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miércoles, 2 de junio de 2010

78. LA BARDA

Letra y música: Fabio Morábito.
Intérprete: Barburia.
Disco: Sin editar en disco, grabada para radio.
También existe una estupenda versión de
Carmen Leñero, en su disco Casas en el aire.


Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.

Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.

¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.

Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?

Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.

¿Qué dirán los vecinos cuando abran las ventanas?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?

Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera…

Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.

¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.

Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?


Con una sutileza maravillosa, La barda describe el dolor del rompimiento amoroso, la debilidad en que se queda, expuesto ante los otros, ante sus miradas, preguntas, murmullos. O su silencio, que es casi peor, por todo lo que podría contener oculto. Como en Pink Floyd The Wall, la peor condena es quedar expuesto ante los semejantes; aquí no en la locura, sino en la fragilidad, el dolor que habrá que disimular, seguramente sin éxito. Porque si la barda de la calle cae y muestra la basura, la máscara de estabilidad, rota, expone la gran pena del amante abandonado, esa vivencia de muerte, como señala Igor Caruso en La separación de los amantes. En la letra del dueto Barburia (formado por Fabio Morábito y Óscar Domínguez) la alegoría pierde pronto su condición retórica simuladora, atenuante, y la verdadera historia, la del fracaso amoroso, se adueña del texto, y la caída de la barda, de la coraza ante los demás, implica la derrota del mecanismo de defensa, para hacerse vulnerabilidad viva, carne viva, vacío. La paradoja es que todos somos una calle, y nuestra barda puede caerse también en cualquier momento. Y sin embargo, no podemos sentir esperanza de comprensión, sino el rechazo ante su otra cara, espantosa: la compasión. Un gran fondo envuelto en una forma altamente poética (La barda apareció como poema, con ligeras variaciones, en el poemario Lotes baldíos de Fabio Morábito).
La melodía de La barda es melancólica, en tono menor, casi tímida. Así es también el pequeño solo de aliento —quizá hecho con teclado, no alcanzo a descifrarlo, dada la baja calidad de la grabación— que adorna apenas la base de guitarra acústica, en el sencillo arreglo de Barburia (en la versión de Carmen Leñero el arreglo es más complejo, rico y moderno, casi de reggae, pero conserva la atmósfera triste, gracias al registro de Carmen, diáfano y leve; sin embargo, considero que el trozo de letra que añadió, y que se volvió repetición final [“¿quién escribe en los muros?, ¿quién inventa los chismes?, ¿quién sella los refranes?”], no aportó nada significativo, es prescindible). Quizá la mayor osadía del arreglo de Barburia es que en el intermedio de La barda las voces de Morábito y Domínguez arman un pequeño canon ingenioso y rico, hasta volver finalmente a la melodía principal, a voz sola primero, y en armonía con la segunda después.
Así, la sencilla música de La barda pasea suavemente esa angustia llena de incertidumbres ante el infierno de los otros, los que, una y otra vez, inevitablemente rasgarán la herida de la relación fallida.

martes, 18 de mayo de 2010

11. LA VÍBORA

Letra y música: Fabio Morábito.
Intérprete: Carmen Leñero.
Disco: Casas en el aire.



De chica la envenenó una víbora,
bajo una luna púrpura.
Pudo llegar a ser alguien, mas la víbora
le deparó un sino errático.

Tenía aptitud para el arte y para todo deporte,
pero tuvo en la sangre un obstáculo,
que la empujaba a rodar por los caminos, inerte,
enamorada de la canícula.

Cómo se cuela el aire por la ventana…
Cómo se cuela el aire que nadie llama…

De chica la envenenó una víbora,
entre la falda y la rótula.
Pudo haber sido cantante de ópera,
rubicunda y sólida.

O trapecista sin manos, clavadista sin aire,
o madre de una tribu sonámbula.
Pero fue todo inocencia, una cascada sin vuelta,
piedra que abre sus poros a nada.

Cómo se cuela el aire por la ventana…
Cómo se cuela el aire que nadie llama…
Que nadie, que nadie llama...

De chica la enamoró una tarántula,
la más ponzoñosa y sórdida,
que la picó entre la lengua y la rótula,
y en sus partes recónditas.

Hasta dejarla sin aire, con la lengua morada,
con las piernas temblando y separadas.
Y no pudo pedir ayuda a nadie del barrio.
Desde entonces fue descarriada.

Cómo se cuela el aire por la ventana…
Cómo se cuela el aire que nadie llama…

Cómo se cuela el aire por la ventana…
Cómo se cuela el aire que nadie llama…

Cómo se cuela el aire por la ventana…
Cómo se cuela el aire que nadie llama…

Cómo se cuela el aire por la ventana…
Cómo se cuela el aire que nadie llama…

Cómo se cuela el aire por la ventana…
Cómo se cuela el aire que nadie llama…


Al analizar Nunca dejaré que te vayas de Carlos Arellano hablamos de lo difícil que es hacer una crítica a la mujer mexicana. Muy pocos autores se atreven, no sólo porque ponen en riesgo la mitad de su público, sino porque, como mencionamos, se les puede tachar de machistas o sexistas de manera muy facilista. Entre las excepciones literarias destacan Juan José Arreola, que analiza el papel de la mujer a partir de la ironía de cuentos como Anuncio, y también Juan Rulfo, que retrata los vicios del género a través de sus personajes femeninos en cuentos como Anacleto Morones o Talpa, y lo mismo en opiniones recogidas en entrevistas (entre otras cosas, responsabiliza a la mujer de azuzar al hombre al poner en duda su masculinidad, en la Guerra Cristera, y también dijo que “las mujeres son redondas”, es decir, inaprensibles, incomprensibles). Así, señalar un vicio, una deformación cultural, una característica poco ética de la mujer, resulta muy poco común. Por mi parte, una y otra vez me topé en la vida con un rasgo muy definido y continuo en la mujer mexicana, lo que me hizo pensar que debía ser una herencia cultural, idiosincrásica, que se ha vuelto casi infranqueable para el género: el inexplicable gusto por los patanes, en contraste con el desinterés que les inspiran los hombres buenos. En un principio creí que se trataba de casos aislados, mujeres inmaduras e histéricas, como parte de una minoría. Pero la agotadora repetición del mismo molde, más allá de edades, intereses profesionales, niveles culturales y clases sociales, me llevó a concluir que ya era parte de una deformación de género, y por lo tanto, una desviación en el proceso formativo de la mujer promedio, una confusión ética muy arraigada en la cultura femenina. Sin embrago, pese a la continuidad de los casos, ya inconmensurables, no dejaba de sentir que podía ser una interpretación parcial, limitada. Hasta hoy no sé si sea válida esa conclusión, nunca medida o analizada científicamente, pero lamentablemente la experiencia así me lo sugiere. Y recordé entonces que de una u otra forma ese es el tema central de una novela mexicana, ya añeja: El Zarco de Ignacio Manuel Altamirano, e incluso indirectamente de Santa de Federico Gamboa. ¿Esa característica no sería, entonces, una consecuencia de un proceso histórico en la cultura de género en México? ¿Existe alguna diferencia entre lo que yo veo en las mujeres de fines del siglo XX y principios del XXI, con el comportamiento del personaje Manuela de El Zarco, enamorada de un bandolero, y que en cambio rechaza el amor limpio de un hombre bondadoso? Seguramente la objeción sería que el machismo de tal juicio es el añejo, y no ese rasgo femenino. ¿Pero realmente eso explica todo? Cada quien podrá sacar sus propias conclusiones.
Obviamente, la crítica a la mujer tampoco es muy común en el rock mexicano. El caso más extremo, en realidad muy liviano y poco refinado, pero con el mérito de ser claro y directo (se comparta o no su opinión), es el de Viejas del Distrito Federal, de Three Souls in my Mind, el antecedente de El Tri. Los demás casos son en realidad muy indirectos, anecdóticos, centrados en una sola mujer, y no en el género, como El seguramente de Jaime López, la humorística Lola la traidora de Choluis, o la ya revisada El pendiente de Jaime Moreno Villarreal, además de la mencionada Nunca dejaré que te vayas, entre muchos otros ejemplos indirectos. En general, hemos visto aquí canciones de amor y comprensión hacia la mujer (incluyendo las prostitutas, como en Paria’s blues de Real de Catorce o Alma de tabique de Jaime López, según analizamos). Rolas como las revisadas Ella de Carlos Arellano, ¿Qué vas a hacer? de Iván Rosas o Las mujeres solas lo hacen de Jaime Moreno Villarreal se internan en el alma femenina, pero no desde la postura crítica, sino desde la sensibilidad y la ternura, absolutamente nobles y meritorias (además de las incontables canciones de desamor, por supuesto, a lo más que se llega generalmente). No obstante, como ya dije, esa crítica también es necesaria, y aporta para la liberación de las mujeres, para que puedan romper con las exigencias atávicas de la sociedad hacia su rol, impuesto, lleno de presiones y manipulaciones desde la infancia. Por ello, es de agradecer una canción como La víbora de Fabio Morábito, que conocemos por la maravillosa interpretación de Carmen Leñero. Esta rola vuelve al análisis del problema que mencioné antes, y que trata El Zarco: la mala elección amorosa de la mujer, a favor de un tipejo, una “víbora”. Pero Morábito, como poeta experto, escoge mantener la tensión, ocultar el sentido hasta el par de estrofas final. Si se excluyera dicho par, la canción podría sugerir una historia de abuso sexual infantil, de violación. Pero cuando dice “la enamoró”, devela que no se trata de abuso, sino de seducción, y por lo tanto, igual hay una elección libre de la protagonista. Y por eso podemos entender que en toda la rola Morábito escoja “de chica”, y no “de niña”, porque así puede incluir la adolescencia, etapa de las elecciones amorosas reales (es decir, no las fantasiosas infantiles). Así, La víbora muestra las consecuencias de esa mala elección amorosa recurrente en la mujer mexicana, que marca emocionalmente, que deja huellas en el comportamiento, sobre todo en la adolescencia, y que es producto de una mala formación de género, insertada en la mente y el alma femeninas por herencias culturales de errada autoestima, mala valoración de lo auténticamente meritorio, superficialidad y nulo espíritu crítico. Tal como señalamos al analizar Nunca dejaré que te vayas, esta condición convierte a la mujer en víctima-victimario, y La víbora así lo subraya. Una mala lectura podría concluir que Morábito se centra sólo en el papel de víctima de la mujer. Pero en realidad lo que escoge es narrar desde cierta distancia, siguiendo la historia, eso sí, a partir del personaje femenino. Es cierto que los adjetivos negativos señalan a la víbora, pero es una consecuencia estilística lógica, al escoger el recurso de la semi-fábula de tono infantil, remarcado por la elección de las palabras esdrújulas para cerrar los versos. Como sea, aunque la crítica hacia la mujer también sea indirecta, el final de la letra tiene un cierto dejo irónico, de falsa —o por lo menos ambigua— justificación, y sobre todo un énfasis en la pérdida de posibilidades que la mujer se acarrea al limitar su mundo al de una pareja mal elegida. En todo caso, al explicarse por su peso idiosincrásico, histórico e incluso de contradictorio sincretismo religioso, la deformación de género bajo la cual crece la mujer en México realmente la coarta, la hace víctima real de la estrechez de horizonte de los mecanismos sociales de control. El hecho que eso mismo la convierta después en victimaria y continuadora de la misma dinámica perversa como madre, no anula la franca dificultad para zafarse de esa presión terrible, de esos parámetros inexpugnables, de ese mundo de víboras y tarántulas. De ahí la importancia del estribillo: “cómo se cuela el aire que nadie llama…”, es decir, cuánto se le impone a la mujer, cuánto la acorralan los medios, la publicidad, los padres y su pretensión de que sea “princesa”, el machismo, la mercadotecnia, la religión, etc. La resiliencia de las que se zafan de ese molde es realmente milagrosa. Pero por eso mismo, imposible de exigir.
Como ya dijimos, en La víbora Fabio Morábito utiliza el lenguaje con un control extraordinario. La elección de las esdrújulas, la cuidada alegoría que termina creando una pequeña fábula, la combinación de elementos no tan cercanos léxica y semánticamente (como “falda” y “rótula” o “piedra” y “poros”), además de su inteligente estribillo, relatan el conflicto femenino de manera poética, emotiva, cercana a la inocencia infantil, pero con un trasfondo trascendental y reflexivo. Y la música enmarca perfectamente ese mismo vaivén, al partir casi con una vuelta sobre sí misma, de la tónica menor a un fugaz disminuido, que cae en una tercera menor como en un pequeño remanso, además de una melodía de temperamento ascendente en el estribillo, cálida, un poco melancólica, conmovedora.
Por su parte, la interpretación de Carmen Leñero es magistral. Su timbre especial, distintivo, casi aterciopelado, cercano al de Dolores O’Riordan de Cranberries y aun al de la añeja baladista angloespañola Jeanette (me disculpo por la vergonzosa referencia, pero debo reconocer que su exitosísima Porque te vas —para acabarla de amolar compuesta por el infumable José Luis Perales— para mí forma parte de lo que se ha llamado placeres culpables, debido a que me hace evocar inevitablemente la maravillosa película Cría cuervos de Carlos Saura, de la que es fundamental en su historia y banda sonora), puede resultar algo irritante para algunos, pero al menos a mí me parece muy dúctil, apto para notas y modulaciones poco explorables para otros timbres, como lo muestra su interpretación de la ya mencionada Misión del poeta, poema anónimo prehispánico musicalizado por Arturo Meza. En La víbora el timbre de Carmen Leñero funciona perfectamente, justo porque su línea aguda y dulce tiene algo de infantil o adolescente, así que nos vuelve más real a la protagonista. Y en el estribillo y la segunda voz y los discretos coros hechos por ella misma, su modulación es impecable, emotiva. El arreglo, a cargo de Luis Leñero, vuelve a La víbora una especie de reggae veloz, muy bien adornado por un magnífico solo de sax, que hace a la rola más cálida y profunda. Por todo lo dicho, La víbora ahonda como pocas canciones en el alma y la psique femeninas, en sus contradicciones primigenias, dolorosas y aun trágicas, a través de una composición muy trabajada de Fabio Morábito, y una interpretación intensamente sensible de Carmen Leñero. Literalmente, un hallazgo de dos poetas.