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jueves, 3 de junio de 2010

90. TIEMPO DE HÍBRIDOS

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: El profeta del nopal.
También existe una versión del dueto
Callo y Colmillo, es decir, Nina Galindo y Roberto Ponce, grabada en Radio Educación. Y Nina la grabaría sola finalmente en el disco Antes del toque de queda.


Era un gran rancho electrónico,
con nopales automáticos,
con sus charros cibernéticos
y sarapes de neón.
Era un gran pueblo magnético,
con marías ciclotrónicas,
tragafuegos supersónicos,
y su campesino sideral.
Era un gran tiempo de híbridos.
Era Medusa anacrónica,
una rana con sinfónica
en la campechana mental.

Era un gran sabio rupéstrico
de un universo doméstico,
pithecanthropus atómico, era
líder universal.
Había frijoles poéticos, y también
garbanzos matemáticos
en los pueblos esqueléticos, con sus
guías de pedernal.
Era un gran tiempo de híbridos,
de salvajes y científicos
panzones, que estaban tísicos
en la campechana mental,
en la vil penetración cultural,
en el agandalle trasnacional,
en lo oportuno norteño imperial,
en la desfachatez empresarial,
en el despiporre intelectual,
en la vulgar falta de identidad.


La relación entre rock y Surrealismo ha sido más bien tangencial. Quizá fue John Lennon quien más la buscó, con canciones como I am the walrus, Glass onion, Come together o A day in the life, donde realmente hubo una serie de asociaciones cercanas a la escritura automática, que buscaba la verdadera expresión del subconsciente. Así que seguramente sería más lógico hablar de influencia surrealista, más que de canciones realmente surrealistas. No toda la gente entiende la diferencia, lo que explica que se incluyan en la misma lista lennoniana canciones que evidentemente tienen un “tema”, es decir, un claro uso de la razón, por más audaces que sean sus imágenes, como Lucy in the sky with diamonds, Strawberry fields forever o Being to benefit of Mr. Kite. Lo mismo podría decirse de la confusión del mismo André Breton, cuando afirmaba que Frida Kahlo era surrealista. La relación con el Surrealismo tampoco se dio demasiado en el rock mexicano. Quizá el caso más notorio es el grupo de canciones del disco Del surrealismo, la picaresca y el humor, de José de Molina y Los Nakos (ninguna logró quedar en la lista final, lamentablemente, pero hay canciones bastante buenas en este disco, como El asesino de la televisión, La modista, y las cercanas a lo surrealista Pasitas, y la ya mencionada Canto a tus vísceras).
Dentro de las canciones de influencia surrealista sobresale Tiempo de híbridos de Rockdrigo. La letra es muy original, una sucesión de metáforas formadas por elementos autóctonos o folclóricos por un lado, y por referencias tecnológicas por el otro; mezcla que crea imágenes insólitas, surrealistas, compuestas básicamente de esdrújulas enigmáticas, que recuerdan vagamente el poema La rosa de Hiroshima de Vinicius de Moraes, pero con carga menos obvia, y además, humorística. Estas metáforas, estos híbridos entre tradición local y futurismo ajeno encierran el tema de la rola: el gran híbrido en que se ha convertido México por el colonialismo cultural que padece ante los vecinos del norte. Esta nueva Conquista ha creado auténticos monstruos contradictorios y sincréticos; el acceso del tercer mundo a la tecnología, sin un auténtico desarrollo económico y educativo que lo acompañe, sólo ha propiciado una población de burros que tocan la flauta. Es decir, híbridos, absurdos, risibles. La antigua y asfixiante dependencia económica que Estados Unidos ata a nuestro cuello se ha extendido a lo cultural, pese a que el avance de la mano de obra hacia el otro lado significa también una velada reconquista de los territorios arrebatados (la tesis esperanzadora es de Carlos Fuentes, no tanto mía). Pero en todo caso el resultado de este trasvasije es lo que Rockdrigo retrata, con humor despiadado y originalidad innegable. Pero además, para ello se vale de un manejo del lenguaje muy destacado, de gran inteligencia, que esconde muy atinadamente su contenido como una bomba de tiempo, de tiempo de híbridos. Así, esdrújulas precisas, metáforas alucinantes y adjetivaciones estrambóticas se mezclan en una gran elipsis, en un intenso despliegue de recursos estilísticos ocurrentes y, para colmo, certeros. Quien pescó el fondo, que lo disfrute; quien no, se lo pierde, problema suyo.
Pero también la música es certera. También es un híbrido. La introducción está conformada por ascendentes figuras bitonales propias de la canción ranchera (similares a las de Renunciación, Plegaria guadalupana, Las rejas no matan, Un cancionero lloró, Que te vaya bonito y muchísimas más, y copiada después por Caifanes en La célula que explota). Pero inmediatamente la guitarra acústica rompe en un aporreo, y la armónica remata el salto a un ritmo de rock; en él se desarrolla el resto de la canción, hasta que el final retoma la figura ranchera. Es decir, también la música retrata el híbrido entre tradición folclórica e influencia extranjera (tengo clarísimo que casi toda música es de por sí un híbrido, incluyendo la ranchera y el mariachi). Es decir, Rockdrigo no hace una canción ranchera con letra de rock (como sí lo hace Jaime López en ¡Ay, que dolor vivir!), ni tampoco modifica una canción ranchera con música rockera o bluesera (como hace Betsy Pecanins en todo el disco El efecto tequila). No, aquí se trata de fusionar ambos espíritus totalmente, de crear un híbrido. No podría haber mayor concordancia entre letra y música. Y como en el mejor rock, sin moralina, simplemente reflexionando sobre una realidad, y expresándola con una búsqueda formal propia.

82. BIGOTE AZOTADOR

Letra y música: Roberto Ponce.
Intérprete: Callo y colmillo, es decir,
Nina Galindo y Roberto Ponce.
Disco: Sin editar en disco, grabado para
Radio Educación.


—¡Yo también!
—¡Yo también!
—¡Yo también!

—¡Yo también trabajo mucho, señor,
y usted todas las noches toma
su autobús, y no se da cuenta
que esto es una entrada de coche!
—¡Yo también trabajo día y noche!
—¡Bigote azotador,
quita tu portafolio, deja pasar!,
me voy a guillotinar…
—¡Yo también trabajo mucho, señora,
doce horas en la oficina!
De tarde en tarde no me falta alguna nena que me dice:
“oye, vamos a una cantina”.
¡Yo también hago pan de harina,
y la llamo “vieja loca”,
pues le toco el claxon y no deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!

—¡Yo también hago pan de harina,
y la llamo “vieja loca”,
pues le toco el claxon y no deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!
—¡Yo también trabajo mucho, señor,
tengo que cuidar a mis hijos!
—Cada noche, cuando entro en la cama, oigo que mi esposa tiene ganas de…
—¡Yo también trabajo a más no poder!
¡Bigote azotador,
quita tu portafolio, deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!


Igual que Jaime López en la recién revisada Chilanga banda, Roberto Ponce da una muestra de juego de ingenio y lenguaje en la canción dialogada Bigote azotador. En este caso, la estampa urbana es la típica discusión neurótica de automovilistas y peatones en la ciudad de México. En esa lucha de poderes y géneros, se cae en el más ridículo de los infantilismos, tratando de ser a toda costa el que tiene razón: “¡Yo también!”, se repite en una segunda línea sonora al fondo, a lo largo de toda la letra. Es decir, “¡yo puedo más!”, “¡yo merezco más!”, “¡yo necesito más!”. Y para subrayarlo, se acude a su otra cara: “¡usted no puede!”, “¡usted no merece!”, “¡usted no necesita tanto como yo!”. Y el colofón es ese “¡yo también!” en ping pong sordo, de los que nunca se ponen en los zapatos del otro. Hasta que, ante la falta de argumentos, sólo cabe la descalificación, también ridícula, del pugilato citadino: “¡vieja loca!” vs. “¡bigote azotador!”. De carcajada. Pero una carcajada que se congela en la boca, cuando entendemos cuánto nos salpica la caricatura, cuando esa mascarada de intolerancia y miseria ética encaja perfectamente en nuestras caras. Y de pronto vemos nuestros propios rasgos en los esperpentos.
Pese a la curiosa decisión de dejar en la voz de Nina Galindo los diálogos de ambos personajes, y que Roberto Ponce sólo haga los “¡Yo también!” y discretos coros al fondo, la disputa se capta plenamente. La melodía, vivaz y simpática de rock'n'roll simple, sostenida en la guitarra de Ponce, más el sonido bilabial del intermedio, imitando un sax o un trombón, muy al estilo rupestre (como ya vimos en Los intelectuales de Rockdrigo) atizan el humorismo inteligente de la canción, sin duda una de las más originales del rock mexicano.