Letra y música: Fabio Morábito.
Intérprete: Barburia.
Disco: Sin editar en disco, grabada para radio.
También existe una estupenda versión de Carmen Leñero, en su disco Casas en el aire.
Intérprete: Barburia.
Disco: Sin editar en disco, grabada para radio.
También existe una estupenda versión de Carmen Leñero, en su disco Casas en el aire.
Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.
Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.
¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.
¿Qué dirán los vecinos cuando abran las ventanas?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?
Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera…
Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.
¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.
Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.
¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.
¿Qué dirán los vecinos cuando abran las ventanas?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?
Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera…
Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.
¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?

Con una sutileza maravillosa, La barda describe el dolor del rompimiento amoroso, la debilidad en que se queda, expuesto ante los otros, ante sus miradas, preguntas, murmullos. O su silencio, que es casi peor, por todo lo que podría contener oculto. Como en Pink Floyd The Wall, la peor condena es quedar expuesto ante los semejantes; aquí no en la locura, sino en la fragilidad, el dolor que habrá que disimular, seguramente sin éxito. Porque si la barda de la calle cae y muestra la basura, la máscara de estabilidad, rota, expone la gran pena del amante abandonado, esa vivencia de muerte, como señala Igor Caruso en La separación de los amantes. En la letra del dueto Barburia (formado por Fabio Morábito y Óscar Domínguez) la alegoría pierde pronto su condición retórica simuladora, atenuante, y la verdadera historia, la del fracaso amoroso, se adueña del texto, y la caída de la barda, de la coraza ante los demás, implica la derrota del mecanismo de defensa, para hacerse vulnerabilidad viva, carne viva, vacío. La paradoja es que todos somos una calle, y nuestra barda puede caerse también en cualquier momento. Y sin embargo, no podemos sentir esperanza de comprensión, sino el rechazo ante su otra cara, espantosa: la compasión. Un gran fondo envuelto en una forma altamente poética (La barda apareció como poema, con ligeras variaciones, en el poemario Lotes baldíos de Fabio Morábito).
La melodía de La barda es melancólica, en tono menor, casi tímida. Así es también el pequeño solo de aliento —quizá hecho con teclado, no alcanzo a descifrarlo, dada la baja calidad de la grabación— que adorna apenas la base de guitarra acústica, en el sencillo arreglo de Barburia (en la versión de Carmen Leñero el arreglo es más complejo, rico y moderno, casi de reggae, pero conserva la atmósfera triste, gracias al registro de Carmen, diáfano y leve; sin embargo, considero que el trozo de letra que añadió, y que se volvió repetición final [“¿quién escribe en los muros?, ¿quién inventa los chismes?, ¿quién sella los refranes?”], no aportó nada significativo, es prescindible). Quizá la mayor osadía del arreglo de Barburia es que en el intermedio de La barda las voces de Morábito y Domínguez arman un pequeño canon ingenioso y rico, hasta volver finalmente a la melodía principal, a voz sola primero, y en armonía con la segunda después.
Así, la sencilla música de La barda pasea suavemente esa angustia llena de incertidumbres ante el infierno de los otros, los que, una y otra vez, inevitablemente rasgarán la herida de la relación fallida.
La melodía de La barda es melancólica, en tono menor, casi tímida. Así es también el pequeño solo de aliento —quizá hecho con teclado, no alcanzo a descifrarlo, dada la baja calidad de la grabación— que adorna apenas la base de guitarra acústica, en el sencillo arreglo de Barburia (en la versión de Carmen Leñero el arreglo es más complejo, rico y moderno, casi de reggae, pero conserva la atmósfera triste, gracias al registro de Carmen, diáfano y leve; sin embargo, considero que el trozo de letra que añadió, y que se volvió repetición final [“¿quién escribe en los muros?, ¿quién inventa los chismes?, ¿quién sella los refranes?”], no aportó nada significativo, es prescindible). Quizá la mayor osadía del arreglo de Barburia es que en el intermedio de La barda las voces de Morábito y Domínguez arman un pequeño canon ingenioso y rico, hasta volver finalmente a la melodía principal, a voz sola primero, y en armonía con la segunda después.
Así, la sencilla música de La barda pasea suavemente esa angustia llena de incertidumbres ante el infierno de los otros, los que, una y otra vez, inevitablemente rasgarán la herida de la relación fallida.

