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viernes, 4 de junio de 2010

94. SÁCALO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Jaime López.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint en el disco En esta ciudad, pero si el arreglo del disco de Jaime López ya había bajado el nivel de la versión demo sólo con guitarra acústica, el de Cecilia es aún peor, pues el sintetizador con voces de cuerdas le restó toda la fuerza que la letra expresa.


Quiero decir que estoy harto de mí.
Si algo de ti permanece aquí,
sácalo, sácalo,
antes que me lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Si tuviera religión,
me pondría a analizar;
si tuviera ideología,
pondríame a rezar.

Quiero creer que revive el ayer,
pero la piel se volvió pared;
tírala, tírala,
saca la primera piedra;
tírala, tírala,
tira la primera piedra.

Si sumida en la prisión
te podías liberar,
¿por qué en la libertad
te vas a encarcelar?

Quiero decir que estoy harto de mí.
Si algo de ti permanece aquí,
sácalo, sácalo,
antes que me lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Mi enemiga no eres tú,
tu enemigo no soy yo:
el enemigo común
está alrededor;

sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Sácalo...

Sácalo de Jaime López es el hartazgo amoroso hecho canción. El hartazgo de no poder cerrar el círculo emocional tras el rompimiento, y del que no se termina de salir hasta no agotar los argumentos que expliquen el fracaso. Pero la trampa es que nunca habrá argumentos que alcancen para el que todavía ama; sólo resta desear apasionadamente que esa cadena se rompa al fin. Qué tanto se deseará, que incluso se pide ayuda a la persona amada misma, se le pide una ayuda para quedar libre, pero sólo como apóstrofe, desesperado, inútil. No obstante, es justo ese el rasgo distintivo de Sácalo, y la diferencia con otras canciones de López con el mismo tema, como El hombre de Wall Street y Ella empacó su bistec. Y acudir a la persona perdida no sólo es un original recurso literario, sino un ejemplo de humildad y sobre todo de sensibilidad. No extraña entonces que la línea lo exprese: “mi enemiga no eres tú, tu enemigo no soy yo: el enemigo común está alrededor”. Es decir, la auténtica visión madura de la ruptura, que sabe diferenciar lo que muy pocos: que el que opina, ve las cosas o toma decisiones de manera distinta no es por ello un equivocado, sino sólo alguien que disiente, desde otra línea igual de válida. Obviamente no cualquier ruptura permite tal sensatez; por eso mismo, Jaime López y el resto de los autores pueden explorar en otras canciones los distintos grados. Por otro lado, la propuesta poética de Sácalo se centra en el retruécano de sus estribillos, muy inteligentes y estupendamente trabajados, que sin duda recuerdan los famosos de varios sonetos y redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz. A través de esta figura retórica, Jaime López muestra, además, cómo la alteración lógica refleja la propia del amor frustrado, de ahí lo atinado de su elección. De hecho, López siempre se ha caracterizado por la exploración de distintas figuras literarias principales, de rola en rola, lo que sin duda ha enriquecido ampliamente su propuesta artística.
Por su parte, la música de Sácalo refleja la gradación emocional que se va desarrollando en la letra: parte casi como una balada-rock, hasta terminar de manera energética, incluyendo un coro a capella, luego del cual reaparece el arreglo instrumental fuerte. Como ya dije antes, la primera versión de esta canción, grabada en radio, era sólo con guitarra y voz. La versión del disco incluye un acordeón, lo que, a mi juicio, fue una mala elección, pues le resta fuerza, por el tono más propio de la canción humorística o liviana norteña que dicho instrumento provoca. Pero pese a ello, la garra de la voz de López fortalece totalmente la rola, que surge auténtica, profunda, y sobre todo, muy sentida.

jueves, 3 de junio de 2010

83. CHILANGA BANDA

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Odio fonky.
Es de sobra conocida la versión de
Café Tacuba en su disco Avalancha de éxitos, mucho más comercial. También existe una curiosa versión de la cantante de jazz, trova y bolero Margie Bermejo en su disco Mamacita del Mayab.


¡Ya chole, chango chilango,
qué chafa chamba te chutas!;
no checa andar de tacuche,
¡y chale con la charola!

Tan choncho como una chinche,
más chueco que la fayuca,
con fusca y con cachiporra
te pasa andar de guarura.

Mejor yo me echo una chela
y chance enchufo una chava.
Chambeando de chafirete
me sobra chupe y pachanga.

Si choco, saco chipote;
la chota no es muy molacha,
chiveando a los que machucan,
se va en morder, su talacha.

De noche caigo al congal.
“¡No manches!”, dice la changa.
Al choro del teporocho,
en chifla pasa la pacha.

Pachucos, cholos y chundos,
chichifos y malafachas,
acá los chómpiras rifan
y bailan Tíbiri tábara,
y bailan Tíbiri tábara,
y bailan Tíbiri tábara.

Mi ñero mata la bacha
y canta “La cucaracha”;
su choya vive de chochos,
de chemo chulo y garnacha.

Transando de arriba a abajo,
a’i va la chilanga banda.
¡Chin chin si me la recuerdan!
¡Carcacha y se les retacha!


Otro de los rasgos más distintivos del rock mexicano, sobre todo el llamado rupestre —otra vez— es el uso libre del lenguaje, experimentar con él, estirar sus límites. Si en la literatura se han dado numerosos ejemplos de obras experimentales, como el cuento En defensa de la Trigolibia de Carlos Fuentes, o todos los del libro Las vocales malditas de Óscar de la Borbolla, las novelas Morirás lejos de José Emilio Pacheco, Farabeuf de Salvador Elizondo y Pasto verde de Parménides García Saldaña, o los famosos calambures del Nocturno en que nada se oye de Xavier Villaurrutia en poesía, si hablamos de música es en el rock donde se manifiesta más naturalmente. Y Jaime López ha sido uno de los que más lo han intentado, ya sea en algunas frases como en Vagón de vagabundos, Amar a Marta era mi tarea, Adiós a los dioses o Lacayo de la calle, o en canciones enteras, como Caite cadáver. Esta última es el antecedente más cercano de Chilanga banda.
Originalmente Chilanga banda era un texto sin música, igual que El malafacha o Nuestro amor es ese gato negro muerto en el baldío. En el disco Odio fonky presentó las tres, unas medio entonadas y otras sólo recitadas sobre un fondo musical hecho por José Manuel Aguilera, guitarrista de La barranca, Jaguares, etc. El pie forzado de Chilanga banda es unir en una canción que sí narre una historia (y no sea sólo una acumulación sin sentido), varios de los vocablos del léxico barriero lumpen, que contengan la letra ch. El resultado es esta especie de himno a la banda, a la tribu urbana ñera, de barrio defeño, y sus costumbres de sobrevivencia picaresca, etílica, auténtica, en oposición al tira, al policía corrupto e intransigente que, salido del mismo barrio y condición, ahora pertenece al bando contrario, se ha vuelto el enemigo, una mona vestida de seda azul, credencial y macana. Ante la alta exigencia de tan difícil pie forzado, Jaime López sale más que airoso: produce una obra maestra de ingenio y originalidad, un juego límite con el lenguaje, intraducible a otras lenguas e indescifrable en otras partes de Hispanoamérica (incluso muchas transcripciones en páginas web mexicanas son fallidas, dada su complejidad), porque pertenece y define al grupo social cerrado que retrata; cerrado para no contaminarse de inautenticidad trepadora, como el policía enemigo.
La entonación de Chilanga banda tenía que ser también barriera, pura de callejón, tal como ocurre en Odio fonky. Sin más distracciones que unas percusiones tropicales, unos discretísimos teclados y guitarra rítmica en la última parte, el final es un remate de metales clásico del mambo, que reafirma su condición absolutamente popular. Un acierto imaginativo, y correcto en su mesura.
Así, en Chilanga banda Jaime López consigue que su jugueteo léxico llegue más allá, con un fondo más profundo del que la sorpresa deja ver a primera impresión.

miércoles, 2 de junio de 2010

73. QUÍTAME TU CÓMIC DE LA VISTA

Letra y música: Jaime López.
Intérprete: Jaime López, Roberto González y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¡Son divinos los paisajes nuestros!;
basta echar un ojo a un nuevo día
y ver a los grises policías
enlatando a la gente en el metro...

En la extraña entraña de concreto
alguien una mano fría olvida.
¡Deja de inyectarme fantasías!,
¡saca tu hipodérmica un momento!
¡Vamos, que no quiero más tormento!,
¡quítame tu cómic de la vista!

Por las bocas flacas, la ironía
“¡bien que estamos!”, te dirá, sonriendo.
Un presente de vencido ancestro
es lo que te ofrecen por tu vida;
entierra tus ruinas hoy en día,
que la historia no va en retroceso.

De Tenochtitlán, te dan un cuento,
y de Tlatelolco, una sangría:
son sólo vergüenzas, recaídas;
son, por todos lados, monumentos;
son para dormir este momento.
¡Quítame tu cómic de la vista!

¡Deja ya de andar con fantasías!,
¡quiero ver esos paisajes nuestros!

Un presente de vencido ancestro
es lo que te ofrecen por tu vida;
entierra tus ruinas hoy en día,
que la historia no va en retroceso.

De Tenochtitlán, te dan un cuento,
y de Tlatelolco, una sangría:
son sólo vergüenzas, recaídas;
son, por todos lados, monumentos;
son para dormir este momento.
¡Quítame tu cómic de la vista!

¡Deja ya de andar con fantasías!,
¡quiero ver esos paisajes nuestros!


La mentira, sobre todo de los mass media, ha acompañado la historia de México desde la Conquista. Los imperios, los dictadores y el partido único en los hechos, han usado los medios como elementos de propaganda y autoafirmación. La “prensa vendida” ha imperado, y la que ha intentado zafarse, pronto paga las consecuencias. “No pago para que me peguen”, exclamó el nefasto presidente José López Portillo contra la revista Proceso, que surgió cuando el igualmente nefasto mandatario anterior, Luis Echeverría, se apoderó del diario Excélsior de Julio Scherer, episodio que relata Vicente Leñero en Los periodistas. Y los Díaz Redondo, Zabludowskys, Sarmientos y Alatorres se han multiplicado al amparo del poderoso en turno.
Pero muchos historiadores no han actuado muy diferente. Basta ver los casos de Aguilar Camín o Enrique Krauze, incapaces de la reflexión no sesgada por las posturas políticas propias, y que en su momento han sido defensores de Salinas de Gortari y demás fauna. Por lo tanto, el acceso, ya no a la verdad, sino simplemente a interpretaciones diferentes de la realidad ha sido inexorablemente raquítico (obviamente hay honrosas excepciones en ambos campos, como Adolfo Gilly, Enrique Semo, Daniel Cossío Villegas, el mencionado Julio Scherer, Miguel Ángel Granados Chapa o Lorenzo Meyer).
Jaime López reflexiona sobre esto en Quítame tu cómic de la vista. Su rola es una crítica a la mentira histórica misma, pero también a la falta de memoria del pueblo mexicano, su auténtico lastre, que explica los 71 años del mismo partido indefendible en el poder, caso único en el mundo. Pero al igual que Guillermo Briseño en la recién analizada Presagio charro, Jaime López evita el sermón reduccionista, y aporta, en cambio, una crítica inteligente y cuidada, concentrada en la profundidad de un nuevo lenguaje, que sea crítico, sin ser obvio ni limitado. Léxico y estilo nuevos (“cómic”, “hipodérmica”, “extraña entraña de concreto”), crítica fresca y enriquecida. Esa es la fórmula que los rupestres aportaron, y que se ha hecho sentir en todo el rock mexicano.
La música de Quítame tu cómic de la vista es un ejemplo de la herencia trovadoresca y folk que innegablemente influyó en los rockeros rupestres y sus cercanos (Jaime López nunca se asumió rupestre). Las guitarras de Jaime y la nunca suficientemente reconocida Emilia Almazán todavía buscan en el arpegio su sustento, pese a que la mayor velocidad del mismo, y sobre todo el correcto bajo eléctrico de Roberto González le dan ese tono ya rocanrolero. No hay que olvidar que esta grabación de lo que fue el grupo Un viejo amor se da en un momento de transición entre el rock hippie y en inglés de Avándaro y el nuevo deseo de creación en español, así que no es rara esta amalgama. Al contrario: Jaime López siempre se ha caracterizado por la mezcla sin piedad de géneros, en busca de amplitud, de combate a las restricciones. Los resultados no siempre han sido convincentes, dado lo extremo de sus influencias (cumbia, rock’n’roll, norteña, rag, trova, balada), pero siempre que un artista corre riesgos, se agradece el valor, y cuando éste acompaña una búsqueda de profundidad, como en Quítame tu cómic de la vista, no hay mucho que objetar.

martes, 1 de junio de 2010

69. UN CURSO INTENSIVO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Oficio sin beneficio.



¿Te sientes nocivo para la salud?,
¿primer enemigo del status quo?
¿Te dicen bandido por tu juventud?
Si quieres alivio para esa inquietud:
un curso intensivo de decrepitud.

Un toque, una chela, un balón de futbol,
“El disco es cultura”, una bacha de rock,
un libro sudado, de Marx o de Freud.
Si quieres, chamaco, encausar tu afición:
un curso intensivo en desesperación.

Te quedan los guantes colgando del ring,
un póster ya roto, con medio James Dean,
aun algún ídolo ido al bacín,
aquel banderín: “Juventudes del PRI”,
y un curso intensivo de pasta senil.

Te espera una cara de El Loco Valdés;
un coche, modelo Suicidio burgués.
Abierto el escape a la invalidez,
si quieres llegar a causar interés:
un curso intensivo de desinterés.

Para oficinista, la universidad;
un título a plazos por tu facultad.
Pa’ ser mercenario, hay que ser boy scout,
pero si te urge aumentarte la edad:
un curso que reste tu voluntad.

Te quedan los guantes colgando del ring,
un póster ya roto, con medio James Dean,
aun algún ídolo ido al bacín,
aquel banderín: “Juventudes del PRI”.


Una vez más, Jaime López nos entrega una canción sobre los insondables abismos de la política mexicana. En este caso, la degradación ética del joven, que muy pronto traicionará cualquier ideal ante las tentaciones del mínimo (o máximo, según la pura suerte) poder que logre alcanzar. El poeta José Emilio Pacheco dice por ahí: “hoy somos lo que combatíamos hace 20 años”. Pues Un curso intensivo toca el mismo tema: la caída de las convicciones, la traición a los ideales. Pero aquí su herramienta es la ironía sin piedad. La canción suena casi a folleto, a tríptico, a propaganda para reclutar jóvenes y transformarlos en aquello a lo que la naturaleza de su espíritu se oponía: reaccionarios, títeres del sistema mexicano, botín político. En ese sentido, aunque en otra línea de corrupción, también recuerda la canción Welcome to machine de Pink Floyd. De esta manera, Jaime López vuelve a una de sus obsesiones, ya tratada en rolas como Los Rolling Stones nos culparían (que ya revisaremos): la farsa del discurso revolucionario juvenil, fácil y prontamente traicionado ante el menú del enriquecimiento, los privilegios, el mando. Ácida y sin piedad, pero nunca obvia, la riqueza de Un curso intensivo, como la de todo el material de López, es que el tema nunca se come al cuidado de la forma, a su intención plenamente artística. Los grandes letristas del rock mexicano (y en general los verdaderos artistas), entienden (y practican) la contundencia de la Teoría del iceberg de Hemingway: que lo verdaderamente importante de una obra es lo que no se ve (o se dice, escribe, capta, narra), lo que se insinúa, pero sin obviarlo. Si no fuera así, estaríamos ante el panfleto, el libelo, la propaganda que esta misma canción parodia. Pero nunca ante el arte. Un curso intensivo, pese a la fuerza de su fondo, siempre privilegia lo que hay que privilegiar: la inteligencia, el uso del lenguaje, el estilo. Porque, al final, el sentido crítico igual permanece, pero sin hacérselo tan digerible al oyente, convidándolo a la interpretación, al análisis, a la reflexión. Hace su trabajo: no el nuestro. Como debe ser. Y el trabajo de López es impecable y originalísimo, al armar estas enumeraciones del mundo juvenil, para destrozarlas desde la perspectiva del demonio tentador político, y hacer tambalear ese mundo en el que tanto ha creído la posible presa, con una sola frase. Estilísticamente extraordinaria.
La música de Un curso intensivo es curiosa. Una especie de lento de cabaret o vodevil, pero a pura guitarra acústica, lo que lo hace poco notorio. Por su parte, la figura de refuerzo de tres semitonos mayores sucesivos que caen en la tónica, le da su aire rocanrolero. La suma de todo esto, más el uso de la voz, totalmente lúdico, con énfasis y prolongaciones divertidas, crean una melodía jocosa, liviana, y así la canción se vuelve una especie de anticonsejo para el joven. Es decir, la música refuerza la ironía, pero también le quita gravedad al tema, y con ello, forma y fondo se equilibran. Ingenio del bueno.

lunes, 31 de mayo de 2010

66. LA ALMOHADA ELÉCTRICA

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Jaime López.



Fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.
Fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.

Tu cabeza en la almohada
pregunta que por qué sacan chispas tus sueños.
Esos sueños eléctricos hablan dormidos,
diciendo que han rellenado de electroshocks
la almohada.

Sífilis mental te diagnostican,
¡ah, pues sí!, ¡las malas compañías!
Sífilis mental te diagnostican,
¡ah!, ¿te cae? ¡Las malas compañías!

Venerable venérea mirada
la del doc, que, benévolo, dice
que el contacto sexual es mental, demencial;
te cuestionas en dónde tendrá este doctor
la bragueta.

Debe de darle delirium semen, dolly

Ya tu mamá te sienta a la mesa,
y más y más te faltan las fuerzas.
Ya tu mamá te sienta a la mesa,
y más y más te faltan las fuerzas.

En secreto sazonan tu sopa
y ese plato está lleno de chochos;
no los ves, más te van deprimiendo, dejándote lelo.
¡Qué rara manera de actuar la de tu
familia!

Fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.
Sí, fuiste al doctor por una receta,
y te recetó una moraleja.

Tu cabeza en la almohada
pregunta que por qué sacan chispas sus sueños.
Esos sueños eléctricos hablan dormidos,
diciendo que han rellenado de electroshocks
la almohada,
la almohada,
la almohada.


Quizás el mayor aporte —además del rítmico— que dejó el rock’n’roll de los pioneros, fue la primera insinuación de una liberación sexual. No sólo con los movimientos del baile, sino con maquilladas alusiones en las letras. En México, los covers no conservaron ese tono, debido a la época. El rock de Avándaro, al ser mayoritariamente en inglés, tampoco logró aportar demasiado (Nasty sex de La Revolución de Emiliano Zapata, el caso más notable, gustó más por su ritmo y sus figuras de guitarra que por el conocimiento del contenido de la letra). La trova y el Canto nuevo tampoco influyeron mucho en ese ámbito, pues el tema sexual no era prioritario, más preocupados de los contenidos sociopolíticos y amorosos. La excepción es Acuéstate, hazme sentir y derramarme en cada poro de tu cuerpo de Pablo Milanés. La verdadera influencia se dará en la literatura y en el cine. La llamada literatura de la onda sí ejerció notable influencia en los rockeros contemporáneos a ella. Obras como De perfil y Se está haciendo tarde (final en laguna) de José Agustín, Gazapo de Gustavo Sáinz, Pasto verde y El rey criollo de Parménides García Saldaña, Las jiras de Federico Arana y aun El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata fueron lecturas que dejaron su huella (además de las obras extranjeras, por supuesto, sobre todo de los beats como Ginsberg, Kerouac y Burroughs). Así, de nuevo, es hasta la aparición del rock rupestre cuando la música refleja esa nueva visión de la sexualidad, con canciones como Sangre de Roberto González, Oh, María de León Chávez Teixeiro, la ya analizada Rojos de marzo de Roberto Ponce o, desde el humor, Oh, yo no sé de Rockdrigo.
La nueva libertad sexual es un tema recurrente en Jaime López, como lo muestran Ámame en un hotel o Bonzo. Pero siempre logra mostrarnos otros lados, otros matices, y apela a otros léxicos, a otros recursos literarios y musicales. En La almohada eléctrica una vez más nos entrega una rola con impresionante manejo de la elipsis. Casi sin expresarlo, es decir, más por lo que sugiere que por lo que dice, en esta canción nos muestra cómo los mecanismos de represión de la sexualidad: familia, malos terapeutas, etc., más los miedos propios, no sólo provocan las frustraciones, sino la desconexión con la realidad, la inautenticidad, el autoengaño. López denuncia una sociedad y una cultura de doble moral, hipócritas, que se fundamentan en el control de los impulsos, y que se escandalizan ante el cuerpo y sus expresiones. Pero, una vez más, López lo hace no a través del sermón, sino del sarcasmo, mucho más efectivo, certero, liberador, y sobre todo, artístico.
Pero por si todo eso fuera poco, en La almohada eléctrica Jaime López se hace acompañar por un arreglo de voces estilo jazz, o más exactamente, de grupo coral rocanrolero, que recuerda a las Chordettes y a las Ronettes, pero con influencias de gospel, be bop y hasta boogie. La melodía surge a capella, llena de ritmo, garra y soltura de la voz de Jaime, sobre las armonías femeninas —seguramente negras, pues hay que recordar que López grabó este disco en Nueva York—, y una voz masculina de bajo. Así, pocas veces podemos encontrar en el rock mexicano un arreglo tan profesional y potente. La voz de Jaime López nunca desmerece. Al contrario: con su timbre tan particular y su fraseo lúdico, crea un estupendo contraste con la suavidad energética (al oírlas se darán cuenta que no es contradicción) de las voces femeninas. Disfrute puro, y no por ello menos profundo.

jueves, 27 de mayo de 2010

60. LOS ROLLING STONES NOS CULPARÍAN

Letra y música: Jaime López.
Intérprete: Jaime López, Roberto González y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¿Y qué hicimos de estas rebeldías?:
pues nutrir las viejas agonías
y engordar las mismas jerarquías.
Hasta de tontos anarquistas,
los Rolling Stones nos culparían.

¿Y qué se hizo de la gritería?:
prevenir a los que rompen filas
y engrosar su cuerpo el policía.
Hasta de tonto comunista,
tu amigo fiel te culparía.

¿Y qué has hecho sin la hipocresía?:
sostener verdades de mentiras
y enfilar directo a una vitrina.
Hasta de vil oportunista,
algún gorrón te culparía.

¿Qué se ha hecho, pues, de tanta herida?:
presumir la cicatriz que olvida
y contar nietos en tus rodillas.
Hasta de tantas tonterías,
los pobres mudos hablarían.

¿Y qué hicimos de esas rebeldías?:
pues nutrir las viejas agonías
y engordar las mismas jerarquías.
Hasta sus propios policías
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían,
los Rolling Stones nos echarían.


Al igual que Los intelectuales de Rockdrigo, Jaime López nos entrega una canción muy dolorosa, que lastima por certera, por inapelable. Como en una continuación de Quítame tu cómic de la vista, López voltea ahora sus dardos hacia el otro bando, al de los que enarbolaron una bandera, un puño, una “V” de la victoria, y que ahora, cómodamente instalados en sus vidas productivas, sirven al enemigo, lo quieran o no. Los Rolling Stones nos culparían es una revisión autocrítica de toda una generación. Y las conclusiones son vergonzosas. Como lo prueba la ya analizada Un curso intensivo, para Jaime este tema es una de sus obsesiones. Aquí queda totalmente comprobada la cita de José Emilio Pacheco que ya revisamos, porque esta generación ya se volvió “lo que combatimos hace 20 años”, salvo honrosísimas excepciones. Pero Jaime López desenmascara la deformación, detalle por detalle, la gran derrota de esos sueños en resumidas cuentas, ante la realidad imperante, ante el mundo moderno, ante el consumo, la dependencia económica, la política, el subdesarrollo, la caída de las ideologías, etc. Muchas veces lúdico, aquí López es más bien pesimista. Pese a ello, la melodía, y sobre todo el arreglo juguetón, con los coros de Roberto González y Emilia Almazán, aligeran la carga negra de la letra, como si los tres rockeros quisieran mostrar que tampoco es para tomárselo a la trágica, que hay que seguir, simple y sencillamente, y que la denuncia humorística es el camino, y ya no el sueño ingenuo de tonto útil.
Como siempre, Jaime López se vale de la insinuación; camufla en aparentemente inofensivas rimas asonantes la profundidad del contenido. En ese sentido, López es el gran maestro a imitar, porque comprende como nadie que la riqueza artística está en lo que se sugiere, en la línea oculta narrativa y lírica, para que el escucha sea activo, se esfuerce, no reciba todo digerido y no se convierta en un regurgitador, en un espantapájaros, en un loro que tararee lo que oye. Pese a que no siempre le atina —lógico—, Jaime López es quizá el rockero mexicano más arriesgado en el uso del lenguaje y la exploración rítmica. Reacio a la pertenencia a cualquier movimiento, indudablemente López tiene un sello tan distintivo, que suena sólo a sí mismo, pese a que circula el chiste de que es producto de una noche orgiástica entre Chava Flores, Chuck Berry, Piporro y Rigo Tovar.
El arreglo de Los Rolling Stones nos culparían es el mejor del disco grabado junto a Roberto González y Emilia Almazán. La guitarra acústica rítmica de López es el andamiaje sobre el que revolotean los adornos del sorprendente requinto acústico de González. Y los coros ingeniosos en la maravillosa voz de Almazán aportan gracia y agudeza. La parodia final a Jumpin’ Jack Flash y Satisfaction de los Rolling Stones cierra una canción redonda, inteligentísima, uno de los más altos momentos en la historia del rock mexicano.

58. CORAZÓN DE CACTO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: 1ª calle de la Soledad.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint, en su disco Arpía.


Noche tras noche, el amor, con distinta piel,
envolvió al velador trasnochado de mi corazón.
Noche tras noche, al saciar el sueño su sed,
deja un beso distinto en los labios de mi soledad.

El amor, como un nubarrón,
llueve recio y tupido, y luego se va;
y si llega a quedarse, se va evaporando,
se va.

Sorbo tras sorbo, en el fondo del viejo bar,
absorbiendo el amor, gota a gota, está un corazón.
Sorbo tras sorbo, en el bache del eje vial,
trasplantado te veo en el desierto de esta ciudad.

El amor, como un nubarrón,
llueve recio y tupido, y luego se va;
y si llega a quedarse, se va evaporando,
se va.

Ese beso, que ya se secó,
todavía crepita, se crispa y palpita en un corazón.
Corazón de cacto, tacto de asfalto,
corazón de cacto, tacto de asfalto,
sigue guardando beso tras beso,
que ya lloverá,
ya lloverá.

Noche tras noche, el amor, con distinta piel,
envolvió al velador trasnochado de mi corazón.
Noche tras noche, al saciar el sueño su sed,
deja un beso distinto en los labios de mi soledad.

El amor, como un nubarrón,
llueve recio y tupido, y luego se va;
y si llega a quedarse, se va evaporando,
se va,
se va,
se va,
el amor.


Corazón de cacto es otra de las grandes canciones de amor del rock mexicano, a pesar de que su arreglo la hace más potente y agresiva que la balada-rock de amor tradicional. Jaime López vuelve a cambiar de ruta, y ahora se pone más serio, más íntimo. La mutabilidad del amor, su fragilidad, su eterno retorno, son los aspectos que López toca en esta rola. Esta vez no hay esperanza ni desesperanza completas: la realidad del amor contemporáneo es así, líquido, casi vaporoso, inabarcable. Si ya lo había tratado en la canción En toda la extensión de la palabra amor, aquí la fugacidad de los encuentros es la piedra de tope y definición del sentimiento, y su continuo renacer y morir, agotador, no deja lugar a otra cosa que la aceptación: así son las cosas, y nada más. A través de la alegoría sostenida entre la lluvia y la aridez del corazón de cacto, Jaime López elabora juegos de palabras, juegos fonéticos y metáforas, pero sobre todo una reflexión sobre la no permanencia, la soledad que de cuando en cuando (de relación en relación) se enmascara, pero que sigue definiendo al ser humano contemporáneo. Así, Corazón de cacto es un buen análisis de la condición del amor en nuestro tiempo.
El arreglo de Corazón de cacto es uno de los mejores que ha grabado Jaime. Lleno de detalles, sobresale el rasgueo de la guitarra acústica rítmica, un bajo muy notable, más los teclados y el grupo de metales, que llenan y amplifican los énfasis del ritmo y la emoción. La voz de López es fuerte aquí, más controlada y seria; sólo al final se suelta un poco y vuelve a sus jugueteos habituales, pero ya la canción se está yendo, en fade out.
Así, Corazón de cacto es una canción de amor, sí, pero mucho más viva, más intensa, como si buscara taladrar esa noche inabarcable que describe, que acompaña las reflexiones amorosas, que ya ni llegan a decepción, del protagonista.

lunes, 24 de mayo de 2010

49. LAS CARICIAS DE UN EXTRAÑO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Sin editar en disco, grabada para radio.



Hoy tu madre está agotada,
no quiere jugar contigo.
Son las 3 de la mañana.
Lo acaba de hacer conmigo.

Nuestra piel la han dividido
largas cuadras de distancia.
Nuestra piel la han dividido
largas cuadras de distancia.

Si la ves llegar tan tarde,
probable es que sientas algo;
pero guárdate el coraje,
ya que esto no es un asalto.

Las caricias de un extraño
nada más han de arrullarle.
Las caricias de un extraño
nada más han de arrullarle.

No intentan robar a nadie,
las caricias de un extraño.
Mañana será otro día;
mañana, después del baño.

Hay un raro olor en ella,
y acaso el rubor la expone.
Por su gesto merodean
profundas contradicciones.

Al dormir sus emociones,
se ven sábanas revueltas.
Al dormir sus emociones,
se ven sábanas revueltas.

Sólo queda el apagarle
la luz que la está esculcando;
que la lámpara se calle,
que deje de hojear su diario.

Las caricias de un extraño
son su sueño impenetrable.
Las caricias de un extraño
son su sueño impenetrable.

No intentan robar a nadie,
las caricias de un extraño.
Mañana será otro día;
mañana, después del baño.


Cuando Jaime López publicó el libro Lírica, que contenía, supuestamente, todas sus letras, me llevé una sorpresa incomprensible: no aparecía por ningún lado Las caricias de un extraño. ¿Por qué este olvido, si, a mi juicio, se trata de una de sus mejores canciones? No tengo ni la menor idea. Quizá la olvidó, ante la inmensidad de su material. Pero no importa, sigo pensando lo mismo: es una de sus mejores canciones. Una vez más estamos ante una exploración intensa del alma humana, y también de nuevo, en un aspecto muy poco tratado por el rock en general: la nueva pareja de la mamá, ese intruso, ese enemigo para el niño edípico que subyace en todos, algunos ya muy lejos de la niñez. López escoge un narrador-personaje; hace que el intruso mismo le hable al hijo celoso, que trate de explicarle, de hacerle accesible esa complejidad de las relaciones adultas, que cada vez aceptan menos cualquier nomenclatura, de las que cada vez se desconocen más sus alcances, su condición. Por ello, los adultos están tan confundidos como el niño, y el paliativo, mero placebo, de la relación ocasional, tampoco es demasiado explicable para ellos mismos. Así, al final lo único que queda es tratar de ahuyentar el miedo del niño a la pérdida, con los pocos argumentos sólidos que se tienen.
Como podemos ver, Las caricias de un extraño es una canción asombrosa en su originalidad y tratamiento. De nuevo podemos hablar de una canción de madurez, que sólo puede escribirse tras un largo recorrido vivencial y reflexivo. Asimismo, Jaime López sigue experimentando formas novedosas, ángulos variados, narradores distintos, léxicos y recursos estilísticos que se adecuen mejor al sentido de cada canción. En cada letra, Jaime ensaya un nuevo estilo de prosopopeya, de metonimia, de aliteración (su figura retórica favorita), etc. Esta inquietud, esta movilidad, esta inconformidad permanente con su obra es justo lo que la enriquece más y más, y es lo que define a un verdadero artista.
La música de Las caricias de un extraño es solemne, casi patética, como de marcha fúnebre, pese a ser ejecutada sólo con guitarra acústica. Su figura principal se centra en la alternancia entre su dominante menor y su variante en disminuido, que después regresa a la tónica. Este recurso armónico le imprime a la rola un espíritu leve, casi de música sacra, pero de tono negativo, denso, como las misas de la música clásica experimental. Pero sólo como una ligerísima evocación, pues como los cambios entre los acordes son más bien pocos, conserva su esencia rockera (algo muy similar ocurre en Cenzontle, musicalización e interpretación suya de un poema de Pablo Ulrich, y de una u otra manera, también en Adiós a los dioses, lo que demuestra que Jaime López es perfectamente capaz de canciones serias, pese a su personalidad básicamente humorística).
Por todo esto, la melodía de Las caricias de un extraño resulta muy adecuada para fundirse con la letra, también solemne, honda. Una verdadera joya de inteligencia y originalidad.

jueves, 20 de mayo de 2010

31. MI AMOR NO SIRVE DE NADA

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Bonzo/Mi amor no sirve de nada.



Hay una tierra que entierra a sus vivos y se vive entre muertos.
La misma tierra destierra a sus hijos y se muere entre extraños.
Me quito una mano,
escondo un saludo.
Hay una tierra que aterra, mi amada, mi amor.

Mi amor no sirve de nada, lo vuelvo a guardar.
Después la cartera
me han de robar.

Hay un idioma de ideas idiotas que le enrollan la lengua.
El mismo idioma se entona en el dogma que le lava el cerebro.
Le anuda los nervios,
le afeita el afecto.
No sé qué idioma sofoca, mi amada, mi amor.

Mi amor no sirve de nada, lo vendo, sí, sí.
Las barbas del sabio
voy a escupir.

Hay una mano amasando manías que nos pintan de gris.
La misma mano, maniática, fría, nos catea el veliz.
Nos cobra vivir,
nos hace striptease.
Mano maestra en el desamarnos, mi amor.

Mi amor está devaluado, lo voy a encender:
en armas estoy
contra el poder.

Hay una tierra que entierra a sus vivos y se vive entre muertos.
La misma tierra destierra a sus hijos y se muere entre extraños.
Me quito una mano,
escondo un saludo.
Hay una tierra que aterra, mi amada, mi amor.

Mi amor no sirve de nada, lo vuelvo a guardar.
Después la cartera
me han de volar.


No son comunes las canciones solemnes en Jaime López. Su obra siempre se mueve más por la ironía y los juegos con el lenguaje, sonoros y semánticos. Por ello, Mi amor no sirve de nada es atípica en su obra. Quizá esta vez la emoción no lo permitió, y la necesidad de un desahogo mayor, posiblemente por su momento vital, propició este tono grave, más melancólico. Bueno, por lo que sea, pero esta rola exhala su dolor de manera más directa, más transparente. Pero esta claridad no impide que también se sustente en figuras retóricas atinadas y complejas. Para empezar, una especie de retruécano marca sus dos primeros versos. Más adelante, ensayará juegos cacofónicos, sobre todo aliteraciones (“afeita el afecto”, “mano amasando manías”, “tierra destierra”, “tierra que entierra”, “tierra que aterra”). Así, López demuestra cuánto entiende que, por más emoción que inspire la canción, el trabajo formal profundo es obligatorio en un verdadero artista, y que esto no traiciona de ningún modo esa emoción, seguirá permaneciendo. Mi amor no sirve de nada es claro ejemplo de ello, porque se siente intensamente la amargura del tema, a la vez que se disfrutan los logros estilísticos (cuando se poseen las herramientas analíticas para hacerlo, lo que no es problema del artista). La rola se centra, una vez más, en el contexto cultural nacional, paupérrimo, limitante, en el que el amor está condenado al fracaso, aun si se guarda. En la segunda estrofa Jaime vuelve a su crítica a los medios mentirosos y enajenantes. Los estribillos muestran el proceso dialéctico del sensible ante tal panorama: se pasa de la renuncia, a la lucha nueva (“lo vuelvo a encender: en armas estoy contra el poder”), que volverá a la derrota. Por eso, la primera estrofa se vuelve la última: cierra el círculo infinito del doliente. ¿Por qué del doliente? Porque el indiferente nunca padeció ese proceso dialéctico, mientras el resignado lo exterminó de su vida, como mecanismo de defensa. Sólo el doliente, el sensible, para el que esa resignación e indiferencia no son alcanzables, pasa por ese continuo infierno emocional, sin tregua. Para él, los momentos de desesperación y renuncia sólo serán transitorios, una pequeña y conmovedora fanfarronería de falsa indiferencia, justo porque no corresponde a su verdadera naturaleza. Eso lo explica la frase final: para el sensible no vale guardarse el amor en la cartera: ya se la robarán igual. Como puede verse, los conceptos que encierra la letra, así como su manejo estilístico, no son tan simples como parecen. Que así nos lo parezca es sólo otro de los méritos de Jaime López, producto de su gran manejo de la forma.
La melodía de Mi amor no sirve de nada oscila entre la trova arpegiada y la balada-rock. Lo último se lo da el arreglo, con una guitarra efecteada, quizá eléctrica. El arreglo es un tanto extraño. Jaime utiliza un doblaje de primeras voces; es decir, no en armonía, sino idénticas en su tono, y colocadas en ambos canales en la mezcla, recurso poco habitual (los únicos casos que recuerdo son Amor veloz de Carlos Arellano, pero sólo en el estribillo, y Pequeño Alfredo de Lucerna Diogenis). Este recurso, si se usa con el suficiente cuidado para hacerlo notorio sin saturar, enriquece mucho las canciones, por eso resulta raro que se ocupe tan poco. El resultado es variable, según la entonación y el timbre. Lucerna Diogenis lo usa para sugerir una voz casi infantil, por ejemplo, y Carlos Arellano sólo como refuerzo del estribillo, ampliación de su énfasis. Pero en el caso de Mi amor no sirve de nada, el efecto produce una sensación de profundidad, que apuntala la seriedad del tema. La guitarra, como ya dije, suena más metálica, sin que tenga distorsión. Y lo curioso es que incorpora más adelante un grupo de cuerdas, que suavizan la atmósfera, pero mucho menos de lo que podría suponerse, dado ese timbre en la guitarra (si hubiera sido sólo acústica, estaríamos ante una canción mucho más delicada). Son combinaciones atrevidas, poco habituales. Lo importante es que el resultado final es poderoso, hondo. Y obviamente, original.
De esta manera, Mi amor no sirve de nada es excepcional en varios sentidos, seguramente porque marca el proceso de transición del López de Un viejo amor, todavía muy influido por la trova, a su línea solista rockera. Después ensayaría lo norteño y cumbiero. Pero eso ya es otro tema.

28. 1ª CALLE DE LA SOLEDAD

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: 1ª calle de la Soledad.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint, en su disco Arpía.


Tal vez te suene esta tonada como transistorizada,
entonada por la laringitis del escape,
pero así suena en la tatema cuando vas a La Merced.

Tal vez te suenen mis palabras a humedad ahumada urbana,
tan cascadas por la sinusitis que contraje,
pero te traje escaparates, ¡ya le va!, pa’ su merced.

Desde el taxi, recorriendo medio sueldo,
veo al sol detrás, viajando de mosca,
llegando tarde a la chamba a chambear,
en la 1ª calle de la Soledad.

Quizá te encuentres agüitado a media estaca, trago a trago;
oye, ¡buzo!, enlata tu gastritis —¡buena idea!—,
y si le pegas su etiqueta, a la fayuca llévala a vender.

Si ya tu chava no te pela, ponle a tus zapatos suelas,
que es consuelo andar con peatonitis, pie de atleta,
y si te cansas, en la esquina ponle un veinte al 03, ¿cómo la ves?

Mete un metro en el boleto anaranjado;
a media realidad, te bajas —¡qué país!—;
detrás del Palacio Nacional,
está la 1ª calle de la Soledad.

Tal vez te suene esta tonada como transistorizada,
entonada por la laringitis del escape,
pero así suena en la tatema cuando vas a La Merced.

Si ya tu víscera cardiaca cacarea, queja a queja,
la Doctora Corazón de perdis te remienda,
y si de a devis te desvela La llorona, pss… te hace bien.
¡Órale pues! Va de nuez:

Desde el taxi, recorriendo medio sueldo,
llevo al sol detrás, viajando de mosca,
llegando tarde a la chamba a chambear,
en la 1ª calle,
en la 1ª calle,
en la 1ª calle de la Soledad.


En el principio fue el rock’n’roll, que, al evolucionar, perdió el apellido, y se convirtió en rock, a secas. ¿Qué significó esa pérdida, más allá de la nomenclatura? Primero que todo, que la estructura fija de tres acordes en ritmo de 4/4 dejó de ser esencial, y poco a poco se fue volviendo compleja, amplió sus influencias y búsquedas sonoras, rítmicas, letrísticas. Pero la mayoría de los músicos vuelven de vez en cuando a la vieja estructura, tratando de incorporar variantes, pero conservando el espíritu rocanrolero original, fresco, vibrante, energético y circular. Así, podemos encontrar grandes rocanroles (y blueses) al estilo clásico entre los grupos más ambiciosos del rock. Ahí están I’m down, One after 909 o Revolution de los Beatles, Seamus de Pink Floyd, Hi, hi, hi de Paul McCartney, Roadhouse blues de los Doors, Rock and roll de Led Zeppelin, New York City de John Lennon, etc. Como ya explicamos, esta lista no toma en cuenta la época del rock’n’roll propiamente dicho en México, por ser casi exclusivamente de covers. Pero los músicos más modernos y de todos los géneros (incluido el progresivo) han acudido una y otra vez al rock’n’roll, innovando sobre lo clásico. Podemos citar Ojo de ballena y Apaga la luz de Guillermo Briseño, El feo de Rockdrigo, Oh, Dennys y El Zarco de Botellita de jerez, Rocanrolas domésticas, El enredo y Treintañeros de Carlos Arellano, La élite de Lucerna Diogenis, Cuentos del miedo de Gerardo Enciso, Blues de los 5 pesos de Tierra baldía, En México me quedo de Hebe Rosell, No y No hubo modo de Mamá-Z, Brindis por un difunto, Susana y Te regalo mi sombra de Roberto Ponce, El diablo y yo de Iván Rosas, Toca un rock’n’roll y Pájaro loco de Real de Catorce, El gato y Alguien de Roberto González, Juan Camaney de Trolebús, y un larguísimo etcétera. Y ni hablar de los grupos que todavía sustentan su música en el rock’n’roll tradicional, como Naftalina (que toca sólo covers humorísticos), El Tri y casi todo el llamado rock urbano.
Jaime López es de los músicos que más vuelven al rock’n’roll clásico. Rolas como Nunca me he llevado con el pizarrón (cover con letra libre de Johnny B. Goode de Chuck Berry), Puñalada trapera, Tengo la edad del rock’n’roll, Blue Demon blues, Me siento bien pero me siento mal o Caite cadáver así lo demuestran. Pero su obra máxima en esta línea es 1ª calle de la Soledad. Básicamente se trata de un rock’n’roll clásico en La Mayor —quizá el tono más usado en este estilo—, con la ligera variante de una bajada a Fa Mayor en los estribillos, que se regresa a la dominante. En esta rola, Jaime López juega una vez más con el lenguaje, uno de sus recursos más explorados, como ya vimos con Chilanga banda, y en otras canciones, como El Mequetrefe, Caite cadáver y El Malafacha. En 1ª calle de la Soledad nos presenta una estampa, una instantánea de la vida urbana, barriera, centrada en la supervivencia, con ciertos aires picarescos. La idea es sobrellevarla, resistir, envueltos en su lenguaje, su tránsito, y sobre todo la soledad, representada por el símbolo de la calle céntrica con ese nombre, que recuerda la obra de teatro El cuadrante de la Soledad de José Revueltas. Así, 1ª calle de la Soledad es una actualización rocanrolera de Sábado, Distrito Federal de Chava Flores, un pequeño paseo por ese purgatorio asfáltico que es la Ciudad de México, apasionante, límite y dolorosa. López recrea el léxico urbano, pero no al estilo lumpen de Chilanga banda, sino más enfocado a la clase media, que padece la burocracia, el caos, el trajín exprimidor de la chamba y los transportes repletos, la camisa sudada, las relaciones mediocres. Con humor, rima inteligente y original, más los juegos vocales y corales, López crea una rola profundamente energética, vivísima, chispeante. El desahogo de esa realidad conocida se logra con el ritmo y la letra lúdica, de gran inventiva y dominio del léxico citadino. Una más de las proezas lingüísticas de Jaime.
La música de 1ª calle de la Soledad es intensa, rica. Si bien acude al grupo de metales, no suena realmente fonky, sino rocanrolera pura, quizá por el extraordinario solo de guitarra eléctrica, de los mejores del rock mexicano, porque no se basa en su alto nivel de distorsión; al contrario, el efecto elegido es muy claro, así que la velocidad de sus escalas resalta de manera impresionante, en una ejecución técnica de una limpieza muy notable. Los metales hacen figuras, pero no solos, son de soporte, y mesurados, lo que también ayuda a que la rola conserve la línea rocanrolera. Y la voz de Jaime también es más limpia que otras veces, mucho más centrada en la interpretación apasionada que en los jugueteos guturales de otras canciones.
Así, 1ª calle de la Soledad es un rocanrolazo, redondo, impecable, una especie de guiño —sin ninguna intención— a otro fronterizo: Javier Bátiz (siento que mucho de su espíritu se ve en esta rola), que le recuerda lo que hubiera podido llegar a ser (y hacer), de no ser porque siempre fue sólo músico; enorme, pero sólo ejecutante, nunca verdadero compositor. Una verdadera muestra de ingenio absoluto.

miércoles, 19 de mayo de 2010

25. BONZO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: 1ª calle de la Soledad.
También existe otra versión, en el disco de 45 rpm.
Bonzo/Mi amor no sirve de nada.


Me quedé dormido,
con la televisión prendida,
con la radio prendida,
lavadora prendida,
licuadora prendida,
con el cigarro prendido,
y prendí fuego a la casa,
con mis sueños lucidos,
de bonzo, de bonzo…

Se quedó dormida,
con mi conversación prendida,
a la almohada prendida,
con las luces prendidas
y las ganas prendidas;
tan apagada la orilla,
que prendí fuego a la cama,
mientras ella dormía,
de bonzo, de bonzo…

Y me fui al cielo,
poco después de aquel incendio,
con el alma entre el fuego,
con aureola de fuego,
con la cara de fuego;
tan aprehendido por fuego,
que prendí fuego en el cielo:
Dios está en el infierno,
de bonzo, de bonzo…


En más de un sentido, la obra de Jaime López es sorprendente. No sólo lleva el lenguaje a juegos límites, sino que mezcla los ritmos (polka, rock’n’roll, cumbia, trova) cambia las voces, incorpora léxicos, hace crítica política (ya vimos Un curso intensivo y Quítame tu cómic de la vista), retrato urbano (El mequetrefe, Chilanga banda), rescate histórico (Doroteo), irreverencia sexual (Ámame en un hotel, Me siento bien pero me siento mal), etc. Y por supuesto, canciones profundamente humanas (Las caricias de un extraño, Morir como mueres hoy). Nunca se estanca, el mayor riesgo para un artista. No todo lo que produce es impecable, pero sin duda corre más riesgos que cualquier otro rockero mexicano.
Alguna vez un amigo, decepcionado por los resultados deportivos del país, me preguntaba si en algo estaba México a nivel mundial. Yo le dije, y lo afirmo, que sí existe ese algo: el arte. Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Juan Rulfo, Frida Kahlo, Alejandro González Iñárritu, Rufino Tamayo, Gabriel Orozco, Octavio Paz, Luis Barragán, son todos artistas a la par de cualquiera en sus respectivas ramas del arte. Con el rock mexicano la cosa se dificulta, porque la infraestructura necesaria simplemente no existe. No hay disqueras, auditorios, representantes, industria, radiodifusoras, ¡público! para el rock de calidad. Y los músicos no pueden vivir de su arte. Muchas veces no tienen instrumentos, no pueden pagar las horas de estudio, no pueden estudiar música y mantenerse al mismo tiempo. Y sin embargo, la capacidad, la imaginación, el poder creativo está a la par de cualquier otro país. Obviamente ante un panorama tan pobre, los músicos de calidad son pocos. Sin embargo, existen.
Pero, ¿hay un estilo, una voz propia, un rasgo distintivo del rock mexicano? Cada que me lo pregunto, me viene a la mente Bonzo, de Jaime López. No sé por qué. O mejor dicho, tendría que analizar por qué. Si, como dije, la obra de López es impresionante, Bonzo es de las canciones más impactantes de todas. Es increíble la originalidad de su fondo y forma, la cima de imaginación que significa escoger el monje bonzo como símbolo para crear esta inmensa ironía hacia la vida formal de pareja. ¿Cómo se explica una ocurrencia así? Simple y sencillamente una genialidad. Pero, además, Bonzo ejemplifica lo mejor de la imaginación rockera mexicana, y a lo largo de esta lista hemos podido ver varios ejemplos de ello. Mi teoría es que el arte mexicano se caracteriza por el manejo de la elipsis, aspecto que he subrayado mucho en este blog, por ser de vital importancia para la calidad del arte. De hecho, en la época del Boom latinoamericano en literatura, el impacto de las obras del subcontinente se debía a que los escritores no le daban todo digerido al lector como solía ocurrir en Europa, sino que se creaba a través de la sutileza, la sugerencia, el manejo de la tensión, la idea de que lo más importante del significado de la obra está en lo que no se dice, etc. El impacto resultó inmenso, casi insólito. Y ese rasgo lo compartían prácticamente todas las ramas del arte. Quizá por primera vez, Latinoamérica estaba a la vanguardia del arte. Creo que mucho de eso permanece. Desde mi punto de vista, es el rasgo distintivo del arte latinoamericano. Y quizá por su herencia histórica, por la idiosincrasia nacida del sincretismo colonial, por clima, por diversidad territorial, etc., en México ese rasgo es aún más fuerte, cuando hablamos de arte auténtico (lo comercial se caracteriza por todo lo contrario). Así, obras como Pedro Páramo de Juan Rulfo o Farabeuf de Salvador Elizondo resultan muy complejas para una mentalidad acostumbrada a lo fácil, a lo digerible, al best-seller simplón y soso. Y creo que esa es la gran característica de Bonzo, una canción en que claramente es lo no dicho lo que más significa, y que obliga a un esfuerzo interpretativo, a una exigencia analítica. Al uso de la inteligencia. Pero como no todo el mundo la tiene, por eso irrita a muchos, y pasa desapercibida para la mayoría, que en lugar de buscar una mejoría intelectual, se limitan a hablar de elitismo. Nada más ramplón. Así, cuando el rockero se asume como artista, deja de limitar su quehacer a rocanrolitos monótonos de tres acordes (a los que se puede acudir como recurso si lo exige el tema, pero no como sistema), y busca una mayor experimentación sonora y letrística, como ya hemos señalado repetidamente.
En Bonzo, Jaime López se exige la elipsis máxima, pero con palabras tradicionales, salvo la gran estocada del bonzo. Ya en otras canciones ha tratado el tema del agotamiento de la relación amorosa, como en El seguramente y Las caricias de un extraño. Pero en Bonzo la incomunicación ha llegado al límite, al ridículo, y la indiferencia, la falta de pasión, o más bien, la falta de respuesta ante una mínima pasión silenciosa, permiten esta visión sarcástica, ácida. El ardor interno y callado ha vuelto un bonzo al protagonista, pero también a su mundo de electrodomésticos y bostezos, hasta que todo se incendia, en un ardor que parece satirizar Las metamorfosis de Ovidio, o mejor aún, la de Kafka, pero en un juego doméstico y risible, a nivel simbólico del matrimonio tradicional, insípido y agotado. Todo en tres estrofas juguetonas, pero muy amargas al final, seguramente por la inserción de la palabra “seria”: bonzo, que rompe con las enumeraciones aparentemente cándidas, y que remarca como una bomba la profundidad escondida de la letra. Pese a que lo hemos calificado como su sello, pocas veces en la historia del rock mexicano se ha alcanzado tal manejo de humor y trascendencia al mismo tiempo. La calidad estilística e inteligencia de Jaime López alcanzan aquí su punto más alto.
La música de Bonzo es curiosa, una especie de parodia sutilísima del estilo de guitarra sola arpegiada de la trova y el Canto nuevo, pero incorporando una segunda de adorno al principio, y fundamentada en acordes extraños, como el último, el que cierra la canción, de una disonancia notable (me refiero a la versión del disco 1ª calle de la Soledad, porque la otra, más antigua, de un disco de 45 rpm, es más rápida y con más instrumentos). La elección de este arreglo más simple es atinada, sobre todo si lo pensamos como parte de la totalidad del disco, donde Bonzo actúa como cierre, más calmo y hondo. Además, la voz de López aquí cumple perfectamente su función dual, humorística y profunda, acorde con el contraste que define las estrofas.
Por todo ello, Bonzo no es sólo una muestra del nivel artístico que alcanza el rock mexicano, sino una representación viva del estilo definitorio, idiosincrásico del arte nacional. Y no sólo expone la máxima calidad de Jaime López, sino que se trata de una verdadera obra maestra del ingenio, la originalidad y el dominio de los recursos lingüísticos y poéticos.

martes, 18 de mayo de 2010

19. ALMA DE TABIQUE

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Oficio sin beneficio.
También existe otra versión, en el disco
Por los arrabales, pero mucho menos lograda.


Tirada ahí la ve el amanecer;
le sale el pavimento por la piel
y se desnudan sus huesos.
Al fondo del zapato sin tacón,
el taloneo de la luz neón
rechina como esqueleto.

Cacho a cacho, ya se va,
despellejando como la pared,
con alma de tabique, al más allá.

El sol escupe su limosna cruel;
por la banqueta, en fiebre de oropel,
Luzbel le lame los labios.
Le queda aún el bolso de charol
y el monedero, aún con un listón.
La bocacalle ha callado.

Grieta a grieta, ya se va,
resquebrajando como la pared,
con alma de tabique, al más allá.

La lepra al nylon le perfora el ser;
sus piernas se derriten, y a la vez,
se van a la alcantarilla.
De la peluca, asoma ya su edad;
la cabellera luce un gris mortal
cuando se apaga su esquina.

Paso a paso, ya se va,
desmoronando como la pared,
con alma de tabique, al más allá.

Mi sombra sangra desde la pared;
se escurre como pinta de bilé,
y voy siguiendo su huella.
Tirada ahí la vela el arrabal,
y en cuanto ladra un viento sepulcral,
la noche avienta monedas.

Beso a beso, ya se va,
destartalando como viejo hotel,
con alma de tabique, al más allá.


Indudablemente, Cien años de soledad es la obra más conocida de Gabriel García Márquez, y para ser precisos, la que en el fondo lo llevó a obtener el Nobel. Sin embargo, cuando la leí, casi me decepcionó. Es decir, logré ver su valor, pero me parecía muchísimo mejor El coronel no tiene quien le escriba. Tiempo después supe, por una entrevista, que eso mismo pensaba el propio García Márquez, que la segunda era su obra preferida, la que creía mejor. Así que yo no andaba tan errado. Más tarde, leí que el periodista Julio Scherer calificó El coronel no tiene quien le escriba como una obra perfecta, a la que no le sobraba ni le faltaba una sola coma. Me parece que Scherer logró describir el auténtico mérito de la novela, justo lo que yo sentí al leerla. Pues bien, creo que Alma de tabique de Jaime López tiene exactamente ese mismo mérito. Ya hemos visto la amplitud temática y formal de la obra de López, que va de lo humorístico a lo crítico más solemne, del juego verbal a la metáfora profunda, y de lo barriero a lo universal. Ha quedado claro que López domina los recursos lingüísticos, onomatopéyicos y rítmicos más disímiles. Sin embargo, en Alma de tabique resume todo ese potencial, como en un aleph personal, literario y artístico insuperable, que causa la misma sensación ya mencionada: a la canción no le sobra ni le falta una sola palabra. Si la gran búsqueda de los autores es precisamente la de la palabra precisa entre el amplio paradigma de la lengua española (sobre todo si se sigue la teoría lingüística que dice que no existe la sinonimia, y que cada término posee diferencias culturales, emocionales y formales hasta con el más cercano semánticamente), Alma de tabique es una verdadera lección, un ejemplo del intenso y cuidadosísimo trabajo de elección de la palabra más adecuada. Los verbos, las aliteraciones (“la bocacalle ha callado”, “Luzbel le lame los labios”), las metáforas y prosopopeyas (“la noche avienta monedas”, “ladra un viento sepulcral”, “la lepra al nylon le perfora el ser”) y aun los calambures (“tirada ahí, la ve el amanecer”, “tirada ahí, la vela el arrabal”), todos los recursos estilísticos que López emplea en esta canción son de máxima calidad, impecables. Cada uno, un logro imaginativo, inteligente, sensible. Y lo más asombroso: todo al mismo tiempo, en cada verso, en la misma rola. Un auténtico prodigio del estilo. Una muestra de que una canción no sólo puede, sino que debe ser una obra de arte.
Alma de tabique se centra una vez más en el gran personaje marginal de la canción popular y el cine en México: la prostituta. Ya hemos analizado esto, al hablar de las canciones de Real de Catorce al respecto. Jaime mismo ha escrito varias veces sobre el tema, como en su hilarante danzón a capella, llamado Lo que te voy a contar. Pero el tratamiento en Alma de tabique es serio, casi doloroso. Hay una sensación muy compasiva en la canción ante esa vida destrozada, aniquilada, que se extingue entre alcohol y bruma, entre callejuela miserable y humo de cigarro. López describe este proceso de extinción con una tristeza pocas veces vista en su obra, lo que le imprime a la canción una autenticidad notable, y hace muy visible, muy cercana a la mujer protagonista. Así, Alma de tabique estremece por su tema, pero también asombra por su altura formal: forma, fondo y emoción en un equilibrio tal, que la vuelven la letra perfecta, una verdadera obra maestra.
Jaime López está entre los mejores letristas, no sólo del rock, sino de la música mexicana. Es una pena que tiende a quedarse un poco atrás en la música. No porque sea mala, sino porque las letras llegan a un nivel casi incomparable, y las herramientas musicales de López siempre se van más por lo melódicamente sencillo. Y lo mismo podemos decir de los arreglos, porque incluso en algunos casos echan a perder canciones que sonaban mejor en su versión demo para radio, como ocurre con Ay Inés, Juana y Bordando la frontera (esta última inclusive decae por sus cambios en la letra en la versión editada). De hecho, el experimento musical más ambicioso de López se dio con una letra ajena: Cenzontle. Y los arreglos tienden mucho al sonido fronterizo, de acordeones, metales, o al rock'n'roll (obviamente hay varias excepciones). Como ejemplo, basta citar Nocaut, una letra extraordinaria, pero con música intrascendente de cumbia. A eso se debe que, pese a ser uno de los mayores letristas del rock mexicano, su rola mejor colocada ocupa sólo este inesperado (aun para mí) puesto 19.
Alma de tabique, por ejemplo, posee una melodía muy grata en tono menor, centrada en un pequeño círculo, más las derivaciones de los estribillos. López eligió la guitarra acústica sola en la versión del disco Oficio sin beneficio, elección mucho más adecuada que la posterior de Por los arrabales, pero que no deja de ser un tanto simple. Esto no quiere decir que no se trate de una gran rola: sólo explico por qué letras menos perfectas, pero sumadas a melodías y arreglos más ricos, calificaron mejor que Alma de tabique. Y aunque ya expliqué esta situación en la presentación de este blog, en el caso de Jaime López vale la pena resaltarlo.
La elección del tono menor, y aun la discreción de la guitarra sola, son adecuadas para resaltar el tipo de personaje descrito en la letra de Alma de tabique. Aun ese círculo de acordes se condice perfectamente con la sensación de inmutabilidad, de falta de escape en la vida de la protagonista. Esto se reafirma de manera logradísima al llegar al calambur señalado, que parece reiniciar la canción hasta el infinito. Pero la pequeña diferencia, que de hecho define al calambur, muestra que la inmutabilidad de la vida de la prostituta sólo es aparente, porque sí hay un cambio, pero se trata del peor de todos: el deterioro, la agonía lenta, la extinción.
Así, pese a su sencillez, la música y el arreglo enmarcan perfectamente la profundidad de la letra, y por todo ello, insisto, Alma de tabique es una de las obras maestras del rock mexicano.

18. EL HUERTO

Letra y música: Roberto González.
Intérprete: Roberto González, Jaime López y Emilia Almazán.
Disco: Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia.



¿Y con qué fin
toda esta dialéctica en historia?
¿Para qué ir al paraíso estando muerto?
¿Para qué alcanzar a la gloria estando vivo,
si la gloria está muy lejos de este huerto?

Todos juntos
—afirman los que saben de distancias—
llegaremos al final de la estructura,
escultura de cadáver y concreto,
a posarnos al final de la cultura.

Hay también
quien afirma que tan sólo es sufrimiento,
soportable nada más en el olvido;
que el que canta va buscando algún sediento
para echarle encima su vaso vacío.

Yo no sé
hasta dónde se resiente lo vivido,
pues saberlo es, simplemente, estar ya muerto;
seguiré siempre cantando lo prohibido
y gozando de los frutos de este huerto.

¿Y con qué fin
toda esta dialéctica en historia?
¿Para qué ir al paraíso estando muerto?
¿Para qué alcanzar la gloria estando vivo,
si la gloria está muy lejos de este huerto?



Algunas canciones del rock, pocas, alcanzan la categoría de himnos, auténticos puntos claves, que resumen una época, un espíritu, una generación. Se me ocurren All you need is love de los Beatles, My generation de The Who, Flowers in your hair de Scott McKenzie, Blowin’ in the wind de Bob Dylan, etc. En el rock mexicano son aún más escasas, pero sin duda alguna El huerto de Roberto González es una de ellas. Obviamente se trata de la canción cumbre de Roberto González, donde alcanza su nivel poético más alto. Pero si algo caracteriza esta canción es la profunda inteligencia que refleja. La pregunta retórica inicial, que recuerda “¿por qué el ser y no la nada?” de Heidegger, ya nos anuncia que estamos ante una canción altamente intelectual, filosófica, como si González revisara a Hegel, pero desde el momento histórico mexicano de los 60’s y 70’s, la herencia hippie y contracultural, que incluye, por supuesto, el 68 de Tlatelolco. Si al hablar de Los amores de Tato de MCC la llamamos canción ontológica, sin duda alguna esa condición era más lírica; en cambio, en El huerto la reflexión sí es plenamente filosófica, una revisión profunda del sentido de la existencia. Roberto González se lo plantea una vez más, y la rola no es más que el proceso mental y literario que trata de responder la duda ontológica, la duda metódica de Descartes, pero desde un plano que al final se acerca más al carpe diem de la filosofía grecolatina y la poesía prehispánica nahua. Así, la revaloración del goce, ya no centrada en las flores, los cantos y los amigos como en los aztecas, sino en los placeres contemporáneos, es la esencia fundacional de El huerto. Por su lado, la oposición a la idea de la recompensa ultraterrena judeocristiana es importante; la valoración del aquí y el ahora no es más que una toma de conciencia de la responsabilidad de la vida propia. Una sola vida, un solo momento: hay que gozarlo. De esta manera, Roberto González opta, y nos entrega su elección: como no hay certezas luego de la duda ontológica, lo único razonable, más allá de cualquier moral castrante, es agotar “la savia de la vida”, como decía Thoreau.
Pero toda esta profundidad del fondo nos la entrega Roberto González a través de un amplio cuidado formal, poético. Como dijimos, la interrogación retórica es la figura literaria de toda la primera estrofa, la del planteamiento. En las dos siguientes, González nos muestra las posturas opuestas, que han intentado responder esta angustia existencial, la oposición histórica que Umberto Eco analiza en Apocalípticos e integrados. Y en la cuarta estrofa, Roberto nos entrega su propia duda, y su conclusión. Pero todo esto a través de un lenguaje lleno de imágenes bellísimas y modernas, como la de la extraordinaria revisión del papel del músico (“que el que canta va buscando algún sediento, para echarle encima su vaso vacío”). Así, González se posiciona, y con él, su idea del arte, su poética: ni apocalíptico ni integrado, sino abierto a la valoración de lo fugaz, de lo auténticamente bello (como en La belleza de Luis Eduardo Aute), sin esperanzas religiosas, políticas ni metafísicas vacías, sino con el destino propio en las manos. Pero no renuncia a la duda ni a la angustia existencial, que proseguirán en sus apariciones, en sus acosos, o al menos eso sugiere la decisión de cerrar la rola con la estrofa inicial, justo porque ese proceso contradictorio es la esencia de lo humano, de lo real, sobre todo para el artista y el sensible. Ese eterno retorno nietzscheano, interno, es lo propio de quien siente, de quien opta por “vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido” (otra vez Thoreau).
La música de El huerto es cercana a la trova, principalmente por su esencia acústica, pero el arreglo más rockero la diferencia claramente, sobre todo con las apariciones de los extraordinarios coros de Emilia Almazán y la estupenda armónica de Jaime López. La voz de Roberto González está en su mejor momento, y la canción fluye limpia, deliciosa.
Así, sin duda alguna El huerto es la canción filosófica, ontológica, más lograda de la historia del rock mexicano, y también el verdadero himno con el que el rock mexicano cierra una época, y abre otra, más crítica, ilustrada y artísticamente lograda.