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viernes, 4 de junio de 2010

102. CIPRIANO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ (bonus track)

Letra y música: León Chávez Teixeiro.
Intérprete: Gabino Palomares.
Disco: Fabricando la luz.
Obviamente también existe la versión del autor, que puede apreciarse en el CD
De nuevo otra vez, pero en mi opinión esta versión supera a la original. También existe una reciente versión de Roberto González, en el disco homenaje a Chávez Teixeiro llamado La chava de la Martín Carrera.


Cipriano Hernández Martínez
se volvió a levantar,
dizque se desayunó
y se fue a trabajar.
Cuando llegó al lugar
le pidió a su patrón
que le aumentara el jornal.
Su patrón se le negó:
“Las cosas andan muy mal…
Cipriano Hernández Martínez,
te aumentaré tu jornal
si me señalas muy bien…
si me señalas muy bien
quién me va a alborotar”.

Cipriano Hernández Martínez
se volvió a levantar,
dizque se desayunó
y se fue a trabajar.
Cuando llegó al lugar
se encontró a Juvenal.
Juvenal era un hombre,
era un hombre muy cabal.
Juvenal era un hombre,
era un hombre muy cabal.
“Cipriano Hernández Martínez”
—lo invitaba Juvenal—,
“únete al movimiento,
únete al movimiento,
la huelga ya va a empezar,
la huelga ya va a empezar”.
Cipriano Hernández Martínez
le replicó a Juvenal:
“las huelgas no dejan nada,
las huelgas no dejan nada.
Siempre que llego a mi casa
encuentro bocas que llenar.
Siempre que llego a mi casa
encuentro bocas que llenar”.
“Cipriano Hernández Martínez,
¿cuándo podrás entender
que lo que gana el patrón
más la limosna que da
lo fabricamos los hombres
que te invitan a luchar,
lo fabricamos los hombres
que te invitan a luchar?”.
Cipriano Hernández Martínez
se largó a emborrachar,
a visitar al patrón,
a acusar a Juvenal.
Y le pegó a su mujer,
y a sus hijos traicionó.
Y le pegó a su mujer,
y a sus hijos traicionó.
Cipriano Hernández Martínez
le tenía miedo a su patrón.
Cipriano Hernández Martínez
había vendido su valor.

Cipriano Hernández Martínez
se volvió a levantar,
dizque se desayunó,
y se fue a trabajar.
Cuando llegó al lugar,
los soldados se llevaban
al valiente Juvenal,
los soldados se llevaban
al valiente Juvenal.
Cipriano Hernández Martínez
le replicó a Juvenal:
“las huelgas no dejan nada,
las huelgas no dejan nada,
ahora te van a matar
ahora te van a matar”.
Juvenal era un hombre,
era un hombre muy cabal:
“¡Me van a morir,
jamás nos matarán!
“¡Me van a morir,
jamás nos matarán!
¡Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos, vamos
a regresar!”.


A diferencia de los dos casos anteriores, con Gabino Palomares no cabe duda: pertenece al ámbito de la trova, no del rock. Sin embargo, pese a que compartía la peregrina crítica con que los trovadores atacaban al rock, al final comprendió —al menos en la práctica, por este y el siguiente caso que veremos— que los músicos y compositores de rock podían enriquecer su propio trabajo. Cipriano Hernández Martínez forma parte de esta lista, no sólo porque fue compuesta por León Chávez Teixeiro, alguien también en la frontera del rock y la trova, sino por el poderoso arreglo clásico de rock que realizó y ejecutó la banda de Guillermo Briseño (con el aporte de un magnífico requintista, del que desafortunadamente no tengo el nombre a mi alcance) con instrumentos eléctricos, incluyendo el estupendo solo de guitarra y los típicos aporreos de piano de Briseño. Este arreglo, impecable y potente, incluso propició que la interpretación de Gabino Palomares también adquiriera la potencia rocanrolera que la canción requiere. Además, llevó la melodía de León Chávez Teixeiro a su máximo nivel de intensidad, sobre todo en la bajada de semitonos con que cierra algunas estrofas, así como la original construcción de acordes rápidos y sucesivos que delinean toda la pieza, y que en muchas partes equivalen a un acorde por cada sílaba de la letra, lo que provoca una sensación de vértigo que subraya la reiteración del nombre del protagonista de esta historia de conflictos obrero-patronales, que al final se convierte un una estupenda pieza de rock.
La letra de Cipriano Hernández Martínez reitera una preocupación clásica de las canciones de Chávez Teixeiro: la explotación del trabajador, en este caso centrada en la traición del esquirol potencial, en contraste con el que sí posee conciencia de clase, y que vale más por su pertenencia al colectivo que por su individualidad. Justamente este es el gran sentido de Cipriano Hernández Martínez, que se opone al individualismo que propicia la sociedad de consumo del neoliberalismo, representada en su grado más básico por el obrero egoísta, que también es un producto de su marginalidad. Juvenal, la voz resilente, que comparte el mismo contexto paupérrimo, y no obstante logra discernir el mecanismo de explotación que padece, deja su mensaje de esperanza, cifrada en la lucha organizada, tesis que Chávez Teixeiro ha expuesto en otras canciones, como Ponciano Flores. Así, la extensión de la letra, el recurso de repetir una y otra vez el nombre del traidor, así como el idéntico inicio de sus jornadas, y sobre todo la elección de un lenguaje directo y plenamente narrativo, le dan a la canción el toque de realismo que requiere el tema.

101. LA MUJER (SE VA LA VIDA, COMPAÑERA) (bonus track)

Letra y música: León Chávez Teixeiro.
Intérprete: Gabino Palomares.
Disco: Fabricando la luz.
También existe versión del autor, en el CD
De nuevo otra vez, así como una rara versión en vivo del grupo MCC, y otra muy reciente de Óscar Chávez y Los Morales en el citado disco de homenaje a Chávez Teixeiro llamado La chava de la Martín Carrera.


Abrió los ojos. Se echó un vestido.
Se fue despacio pa’ la cocina.
Estaba oscuro. Sin hacer ruido,
prendió la estufa, y a la rutina.
Sintió el silencio como un apuro.
Todo empezaba en el desayuno.

Dobló su espalda, gozó un suspiro,
sintió ridícula la esperanza;
al más pequeño le ardió la panza,
rompió el silencio, soltó un llorido.

Sirvió a su esposo, vistió a los niños,
cambió pañales, sirvió los panes.
Llevó a sus hijos para la escuela;
pensó en la dieta que se comían.
Midió el dinero, compró verduras,
palpó lo gris de su economía.
Formó en la cola de las tortillas,
cargó a Francisco, miró la calle.
Por todas partes había mujeres,
todas compraban y se movían;
cumplían aisladas con sus deberes,
que recordaban a las hormigas.
Sintió de pronto que eran amigas,
sintió que todas eran amigas.

Volvió a su casa, casa rentada,
vio más amigas desde la entrada.
Le dio a Francisco con qué jugar,
barrió los pisos, tendió las camas.
Se vio al espejo, miró las canas,
juntó las cosas de cocinar;
cortó las papas, las puso al fuego
y a la manteca la hizo chillar.
Ahora lo crudo se ha transformado,
estaba listo para comer.
La casa entera tiene otro ver,
de nuevo listo pa' ser usado.

Puso la mesa, sirvió a los niños,
cambió pañales, cortó los panes,
limpió de nuevo mesa y cocina,
le dio a Mercedes la medicina.
Pidió su turno en los lavaderos:
talló vestidos y pantalones.
Miró la ropa tendida al sol,
como si ayer no se hubiera hecho.
La misma friega todos los días,
se caminaba de nuevo el trecho.
Sintió la vida como prisión,
se le escapaba todo lo hecho.

Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.

Cruzó palabras con sus vecinas;
hubo sonrisas en formación.
Toda la raza en su cantón,
se las arregla con el trajín.
Siempre mujeres, cumpliendo oficios
que se entretejen sin tener fin.
Ser costureras, ser cocineras,
recamareras y planchadoras;
ser enfermeras y lavanderas,
también meseras y educadoras.
Muy diligentes afanadoras,
a sus familias las dejan listas,
rumbo a la escuela o hacia el trabajo
para que puedan checar las listas.
Se daba cuenta de sus afanes
y de los fines sabía un carajo.
Para ellos siempre la vida es seria,
pero se ahogaban en la miseria.

Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.

Se fue derecho para su nido,
siempre pensando planchó la ropa.
Todo lo roto dejó zurcido:
tenía un momento pa’ descansar.
Se abrió la puerta y entró el marido,
también molido de trabajar.
Puso la mesa, sirvió la sopa,
para quejarse no abrió la boca.
Se rieron juntos y platicaron.
Se habló de niños y de dinero,
de la vecinas, de algún dolor,
de los camiones y del patrón.
Lavó los trastos, tiró basura,
durmió a los niños, cambió pañales.
Como aire que entra por la ranura,
los dos jugaron con su ternura.
Le dio la vuelta a la cerradura,
durmió de pronto todos sus males.

Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.

Abrió los ojos. Se echó un vestido.
Se fue despacio pa’ la cocina.
Estaba oscuro. Sin hacer ruido,
prendió la estufa, y a la rutina.

Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero
como la mugre en el lavadero.


Como en el caso anterior, Gabino Palomares interpreta un tema de León Chávez Teixeiro, lo que, quizá sin desearlo totalmente, lo acerca al rock. Una vez más estamos ante una letra cuya enorme extensión tiene un motivo claro. En este caso, el retrato de la vida cotidiana de la ama de casa pobre, muy semejante a Ama de casa un poco triste, de Rockdrigo, sólo que aquí Chávez Teixeiro escoge el recurso de contar detalle por detalle casi hasta lo angustiante, al estilo de la Nouveau roman de Robbe-Grillet y otros autores, para resaltar cómo en ningún momento la mujer, la compañera, podrá realizar un acto realmente satisfactorio, que signifique una realización individual real. Todo movimiento, toda labor será sólo un eslabón más de la gran cadena del día asfixiante, de un día que está condenado a ser exactamente igual que el anterior y que el siguiente, sin ninguna posibilidad de sorpresa o escape. Tras mostrar una y otra vez las miserables condiciones del hombre proletario, esta vez Chávez Teixeiro voltea a la otra mitad de la ecuación: la mujer, que desde el hogar y los hijos que se tienen por inercia, tampoco tendrá nunca una motivación distinta a la mera sobrevivencia. De este modo, La mujer (se va la vida, compañera) es una canción muy sensible, que conmueve profundamente, porque describe una realidad muy dolorosa precisamente por ser muy reconocible, y que toca no sólo al amplio sector proletario, sino a la clase media urbana de México.
El arreglo de la magnífica versión de Gabino Palomares, a cargo del gran músico folclórico Gerardo Tamez (creador, por ejemplo, del conocidísimo tema instrumental Tierra mestiza), va creciendo en intensidad a la par que la angustia del paso de las horas, y cambia de la guitarra sola a una amalgama grupal en el clímax, para atenuarse sólo por un momento, cuando la estrofa que corresponde al amanecer del día siguiente nos deja en claro que todo se repetirá hasta el infinito, o mejor dicho, hasta la muerte. Y cuando queda develada esta realidad terrible, se unen todos los instrumentos a la voz impecable de Palomares, fuerte y profunda, en un remate que se va en fade-out, exactamente igual como se va la vida, compañera…

miércoles, 26 de mayo de 2010

51. 15 m. 3'' 8/8 16

Letra, música e intérprete: León Chávez Teixeiro.
Disco: De nuevo otra vez.
También existe otra versión del mismo
Chávez Teixeiro, con grupo y más rápida, otra muy rocanrolera de Lucerna Diogenis, en su disco Rock’n’roll, además de una que circula por ahí, en vivo y aún no editada, de Francisco Barrios, El mastuerzo, y una más reciente de Nina Galindo, grabada en el disco de homenaje a Chávez Teixeiro llamado La chava de la Martín Carrera.


15 metros, 3 pulgadas,
8 octavos, dieciséis,
un milímetro espesor,
y la lámina corrió,
resbaló como navaja,
en mis manos se detuvo,
cuatro dedos me cortó,
igual que me hiciste tú.
Recordé cuando te fuiste,
tu mirada, dura y fría,
me empezó a dar calentura,
repetiste un seco “¡no!”.
Unos compas me atendieron,
me sacó el supervisor.
El patrón está molesto,
pues la banda se paró.
Me cortaste de tu vida.La bandera desplegada,
roja y negra, no insistí.
A la empresa le pedí
el dinero, no olvidara
un mes de incapacidad,
una venda, seis puntadas,
las heridas me dolieron
casi tanto como tú,
casi tanto como tú.

El descanso me costó
el combate ante el patrón,
contra el líder sindical,
su aparato de control.
Mercader de mi energía,
mercader de mi destino.
Ya mi mano se curó.
Tu figura no he olvidado.
Tú me echaste de tu lado.
Eres libre. Tu sentir
no se arrima a mi costado,
15 metros, 8 octavos.
Se me moja la camisa.
La ternura de tu risa
la recuerdo, mi querida,
mi querida María Luisa.
En tu vida, hoy tan lejana,
me daré por bien servido,
compañera combatiente,
si recuerdas al amigo,
me visites por mi casa,
te daré un café caliente,
me visites por mi casa,
te daré un café caliente…



El conflicto obrero-patronal es uno de los temas recurrentes de León Chávez Teixeiro, como ya vimos al revisar Cipriano Hernández Martínez, y que también aparece en Ponciano Flores y otras canciones. Pero en 15 m. 3’’ 8/8 16 recurre a la figura literaria llamada bilogía, una mezcla con otra historia, la amorosa malograda, correspondiente con otro momento vital. En líneas y párrafos alternados, vemos ambos momentos de la historia de un obrero: por un lado, el terrible accidente laboral, del que nadie se hace cargo, y que muestra los niveles de explotación que padece el trabajador; y por otro lado, la historia del fracaso de una relación amorosa. El hilo común es la resignación. La primera, impuesta, forzada por un sistema sin opciones, sin condiciones para la justicia real, más allá de lo que diga la letra muerta de la Ley del Trabajo en México. La segunda, surgida del perdón auténtico, de la nobleza, de la comprensión de que, no porque termine la relación, se está ante un enemigo. Ambas historias se van uniendo, porque igual suman y definen el gran fracaso que significa la vida marginal de ese proletariado sin cabeza, que tan atinadamente analizó José Revueltas. El recurso estilístico de León Chávez Teixeiro es un auténtico logro; demuestra cómo un fondo sociológico y político tan importante no tiene por qué comerse el cuidado formal. Es cierto que en otras canciones Teixeiro no lo ha logrado del todo, movido por el afán de decir cosas importantes, como buen compositor colocado entre el rock y la canción de protesta ligada al Canto nuevo. Pero 15 m. 3’’ 8/8 16 demuestra que hay un trabajo de autocrítica, una revisión que posibilita esta mejoría en el resultado. El título, referido a las dimensiones y especificaciones de la lámina que el obrero está cortando en la máquina en el momento del accidente, posee ya un halo misterioso, de interpretación más compleja, que anuncia que estamos ante una letra más ambiciosa estilísticamente. De esta manera, las líneas de la canción nos permiten sentir la opresión del protagonista. Pero Chávez Teixeiro, además de un músico, es un luchador social y político, al estilo del mencionado Revueltas, Heberto Castillo, Valentín Campa o Demetrio Vallejo, y todo luchador puede seguir activo sólo si cree que hay posibilidades de cambio. Por eso, al final hay una nota de esperanza, pues la mujer perdida en el ámbito personal no lo es como compañera de lucha. Ahí está el sentido final de la canción: la resistencia, el combate ante el poder no debe impedirlo ni siquiera la inestable vida íntima. Esta proclama, que recuerda la división del Materialismo histórico entre estructura y superestructura, es propia del ideario del combatiente, del revolucionario de cepa. Más allá de discrepancias personales y de la vigencia o caducidad de estos ideales, la sensibilidad de Chávez Teixeiro y el honesto afán de justicia e igualdad que los inspira, bastan para admirar su espíritu. Eso no quita que, como siempre, es la búsqueda y los méritos formales los que le dan su gran nivel a 15 m. 3’’ 8/8 16.
La música de esta canción es de una sencillez meritoria, por ser coherente con el tema de la letra. Toda la pieza se desenrolla en un círculo infinito de 4 acordes, sorprendentemente los mismos que usa en La mujer (se va la vida, compañera). Sorprendente, porque ambas canciones suenan muy diferentes, sobre todo si nos remetimos a la ya analizada versión de Gabino Palomares. En ambos casos, la decisión de un círculo de acordes tan simple es muy atinada, porque coincide con el espíritu de la letra. Si en La mujer (se va la vida, compañera) el sentido de ese recurso era mostrar la cadena infinita de labores sin recompensa, como ya revisamos, en 15 m. 3’’ 8/8 16 esa reiteración melódica se asocia con los vaivenes entre ambas historias, la amorosa y la laboral, que una y otra vez se tocan en su zigzagueo de fracaso. Y si, además, en ambos casos notamos el escasísimo margen de maniobra social bajo el que viven los personajes, más coincidencia podemos encontrar con el círculo cerrado de su melodía.
En 15 m. 3’’ 8/8 16 el arreglo es básicamente de guitarras acústicas. Los adornos del pequeño requinto acústico introductorio, a cargo de Miguel Ángel Díaz Macondo (ex integrante del dueto de trova Mendoza y Macondo, junto a Rafael Mendoza) y Álvaro Guzmán, más los de la armónica incidental, son discretos, y eso crea una atmósfera más urbana, de barrio marginal. La voz de León Chávez Teixeiro es densa, cargada, grave y penetrante, y en esta rola eso aporta mucho en intensidad emocional. De este modo, preocupación social en su fondo, y propuesta formal novedosa, arman una canción emotiva, y esto, sumado a los méritos vocales y musicales, hacen de 15 m. 3'' 8/8 16 una rola ágil, pero contundente, enormemente disfrutable desde intelecto, fuego y corazón, lo que explica con creces que existan tantas versiones.

domingo, 23 de mayo de 2010

39. PROHIBIDO

Letra, música e intérprete: Francisco Barrios, El Mastuerzo.
Disco: Prohibido.
También existe por ahí una curiosa versión de
León Chávez Teixeiro, en vivo, y sin editar todavía en disco.


Aquí estoy, detrás de mi nariz,
bohemio, renegado, sin destino,
disidente, como un equívoco, un error,
un loco, un transgresor, un mal parido,
con los puños apretados,
con la cara endurecida
y este amargo en la saliva.

Aquí voy, en esta nube gris,
con tanta necedad, echando chispas.
Exiliado en el descaro de vivir,
como un tumor maligno en tu sonrisa.
Verás que no estoy solo,
somos muchos los proscritos,
los bastardos, los malditos.

Y estoy aquí,
oculto en el rincón de lo prohibido,
pensando en ti,
tratando de ser otro, pero el mismo.
Insurrecto, perseguido,
ilegal y fugitivo,
tengo un sueño clandestino
para ti.

¿Y qué esperas de mí,
si ya nomás me queda este camino,
siempre huyendo en el silencio,
con esta soledad y mis canciones,
de este mundo pies de plomo,
aburrido y fanfarrón,
perfumado y socarrón?

Y estoy aquí,
oculto en el rincón de lo prohibido,
pensando en ti,
tratando de ser otro, pero el mismo.
Insurrecto, perseguido,
ilegal y fugitivo,
tengo un sueño clandestino
para ti.


De su primer disco como solista, después de una larga carrera como baterista y uno de los cantantes de Botellita de jerez (su voz puede reconocerse en grandes rolas, como El adicto y De tripas, cuajo y corazón), Francisco Barrios nos entrega este falso autorretrato. Falso en el sentido de la ya analizada falsa balada, aunque por motivos diferentes. En Prohibido, El Mastuerzo representa al Subcomandante Marcos y todos los Zapatistas; canta como si fuera ellos, se vuelve su voz, íntima y emocional. Como simpatizante del movimiento revolucionario indígena, se permite ese préstamo, habla por ellos, pero también con ellos, y de una u otra manera, siendo ellos, pues como dice el lema, “todos somos Marcos”. Así, no sólo habla Marcos, la desaparecida Comandante Ramona o cualquiera de sus miembros a través de Francisco Barrios, sino todos los que compartimos la lucha, la reivindicación de los derechos indígenas, los incumplidos Acuerdos de San Andrés Larráinzar. Una vez más, "los artistas y los sensibles" de Pink Floyd, y que en este caso han manifestado su apoyo, tanto en México como en el extranjero, y que de manera mucho menos expuesta, desde la pluma, el análisis, la crítica, la ciencia o la creación artística, también conocemos esa marginación que describe Prohibido, esa dignidad rebelde, como escribió otro profesor, poeta, artista e intelectual (lo que el gobierno priísta nunca se esperó, pues siempre pensó en un delincuente primitivo): el Subcomandante Marcos. Por ello, no se necesita conocer (ni siquiera compartir) la convicción política y social que inspiró Prohibido: basta con saber lo que es ser olvidado, relegado y perseguido por una idea, una obra o un sentimiento, para reconocerse en esta canción. Un sentimiento mexicano, pero también universal.
El mastuerzo le saca el máximo jugo al campo semántico de la rebeldía: “transgresor”, “mal parido”, “proscritos”, “bastardos”, “malditos”, “prohibido”, “insurrecto”, “perseguido”, “ilegal”, “fugitivo”, “clandestino”… Llega a ser sorprendente cómo logra acomodar tanta sinonimia sin resultar agotador, sin sonar reiterativo de una manera desagradable, pues parecería inevitable que lo fuera; pero la gracia está en que eso no moleste, que conserve un sentido amplio, que el recurso igual sea enriquecedor. No era para nada fácil conseguir un fondo lo suficientemente profundo y emotivo con semejante pie forzado. Además, El Mastuerzo nos tenía acostumbrados a la canción humorística. Muy ingeniosa, pero al fin liviana, y de hecho otras canciones del mismo disco siguen esa misma línea. Por ello, Prohibido es una verdadera sorpresa; no por el nivel de su inteligencia, que Botellita de jerez probó con creces, sino por la seriedad de su tratamiento.
Francisco Barrios escogió para la música de esta pieza la guitarra acústica sola, arpegiada, lo que le da su esencia de trova o Canto nuevo, con ciertas reminiscencias de la canción de protesta y folk, pero actualizada. Por el sentido de la rola, esa elección es correcta. Alguno podría acusarla por ello de éxito fácil, previsto por el autor. Si bien comprendo el motivo de la crítica, me parece que en este caso estamos ante una canción honesta. Sería como comparar la música grupera de Fonovisa con la ranchera o el bolero auténticos: con todas sus limitaciones, los segundos nacen de la expresión emocional auténtica; los primeros, del marketing y el abuso de la ignorancia musical, literaria y artística de la gente por parte de las disqueras y los empresarios. De este modo, en Prohibido El Mastuerzo escoge la autenticidad y la emoción, pese a acudir a una forma musicalmente menos compleja. Por ello, es fácil que Prohibido guste, pero como no traiciona su esencia profunda, en este caso eso no demerita la calidad de la canción.
La voz de Paco Barrios suele ser suave, muy útil para las muy bien logradas armonías de Botellita de jerez (aunque en El Adicto muestra la potencia que puede alcanzar). Aquí esa suavidad se condice perfectamente con el sentido de la letra. Como sea, Prohibido ha llegado a ocupar un lugar significativo en la historia del rock mexicano, pero como hemos visto, no se debe a ningún facilismo formal, digerible, sino a la voz honesta, conmovedora, y a la profundidad social y política de su fondo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

20. IBA VOLANDO OTRA VEZ

Letra, música e intérprete: León Chávez Teixeiro.
Disco: De nuevo otra vez.

También existe una reciente versión de Alejandro Chávez, en el disco homenaje a Chávez Teixeiro llamado La chava de la Martín Carrera.


Iba volando otra vez,
sucia ciudad, y vi
que de una pinta en la pared
salías tú, te vi correr.
En la ciudad te dibujabas
como una grieta en un cristal.
Y me enteré
que en una fábrica machacas
los miles de años de sudor;
que en el espejo en que me ves
estoy de pie, me veo mejor.
Iba volando el mundo
con las mordidas en los pies.

Y te grité:
“¡en esa cama duermo yo,
al perro dale un puntapié!”.
Y te invité:
“en esa cama duermo yo,
con tu sonrisa hazme un café”.
Iba volando el mundo,
tú y yo también.


Como hemos podido ver ya, León Chávez Teixeiro centra casi toda su obra en la vida y los conflictos de los trabajadores, obreros y campesinos. Sus canciones invitan a la lucha proletaria, a la emancipación, como en Ponciano Flores, La vieja gorda y callada o la ya revisada Cipriano Hernández Martínez. Eso explica que siempre se le asocie más con el Canto nuevo y la trova que con el rock. Pero por ahí se han colado algunas canciones de amor, más poéticas e íntimas, como Oh, María, y sobre todo Iba volando otra vez. Es en esta última donde Chávez Teixeiro se permite concentrarse más en la forma literaria que en el fondo. Desde el principio, nos inserta en un mundo emocional, sensible, cargado de imágenes poéticas, sin abandonar del todo el contexto urbano. El protagonista va “volando”, mientras “de una pinta en la pared” sale la mujer idealizada, en una escena profundamente onírica, pero que igual se ubica en la “sucia ciudad”, así que la esencia social de Teixeiro se manifiesta incluso aquí. Y esto aumenta más adelante, cuando se explicita que se trata de una obrera, de vida áspera, de lucha cotidiana. Pero surge de nuevo el impulso poético, y las frases siguientes vuelven a alternar las imágenes profundas (“en el espejo en que me ves estoy de pie, me veo mejor”) con el contexto más crudo (“iba volando el mundo, con las mordidas en los pies”), lo que le da al texto un carácter más moderno, incluso más rockero, que recuerda a los rupestres. Y en la siguiente estrofa, lo mismo, e incluso por su semejanza estructural, con la comparación entre sus dos partes es más notoria esta ambivalencia. Pero todo este vaivén de la forma demuestra que Chávez Teixeiro es cuidadoso en su elaboración, que hay un trabajo profundo, aun si fue inconsciente. Las metáforas, ásperas o imaginativas, son ricas, sugestivas, y arman un verdadero canto a la pareja como único sostén válido ante las embestidas de la pobreza, el dolor, la explotación. Por un instante, la pareja vuela, es decir, se sitúa por encima de miserias humanas, sociales, económicas, y hasta los elementos más simples adquieren otro cariz, otro sentido, como esa taza de café hecha de la sonrisa amada. En un contexto mucho más político, reafirma lo mismo que la ya analizada Rojos de marzo de Roberto Ponce: que el amor es el único escape digno, limpio.
Pese a que, como podemos ver, las imágenes de la letra de Iba volando otra vez son audaces, hay un espíritu de sencillez en el total de la rola, por su brevedad, y porque sus límites son mucho más cortos, más íntimos, que en las largas canciones que suele escribir Teixeiro. Es decir, estamos una vez más ante un pequeño trozo de realidad, una instantánea, en la que lo trascendente es la pureza del sentimiento, su revaloración. Un gran acierto, precisamente porque es un estilo poco común en Chávez Teixeiro. Aquí, más que hacer la gran crítica o la gran propuesta subversiva, la esencia de la rola es suave, tranquila, de una gran ternura, y el mérito es que esa sensación permanece pese a las imágenes más duras, señaladas antes. Iba volando otra vez conmueve, justamente porque la belleza de su lenguaje trasciende el contexto social de los personajes, y es justamente eso lo que Chávez Teixeiro quiere subrayar: la victoria del amor ante la pobreza.
Sin duda alguna este aire dulce lo reafirman la melodía y el arreglo. La base la dan las guitarras arpegiadas, inteligentemente agudas (quizá con ayuda de un capodastro), lo que dulcifica su sonoridad. El solo de flauta traversa y el violín final amplían esa suavidad, creando una canción muy emotiva. Y todo con la voz de Teixeiro, que no se diferencia demasiado de la de las canciones más densas, pero en medio de esta base musical tersa actúa como equilibrio, para que la rola no pierda su fuerza y modernidad. Al final, una maravillosa canción de amor, cálida y hermosa, que no abandona la posición más crítica, pero sí da una vuelta hacia el intimismo y la auténtica ternura.