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jueves, 3 de junio de 2010

88. LOS INTELECTUALES

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Aventuras en el DeFe.



En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
Se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos,
pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos.

Los veías en los cafés, llenos de libros profundos,
y en eventos culturales olías conceptos rotundos.
Constantemente escribían poemas y cuentos cortos,
y aunque no los comprendían, se quedaban como absortos.

Si veías tal escritura, te sentías medio atontado,
porque con tal estructura te ibas bien apantallado.
No sabías si eran marcianos, mexicanos o europeos,
ángeles, diablos o enanos, cardíacos o prometeos.

Y así estos tipos extraños siempre estaban cavilando,
y hasta cuando iban al baño se la pasaban pensando.
Pensaban cuando comían, en la esquina, en el avión;
pensaban cuando dormían, pensaban en el camión.

Y entre tanto pensamiento, análisis y estructura,
decían conocer la neta y hasta también la locura.
Pero al llegar a su casa se liaban con su mujer:
sintiéndose de otra raza, nunca daban pa’ comer.

Ya que en un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.


Todos los que, de una manera u otra, trabajamos en el ámbito intelectual, nos hemos estremecido con esta bofetada de Rodrigo González, el Rockdrigo. Su canción Los intelectuales es absolutamente certera, como una bomba terrible. Siempre he querido saber qué experiencia pudo inspirarla, cómo se le ocurrió, qué desató este mazazo. Y varias veces he tratado de objetarla: que es injusta, que ya tenemos suficiente con la falta de oportunidades, que uno se esfuerza por acrecentar el uso de la inteligencia. Etcétera, etcétera, etcétera. ¿Pero saben qué?, es INAPELABLE. Simple y sencillamente inapelable. No sé por qué, pero siempre la relaciono con la frase del poema de Vinicius de Moraes: “para vivir un gran amor (…) hay que (…) saber ganar dinero con poesía”. Y yo, que aún no sé hacerlo, sigo sangrando con cada estrofa de Rockdrigo. ¿Qué lo llevó a ponerse “del otro lado”, uno que nunca reflexionamos, y que menos criticamos? No podremos saberlo, pero sí podemos apreciar de nuevo un arranque de originalidad, un mito derribado, una nueva máscara que cae. El mensaje es claro: quien sólo se queja, es cómplice, no víctima. No basta con padecer la incultura popular ni encerrarse en la inconexión con la realidad práctica. Rockdrigo lo decía: “ha llegado la hora de modificar las estructuras”. Quizá se hartó de ver cómo se rendían todos, se resignaban, se quedaban en la queja, y por eso creó esta pequeña terapia de shock, este electroshock. O mejor dicho, como buen rupestre, un acustishock. La explicación se perdió con él bajo las ruinas del terremoto de 1985.
La música de Los intelectuales es sólo un rocanrolito clásico en 4/4, y el toque más rupestre, más precario aún, es el sonido gutural que sustituye el inalcanzable trombón o saxofón. Porque la paradoja es que tampoco él daba mucho “pa’ comer”, también él padeció esa precariedad, y quizá la explicación más lógica es que, al final, y al estilo de John Lennon, todo es sólo una impecable, genial y despiadada autoironía.