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martes, 1 de junio de 2010

70. MÍRAME DESAPARECER

Letra, música e intérprete: Roberto Ponce.
Disco: Sin editar en disco, grabada en vivo para Radio.
También existe la versión de
Nina Galindo en su disco Brindis por un difunto, y la de Gerardo Enciso en su disco Tarará, ambas con ligeros cambios en la letra. Sin embargo, considero que la más lograda es la del autor, pese a lo precario de la grabación.


Nunca creí que aquella noche en que te conocí
mi vida quedaría sellada hasta el fin,
ya que el revolver que en mi almohada cuidaba de mí
mataría el amor.

Me diste un Judas en la orilla del camión aquel,
y algo partió mi palpitación.
Ya mis amigos advirtieron cuidarían de mí
si me clavabas.

Hoy mírame
desaparecer.
Podría vivir, pero estoy muy joven, y no quiero.
Mírame
desaparecer.
Podría vivir, pero estoy muy joven, y no quiero.

La ventanita de la esquina se negaba a abrir,
y en la vinata “Don Benito” no quería salir.
Ya mis amigos me llevaban a mi carpa,
arrastrando las cobijas.

Nunca pensé que en la botella te podría olvidar;
más bien lo que quería era volverte a encontrar.
Y lo que hallaba en la almohada si podía dormir
era un revolver.

Por eso mírame
desaparecer.
Podría vivir, pero estoy muy joven, y no quiero.
Mírame
desaparecer.
Podría vivir, pero estoy muy joven, y no quiero.

Esta mañana, muy temprano, decidí salir,
y fui con mis amigos para hablarte al fin.
No nos abriste, y me alejé para llamar tu atención
con tres plomazos.

Ya mis amigos regresaban al terreno aquel,
gritando: “¡es inútil, no te va a recibir!”.
Jalé el gatillo una y otra y otra y otra y otra vez,
hasta caerme.

Mírame
desaparecer.
Podría vivir, pero estoy muy joven, y no quiero.
Oh, mírame
desaparecer.
Podría vivir, pero estoy muy joven, y no quiero.
Mírame…


Antes señalé que el rock rupestre buscó una nueva manera de cantar el amor, con un nuevo lenguaje y una nueva sensibilidad, sin excluir el deseo, el humor, la reflexión social, etc. Pero como toda renovación, conservó el espíritu romántico: sólo buscó reformularlo, alejado del kitsch y los facilismos comerciales. Por ello, cuando se habla de espíritu romántico nada tiene que ver con la sensiblería o cursilería, sino con su definición original, la de Goethe, Novalis, Hölderlin, Byron, Sand, Delacroix, Espronceda, Chopin, Musset, Shelley, Liszt, Wagner, etc. Es decir, la vinculada a la exaltación de las emociones todas, incluyendo no sólo el amor, sino también el terror, la noche, los sueños, el suicidio, etc. Así, Mírame desaparecer de Roberto Ponce es una especie de Werther del rock mexicano. La tragedia del amor no correspondido es insoportable para el amante romántico. Y si la aparición del Werther de Goethe desató una oleada de suicidios entre sus jóvenes contemporáneos, Roberto Ponce nos narra un espíritu atormentado del mismo estilo, sólo que actual. Si Jean Paul Sartre dice que “el infierno son los otros”, para el hombre romántico el infierno es la otra, siempre inaccesible. Ponce nos hace sentir vívidamente ese infierno, la alteración emocional que se va apoderando del personaje hasta su caída. El gran aporte de originalidad se expresa en la frase enigmática del estribillo: “podría vivir, pero estoy muy joven, y no quiero”. ¿Cómo es eso? ¿Acaso cuando muere alguien joven no suele decirse que, justo por su juventud, es una lástima su muerte? Pues decimos eso porque nos hemos tragado el paradigma judeocristiano de la muerte, que la ve como pérdida, en total contradicción con su propia idea de vida eterna y de recompensa al llegar al lado de Dios (a pesar del gran sincretismo que provocó la herencia prehispánica, que ha teñido absolutamente la idea de la muerte en México, como han analizado y recreado Paul Westheim en La calavera, Claudio Lomnitz en Idea de la muerte en México, Eduardo Matos Moctezuma en Muerte a filo de obsidiana, Octavio Paz en El laberinto de la soledad y Posdata, Juan Rulfo en Pedro Páramo, etc.). Pero Roberto Ponce rompe con dicho paradigma: como se es tan joven, falta demasiado infierno para seguir viviendo, para poder soportarlo, porque como diría el personaje de El principio del placer de José Emilio Pacheco: “si (…) esta que vivo es ‘la etapa más feliz de la vida’, cómo estarán las otras, carajo”. La visión auténticamente romántica vs. la visión judeocristiana. Para expresarla, Ponce acude a un estilo literario directo, pero que igual contiene un manejo de la elipsis, sobre todo al darle al lenguaje del protagonista un tono opaco, sin matices, que refleja el total desconcierto y la distorsión emocional, la obsesión, resumidos en la brillante frase antes citada.
La música de Mírame desaparecer es sencilla, de nuevo a guitarra acústica limpia (más otra de Héctor Cruz, improvisando un requinto), muy bien ejecutada, y la melodía es casi un circulo de tonos menores. Pero esta sencillez se equilibra con la voz de Roberto Ponce, desgarbada, casi aturdida, que se condice totalmente con el desequilibrio del personaje (algo de lo que falta en las otras versiones), y entonces la rola surge profundamente sentida, desgarrada, conmovedora. Catarsis pura para el rechazado.