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viernes, 4 de junio de 2010

91. SÓLO LA LLUVIA

Letra, música e intérprete: Rafael Catana.
Disco: Polvo de ángel.



Ella se desnuda como una ola,
mientras el radio suena,
y mi cuarto parece porche,
estacionamiento de corazones
en donde cruza el amor.

Ella se desnuda, y yo soy una rocola,
un camino de polvo,
Pedro Infante de pelo largo,
y el radio suena.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.

No llores muchacho, no llores.
No lloren muchachos, no lloren.

Tal vez, atrapado en la sombra,
ella se vaya sin avisar.
Aquí no es la terminal:
es el camino de la vida y de la muerte,
la muerte en la ciudad.

Ella se desnuda, y yo soy una rocola,
un camino de polvo,
Pedro Infante de pelo largo,
y el radio suena.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.
Sólo la lluvia, la lluvia
en la ciudad.

No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.
No llores muchacho, no llores.


En esta balada-rock Rafael Catana, uno de los mejores letristas mexicanos, nos da su propia visión del rompimiento amoroso. A pesar de su coincidencia en la marginación, pues da la impresión que la pareja forma parte de la juventud más contracultural, las diferencias propias de los géneros ante la cultura imperante llevarán a la separación final. No obstante, no se explica demasiado la causa; sólo se sugiere, y la letra se centra en que, si en pareja cuesta resistir los embates de la deshumanización citadina reinante, a solas todo empeora. Ahora habrá que seguir llorando, pero solos. Como siempre, Catana maneja impecablemente la elipsis, y es a través de los indicios que podemos encontrar la plenitud del significado y la riqueza poética de la rola, porque sabe ocultar cuidadosamente su trasfondo, para no obviarlo. En Sólo la lluvia es a través del retrato de la pareja primero, pero sobre todo del protagonista después, que podemos entender su contexto, sin que se nos tenga que decir plenamente, gracias al control de los indicios del autor. Con gran sabiduría, Catana maneja este estilo bien graduado, contenido, para elevar la belleza poética de la canción. La frase “aquí no es la terminal: es el camino de la vida y de la muerte”, funciona casi como moraleja, la tabla reflexiva para los náufragos del amor, que tan acertadamente analizó Jaime Sabines en su famoso poema Los amorosos. De esta manera, Rafael Catana nos entrega en Sólo la lluvia una rola muy sensible, para añorar a la mujer perdida con la luz apagada del cuarto al alba, porque todo rockero mexicano es justo lo que dice, al menos interiormente: un “Pedro Infante de pelo largo”, sufriente, trágico y entregado, aunque sea por distorsión idiosincrásica.
Como en toda balada-rock, la melodía de Sólo la lluvia es cálida y sin muchas ambiciones, pero la voz rasposa de Catana, más el requinto profundo de José Luis Domínguez (guitarrista de Cecilia Toussaint desde el grupo Arpía) le dan ese toque rocanrolero que perfila a los personajes como miembros de la subcultura urbana. El final en fade-out de la letra, repitiendo una y otra vez “no llores, muchacho, no llores”, desvaneciéndose hasta dejar solos a los instrumentos, magnifica la melancolía del tema, para cerrar el círculo de la catarsis, como una analogía del amor que se va, que se ha perdido para siempre.

miércoles, 26 de mayo de 2010

50. DAMA EN LA CARRETERA

Letra, música e intérprete: Rafael Catana.
Disco: Polvo de ángel.



Conocí a John Reed
por la ventana del tren.
Era noviembre.

Saludé a John Reed
desde mi bicicleta.
¡Caray, tus piernas!

Arriba de un vagón grande
por la carretera,
una mujer cualquiera
te hablaría de amor,
te hablaría de amor.

Saludé a John Reed
desde mi ventanilla.
Muro de arcilla
es mi país.

Mujer, mujer,
cereza loca.
El mar viene,
te toca.

Y arriba de un vagón grande,
por la carretera,
una mujer cualquiera
te hablaría de amor,
te hablaría de amor.

Un Ford ’20,
un villista, una canción.
Comenzó la guerra.
Un Ford ’20,
un villista, una canción.
Comenzó la guerra.

Conocí a John Reed,
por la ventana del tren.
Era noviembre,
era noviembre,
era noviembre,
era noviembre…


Junto a Jaime Moreno Villarreal y Jaime López, Rafael Catana es el mejor exponente de la letra elíptica, que connota mucho más de lo que denota. Ya sea en solitario, o en letras que musicaliza Armando Rosas (como Mi más viejo amor o la extraordinaria Cisne), Catana escribe verdaderos poemas, complejos, llenos de imágenes cautivadoras, crípticas, con figuras retóricas muy osadas, novedosas y profundas, que requieren no sólo un gran esfuerzo interpretativo, sino en muchas ocasiones un nivel cultural importante. De un compositor de tan altos vuelos no es raro escuchar el peregrino calificativo elitista. Me parece que un adjetivo de esta naturaleza no hace sino descalificar, certeramente, el nivel del que lo emite. Ni Catana ni cualquier otro artista tienen la culpa ni la responsabilidad por la deficiente formación de quien los escucha. Al contrario: quienes cumplen las peticiones de “pan y circo” de un público limitado e ignorante, o que se convierten en la rocola que satisface sus inevitablemente pobres expectativas, sí que contribuyen a que no puedan pasar de ese estado.
Dama en la carretera es una de esas canciones que requieren un antecedente cultural para su total comprensión y valoración. En ella, Rafael Catana nos narra las semejanzas entre el México que describió el gran periodista estadounidense John Reed en su libro México insurgente (y que el cineasta Paul Leduc retomó tan certeramente en su película Reed: México insurgente), y el país actual, a partir de sus paisajes en un viaje en tren, y sobre todo de una mujer. Sin dejar claro si la obra de Reed la está leyendo al mismo tiempo el narrador en su viaje, o si se trata de su recuerdo, renovado ante esos nuevos estímulos visuales, lo cierto es que la vigencia de ese México antiguo, su raíz, se manifiesta totalmente viva; más que actualizada, detenida en el tiempo. Seguramente esas llanuras como “muro de arcilla” que ve el protagonista, despiertan esa sensación del México de la época de la Revolución, que John Reed relató desde dentro, por el tiempo que pasó con los villistas. Así, Rafael Catana nos sugiere que ese México sigue vivo, quizá más allá de esos paisajes y esa mujer enigmática. No se mete con el tema, pero muchas de esas condiciones de abuso caciquil no han cambiado mucho, como se sabe al internarse en la historia oculta en Chiapas u Oaxaca. Por ello, ¿por qué habría de cambiar su contexto orográfico, natural? ¿Acaso el Zapatismo revolucionario del EZLN —apoyado, entre muchos rockeros, por Catana— no es una reactivación de la misma sed de justicia, ante los mismos abusos que niegan una y otra vez los gobiernos priístas y ahora panistas? La canción, como dije, no lo sugiere abiertamente, pero la sensación de que ese país que John Reed vivió emerge al primer descuido, permanece, pues no ha sido superado por la historia.
El estilo de Rafael Catana en esta letra es simplemente extraordinario. La manera en que, con unas líneas casi cerradas, logra tal contenido, es magistral, una lección de economía verbal, de manejo de las alusiones, del control de la línea narrativa oculta. En términos de los clavados olímpicos, se trata de una letra con “alto grado de dificultad”, porque Catana escoge la sugerencia antes que la enunciación. Pocos compositores exigen tanto del escucha, lo hacen tan partícipe del proceso de creación de la rola. Además, el tema mismo es de una originalidad impresionante, sólo equiparable a la de Botones de Jaime Moreno Villarreal. La diferencia con ésta (que ya analizaremos ampliamente en su momento), es que Dama en la carretera es totalmente lírica, permanece fiel a ese espíritu, no se acerca a la canción narrativa propiamente dicha. Permanece su sentido de poema, de pincelada breve y sustancial. Esa originalidad, más las imágenes literarias que emplea Catana, le imprimen a la canción un aire muy moderno, vanguardista.
La música de Dama en la carretera es increíblemente simple, de dos acordes (más alguna derivación de puente), quizá la más sencilla de toda esta lista. Sin embargo, el arreglo es extraordinario, justo porque le saca un jugo insospechado a una pieza de estas características. La guitarra electroacústica de 12 cuerdas, tocada por el poco valorado músico progresivo Juan Valdez, le imprime un sonido muy grato, de agudos penetrantes, pero que no irritan; al contrario, le imprimen tibieza, como un vapor sonoro muy disfrutable. Los solos de guitarra eléctrica, tocados por José Luis Domínguez (guitarrista habitual de Cecilia Toussaint, como ya mencionamos) son impecables, le dan los matices y énfasis necesarios a las variaciones de la canción. La voz tan particular de Rafael Catana, áspera, rasposa, surge con mucha precisión, arropada por los coros femeninos que acompañan el final de la rola.
Por todo ello, Dama en la carretera demuestra, sin lugar a dudas, que una buena canción es, simple y llanamente, una obra de arte.

martes, 18 de mayo de 2010

14. CISNE

Letra: Rafael Catana.
Música: Armando Rosas.
Intérprete: Armando Rosas y La Camerata Rupestre.
Disco: Tocata, fuga y apañón.



La radio dice que un menor
comió aserrín en carretera,
que el mal humor lo consumió,
que hizo buches de cerveza,
y una voz caguama juega
el balero en un rincón.

Y una frecuencia de novatos
maúlla rock toda la noche;
unicornio de humo es mi cigarro;
gatos en coche, por la noche.
Unicornio de humo es mi cigarro;
gatos en coche, por la noche.

Ella es delgada como un Dios,
un cisne blanco en la azotea,
velocidad en el cartón,
en un anuncio de cerveza,
y cuenta la balada que ella
conoce bien el amor.


Las colaboraciones entre los músicos de rock mexicano se dan mucho más como instrumentistas o en segundas voces que a la hora de componer. Así, está la colaboración de Cecilia Toussaint, Jaime López, Francisco Barrios El mastuerzo y Gerardo Aguilar de Mamá-Z con Trolebús, la de Eblén Macari y Jaime Moreno Villarreal con Arturo Meza, la de Betsy Pecanins con Guillermo Briseño, la de Briseño y Alejandro Lora de El Tri con Botellita de jerez, la de Fausto Arrellín de Qual con Lucerna Diogenis, la del mismo Arrellín, Jaime López, Juan Valdez y Nina Galindo con Rafael Catana, la de la misma Nina con Roberto González, la de Gerardo Enciso con Armando Palomas, la del grupo Tránsito con Carlos Arellano, además de todo el disco La jauría de este último con diversos músicos, como ya vimos, y un muy largo etcétera. Un caso emblemático de esto es la canción A Rodrigo (un aplauso al corazón) de Guillermo Briseño, lo más cercano a We are the world que ha dado el rock mexicano (pero mucho más artístico e inteligente, sin duda alguna), como homenaje a Rockdrigo tras el terremoto del 85, en la que paradójicamente colaboran más bien músicos de la trova y el Canto nuevo, como Tehua, Carlos Díaz Caíto, Eugenia León, Amparo Ochoa y Margie Bermejo, porque los rockeros que invitó (salvo Betsy Pecanins) nunca terminaron de acordar su colaboración, para el hartazgo de Briseño. Y también hay que mencionar los discos de homenaje, con versiones de diferentes músicos reconocidos a rolas de un mismo autor, como un par dedicados al mismo Rockdrigo (sobre todo A ver cuándo vas…, grabado por los rupestres), el reciente La chava de la Martín Carrera dedicado a León Chávez Teixeiro, Antes de que nos olviden dedicado a Caifanes, Tri… buto dedicado a El Tri, e incluso discos en que los rockeros pop homenajean a baladistas comerciales, como los dedicados a José José, Rigo Tovar y Juan Gabriel. Pero como dije, a nivel de la composición misma se ha dado poco la colaboración, en un medio un tanto dado a la grilla, la zancadilla y los resentimientos. Entre los pocos casos sobresalen ¡Ay, mis hijos!, compuesta por Jaime Moreno Villarreal, Guillermo Briseño y Alejandro Lora, la ya revisada Violencia, drogas y sexo de los dos últimos, El botellazo de los dos primeros, La soga de Roberto González y Jaime López, De carne y hueso del mismo López y Emilia Almazán, además del trabajo entre hermanos de Lucerna Diogenis y Mamá-Z, y el más grupal, en bandas como Tierra baldía, MCC, Real de Catorce y Botellita de jerez.
Pero una de las colaboraciones más interesantes se ha dado entre Rafael Catana y Armando Rosas. Más que trabajar juntos, Rosas ha musicalizado letras que Catana le ha dado para ello. Y entre los resultados están Quizás y Mi más viejo amor. Pero sin duda la mejor canción escrita entre ambos es Cisne. Esta letra de Rafael Catana es un auténtico poema de altos vuelos, en el que sobresale el extraordinario manejo de la elipsis, y el consiguiente control de las alusiones y los distractores. Desde la primera línea, la mezcla cuidadísima de elementos opacos y claros llevan al que lee la letra por un sendero de imágenes desafiantes y modernas, pero al mismo tiempo familiares, cercanas. Al más puro estilo rupestre, tanto las prosopopeyas (“la radio dice”, “una voz […] juega el balero en un rincón”, etc.) como la metáfora de de la primera estrofa (“voz caguama”, que juega inteligentemente con la ambivalencia semántica del término, referida por un lado al tamaño, pero por otro al estado etílico que puede tener) se arman combinando sustantivos y adjetivos modernos y urbanos, con verbos y otros sustantivos más tradicionales, lo que provoca una riqueza poética notable, novedosa. Y lo mismo sucede en las otras dos estrofas. De este modo, Rafael Catana muestra un estilo literario muy trabajado, de elecciones muy precisas, que permiten la expresión emotiva y el fondo inteligente, propios del tema de la rola: la añoranza de la persona amada, ahora no a través del canto al piano, como en el caso de Se decolora de Jaime Moreno Villarreal (rola muy cercana en espíritu, calidad y tema), sino de la evocación que despierta otra canción, escuchada en un auto, en un paseo nocturno. Como podemos ver, la anécdota es mínima, y sin embrago, Catana logra describir el proceso anímico, nostálgico del protagonista, y devela así el verdadero fondo trascendente de la rola: la sobrevivencia digna y hermosa del amor aun en los contextos citadinos de cotidianidad áspera, difícil. Y lo más importante: expresada a través de una forma poética elaborada y estilísticamente propositiva, fresca, nueva.
Por su parte, Armando Rosas crea una música muy dulce y conmovedora para arropar la letra de Cisne. Decide que la melodía, circular, no desemboque en un estribillo, sino que una figura melódica fija introduzca primero, y luego divida las estrofas cantadas, alejándose así de la balada-rock tradicional, lo que imprime un aire mucho más moderno a la canción. Además, por la instrumentación propia de La Camerata Rupestre, dicha figura se acerca más al arreglo de rock sinfónico, sin serlo plenamente, basado, primero, en una flauta traversa, y luego en el violín, mientras el cello y la guitarra acústica sostienen el andamiaje de la melodía. Al final, crea una derivación de la misma melodía, incorporando notas que derivan y entrecortan la figura principal sin deformarla, y apuntalan el ritmo, al estilo de los Beatles en Strawberry fields forever, por ejemplo. Y al igual que en otras canciones delicadas de Rosas, como Tu boca, El papalote o la ya revisada Herraje, Armando controla mucho más la voz, la suaviza atinadamente, para hacerla más adecuada para el sentido del tema. El resultado de todo esto es una canción preciosa, tersa, dulce y cálida como pocas. Una obra maestra del talento y el trabajo compartidos. Así, con Cisne Rafael Catana y Armando Rosas le dan una gran lección a los compositores comerciales: una canción de amor auténtico, profundo y hondo, puede expresarse con verdadera inteligencia y belleza, sin lugares comunes ni facilismos.