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miércoles, 26 de mayo de 2010

54. AL ROJO DE LA TARDE

Letra y música: José Cruz.
Intérprete: Real de Catorce.
Disco: Tiempos obscuros.



Al rojo de la tarde,
se eleva una silueta,
murmura una tonada.
La llave está en la puerta.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.

De notas desgarradas,
su sangre lleva ríos,
el llanto se le escurre,
sus manos son de vidrio.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.

El moño azul
de un gato viejo
le prende al pecho algún recuerdo.
Rueda profundo,
tocando un solo.
Le pinta el pelo un muerto sol.

La noche se amortigua
al tibio de su cuerpo,
se hiela su cintura,
la música huye lejos.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.

El moño azul
de un gato viejo
le prende al pecho algún recuerdo.
Rueda profundo,
tocando un solo.
Le pinta el pelo un muerto sol.

Al rojo de la tarde,
se eleva una silueta,
murmura una tonada.
La llave está en la puerta.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.


En Al rojo de la tarde, Real de Catorce nos regala una balada-rock deliciosa. La letra es casi una estampa, una instantánea de una mujer vespertina sacando toda su pena mientras toca en el piano alguna canción dolorosa. Mientras busca el olvido, que es lo único imposible, según Jorge Luis Borges. La letra es tan delicada, con unas pretensiones tan cercanas, tan íntimas, que resulta de una calidez enormemente disfrutable. Aquí no se busca agotar la psicología de la protagonista, ni explorar sus recovecos emocionales. La intención es sentir su pena, compartirla, o mejor aún: que esa pena nos resulte tan familiar, tan nuestra, que el alivio lo sintamos nosotros, ya que la protagonista no lo tiene al alcance. En ese sentido, pese a que no se trata de ninguna manera de una canción optimista —al contrario—, sí se diferencia del estilo común del blues de Real de Catorce. Eso no quiere decir que no existan más ejemplos así en su obra: pienso en Malo, Sostente de pie o Toca un rock’n’roll, canciones que, ya sea por la ironía o un dejo de esperanza, se van más por la línea del regocijo. Al rojo de la tarde parece concentrarse, sin decirlo, en el alivio que esa canción al piano dejará al final en la protagonista. ¿Por qué lo digo?, porque la música no conserva ese tono lóbrego.
La música de Al rojo de la tarde incluso posee ciertas líneas melódicas del número de cabaret, sólo que el arreglo eléctrico impide notarlo. Su parentesco más evidente se da con cierto rock’n’roll de los cincuentas y sesentas, al estilo de When a man loves a woman de Percy Sledge, ciertas canciones de Temptations y Jimmy Ruffin, y de manera más reciente, Oh, Darling de los Beatles. Obviamente, la esencia bluesera y rockera más moderna de Real de Catorce hace que de esas influencias no queden sino pálidas reminiscencias, en algunas armonías. Como sea, la melodía de Al rojo de la tarde es mucho más cálida que melancólica, o quizá se trate de una melancolía más liviana, menos dramática. Aunque esto pareciera indicar una incongruencia entre letra y música, en realidad se traduce en un espíritu catártico, que al final define a la canción. El solo de guitarra de la introducción, a cargo del desaparecido José Iglesias —sin duda uno de los mejores guitarristas de la historia del rock mexicano—, se ha convertido en un clásico. La voz de José Cruz, inexplicablemente cuestionada por algunos críticos, aquí alcanza uno de sus niveles más altos, arropada por los estupendos coros de la invitada Baby Bátiz. Un sólido solo de teclado intermedio apuntala la fuerza de la rola (aunque yo hubiera preferido un piano clásico), y la intensidad vocal del final remata la gratísima sensación de catarsis ya mencionada.
De esta manera, Al rojo de la tarde es una canción de melancolía deliciosa. ¿Contradicción? Los masoquistas del alma lo entenderán...

jueves, 20 de mayo de 2010

30. UN MEDIODÍA TRISTE

Letra: José Cruz.
Música: José Cruz y Fernando Ábrego.
Intérprete: Real de Catorce.
Disco: Tiempos obscuros.



“Un mediodía triste, viendo el lomo gris del metro
aplanando la banqueta,
mientras derrite el asfalto un sol blanco y voraz”.

“Pasan los delfines como almas en pena,
consortes de la muerte que se sube al mundo sin pagar boleto.
El viento aúlla canciones flacas.
Gente hay una peste, como esperando a Cristo.
Cristo está sentado seguramente
en la tercera fila de un burlesque”.

Hay un bar pequeño,
con la esquina verde,
afuera dormita un organillero.
Tiene espesas cejas
y babea alcohol:
lo cubre la sombra de un ángel bluesero.

Poco movimiento,
es temprana hora.
La ciudad no muestra su cara granosa,
supurante y roja,
sus pelos al pecho,
ni su carne floja.

“La tarde se sienta en el centro viejo,
se baja las medias corridas y sucias,
menea sus pestañas de mujer nocturna
y deja caer la noche al abrir las piernas”.

“Podrías morir de una enfermedad que usa placa y corriente eléctrica,
o sumergido en una plácida niebla de opio,
o montado en las cálidas carnes de una mujer fenicia.
Podrías morir un día cualquiera,
la hora poco importa,
¡son tiempos obscuros,
escucha atento a las sirenas!”.

De una madriguera
surge la pandilla,
por usar espuelas todos son buscados.
Como la marea
de un mar iracundo,
van cubriendo tramos de calles ajenas.
Embarran los muros
de pintura roja;
hay una emoción que fricciona el aire.
Aún no crecen flores en el pavimento.
La ciudad se ha vuelto una novia amarga.

Tengo tres preguntas,
responda el primero:
¿quién mató la noche?,
¿quién abrió la puerta?,
¿descifró este sueño
y se ocultó en el alba?

Ya mencionamos la mitología del arrabal que emplea José Cruz, figura principal de Real de Catorce, con referencias exóticas y poéticas. Quizá Cruz ha sido el único rockstar mexicano auténtico, galán, maldito y talentoso, como una mezcla de Byron y Rimbaud con Jim Morrison y Bono de U2 (sin la carga comercial de este último, y totalmente tirado al blues, sin dejar de explorar otros ritmos, como ya mencionamos). Pero si hay muchas canciones donde se mira este exotismo maldito, sin duda la más representativa, la más extrema, es Un mediodía triste. Aquí, esa mitología se muestra en su expresión máxima, al estilo de Una temporada en el infierno de Rimbaud, Los cantos de Maldoror de Lautrèamont o Las flores del mal de Baudelaire, y aun las Narraciones extraordinarias de Poe. Por Un mediodía triste resuenan la blasfemia, la alegoría sexual cruda, los seres marginales, la ciudad perdida, comparaciones y metáforas ácidas, alternando canto y recitación, para cerrar todo con las desgarradas interrogaciones retóricas de la estrofa final. Un auténtico resumen y testamento de la obra de Real de Catorce y de José Cruz, ahora caído en lamentable desgracia de salud. Una rola muy intensa, ambiciosa, pese a que su melodía es un círculo en tono menor, más o menos simple, muy bluesero. Una postal del lado oscuro, nocturno, oculto capitalino, y sus criaturas olvidadas, miserables. En este caso el exceso es asumido, intencional, porque la ciudad misma lo es: su caos, su falta de límites, su impunidad, su muerte a la vuelta de la esquina. Cada línea nos devuelve esa realidad que omiten los discursos oficiales. Un mediodía triste es una ciudad perdida, un suburbio, una favela. La más clara demostración de que la Ciudad de México lastima, duele en el alma.
Como ya dijimos, la música se basa en un círculo en tono menor. Pero Real de Catorce experimenta, juega con él: lo vuelve lento, lo acelera, introduce una guitarra distorsionada, rechinante, agudísima, unos teclados intensos y reafirmantes, con sonido de metales y cuerdas, y un solo de saxofón sensual, de arrabal, pero desgarrado. Por su parte, la voz de José Cruz también explora, pasea, se desgañita en un grito o se vuelve casi ronroneo en su lamento, en su caída emocional.
Sin duda en Un mediodía triste Real de Catorce se explaya, se arriesga al máximo. Quizás a algunos les irriten sus excesos, pero resulta imposible no admirar el esfuerzo de alcanzar la canción total, límite, tanto en su ambición poética, como en la variedad de su arreglo.