Disco: Bonzo/Mi amor no sirve de nada.
La misma tierra destierra a sus hijos y se muere entre extraños.
Me quito una mano,
escondo un saludo.
Hay una tierra que aterra, mi amada, mi amor.
Mi amor no sirve de nada, lo vuelvo a guardar.
Después la cartera
me han de robar.
Hay un idioma de ideas idiotas que le enrollan la lengua.
El mismo idioma se entona en el dogma que le lava el cerebro.
Le anuda los nervios,
le afeita el afecto.
No sé qué idioma sofoca, mi amada, mi amor.
Mi amor no sirve de nada, lo vendo, sí, sí.
Las barbas del sabio
voy a escupir.
Hay una mano amasando manías que nos pintan de gris.
La misma mano, maniática, fría, nos catea el veliz.
Nos cobra vivir,
nos hace striptease.
Mano maestra en el desamarnos, mi amor.
Mi amor está devaluado, lo voy a encender:
en armas estoy
contra el poder.
Hay una tierra que entierra a sus vivos y se vive entre muertos.
La misma tierra destierra a sus hijos y se muere entre extraños.
Me quito una mano,
escondo un saludo.
Hay una tierra que aterra, mi amada, mi amor.
Mi amor no sirve de nada, lo vuelvo a guardar.
Después la cartera
me han de volar.

No son comunes las canciones solemnes en Jaime López. Su obra siempre se mueve más por la ironía y los juegos con el lenguaje, sonoros y semánticos. Por ello, Mi amor no sirve de nada es atípica en su obra. Quizá esta vez la emoción no lo permitió, y la necesidad de un desahogo mayor, posiblemente por su momento vital, propició este tono grave, más melancólico. Bueno, por lo que sea, pero esta rola exhala su dolor de manera más directa, más transparente. Pero esta claridad no impide que también se sustente en figuras retóricas atinadas y complejas. Para empezar, una especie de retruécano marca sus dos primeros versos. Más adelante, ensayará juegos cacofónicos, sobre todo aliteraciones (“afeita el afecto”, “mano amasando manías”, “tierra destierra”, “tierra que entierra”, “tierra que aterra”). Así, López demuestra cuánto entiende que, por más emoción que inspire la canción, el trabajo formal profundo es obligatorio en un verdadero artista, y que esto no traiciona de ningún modo esa emoción, seguirá permaneciendo. Mi amor no sirve de nada es claro ejemplo de ello, porque se siente intensamente la amargura del tema, a la vez que se disfrutan los logros estilísticos (cuando se poseen las herramientas analíticas para hacerlo, lo que no es problema del artista). La rola se centra, una vez más, en el contexto cultural nacional, paupérrimo, limitante, en el que el amor está condenado al fracaso, aun si se guarda. En la segunda estrofa Jaime vuelve a su crítica a los medios mentirosos y enajenantes. Los estribillos muestran el proceso dialéctico del sensible ante tal panorama: se pasa de la renuncia, a la lucha nueva (“lo vuelvo a encender: en armas estoy contra el poder”), que volverá a la derrota. Por eso, la primera estrofa se vuelve la última: cierra el círculo infinito del doliente. ¿Por qué del doliente? Porque el indiferente nunca padeció ese proceso dialéctico, mientras el resignado lo exterminó de su vida, como mecanismo de defensa. Sólo el doliente, el sensible, para el que esa resignación e indiferencia no son alcanzables, pasa por ese continuo infierno emocional, sin tregua. Para él, los momentos de desesperación y renuncia sólo serán transitorios, una pequeña y conmovedora fanfarronería de falsa indiferencia, justo porque no corresponde a su verdadera naturaleza. Eso lo explica la frase final: para el sensible no vale guardarse el amor en la cartera: ya se la robarán igual. Como puede verse, los conceptos que encierra la letra, así como su manejo estilístico, no son tan simples como parecen. Que así nos lo parezca es sólo otro de los méritos de Jaime López, producto de su gran manejo de la forma.
La melodía de Mi amor no sirve de nada oscila entre la trova arpegiada y la balada-rock. Lo último se lo da el arreglo, con una guitarra efecteada, quizá eléctrica. El arreglo es un tanto extraño. Jaime utiliza un doblaje de primeras voces; es decir, no en armonía, sino idénticas en su tono, y colocadas en ambos canales en la mezcla, recurso poco habitual (los únicos casos que recuerdo son Amor veloz de Carlos Arellano, pero sólo en el estribillo, y Pequeño Alfredo de Lucerna Diogenis). Este recurso, si se usa con el suficiente cuidado para hacerlo notorio sin saturar, enriquece mucho las canciones, por eso resulta raro que se ocupe tan poco. El resultado es variable, según la entonación y el timbre. Lucerna Diogenis lo usa para sugerir una voz casi infantil, por ejemplo, y Carlos Arellano sólo como refuerzo del estribillo, ampliación de su énfasis. Pero en el caso de Mi amor no sirve de nada, el efecto produce una sensación de profundidad, que apuntala la seriedad del tema. La guitarra, como ya dije, suena más metálica, sin que tenga distorsión. Y lo curioso es que incorpora más adelante un grupo de cuerdas, que suavizan la atmósfera, pero mucho menos de lo que podría suponerse, dado ese timbre en la guitarra (si hubiera sido sólo acústica, estaríamos ante una canción mucho más delicada). Son combinaciones atrevidas, poco habituales. Lo importante es que el resultado final es poderoso, hondo. Y obviamente, original.
De esta manera, Mi amor no sirve de nada es excepcional en varios sentidos, seguramente porque marca el proceso de transición del López de Un viejo amor, todavía muy influido por la trova, a su línea solista rockera. Después ensayaría lo norteño y cumbiero. Pero eso ya es otro tema.
La melodía de Mi amor no sirve de nada oscila entre la trova arpegiada y la balada-rock. Lo último se lo da el arreglo, con una guitarra efecteada, quizá eléctrica. El arreglo es un tanto extraño. Jaime utiliza un doblaje de primeras voces; es decir, no en armonía, sino idénticas en su tono, y colocadas en ambos canales en la mezcla, recurso poco habitual (los únicos casos que recuerdo son Amor veloz de Carlos Arellano, pero sólo en el estribillo, y Pequeño Alfredo de Lucerna Diogenis). Este recurso, si se usa con el suficiente cuidado para hacerlo notorio sin saturar, enriquece mucho las canciones, por eso resulta raro que se ocupe tan poco. El resultado es variable, según la entonación y el timbre. Lucerna Diogenis lo usa para sugerir una voz casi infantil, por ejemplo, y Carlos Arellano sólo como refuerzo del estribillo, ampliación de su énfasis. Pero en el caso de Mi amor no sirve de nada, el efecto produce una sensación de profundidad, que apuntala la seriedad del tema. La guitarra, como ya dije, suena más metálica, sin que tenga distorsión. Y lo curioso es que incorpora más adelante un grupo de cuerdas, que suavizan la atmósfera, pero mucho menos de lo que podría suponerse, dado ese timbre en la guitarra (si hubiera sido sólo acústica, estaríamos ante una canción mucho más delicada). Son combinaciones atrevidas, poco habituales. Lo importante es que el resultado final es poderoso, hondo. Y obviamente, original.
De esta manera, Mi amor no sirve de nada es excepcional en varios sentidos, seguramente porque marca el proceso de transición del López de Un viejo amor, todavía muy influido por la trova, a su línea solista rockera. Después ensayaría lo norteño y cumbiero. Pero eso ya es otro tema.
