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lunes, 24 de mayo de 2010

45. SI TUVIERA UN CORAZÓN

Letra, música e intérprete: Arturo Meza.
Disco. La balada de Galaver.



Si tuviera un corazón,
podría sentir tu piel, tu calor,
tocar las estrellas.

Si tuviera un corazón,
podría sentir tu amor, y estremecerme
en el atardecer.

Si tuviera un corazón,
podría entenderte, nena,
y caminar descalzo por tu jardín,
sin temor a las espinas.

Si tuviera un corazón,
podría decir adiós, adiós, adiós
a esta tumba.

Hay cuatro borrachos en mi callejón:
“hey, Meza,
toma una cerveza y canta una canción”.
Si tuviera un corazón,
lo haría con gusto, locos,
pero no,
algo se lo llevó,
algo se lo llevó…

Si tuviera un corazón,
podría encender un cirio por mi país,
por nuestros muertos
sin sepultura.

Si tuviera un corazón,
podría sentir mi cuerpo bajo la lluvia,
podría llorar,
pero no puedo.

Si tuviera un corazón,
tendría una casa esta soledad,
tendría un ritmo
para bailar.

Tendría versos,
podría conjugar un verbo,
pero estoy seco,
mirándote desde aquí,
sin poder decir adiós,
adiós, adiós, adiós, adiós,
adiós, adiós
a esta tumba.

Hay cuatro borrachos en mi callejón:
“hey, Meza,
toma una cerveza y canta una canción”.
Si tuviera un corazón,
un corazón,
pero estoy seco,
sin corazón…


Arturo Meza nos ha entregado un buen número de excelentes canciones místicas y espirituales como La sentencia y Jhasua, de rescate prehispánico e indígena como Misión del poeta y Canto por niño, de mitologías y poesía antiguas como Al amor fraterno y Amar por amar, de sonidos medievales como las ya mencionadas Anael y Eterut, musicalizaciones de poemas como las extraordinarias Adam Cast Fort y Everness de Jorge Luis Borges o las adaptaciones como Madre de Pedro Damián Masson y Lenguas Viperinas de Françoise Villon, etc. Además, claro, de sus obras instrumentales como Suite Koradi o In principio. Y, por supuesto, su extenso material tradicional con letra y música. Sin embrago, como ya dije, ciertas reiteraciones temáticas de pronto hacen que uno eche de menos una búsqueda mayor, novedosa. Quizá cuando Meza se detiene un poco más en la canción íntima aparece esa voz diferente, como en Don guiñapo, Un tipo solitario, La última batalla, etc. Pero es quizá en Si tuviera un corazón donde vemos al Meza más emotivo, más frágil; es el punto máximo de su sensibilidad. Alguna vez, al analizar la obra poética de Carmen Conde, me di cuenta que esta autora expone que el grado máximo de dolor no es el alarido desgarrado; al contrario: es la insensibilidad, la incapacidad para sentir, la parálisis que provoca un dolor que ya rompió todos los márgenes. Algo muy similar se encuentra en Confortably numb de Pink Floyd. Si tuviera un corazón habla de lo mismo, de ese momento en que ya no hay reacción, porque se ha perdido todo; en que, como dice José Emilio Pacheco en El principio del placer, y también Ernesto Sábato en El túnel, la vida se ve como detrás de un vidrio. El protagonista de Si tuviera un corazón es otro “cómodamente insensible”. Pero la rola de Meza se centra en ese mundo posible que la falta de reacción volvió imposible. Todo lo que podría ocurrir si se tuviera ese corazón faltante, todo lo que ya no se concretará. Todo lo que no se sentirá más. ¿Qué es ese “algo” que se llevó el corazón? Arturo Meza no lo dice, pero justo por eso es que su rola es como una plantilla, y ese espacio blanco donde se coloca el motivo recibirá una respuesta por cada escucha, que así podrá hacer suya la canción, pondrá su propio dolor, su propia pérdida, su caída personal.
Es curioso, pero al pensar en Si tuviera un corazón para este post, me vino a la mente Empeñé mi corazón de José Luis Campos Choluis. Ambas canciones, muy en el fondo (o ni tanto) comparten la misma esencia. Pero lo que en Meza es patetismo límite, en Choluis es humor que aligera cualquier atisbo de dolor. Lo menciono porque me parece que son las dos visiones definitorias del rock mexicano, que, cuando se exceden, hacen que de repente zozobre. Esto pasa aun con otras ramas del arte nacional (en el cine esto es muy notorio). Ambos extremos muchas veces ejercen un peso excesivo en los creadores, y la falta de equilibrio es un peligro constante, una trampa en que se cae con demasiada facilidad. En todo caso, ambas canciones sólo señalan los dos extremos, pero obviamente todavía dentro del margen de la calidad (mucho más la de Meza que la de Choluis): lo verdaderamente fallido está más allá, hacia cualquiera de los dos lados, y lo muestra la música comercial, sea balada, reggaetón (no sé si se escribe así, pero eso sí que no me interesa en lo absoluto), grupera, norteña, etc. En el caso de Si tuviera un corazón, su lenguaje, su esencia sincera, su propuesta formal y su arreglo la equilibran lo suficiente para hacerla una estupenda canción.
Arturo Meza decidió interpretar esta canción sólo con teclados ambientales, más un adicional con sonido de acordeón en los estribillos. Esta decisión es inteligente, porque aumenta su sentido íntimo, le imprime un aire casi confesional. Con este arreglo, más la voz tenue que usa aquí Arturo, la emoción se subraya, y Si tuviera un corazón se convierte en una rola enormemente conmovedora; tan auténtica, tan humana, que realmente enchina la piel. Además, la decisión que comentamos, de no explicar el motivo del dolor, la vuelve mucho más catártica para quien la escucha, pese a que, al incluir su apellido en la letra, Arturo Meza igual la firma. Así, escucharla y cantarla a la par de Meza asegura el desahogo, y esa es la verdadera esencia de esta canción.

martes, 18 de mayo de 2010

15. LA VENTANA

Letra, música e intérprete: Arturo Meza.
Disco: La balada de Galaver.



Antes conversaba con pirujas, borrachos y esperpentos maquillados,
y se me iban las horas viendo pasar los autos nocturnos con el soundtrack del dolor y del silencio.
Antes me clavaba agujas en los ojos para sentirme vivo, y me paraba al borde del abismo dispuesto a volar.
Antes salía bajo la lluvia a robarle una canción a la tormenta, mientras todos corrían despavoridos, como si cayera gasolina.
Antes miraba la película intermitente de los niños chemos.
Hoy sólo veo una ventana sin paredes,
mientras una mujer-payaso me canta un blues al revés.
Hoy sólo veo una ventana sin paredes.

Antes trabajaba como loco, y acabé en un manicomio, cantando para nadie, ni siquiera para el Dios de los enfermos.
Antes miraba al maníaco de los binoculares espiar a aquella mujer llena de soledad en sus pechos grandes.
Y miraba checar las tarjetas del bostezo y la desolación de los hombres zombis.
O me metía a un antro a escuchar rock’n’roll.
Hoy sólo veo una ventana sin paredes,
y en el cristal cochambroso, un corazón que un niño dejó, antes de irse a prisión.

Antes te buscaba para decirte que te amaba, y me escupías y me clavabas los colmillos de la indiferencia en el corazón,
y acabé besando una estatua de sal en medio del desierto.
Con el switch desconectado, todos gritan, todos cantan, todos bailan a gran velocidad,
lloran, ríen, pujen, cagan, mean, se masturban en la soledad del cosmos.
Cine mudo, panteón escandaloso, muertos aferrados, construyendo en sus tumbas una nueva religión,
mientras al final del callejón, el ángel viejo hace un trato con la muerte.
Hoy sólo veo una ventana sin paredes,
mientras una mujer-payaso me canta un blues al revés.
Hoy sólo veo una ventana sin paredes.

Hoy sólo veo una ventana sin paredes,
y en el cristal cochambroso, un corazón que un niño dejó, antes de irse a prisión.

Antes conversaba con pirujas, borrachos y esperpentos maquillados,
y se me iban las horas viendo pasar los autos nocturnos con el soundtrack del dolor y del silencio.
Antes me clavaba agujas en los ojos para sentirme vivo, y me paraba al borde del abismo dispuesto a volar.
Antes salía bajo la lluvia a robarle una canción a la tormenta, mientras todos corrían despavoridos como si cayera gasolina.
Antes miraba la película intermitente de los niños chemos.
Hoy sólo veo una ventana sin paredes.
Hoy sólo veo una ventana y un corazón.
Hoy sólo veo una ventana, y un corazón que un niño dejó, antes de irse a prisión.



Ya hablamos del lado “maldito” de Arturo Meza cuando analizamos Sólo están jugando a matarte. Pues bien, lo que en esa rola era extremo, en La ventana se reafirma, sólo que ahora el desgajamiento es interno. Pero no como solipsismo, sino desde la percepción de lo externo, tan amargo y miserable. La diferencia es que ahora podemos ver el efecto desde el interior mismo del autor, y no desde la narración del contexto de un personaje, como en Sólo están jugando a matarte. Es curioso, ambas canciones tienen un espíritu común, y sin embargo, la forma en que lo expresan es muy diferente, lo que muestra que Meza prosigue la búsqueda de nuevos estilos, de nuevos lenguajes y armonías. La ventana es una canción más total, en el sentido que lo entendió el Boom latinoamericano: una creación que intente decirlo todo, abarcar lo más posible, al estilo de La región más transparente de Carlos Fuentes, El obsceno pájaro de la noche de José Donoso o Cien años de soledad de García Márquez. En La ventana, Meza se explaya como nunca, se regodea en esos paisajes de pesadilla, en los personajes bizarros que pueblan un pasado agonizante, que ha sido sustituido por un presente muerto. La ventana es la desesperanza misma. Y una desesperanza enmarcada en la soledad más absoluta, pues los personajes alienados son absolutamente ajenos, sin rostro, y se ven como detrás de un cristal, lo que recuerda la novela El túnel de Ernesto Sábato. El protagonista de la rola está condenado a ser testigo, ebrio de derrota y rendición, y todo lo ve ya sin reacción, como en Confortably numb de Pink Floyd. La época ha abolido la idea de prójimo, el valor de la otredad, porque al ya no existir ideologías, no existen más los lazos, y cada uno es su propio bando, o cuando mucho, el inconsciente peón de otro más grande. En La ventana inicialmente no vemos la expresión de ningún sentimiento ante lo que se tuvo, se hizo o se vio, ni ante lo de ahora. Pero eso sólo significa que la ausencia de emoción es justamente la nueva emoción, el espíritu de la época. La ventana es el objeto que permite asomarse a ese mundo perennemente ajeno; es ese vidrio opaco de El túnel, en el que los demás siempre van en su propio carril, extraño, extranjero, incomprensible. Y Meza nos muestra ese mundo de desconocidos que es la postmodernidad. Si en El blues de las ventanas de Trolebús vimos cómo la ventana era la inalcanzable posibilidad de escape, y por lo tanto, el mayor anhelo, en La ventana no es ni siquiera eso: es sólo un espejismo, un desierto multitudinario (perdonando el oxímoron) sin significado. Precisamente la estructura de la canción, de versos larguísimos, repletos de elementos que nada valen, refleja esa paradoja: la del vacío absoluto, que está repleto, pero sin sentido. Y basta pasearse por el D.F., por el metro, las calles, los puentes, para corroborar esa muchedumbre inconexa, que arma nuestro gran Laberinto de la soledad, según Octavio Paz, o La jaula de la melancolía, según Roger Bartra, vacío que, como muestra Meza, permanece más allá de pasados, presentes y seguramente futuros. Por ello, de manera muy inteligente, en las primeras estrofas de La ventana Meza opta por una entonación casi inerte, neutra, sin matices, casi de declamación congelada, para transmitirnos esa falta de emoción, que no es más que el dolor máximo, el grito encerrado, porque ya no podemos aspirar ni siquiera a ese alivio mínimo e inofensivo. Este recurso estilístico permite mucha libertad métrica o, de hecho, su anulación. Sí conserva cierto orden estructural, pero reducido a su mínima expresión, lo que imprime gran originalidad a la rola, la hace realmente vanguardista. De hecho, la letra posee ciertas reminiscencias de la escritura automática del Surrealismo, así como una carga apocalíptica similar a la del Expresionismo, y aun cierto léxico del Futurismo, pero sobre todo del mexicano Estridentismo (en algunas líneas, pareciera una canción escrita por Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide o Arqueles Vela). De esta manera, más que a través de la metáfora, Arturo Meza expone la miseria, la ausencia de salida y el automatismo en un lenguaje directo, pero con reiteradas rupturas lógicas, cercanas a lo onírico oscuro y suburbano (también en momentos algo recuerda el estilo de la rola The sound of silence de Simon & Garfunkel).
Para este tipo de recurso estilístico, Arturo Meza necesitaba una música apretada, de pocas variantes, y así lo entendió, limitando la canción a tres acordes. De hecho, es quizá su rola menos melódica, sostenida por un bajo eléctrico persistente y adecuadamente monótono, que subraya el carácter casi sonámbulo del protagonista. Sin embargo, hay un momento en que la música crece, al incorporar la batería, porque la letra, y por tanto la voz, también explotan, se desgarran, como si se diera aún un intento de reacción. Pero se extinguen finalmente. Al término de la rola, el bajo se queda solo, como un símbolo de la rendición anímica final. Y todo esto lo matiza correctamente la voz de Meza, que va del automatismo al rompimiento agudo, pero sin mayores consecuencias, pues vuelve a la entonación grave y sonámbula al cierre.
Por todo esto, La ventana es una canción realmente postmoderna, muy fuerte y angustiante, como cuando uno, pese a estar destrozado, ya no puede ni llorar. Hasta que revienta, para luego rendirse otra vez, en un círculo sin salida, infernal, desgastante, insoportable, sin aire. Sin reacción, en un mundo de ventanas ya sin ningún significado.