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jueves, 3 de junio de 2010

89. LA ESCENA ME TRASPASA EL CORAZÓN

Letra y música: Jaime Moreno Villarreal y Guillermo Briseño.
Intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco.
Para este análisis tomo la versión grabada para
Radio Educación. También existe la versión de Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Esta valiendo… el corazón.


Sobre la cama, anchamente,
me la paseo esperando un phone,
y bostezando ampliamente,
prendo la televisión.
He descubierto que me duele,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Si se supone, vagamente,
que yo vivo del rock,
¿por qué será que diariamente
me la paso en el colchón?
Como que no le importa a nadie,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Quiero mi lira, y una bataca,
tráiganme un pantalón.
Abran la puerta, que entre la gente,
ya va a empezar la función.

Soy un enfermo reincidente,
eso me ha dicho el doctor.
Siempre me apañan gachamente
en los conciertos de rock.
De la ambulancia soy el cliente,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

El corazón.
El corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.


La escena me traspasa el corazón posee una letra dura, directa, no muy común en la obra del también poeta Jaime Moreno Villarreal, aunque aquí se trata de un tema compuesto con Guillermo Briseño (quién sabe qué tanto es de cada uno). El tema es doloroso: el rockero ante el espejo, ante su situación desfavorable en México (salvo los pops), país dominado absolutamente por la música comercial y los medios que la encajan en la gente. Sin disqueras. Sin promociones. Sin productores que pongan la lana. ¿Qué queda? Nada, migajas, espacios ínfimos para manifestarse, incluso agresiones de ese público para el que se toca, y que ni valora, ni agradece, ni escucha realmente. Como dice el rockero protagonista de la novela Polvos de la urbe, de Víctor Roura: “a fin de cuentas, ¿para qué tocar? Para unos cuantos canallas...”. Y aunque el músico de rock mexicano lo tiene clarísimo, lo sabe de antemano, no deja de dolerle. Por ello, Moreno Villarreal deja por un momento su estilo poético elaborado y sutil (sin que falten los detalles formales bien cuidados, como el recurso estilístico de los adverbios terminados en mente), para entregar una rola que golpee, que cumpla al máximo su función: el desahogo, libre, puro, rudo, sin tropos que suavicen el fondo doloroso, como una especie de escape, de ruptura. Ya habrá tiempo y canciones para sutilezas…
La música de La escena me traspasa el corazón es también directa: una guitarra acústica, que nos recuerda, por ejemplo, que los rupestres lo eran por falta de medios para la instrumentación eléctrica, y no por un purismo folk al estilo de los que pifiaron a Bob Dylan en Newport. El rasgueo, de golpes entrecortados, le imprime un aire visceral, casi furioso, pero en el estribillo el ritmo rocanrolero parece reafirmarse, como si asumiera su esencia pese a todo, como si sacara el orgullo. Por ello, al final letra y música forman un nudo de catarsis pura, un desahogo que parece decir: “¿ah, sí?, ¡pues a la mierda todos!”.

87. VIOLENCIA, DROGAS Y SEXO

Letra y música: Alejandro Lora y Guillermo Briseño.
Intérprete: El Tri.
Disco: Simplemente.
También existe la versión de
Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Está valiendo… el corazón.


Yo conocí una productora,
en un estudio de televisión,
que le gustaban las pistolas
y los rifles de grueso cañón.
Para ella ver Los intocables
era el máximo reventón.
No se perdía Los intocables
ni aunque la invitaras a un reventón.

Ella me dijo: “si le cambias a tus rolas,
yo te voy a lanzar,
vas a llegar a las estrellas
y en el cielo vas a tocar,
y vas a tener más audiencia
que El club del hogar.
Vas a tener más audiencia
que El club del hogar”.

Violencia, drogas y sexo,
es como el rock’n’roll.
Violencia, drogas y sexo,
es el camino del gol.

Ella me dijo: “a mí me pasa tu onda,
pero a la demás gente no,
y el más picudo licenciado de la tele
ya se peinó.
Si quieres cántale tus rolas,
pero no las cantes en español.
Cántale tus rolas,
pero no las cantes en español”.

Violence, drugs and sex,
just like rock’n’roll.
Violence, drugs and sex
,
es el camino del gol.

Violencia, drogas y sexo,
es como el rock’n’roll.
Violencia, drogas y sexo,
es el camino del gol.

¡Gol!
¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!
¡Gol!

La fusión entre el ingenio de Guillermo Briseño y el color urbano de Alejandro Lora no impide que uno note que la influencia del primero saca a flote lo mejor del segundo, eso que ha ido dejando en el camino de la repetición de la misma rola, del conformismo y la concesión fácil a la banda. Es evidente que Briseño se encarga de la elipsis de la ironía (que Lora siempre obvia cuando trabaja solo, hasta caer en la moralina ultradigerible del mensaje). Por eso el resultado es brillante en Violencia, drogas y sexo. La petición de la productora al rockero duro que canta “violencia drogas y sexo, es como el rock’n’roll” es tan ridícula como familiar. Vemos una vez más cómo los medios están en manos de personajes que no tienen ni idea, sin preparación ni sensibilidad: puede darse cualquier mensaje, incluso áspero, siempre que no se entienda. Por ejemplo, en inglés. Pero también vemos la rendición del que carece de la firmeza necesaria en sus convicciones. Asistimos, entonces, al trueque de vergüenzas, al lamesuelismo y la pasteurización de la conciencia propia de disqueras, radiodifusoras payoleras, canales de tele, instituciones de la cultura oficial, teatros y auditorios. Pero, gracias a la parte de Guillermo Briseño, el verdadero fondo hay que descubrirlo debajo del guiño irónico.
La música de Violencia, drogas y sexo es potente y agresiva, rock'n'roll puro al estilo clásico de El Tri, con sus respectivos solos de requinto y sax. La voz de Alejandro Lora ayuda a “ver” al rockero protagonista, de manera más lograda que en la versión de Briseño. Sin duda una rola muy placentera.

miércoles, 26 de mayo de 2010

53. CRUCIFLEXO

Letra y música: Guillermo Briseño.
Intérprete: Briseño y El séptimo aire.
Disco: Está valiendo… el corazón.



Con la primera bocanada de aire,
recordó los colores del programa,
la cola para hacerse de un boleto,
el punto para verse con la banda.

Con la bolsa de su amado pegamento
y la axila como fuelle al corazón,
se lanzó a la conquista del concierto,
él, El flexo, aguarrás y resistol.

Atracando a la mejor tlapalería,
desafiando al mandamás de la farmacia,
se metieron en el metro al aeropuerto,
y agarraron un patín de la tostada.

Se colaron por el ala del portazo,
encendidos como fuego artificial.
Invadieron territorio de bocinas.
Como apaches, empezaron a bailar.

Deslumbrado y apretándole a su chemo,
se distrajo por la furia de una rola:
se cubrió de cemento hasta los pelos,
se quedó cruciplegado a la consola.




He de confesar que no gusto demasiado de los grupos con metales. De una u otra manera, su sonido me resulta un tanto irritante, invasivo, como si inevitablemente recordara que, junto a unos teclados fresas y una sección de ritmos semipesada, esos metales terminaron creando el espantoso y tristemente célebre sonido disco. Así, ni el soul ni el funk fueron ritmos que me entusiasmaran demasiado. Pero admito que es un problema mío, que, por otro lado, no me impide reconocer las excepciones muy enriquecedoras, como Sly & the Family Stone, Otis Redding o James Brown, ni los méritos que alcanzan grupos de otro estilo en ciertos experimentos con dichos arreglos y ritmos. Ejemplos de lo último serían Got to get you into my life y Savoy truffle de los Beatles o The letter de Joe Cocker.
El rock mexicano tuvo sus momentos de gloria con grupos de metales, sobre todo en la época de Avándaro. Sin embargo, es un tipo de arreglo que no perduró. Quizá el último exponente de ese espíritu funk fue Guillermo Briseño en el disco Esta valiendo… el corazón, aunque finalmente se limitó al uso del saxofón. Sin duda alguna, la canción más lograda en ese ámbito es Cruciflexo. El recurso, un dúo de saxofones, tocados, uno, por el mejor representante del género en México (junto con la incomparable Sibila de Villa, ex Flor de metal): Octavio Espinoza, El Sopas, y el otro por Hebe Rossell. La rola se centra en el retrato del nuevo pícaro mexicano, ligado al rock: el fan marginal, el seguidor de barrio, ese escucha lumpen que entiende la música como un ritmo de fondo que acompaña al pasón, al que Alex Lora llama “la banda”, y que, para el músico más elaborado, resulta una especie de enemigo encubierto. Briseño toca otro aspecto de esta relación amor-odio entre rockero y seguidor en otra pieza del mismo disco: El botellazo. Pero en ella es la visión desde el músico. En Cruciflexo, en cambio, escoge un narrador omnisciente, que se limita a describir el ritual cuasimístico-alucinógeno del seguidor el día del concierto. Guillermo Briseño no sataniza a “la banda”. Inteligente como es, sabe diferenciar el síntoma del verdadero culpable, y la rabia no va hacia un espectador que es producto de la marginación más terrible, consecuencia de un sistema de injusticia social y vergonzosa distribución de la riqueza y las oportunidades. Pero a diferencia de Lora, tampoco cae en el facilismo paternalista, ni en la compra de esa conciencia limitada a través de darle lo que le pida, de tocarle lo que quiera o sólo lo que pueda comprender, lo fácilmente digerible. Así, Cruciflexo es un pequeño cuento, que narra el nivel de desconexión con la realidad que provoca el pasón y el deleite acrítico por el rock marginal, hasta dónde puede llegar el deterioro social. Pero la víctima no vivirá una escena densa; al contrario, el resultado final, esa estatua de cemento y distracción narcotizada, tiene mucho de risible. Briseño se ríe, pero con humor negro, porque dicha escena posee esa superficie cómica, pero con un trasfondo dramático. Y ese juego emocional que Guillermo provoca es muy atinado; seguramente deja en el escucha un mayor impacto, al terminar de reír, al estilo de los grandes cartonistas políticos mexicanos, como Rogelio Naranjo, Rafael Barajas El fisgón, Ahumada, Abel Quezada, Rius o Helguera. Sólo que aquí ese trasfondo no es político, sino social. No, en realidad la ecuación es al revés: en México esa condición social es producto de un comportamiento político también, de corrupciones, cacicazgos, derroches, etc. Por ello, Cruciflexo escoge el camino del humor, por ser más artístico, más amplio, pero también más eficaz, más trascendente en su crítica, pues se hace desde la inteligencia y el uso cuidadoso del lenguaje. Briseño se vale de la comparación principalmente en esta canción, porque es una figura literaria de golpe rápido y certero, idónea para el humor, crítico pero sutil al mismo tiempo.
El arreglo de saxofones en Cruciflexo es muy notable. La figura musical principal, una especie de vuelta infinita, una cinta de Moebius sonora y energética, imprime ese aire liviano, burlesco, que sugiere la letra. La introducción coral, en canon, casi circense, o mejor dicho, de vodevil, remarca el atrevimiento del experimento melódico, y lo hace delicioso, casi bailable, sin ser frívolo, porque uno nota el sentido satírico, juguetón, que recuerda los experimentos lúdicos de Dylan y de los Beatles (como en The continue history of Bungalow Bill, Rocky Racoon o Baby, you’re a rich man).
En resumen, Guillermo Briseño nos entrega en Cruciflexo una lección de humor fino, profundo y trascendente, envuelto en un funk digno, absolutamente preciso.

lunes, 17 de mayo de 2010

6. EL BOTELLAZO

Letra y música: Guillermo Briseño y Jaime Moreno Villarreal.
Intérprete: Briseño y El séptimo aire.
Disco: Está valiendo… el corazón.



Encendida en un valle de luces,
extendiendo su voz como un manto,
despejó el escenario de nubes,
absorbía el deseo de tantos:

“Tócala, tócala,
acaríciala,
roba la estrella
para ti”.

Con un puño de luz insensata,
una línea de verde botella
estalló en esquirlas de plata,
derribó el fulgor de la estrella.

“Tócala, tócala,
acaríciala,
roba la estrella
para ti”.

“Tócala, tócala,
acaríciala,
roba la estrella”.

Y él lanzó
el relámpago aquel,
contra el cristal
de su voz.

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡No le tiren al pianista!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡¿Qué se traen con el bajista?!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Aguas con el baterista!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Tapen al saxofonista!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Me van a romper mi lira!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Se los va a llevar la tira!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Muestren su ciudadanía!

Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

—¡Más respeto pa’l artista!

Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo.
Reventó,
vino el botellazo;
se prohibió el rock ese día,
por falta de garantías.

¡Me van a romper mi lira!,
¡se los va a llevar la tira!,
¡muestren su ciudadanía!,
¡más respeto pa’l artista!,
¡¿qué pasó?!


Como si fuera una segunda parte de su rola Cruciflexo, Guillermo Briseño compone El botellazo junto a Jaime Moreno Villarreal, una “variación sobre el mismo tema”: el público, el fan, el escucha del rock, pero el del estereotipo, o mejor dicho, arquetipo, porque sí existe, y en abundancia, no se trata de un mero prejuicio, sino que puebla los limitadísimos espacios del rock mexicano, ya sean los similares a los antiguos hoyos fonkys, o los antros, deportivos, cuasi-auditorios o simples callejones de hoy. Hablamos del enajenado de signo contrario, marginal, lumpen, farmacodependiente del consumo más bajo, ya sea chemo o solvente, que no escucha realmente, pero sí acompaña su viaje con las vibraciones más bien básicas de grupo de rock urbano rítmico y repetitivo, y reacciona desde el slam, la cintura agitada o el simple subibaja de cabeza, autómata, ido. No obstante, El botellazo narra desde un ángulo diferente: si en Cruciflexo Briseño optó por un narrador omnisciente en tercera persona, en El botellazo hay una combinación de narradores. La canción inicia con el mismo tipo de narrador de Cruciflexo, en la voz de Hebe Rosell, pero al describir el deseo creciente del admirador de la diva del rock sobre el escenario, transcribe lo que ocurre en esa mente, pero como si fuera un llamado interno, como el de esos “diablitos” que mal aconsejan en las películas, que tientan, y que representan los impulsos oscuros y auténticos, o en términos freudianos, el principio del placer: “tócala, acaríciala, roba la estrella para ti”. Y aunque el narrador omnisciente retoma el relato, en el final hay una voz que interfiere, la de Briseño, que representa al músico, al miembro de la banda que está tocando y recibe la agresión, el botellazo del espectador enajenado. Uno a uno, los músicos del grupo tradicional de rock se nombran entre estrofa y estrofa, y al final todas estas exclamaciones desesperadas se juntan, no sin un fuerte dejo de ironía, y es el grupo de rock el que se vuelve el narrador último, el coro griego de la tragedia rocanrolera mexicana, después del hybris del botellazo. Así, y quizás sin decidirlo del todo, pero sí desde el conocimiento pleno de la realidad del músico, Briseño expone la tragedia fundamental del rock en México: la distancia insalvable entre el músico, sobre todo de calidad, y su público. Por un lado está el desolador mundo del músico: el esfuerzo y la resistencia ante la falta de espacios, ante la raquítica infraestructura de instrumentos, consolas, amplificadores, estudios de grabación, disqueras, etc.; y por otro, la condición del público de rock: marginalidad social, pobreza, incultura, barrio peligroso, adicciones que benefician al narcotraficante (micro o macro), desempleo, familia disfuncional, etc. Y el concierto se transforma en el campo de batalla entre los dos bandos, cuando debería ser el espacio de encuentro, solidaridad y admiración. Las frustraciones explotan una contra otra, y el músico siente justo lo que expresa un personaje de la novela Polvos de la urbe de Víctor Roura, como ya citamos: “al final, ¿para qué tocar? Para unos cuantos canallas…”, mientras el escucha mira esa diva del escenario, ese ídolo inalcanzable, de vestuario mágico y belleza de otra galaxia, y hace comparaciones con su propia condición derrotada, inamovible (como en el mencionado cuento Comillas ratas comillas de Gustavo Masso), y entonces ese botellazo es la única posibilidad de contacto con esa realidad dolorosísima por ajena, y lo que pudo ser reconocimiento, admiración y aplauso, se vuelve la agresión más burda, más injusta, porque, como dice Jaime López en Sácalo: “mi enemiga no eres tú, tu enemigo no soy yo: el enemigo común está alrededor”. Pero por supuesto todo esto se trata no desde el inútil y obvio discurso moral, sino desde el ingenio, y ese cierre algo socarrón de la última estrofa. En una decisión muy inteligente, Briseño y Moreno Villarreal escogen un lenguaje poético más elevado para las primeras estrofas, las que canta Hebe Rosell, para que coincidan con la atmósfera que crea la cantante observada, idealizada, descrita precisamente a través de un estilo literario igual de inalcanzable. Pero cuando el botellazo explota, el lenguaje cambia, se vuelve mucho más coloquial, directo, mundano, porque como dijimos, también se altera el tipo de narrador. Esta sola decisión muestra el impecable manejo de los recursos poéticos y aun narrativos de los autores, y cómo un fuerte fondo puede expresarse con la misma intensidad y eficacia a través de una forma bien trabajada. En síntesis, y al igual que la revisada Cisne de Rafael Catana y Armando Rosas, una muestra más del resultado del trabajo en equipo entre artistas de auténtico talento.
Pero si la letra de El botellazo es brillante, la música, y sobre todo el arreglo, son impactantes. Los acordes y los sintetizadores de la introducción recrean esa atmósfera profunda, mágica, de luces, brillos y vapores, que suelen usar las divas de la música en sus entradas al escenario. Y la voz de Hebe Rosell, suave y honda, inflama y estremece, acorde con la letra. Hasta que el arreglo revienta, justo cuando el clímax del botellazo aparece, y la melodía, cadenciosa y cachonda del principio, se convierte en un rock intenso, coral, y que se estanca en una vuelta musical y letrística, una y otra vez, al estilo de las grandes canciones con coda infinita, como Hey Jude de los Beatles, Daydream de Wallace Collection, Catch the wind de Donovan o la misma El adicto de Botellita de jerez (curiosamente un recurso también propio del son cubano), sólo que en El botellazo sí concluye finalmente, justo con la unión de las líneas de los rockeros agredidos, como explicamos antes. En esta coda la banda de Briseño muestra una capacidad instrumental muy bien sostenida, y crean uno de los finales más memorables del rock mexicano.
De este modo, El botellazo es un rock muy poderoso, una reflexión aguda y ácida de la vida del rockero (una serpiente que se muerde la cola), semejante a la que hace Paul Simon en God bless the absentee y Long, long day, pero aquí adaptada al mucho más limitado y ridículo contexto del rockero mexicano. Una rola de humor negro y hondo, envuelto en una música, arreglo y ejecución energéticos, de gran grupo de rock, como siempre han sido los que forma Guillermo Briseño.