (siento que mucho de su espíritu se ve en esta rola), que le recuerda lo que hubiera podido llegar a ser (y hacer), de no ser porque siempre fue sólo músico; enorme, pero sólo ejecutante, nunca verdadero compositor. Una verdadera muestra de ingenio absoluto.