Mostrando entradas con la etiqueta NUBE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NUBE. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de junio de 2010

92. LA RATA INMIGRANTE

Letra: Gerardo Meneses.
Música: Jorge Meneses.
Intérprete: Lucerna Diogenis.
Disco: Nube.



Llega La Rata Inmigrante.
Es una voz venida a más,
un lienzo que hiere, ensucia y arde,
que de repente ya no está.
Llega La Rata Inmigrante,
sin muda alguna, para qué…
No tiene un orden, es de nadie.
Cuando la buscas, ya se fue.

Rata corriendo en las paredes,
fotografiando una verdad,
acelerando lo que quieres,
desbaratando ingenuidad.
Bien no se sabe tú quién eres.
Tu no-gobierno es claridad.
Bien no se sabe tú quién eres.
Tu no-gobierno es claridad.

Llega La Rata Inmigrante.
Es una voz venida a más,
un lienzo que hiere, ensucia y arde,
que de repente ya no está.
Llega La Rata Inmigrante,
sin muda alguna, para qué…
No tiene un orden, es de nadie.
Cuando la buscas, ya se fue.


No son muchos los grupos formados por hermanos en el rock mexicano. Pero de hecho eso tampoco es muy común en el rock internacional. En general los ejemplos son mínimos y malos: los Beach Boys (de los pocos casos que pasaron de la intrascendencia del sonido surf californiano a la fabulosa búsqueda de Pet sounds), los dañinos para el rock Bee Gees, los Jackson Five, más recientemente ese monumento a la autocomplacencia y la pose llamado Oasis, y párale de contar. Quizás es mucho pedir que dos miembros de una misma familia tengan el suficiente potencial creativo. En todo caso, en México se ha dado más en la música comercial, como los horrendos Hermanos Zavala y los Hermanos Castro, o en la época del rock’n’roll, los Hermanos Carrión.
Por eso es un tanto extraño el caso de Lucerna Diogenis (que significa La lámpara de Diógenes en latín, nombre basado en la anécdota del filósofo griego Diógenes de Sínope, que, paseándose con una lámpara encendida a pleno día, decía “busco un hombre”, es decir, un ser humano de verdad, y no sólo de nombre), formado por los hermanos Gerardo y Jorge Meneses. Ambos han grabado discos como dúo, y también como grupo más grande, y primero como Boleto del Metro, nombre con el que quizá se les conoce más. Curiosamente dieron un salto del rock urbano de garaje, casi amateur, al más complejo, incluso progresivo, como el caso de La Rata Inmigrante.
Quien oiga esta canción, pero no tenga el disco Nube de Lucerna Diogenis, seguramente tendrá dificultades para entender la letra. En el cuadernillo del CD se explica que La Rata Inmigrante es un periódico mural estudiantil anarquista. La letra de esta rola es sencilla, pero bien lograda, y se limita a describir lo señalado: el espíritu rebelde de una manifestación sociopolítica clásica de los estudiantes universitarios, sólo que del lado más clandestino y fugaz. Para concordar con esa misma fugacidad, Gerardo Meneses escoge un lenguaje muy conciso, y las figuras retóricas son más bien parcas, limitadas a unas cuantas prosopopeyas, una gradación y algo más por ahí. No obstante, el efecto, casi de foto instantánea, es preciso, contundente, cuidadosamente elegido, como puede corroborar una comparación con otras canciones de Lucerna Diogenis.
Pero quizá lo más importante de La Rata Inmigrante es cómo, a partir de una melodía de sólo 4 acordes, el grupo (en el disco Nube, donde está esta rola, es en realidad un dueto) logra construir un arreglo muy elaborado de rock progresivo, con un bajo potente y certero, un estupendo solo de guitarra electroacústica, batería electrónica y sintetizadores atmosféricos vanguardistas (pese al ligeramente titubeante solo de teclado), al estilo de músicos como MCC, Juan Valdez y Eblén Macari. Y todos estos instrumentos ejecutados por una sola persona, Jorge Meneses, creador de la música (sorprendentemente la música de todo el disco Nube la ejecuta Jorge —salvo la batería electrónica y algún teclado del invitado trovador argentino Cacho Duvanced—, y Gerardo sólo canta algunas rolas, lo que inevitablemente lleva a recordar el primer disco solista de Paul McCartney). Por último, La rata inmigrante tiene un par de méritos adicionales: primero, la armonía del estribillo, a dos voces, una de las cuales es reconocible, la de Fausto Arrellín, del grupo Qual (el grupo de Rockdrigo en vida), además de la segunda aguda de otro hermano Meneses, Raúl, como músico invitado. El otro mérito es el efecto de explosión al final, casi futurista, como recurso de estudio muy propio del progresivo, y que recuerda el final de El chime de los tucanes de MCC, en la versión del CD MCC 1980/1984, así como otro, intermedio, de otra rola de MCC: El muro.
Por ello, y pese a su innegable valor poético, La Rata Inmigrante de Lucerna Diogenis es un buen ejemplo de una canción con mérito principal en la potencia de su arreglo. Una de las mejores canciones del progresivo mexicano.

lunes, 31 de mayo de 2010

62. POLVO DE LUNA

Letra y música: Jorge Meneses.
Intérprete: Lucerna Diogenis.
Disco: Nube.



Recargado en una reja
o en un puente peatonal,
a la espera de una tarde
gris, opaca, invernal,
me gasto la última risa,
la convierto en humedad,
trepo a una nube espesa,
beso grietas de cristal.

Me escupe el rostro la noche,
busco en qué estrella has de estar.
Mi mente es polvo de luna
que, al llover, te va a buscar.
No me importa que algún tira
esté violando a la ciudad;
sólo existe en mí, ahora, el frío,
la llovizna y tu mirar.

Sé que estás al otro lado,
que soy sombra, que eres luz,
que mi canción es inútil,
que tú aguardas ver el sol,
que la soledad domina,
que es en vano intentar.
Ya, del amor, sólo espero
a la muerte enamorar.


Polvo de luna es la canción más conocida de Lucerna Diogenis, un dueto (otras veces grupo, como ya dijimos) ligado al progresivo, como vimos al hablar de La rata inmigrante, pero sin serlo del todo, pues ha explorado el blues en Fantasma, el fox trot o dixieland en A mi mujer, la trova en Intervalo, el rock más pesado en Ella vive con los signos de estos tiempos, el rock’n’roll clásico en La élite y hasta cierto aire rumbero en El fin de la maestra y el bolero en Mudo auricular. Al igual que en el caso de Tierra baldía, aquí se trata de una exploración de los géneros, y no tanto de contradicciones. Lucerna Diogenis se arriesga más, porque los géneros que explora son más distantes (aunque no tanto como Jaime López, el caso más extremo). Los resultados de esas búsquedas son un tanto disparejos, aunque más por ciertos errores de grabación y mezcla que por la ejecución musical.
En otra muestra de esa variedad, Polvo de luna es una balada-rock clásica. Como en el caso anterior, ¿Qué hacer? de Tierra baldía, estamos ante una canción de amor. O mejor dicho, en este caso de desamor. Por lo tanto, las innovaciones radican en el tratamiento, el lenguaje, el arreglo, etc., y no en el tema. De hecho, una corriente de la crítica de arte dice que en realidad los temas siempre son los mismos: la muerte, el amor, la venganza, la pobreza, etc. Lo distintivo, donde radica el mérito artístico, es precisamente en su tratamiento, centrado en el equilibrio entre forma, fondo y emoción, algo mucho más allá del tema. Polvo de luna también es una canción de añoranza, pero no de la mujer amada ausente, sino de la inalcanzable, la del amor no correspondido. La rola parece desglosar la frase de Joaquín Sabina:no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Al igual que en ¿Qué hacer?, estamos ante una canción que centra su mérito en las imágenes poéticas y en el arreglo musical. La letra es una evocación a través de imágenes, el retrato de un amante derrotado por su sueño imposible, que algo recuerda la canción Recargado de Real de Catorce, pero con un enfoque amoroso. Las figuras retóricas que escoge Jorge Meneses pintan el desamparo del protagonista, hasta la desesperanza definitiva de la frase final: “ya del amor sólo espero a la muerte enamorar”, también cercana a las ya revisadas Mírame desaparecer de Roberto Ponce y Canción de la muerte enamorada de José Antonio Nachón, pero en este caso resignada a una vida sin sueños, sin aspiraciones emocionales ni afán de trascendencia. Así, la letra de Polvo de luna es mucho más oscura de lo que parece en primera instancia, uno de los sellos distintivos de Lucerna Diogenis, como lo prueban sus otras canciones, La última lágrima o Preguntando en los umbrales. No es común un grupo cercano más a lo trágico y pesimista en México, que es tan propicio al rock humorístico. Todo esto haría pensar que Lucerna Diogenis podría relacionarse con las bandas dark, pero por las búsquedas progresivas se ha señalado siempre la influencia de Pink Floyd, aunque yo añadiría la del mencionado trovador José Antonio Nachón en el espíritu de las letras (aunque no tanto en el estilo literario).
Como ya dije, la música de Polvo de luna es de balada-rock, hecha casi con base en un círculo de acordes, sin estribillo. El aporte mayor de esta rola es, primero, los arpegios de guitarra electroacústica en su introducción y final, casi de técnica clásica, y en segundo lugar sus magníficos solos de requinto. La voz es sólida y sentida, y cierra la canción en un “tarareo en yeah”, recurso heredado de los Beatles, que provoca una sensación de desahogo, de aceptación del fracaso.
Pese a ser también una canción de amor y una balada-rock, a diferencia de la mencionada ¿Qué hacer? de Tierra baldía, Polvo de luna tiene el mérito de no sonar a pop, pese a que es quizá la rola más digerible de Lucerna Diogenis. Y una vez más, la clave está en el arreglo, uno de los puntos fuertes del grupo.

jueves, 27 de mayo de 2010

55. SULEY IMAGINARIA

Letra y música: Jorge Meneses.
Intérprete: Lucerna Diogenis.
Disco: Nube.



Suley,
mi mar se posa en ti,
arrastrando las orillas
de la noche.

Suley,
tu voz, en su fluir,
desgarra los insomnios
de mi alma.

Suley,
tu risa de cristal
alisa los despegues
de mi ansia.

Suley,
tu fuga en mi mirar,
desgaja los encierros
de mi mente.

Suley, Suley,
¿por qué no existes más que en mi sed?
Suley,
¿por qué no existes más que en mi sed?
Suley, Suley, Suley,
Suley, Suley…


El rock mexicano tiende a las letras medianas y largas, intenta poco una canción que se asemeje al poema breve. El ejemplo más evidente es León Chávez Teixeiro, que intenta abarcar todos los elementos del contexto de los personajes o de la trama, como ya vimos al revisar Cipriano Hernández Martínez y La mujer (se va la vida, compañera), canciones que, como también ya mencionamos, recuerdan el estilo de Robbe-Grillet, de detalle al máximo, para algunos un estilo exasperante. Los ejemplos de letras breves son escasos en el rock en general, no sólo en México. Quizá Crosby, Stills & Nash es el grupo que mejores resultados obtuvo. En México, está la rola Canciomínima Nº 1 de Armando Rosas y La Camerata Rupestre, pero ya desde su título podemos ver que se resalta su condición excepcional. El título de esta canción se relaciona con los peomínimos de Efraín Huerta. Y justo habría que decir que la literatura mexicana sí ha probado la brevedad como recurso estilístico. Un ejemplo serían los hai-kú de José Juan Tablada, pero también varios poemas en prosa de Juan José Arreola, Gilberto Owen y Julio Torri, las fábulas y cuentos de Augusto Monterroso (entre ellos el que se considera más breve de la historia, El dinosaurio), relatos de José Emilio Pacheco, etc. Por ello, es raro que el rock no haya recibido esa influencia.
Pero otro caso de canción breve en su letra es Suley Imaginaria de Lucerna Diogenis. En cuatro estrofas pequeñas, de imágenes apretadas, Lucerna desarrolla una canción de amor, aparentemente tradicional. Poética, pero tradicional. Sin embargo, en las líneas finales se trastoca todo, a la manera de Eclipse de Pink Floyd, pues todo lo que habíamos creído entender cambia, y sabemos entonces que esa mujer única, casi milagrosa en su poderío, en su cura del alma, ideal, en realidad no existe más que en la imaginación, en la necesidad. El título ya lo menciona; sin embargo, el tiempo que toma la interpretación de esas estrofas más bien misteriosas hace que uno lo deje de lado, y la sorpresa igual se logra. La canción recuerda la novela El caballero inexistente de Ítalo Calvino, pero sobre todo la canción Para una imaginaria María del Carmen de Noel Nicola. Sin embargo, la diferencia es que la esperanza, la fe absoluta de la canción de trova, no se mantiene en esta pieza de rock progresivo. Aquí sucede lo contrario: la pregunta final, casi imprecación, parece nacida del convencimiento de esa imposibilidad, que esa mujer-salvación simplemente no puede existir, no es terrenal. ¿La consecuencia de esto?: puro dolor, como lo expresa tan certeramente el desgarro final de la voz. La letra de Suley Imaginaria casi se limita al uso de la metáfora, además de su melliza: la prosopopeya. Esto hace que la letra parezca altamente influida por el Ultraísmo de Borges, Guillermo de Torre y otros poetas, que exponía esa figura retórica como la única realmente válida. Dichas metáforas, aparentemente sencillas, requieren un cierto esfuerzo para su comprensión total. La brevedad de la letra parece decidida, porque bastan esos ejemplos para entender el significado de una mujer así, el gran hallazgo de su presencia. El golpe que implica entender después que es sólo imaginaria, es el mismo del compositor. Por lo tanto, esto implica un indiscutible mérito formal. Así, este canto a la mujer imposible no se centra en la descripción de sus méritos —de ahí su brevedad—, sino en la de la fuerte necesidad de que exista, la falta de resignación, la frustración absoluta.
Pero además de todo lo anterior, la música de Suley Imaginaria tiene una relevancia todavía mayor, porque ésta sí que no es breve; al contrario, es quizá la pieza más experimental y progresiva que ha grabado Lucerna Diogenis, llena de detalles interesantes, como la introducción atmosférica del sintetizador, que recuerda Shine on you crazy diamond de Pink Floyd, o el paso a la melodía de guitarra electroacústica sola, arpegiada, que recuerda un poco la manera de Stairway to heaven de Led Zeppelin, y que una guitarra adicional, también electroacústica, poco a poco va adornando, para después reventar en un arreglo eléctrico, con un solo intenso. Esta estructura se repite, en un vaivén rítmico y emocional, hasta que se queda en un solo de requinto poderoso. Y ahí viene una coda en escalada descendente y ascendente de regreso, hipnótica, que recuerda Echoes de Pink Floyd, pero sobre todo una figura de The phantom of opera de Andrew Lloyd Weber, pero con sonidos progresivos de estudio al fondo, algunos no muy perceptibles. La voz de Jorge Meneses (se supone, al ser el compositor de la rola, aunque no se especifica en el disco) alcanza niveles muy notables de potencia y garra, además del complicado agudo final, al estilo del Ted Neely de Jesus Christ Superstar, otra vez de Lloyd Weber, algo que además Lucerna Diogenis explora en otras canciones.
Por todo esto, Suley Imaginaria es una de las mejores canciones del rock progresivo mexicano. Es decir, de las que tienen letra y música, porque en México el progresivo curiosamente se ha centrado mucho en lo instrumental.

miércoles, 19 de mayo de 2010

21. QUIERO HUIR

Letra y música: Jorge Meneses.
Intérprete: Lucerna Diogenis.
Disco: Nube.



Hazme acurrucarme
en la cama deshecha.
Quiero huir.

Madre, estoy aquí:
¿quién te lo pidió?
Quiero huir.

Quiero huir.
Tengo el lenguaje
de los dementes.
Quiero huir.

¿Te importa mi ansia,
mis manos amoratadas?
Quiero huir.

Familia, ¿valgo menos
que un televisor?
Quiero huir.

Quiero huir.
Y tú, pestaña larga, cerebro inútil,
hazme bañarme en soporíferos.
Quiero huir.

¿Crees que me contradigo,
que soy incoherente?
¡No! Quiero huir.

Sólo sé de finales,
y de tus uñas con mi sangre.
Quiero huir.

Quiero huir.
Pierdo la razón,
denme una navaja.
Quiero huir.

¿Y tienes el cinismo
de llorar por mí?


Cuando un autor auténtico compone desde la desnudez emocional, sin duda está corriendo un gran riesgo. Resbalar, sonar cursi o melodramático se vuelve muy factible. Por eso, es inmenso el riesgo que corre Lucerna Diogenis en Quiero huir. Esta rola es dolor puro, dolor hecho canción. Casi sin procesar, casi sin control. Una canción de alto riesgo, bien sacada adelante. Porque Quiero huir es impactante, una rola para llorar, para escapar al mismo tiempo que el grupo, a través de ella, escuchando ese lamento de intensidad inaudita. Es evidente la influencia de Nobody home, y (en el final) de Mother de Pink Floyd, quizás excesiva (además de la homónima de John Lennon, y otra suya: Nobody loves you (when you’re down and out)). Pero si se van a reflejar influencias tan claras, al menos el resultado debe estar a la altura, y en Quiero huir Lucerna Diogenis realmente conmociona, desgarra el alma de quien la escucha. Y lograr eso sin caer en lo sensiblero no es fácil.
Estructurada con frases cortas, al estilo de Azorín, pero desde el lenguaje poético, y sobre todo acudiendo a la interrogación retórica descarnada, sin concesiones, sin piedad, Jorge Meneses crea el mayor ejemplo de autodestrucción depresiva, esa que nos hace apagar las luces para pensar en quien no nos quiere, o embriagarnos para recordar en lugar de olvidar. Quiero huir es El grito de Munch, una canción cercana al Expresionismo, a los cuadros de Frida Kahlo, al martirio. Una rola que se canta cuando se toca fondo, cuando no se puede caer más bajo emocionalmente. En eso se acerca a Entre la guerra y la paz de Gerardo Enciso, Yer blues de los Beatles, y aun a Esta canción de Silvio Rodríguez en la trova, canciones que desglosan la caída interna, la absoluta derrota, como la del final de la novela Carpe Diem de Saúl Bellow, cuando el llanto estalla, la represa emocional no aguanta más. Si la rola comienza con una suavidad autómata, como tras un vidrio opaco, como vive quien ya no reacciona de puro dolor, de pronto se enciende, se acrecienta la amargura, el repaso de todo lo que ha creado esa condición: la indiferencia de la familia, una existencia que uno no escogió, la mujer que no sabe valorar la absoluta entrega, etc. Y la rola explota, llega a la cumbre del resquebrajamiento, del corazón roto, y sólo cabe ya el alarido impotente del cantante, ya sin control, sólo semejante al de Roger Waters de Pink Floyd en The final cut y Don’t leave me now, y Gerardo Enciso en Cadáver. Sin duda alguna, una rola que enchina la piel, porque está escrita desde la herida abierta, desde la fractura a flor de piel. Tal vez (junto a la mencionada Cadáver de Enciso) la rola más auténticamente conmovedora del rock mexicano, de una intensidad insuperable. Pero una vez más esa emoción verdaderamente estrujante no se impone al cuidado estilístico del autor. El lenguaje no es facilista. Es efectivo, inequívoco, pero no formalmente simple. De hecho, la técnica literaria que Meneses escoge es la del vitral, la del mosaico, la creación de un todo a través de pedazos sueltos que van develando de a poco su totalidad, su ligazón, al estilo de Rayuela de Cortázar, Pedro Páramo de Juan Rulfo o La feria de Juan José Arreola, pero aquí de manera más oscura y lírica, pues prácticamente no hay tono narrativo en los fragmentos. Este estilo hace sentir que la explosión interna del protagonista de la rola no es la primera; que ya la han precedido varias, con el mismo proceso desgarrado, masoquista, de repaso de la condición lamentable, patética, en que se encuentra. Y por lo tanto, tampoco será la última; se trata de un proceso de duelo, infinito, o por lo menos de larguísimo alcance. De ahí los cambios temperamentales que la voz y la música van sufriendo. Hasta el final, abierto, al estilo de Nobody home de Pink Floyd como ya dijimos, que encierra un reproche para el escucha, semejante al de la revisada Viaducto Piedad de José Elorza, porque todos somos responsables de ese dolor, así que nuestra reacción conmovida es sólo una mentira más. Un recurso estilístico eficaz, similar al que Lucerna ya usó en Suley Imaginaria, sorpresivo y contundente.
Pero si la letra de Quiero huir es impactante, la música y el arreglo son estremecedores. La melodía, de una cadencia tristísima, es melancolía pura en su inicio de guitarra electroacústica y sintetizador con sonido de cuerdas. Pero conforme crece la emoción de la voz, adquiere potencia dolorosa, justo cuando la batería enfatiza el ritmo, mientras surge uno de los requintos más perfectos del rock mexicano, de una precisión incomparable en las notas, la duración y los juegos de los dedos y la palanca de vibrato, igual que en la elección del efecto distorsionador de la guitarra, que la vuelve amplia, intensísima, pero a la vez suave, dulce. Y la voz de Jorge Meneses alcanza aquí un nivel impecable, tanto en los agudos altamente complejos como en los gritos desgarrados.
De este modo, Quiero huir no sólo es la obra máxima de Lucerna Diogenis, sino una rola cumbre de la emoción auténtica. Quizá la canción más conmovedora y desgarrada del rock nacional.