Mostrando entradas con la etiqueta ROCK RUPESTRE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ROCK RUPESTRE. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de junio de 2010

103. SEMILLAS DE GIRASOL (bonus track)

Letra, música e intérprete: Alejandro Pérez-Sáez.
Disco: Tiempo de madera.



Nunca entendí
tus silencios abismales,
tu presencia sin palabras,
tus razones sin razones.

Nunca entendí
cuando ibas y venías;
que podías pasar la tarde
comiendo semillas de girasol.

Gira que gira,
montaña de nube.
Gira que gira, ilusión.

Nunca entendí
tus montones de revistas,
tus rincones con secretos,
tus enfados ni tus risas.

Yo nunca entendí
tus martinis solitarios,
caracoles en la cama,
tu mirar de caravana

que avanza y avanza
desiertos sin nombre;
avanza y avanza, ilusión.

Nunca entendí
tus desvelos voluntarios,
tus enfados repentinos,
ni tus sueños sin fronteras.

Yo nunca entendí
el desorden de tu pelo,
los colores de tu cara,
por qué pude y por qué no.

Muele que muele,
molino de viento.
Muele tu grano, ilusión.
Ilusión.


El segundo bonus track de la cuenta regresiva es un antihimno a la impenetrabilidad de una mujer, a ese carácter inaprensible, inclasificable, que colma la vida cotidiana de costumbres y gustos inconexos, pero adictivos para el condenado a ser testigo meramente ocular, un tanto desesperado porque jamás podrá descifrar el código, porque nunca encontrará los nexos que permitan aprehender realmente a la pareja. De este modo, las enumeraciones que utiliza Pérez-Sáez se suceden, para expresar justo todos esos ángulos sin relación, que arman ese garabato, ese jeroglífico, ese ideograma femenino, ese laberinto. Ya sea adjetivando o a través de metáforas, al estilo del poema Mi mujer de André Breton, el lenguaje de Semillas de girasol crea ese resumen dolorosamente ajeno y a la vez próximo, con mucha certeza. Las semillas de girasol que la mujer come toda la tarde simbolizan ese ser capaz del acto más inexplicable, más irreal, y que, sin embargo, encandila. Así, la elección de un elemento cotidiano, pero cargado de significaciones, le da a la canción el tono cercano al rock, que suele utilizar ese tipo de recurso, ya sea con nombres de calles, locales, personajes, etc., como podremos ver más adelante, y que vuelven más visibles y cercanos a los personajes.
A pesar de la limitante de la interpretación a guitarra acústica y voz, Alejandro Pérez-Sáez va soltando una melodía enigmática, con atractivos punteos que siempre están al filo de quebrar el ritmo, pero que lo solucionan al final, sin falta. No extraña entonces que de éste, su único disco solista, haya saltado al bajo eléctrico en el grupo de jazz Astillero.
Semillas de girasol tampoco califica absolutamente como rock, pero la compleja modernidad de su letra, su fondo profundo y cotidiano, así como el espíritu poderoso de los bajeos y punteos de la guitarra, se acercan mucho.

100. LENTEJUELAS

Letra, música e intérprete: Roberto González.
Disco: Lentejuelas.
Este disco tiene dos versiones, pues
Roberto González lo regrabó y reeditó. En el nuevo disco esta canción tiene dos versiones, y no una sola, como en el original. La versión más nueva de esta canción cambia “la relación”, en lugar de “la Selección”, lo que, me parece, mejora la letra. Sin embargo, he preferido la versión original para este análisis.


Soy el mexicano medio,
y no me siento muy bien.
La Selección no es mi fuerte,
más bien de todo también.

¿Soy feliz o sigo errante?

Y me pregunto dormido
qué intimidad compartí
para estar aquí metido
y sólo a veces salir.

De lo que sé, nada sirve
para poderme olvidar
de que no estoy muy contento
ni tampoco en el lugar.

¿Soy feliz o sigo errante?

¿Soy feliz o sigo errante?

De repente sí me meto
—para poder respirar—
a un mundo de lentejuelas,
donde sí aprendí a mirar.

Después siempre me regreso
a pasarme por aquí,
y resulta divertido
cómo todo sigue ahí.

¿Soy feliz o sigo errante?
Sigo ausente y voy por ti.


Roberto González nos entrega una típica canción críptica suya (basta recordar Algo, El palacio de espejos o Voy a olvidarme de ti). ¿Cuál es el “mundo de lentejuelas” del que habla? Como toda interpretación, la mía es sólo una de tantas posibles. ¿Qué “mundo” permite olvidar, escaparse, tomar un respiro, mientras vemos “lentejuelas”, es decir, luces titilantes, inaprensibles? ¿Por qué no es más explícito? Yo creo que estamos ante un nuevo paraíso artificial, como diría André Breton. El escape a través del ácido (o la droga específica de que se trate) no es algo que reciba apologías públicas fácilmente. Pero lo compartamos o no, cantar lo prohibido requiere valentía. Algo similar ocurre en la canción A riesgo de perder la vergüenza de MCC sobre el tema homosexual, o en la novela Lolita de Vladimir Nabokov y el deseo hacia las adolescentes casi niñas. Lentejuelas, además, muestra el porqué, el contexto que hace sentir asfixiado y que lleva al escape a ese “mexicano medio” que no es tan medio: el artista. Que la vía es fallida y se llevó a Hendrix, Janis, Morrison, etc., es otra cosa. Pero la necesidad de Roberto González es de confesión, o mejor: de asumir lo que se es, la deficiencia, la fragilidad. Al final, ¿se es feliz, o se vive errante, escapando? Ni siquiera el autor puede responderlo, y comparte con nosotros su propio proceso de angustia, su propia duda metódica, lo que hace de esta rola un acto de honestidad intachable. Y si no es más explícito es por la misma fragilidad que la canción refleja. Pero obviamente caben otras interpretaciones. No obstante, la necesidad de escape ante una realidad demasiado áspera para el ser sensible sí es explícita en Lentejuelas, y esa sensibilidad golpeada es la de toda una generación, la posterior al 68, la de Roberto González, pero que podemos reconocer en cualquiera, pues el fondo opresivo para el verdadero artista se maquilla diferente, pero persiste.
La música de Lentejuelas, suave, con arreglo de balada-rock, parece salir del mismo vapor, de la misma neblina morada, leve, cadenciosa gracias a su solo de sax intermedio, sin mayor pretensión que la confesión (o auto-revisión) que encierra. No obstante, al final rompe en un jazz impecablemente ejecutado y casi gozoso (recurso muy semejante al que usa On’tá en Padre, padre, pero en el intermedio de la canción), como si quisiera remarcar musicalmente ese pequeño respiro del “mundo de lentejuelas” de la letra, como si esa música de jazz perteneciera a ese otro mundo, y marcara el ingreso a esa mínima alegría temporal, fugaz. Un recurso inteligente y de talento.
De este modo, Lentejuelas es una canción intimista, pero que representa una voz generacional, perdida y doliente, pero de gran valor histórico en México.

97. EL GATO

Letra, música e intérprete: Roberto González.
Disco: Aquí.
Aunque para este análisis me basé en la versión con guitarra acústica sola y voz, grabada para
Radio Educación, porque considero que el arreglo del disco Aquí no resultó muy bueno.


El alarido ahogado es como caminar
a las 4 de la madrugada por la ciudad,
donde te encuentras a los que viven en ella.

Agentes borrachos violentos,
ratas que salen a tu encuentro,
tratando de decirte que eres un extranjero.

Los perros te muerden,
te pasan la rabia,
se van satisfechos.
Bajo la luna, sigues derecho.

El alarido ahogado es como caminar
a las 4 de la madrugada por la ciudad,
donde te encuentras a los que viven en ella.

Gatos negros hambrientos,
desperdiciando su talento,
pudriéndose en la basura, inhalando cemento.

Los gatos te dicen
que tú eres como ellos,
que buscas bocado
para pasar el día aislado.


Roberto González nos entrega en El gato una reflexión sobre la marginalidad: ¿qué tan ajena es realmente? ¿Acaso no vivimos todos una misma limitante ante las condiciones imperantes, sociales, económicas, psicológicas? Tanto la crítica como su otro lado, la compasión, se congelan en la boca del cantante-testigo al notar que ese ser marginal, ese gato de callejón maloliente, no es tan diferente; que pese a su evidente desventaja ante todos nuestros privilegios, estos no son sino espejismos que ocultan la misma trampa, la misma condición de estar en manos de los que verdaderamente tienen la sartén por el mango: altos empresarios, banqueros, políticos. La nueva perspectiva que nos ofrece Roberto González otorga a la canción toda su originalidad. Así, El gato muestra la gran capacidad crítica de Roberto González, y aun del movimiento rupestre en general, que evita obviedades ya inofensivas de tan sobadas, y muestra, en cambio, que la conciencia social no está peleada con la calidad artística, siempre y cuando la primera cumpla su papel de mera inspiradora y detonante, y la segunda el suyo, de fin en sí misma, de verdadero sentido y único compromiso del artista. Porque si bien el fondo es relativamente claro, la forma de la canción es cuidadosa, de figuras literarias sólidas, y que, sobre todo, no evidencian, no regalan el tema. De hecho, la primera estrofa guarda el suficiente cuidado en su comparación fundamental, que adquiere un tono enigmático, profundo, que igual implica un ejercicio interpretativo no demasiado fácil. Como igual se trata de una canción en que la crítica social es importante, Roberto González tampoco la hace demasiado oscura, pero eso mismo demuestra que las decisiones estilísticas surgen de un trabajo minucioso y una capacidad notable.
La música de El gato es sólo un rocanrolito clásico de tres acordes, pero justo por eso concuerda tanto con la condición de los personajes que describe la letra, simples sólo en apariencia, pero cargados, muy cargados emocionalmente. Y el resultado es una rola aguda y disfrutable, sin que se resienta esa amalgama, de uno de los grandes precursores del rock mexicano inteligente y poético.

94. SÁCALO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Jaime López.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint en el disco En esta ciudad, pero si el arreglo del disco de Jaime López ya había bajado el nivel de la versión demo sólo con guitarra acústica, el de Cecilia es aún peor, pues el sintetizador con voces de cuerdas le restó toda la fuerza que la letra expresa.


Quiero decir que estoy harto de mí.
Si algo de ti permanece aquí,
sácalo, sácalo,
antes que me lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Si tuviera religión,
me pondría a analizar;
si tuviera ideología,
pondríame a rezar.

Quiero creer que revive el ayer,
pero la piel se volvió pared;
tírala, tírala,
saca la primera piedra;
tírala, tírala,
tira la primera piedra.

Si sumida en la prisión
te podías liberar,
¿por qué en la libertad
te vas a encarcelar?

Quiero decir que estoy harto de mí.
Si algo de ti permanece aquí,
sácalo, sácalo,
antes que me lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Mi enemiga no eres tú,
tu enemigo no soy yo:
el enemigo común
está alrededor;

sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo,
sácalo, sácalo,
antes que nos lleve el diablo.

Sácalo...

Sácalo de Jaime López es el hartazgo amoroso hecho canción. El hartazgo de no poder cerrar el círculo emocional tras el rompimiento, y del que no se termina de salir hasta no agotar los argumentos que expliquen el fracaso. Pero la trampa es que nunca habrá argumentos que alcancen para el que todavía ama; sólo resta desear apasionadamente que esa cadena se rompa al fin. Qué tanto se deseará, que incluso se pide ayuda a la persona amada misma, se le pide una ayuda para quedar libre, pero sólo como apóstrofe, desesperado, inútil. No obstante, es justo ese el rasgo distintivo de Sácalo, y la diferencia con otras canciones de López con el mismo tema, como El hombre de Wall Street y Ella empacó su bistec. Y acudir a la persona perdida no sólo es un original recurso literario, sino un ejemplo de humildad y sobre todo de sensibilidad. No extraña entonces que la línea lo exprese: “mi enemiga no eres tú, tu enemigo no soy yo: el enemigo común está alrededor”. Es decir, la auténtica visión madura de la ruptura, que sabe diferenciar lo que muy pocos: que el que opina, ve las cosas o toma decisiones de manera distinta no es por ello un equivocado, sino sólo alguien que disiente, desde otra línea igual de válida. Obviamente no cualquier ruptura permite tal sensatez; por eso mismo, Jaime López y el resto de los autores pueden explorar en otras canciones los distintos grados. Por otro lado, la propuesta poética de Sácalo se centra en el retruécano de sus estribillos, muy inteligentes y estupendamente trabajados, que sin duda recuerdan los famosos de varios sonetos y redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz. A través de esta figura retórica, Jaime López muestra, además, cómo la alteración lógica refleja la propia del amor frustrado, de ahí lo atinado de su elección. De hecho, López siempre se ha caracterizado por la exploración de distintas figuras literarias principales, de rola en rola, lo que sin duda ha enriquecido ampliamente su propuesta artística.
Por su parte, la música de Sácalo refleja la gradación emocional que se va desarrollando en la letra: parte casi como una balada-rock, hasta terminar de manera energética, incluyendo un coro a capella, luego del cual reaparece el arreglo instrumental fuerte. Como ya dije antes, la primera versión de esta canción, grabada en radio, era sólo con guitarra y voz. La versión del disco incluye un acordeón, lo que, a mi juicio, fue una mala elección, pues le resta fuerza, por el tono más propio de la canción humorística o liviana norteña que dicho instrumento provoca. Pero pese a ello, la garra de la voz de López fortalece totalmente la rola, que surge auténtica, profunda, y sobre todo, muy sentida.

93. SOLARES BALDÍOS

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: El profeta del nopal.
También
Nina Galindo grabó una versión para el disco de homenaje a Rockdrigo, llamado A ver cuándo vas…, grabado por varios músicos del movimiento rupestre.


Ella estaba sentada
en un jardín de sopor;
sentada sobre la nada,
viendo fantasmas de amor,
con los dedos amarillos
por los cigarrillos
y excesos de ron.

Cruzan mi mente solares,
solares baldíos de amor.

Ella se mece en su hamaca,
enredada en el tiempo,
con la mirada ya flaca
por quien nunca regresó.
Dicen los niños que juegan
a ver quién atina a los vasos de ron.

Cruzan mi mente solares,
solares baldíos de amor.

Es un cometa la imagen,
es un mapa de vapor.
“Voy por cigarros”, le dijo,
se puso el sombrero y jamás regresó.
“¡Ya no arañe las nubes!”,
le recetó algún doctor,
pero ella estruja lugares
que dan a solares
baldíos de amor.

Fue a sacudir al tendero,
al policía y al dolor,
pero de aquel paradero
sólo silencio encontró.
Los días eran sospechas
de algún enemigo con el odio a flor.

Eran su vida solares,
solares baldíos de amor.

Supo de alguien que sabía
adivinar el color,
y en un teléfono viejo
ella escupió su dolor.
“Miles de gentes perdidas”,
le dijo un lejano interlocutor.

Eran su vida solares,
solares baldíos de amor.

Es un cometa la imagen,
es un mapa de vapor.
“Voy por cigarros”, le dijo,
se puso el sombrero y jamás regresó.
“¡Ya no arañe las nubes!”,
le recetó algún doctor,
pero ella estruja lugares
que dan a solares
baldíos de amor.

Solares baldíos,
baldíos de amor.
Solares baldíos.


En las entrevistas y conciertos que tuvo en vida, Rockdrigo siempre dividía sus canciones entre “urbanas” y “humanas”. Así, el humor era su característica, pero no la única. Solares baldíos lo demuestra. Una vez más, como tantas, se narra una historia (o una hurbanistoria, como propuso ortográficamente Rockdrigo); en este caso, la de la mujer abandonada, pero sin explicación, sin que se sepa el destino de la pareja, que sólo desapareció (Jaime López retomó el tema recientemente, en su rola Por cigarros a Hong Kong, grabada en el disco Nordaka junto a Eulalio González Piporro). La angustia y las miserables esperanzas resultantes llenan la vida de la abandonada, pero la llenan de vacío realmente, y la paradoja consume el alma, los nervios y los años de la mujer. Todas esas emociones las refleja poéticamente la letra, con imágenes muy ricas y modernas (como las metáforas “jardín de sopor”, “mapa de vapor” y obviamente “solares baldíos de amor”, y las prosopopeyas “escupió su dolor” y “estruja lugares”, además de adjetivaciones y comparaciones). De esta manera, la verdadera división de las canciones de Rockdrigo tiene más que ver con la elección entre complejidad formal (como en Rock en vivo, Tiempo de híbridos y Solares baldíos), o un lenguaje más directo, de impacto inmediato (como en Oh, yo no sé, El feo o Asalto chido). Obviamente muchas veces coincide esta división con la diferencia entre canciones de humor y más serias, pero no en todos los casos. Pero como sea, Solares baldíos es una de las canciones donde Rockdrigo explora más los límites estilísticos, sin que ello impida que logre un fondo profundo, y una delicadeza muy lograda ante la tragedia cotidiana, absurda y aplastante de la protagonista. Una verdadera pieza de empatía, la rola resulta conmovedora, y la desesperación y la soledad que se vuelven alcoholismo se reflejan sin obviedades sensibleras, en aras de un tratamiento mucho más profundo.
La música es una pieza clásica de rock rupestre, donde la guitarra sola tiene que encargarse de llenar lo que un arreglo más elaborado, eléctrico y con recursos de estudio, facilitaría. Rodrigo González suple esta carencia muy eficientemente, con cambios de ritmo y énfasis, con punteos y viajes de lo más agudo a lo grave, del arpegio al golpe de guitarra, y todo esto ajusta la concordancia con las complejidades emocionales del personaje principal de la letra. Una de las grandes del Rockdrigo.

jueves, 3 de junio de 2010

90. TIEMPO DE HÍBRIDOS

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: El profeta del nopal.
También existe una versión del dueto
Callo y Colmillo, es decir, Nina Galindo y Roberto Ponce, grabada en Radio Educación. Y Nina la grabaría sola finalmente en el disco Antes del toque de queda.


Era un gran rancho electrónico,
con nopales automáticos,
con sus charros cibernéticos
y sarapes de neón.
Era un gran pueblo magnético,
con marías ciclotrónicas,
tragafuegos supersónicos,
y su campesino sideral.
Era un gran tiempo de híbridos.
Era Medusa anacrónica,
una rana con sinfónica
en la campechana mental.

Era un gran sabio rupéstrico
de un universo doméstico,
pithecanthropus atómico, era
líder universal.
Había frijoles poéticos, y también
garbanzos matemáticos
en los pueblos esqueléticos, con sus
guías de pedernal.
Era un gran tiempo de híbridos,
de salvajes y científicos
panzones, que estaban tísicos
en la campechana mental,
en la vil penetración cultural,
en el agandalle trasnacional,
en lo oportuno norteño imperial,
en la desfachatez empresarial,
en el despiporre intelectual,
en la vulgar falta de identidad.


La relación entre rock y Surrealismo ha sido más bien tangencial. Quizá fue John Lennon quien más la buscó, con canciones como I am the walrus, Glass onion, Come together o A day in the life, donde realmente hubo una serie de asociaciones cercanas a la escritura automática, que buscaba la verdadera expresión del subconsciente. Así que seguramente sería más lógico hablar de influencia surrealista, más que de canciones realmente surrealistas. No toda la gente entiende la diferencia, lo que explica que se incluyan en la misma lista lennoniana canciones que evidentemente tienen un “tema”, es decir, un claro uso de la razón, por más audaces que sean sus imágenes, como Lucy in the sky with diamonds, Strawberry fields forever o Being to benefit of Mr. Kite. Lo mismo podría decirse de la confusión del mismo André Breton, cuando afirmaba que Frida Kahlo era surrealista. La relación con el Surrealismo tampoco se dio demasiado en el rock mexicano. Quizá el caso más notorio es el grupo de canciones del disco Del surrealismo, la picaresca y el humor, de José de Molina y Los Nakos (ninguna logró quedar en la lista final, lamentablemente, pero hay canciones bastante buenas en este disco, como El asesino de la televisión, La modista, y las cercanas a lo surrealista Pasitas, y la ya mencionada Canto a tus vísceras).
Dentro de las canciones de influencia surrealista sobresale Tiempo de híbridos de Rockdrigo. La letra es muy original, una sucesión de metáforas formadas por elementos autóctonos o folclóricos por un lado, y por referencias tecnológicas por el otro; mezcla que crea imágenes insólitas, surrealistas, compuestas básicamente de esdrújulas enigmáticas, que recuerdan vagamente el poema La rosa de Hiroshima de Vinicius de Moraes, pero con carga menos obvia, y además, humorística. Estas metáforas, estos híbridos entre tradición local y futurismo ajeno encierran el tema de la rola: el gran híbrido en que se ha convertido México por el colonialismo cultural que padece ante los vecinos del norte. Esta nueva Conquista ha creado auténticos monstruos contradictorios y sincréticos; el acceso del tercer mundo a la tecnología, sin un auténtico desarrollo económico y educativo que lo acompañe, sólo ha propiciado una población de burros que tocan la flauta. Es decir, híbridos, absurdos, risibles. La antigua y asfixiante dependencia económica que Estados Unidos ata a nuestro cuello se ha extendido a lo cultural, pese a que el avance de la mano de obra hacia el otro lado significa también una velada reconquista de los territorios arrebatados (la tesis esperanzadora es de Carlos Fuentes, no tanto mía). Pero en todo caso el resultado de este trasvasije es lo que Rockdrigo retrata, con humor despiadado y originalidad innegable. Pero además, para ello se vale de un manejo del lenguaje muy destacado, de gran inteligencia, que esconde muy atinadamente su contenido como una bomba de tiempo, de tiempo de híbridos. Así, esdrújulas precisas, metáforas alucinantes y adjetivaciones estrambóticas se mezclan en una gran elipsis, en un intenso despliegue de recursos estilísticos ocurrentes y, para colmo, certeros. Quien pescó el fondo, que lo disfrute; quien no, se lo pierde, problema suyo.
Pero también la música es certera. También es un híbrido. La introducción está conformada por ascendentes figuras bitonales propias de la canción ranchera (similares a las de Renunciación, Plegaria guadalupana, Las rejas no matan, Un cancionero lloró, Que te vaya bonito y muchísimas más, y copiada después por Caifanes en La célula que explota). Pero inmediatamente la guitarra acústica rompe en un aporreo, y la armónica remata el salto a un ritmo de rock; en él se desarrolla el resto de la canción, hasta que el final retoma la figura ranchera. Es decir, también la música retrata el híbrido entre tradición folclórica e influencia extranjera (tengo clarísimo que casi toda música es de por sí un híbrido, incluyendo la ranchera y el mariachi). Es decir, Rockdrigo no hace una canción ranchera con letra de rock (como sí lo hace Jaime López en ¡Ay, que dolor vivir!), ni tampoco modifica una canción ranchera con música rockera o bluesera (como hace Betsy Pecanins en todo el disco El efecto tequila). No, aquí se trata de fusionar ambos espíritus totalmente, de crear un híbrido. No podría haber mayor concordancia entre letra y música. Y como en el mejor rock, sin moralina, simplemente reflexionando sobre una realidad, y expresándola con una búsqueda formal propia.

89. LA ESCENA ME TRASPASA EL CORAZÓN

Letra y música: Jaime Moreno Villarreal y Guillermo Briseño.
Intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: Sin editar en disco.
Para este análisis tomo la versión grabada para
Radio Educación. También existe la versión de Guillermo Briseño y El séptimo aire, del disco Esta valiendo… el corazón.


Sobre la cama, anchamente,
me la paseo esperando un phone,
y bostezando ampliamente,
prendo la televisión.
He descubierto que me duele,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Si se supone, vagamente,
que yo vivo del rock,
¿por qué será que diariamente
me la paso en el colchón?
Como que no le importa a nadie,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

Quiero mi lira, y una bataca,
tráiganme un pantalón.
Abran la puerta, que entre la gente,
ya va a empezar la función.

Soy un enfermo reincidente,
eso me ha dicho el doctor.
Siempre me apañan gachamente
en los conciertos de rock.
De la ambulancia soy el cliente,
la escena me traspasa el corazón.

Está valiendo madre,
está valiendo madre
el corazón.
Está valiendo madre,
está valiendo madre,
está valiendo madre el corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.

El corazón.
El corazón.
Me estoy volviendo loco,
me está tronando el coco,
creo que me equivoqué de profesión.


La escena me traspasa el corazón posee una letra dura, directa, no muy común en la obra del también poeta Jaime Moreno Villarreal, aunque aquí se trata de un tema compuesto con Guillermo Briseño (quién sabe qué tanto es de cada uno). El tema es doloroso: el rockero ante el espejo, ante su situación desfavorable en México (salvo los pops), país dominado absolutamente por la música comercial y los medios que la encajan en la gente. Sin disqueras. Sin promociones. Sin productores que pongan la lana. ¿Qué queda? Nada, migajas, espacios ínfimos para manifestarse, incluso agresiones de ese público para el que se toca, y que ni valora, ni agradece, ni escucha realmente. Como dice el rockero protagonista de la novela Polvos de la urbe, de Víctor Roura: “a fin de cuentas, ¿para qué tocar? Para unos cuantos canallas...”. Y aunque el músico de rock mexicano lo tiene clarísimo, lo sabe de antemano, no deja de dolerle. Por ello, Moreno Villarreal deja por un momento su estilo poético elaborado y sutil (sin que falten los detalles formales bien cuidados, como el recurso estilístico de los adverbios terminados en mente), para entregar una rola que golpee, que cumpla al máximo su función: el desahogo, libre, puro, rudo, sin tropos que suavicen el fondo doloroso, como una especie de escape, de ruptura. Ya habrá tiempo y canciones para sutilezas…
La música de La escena me traspasa el corazón es también directa: una guitarra acústica, que nos recuerda, por ejemplo, que los rupestres lo eran por falta de medios para la instrumentación eléctrica, y no por un purismo folk al estilo de los que pifiaron a Bob Dylan en Newport. El rasgueo, de golpes entrecortados, le imprime un aire visceral, casi furioso, pero en el estribillo el ritmo rocanrolero parece reafirmarse, como si asumiera su esencia pese a todo, como si sacara el orgullo. Por ello, al final letra y música forman un nudo de catarsis pura, un desahogo que parece decir: “¿ah, sí?, ¡pues a la mierda todos!”.

88. LOS INTELECTUALES

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Aventuras en el DeFe.



En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
Se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos,
pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos.

Los veías en los cafés, llenos de libros profundos,
y en eventos culturales olías conceptos rotundos.
Constantemente escribían poemas y cuentos cortos,
y aunque no los comprendían, se quedaban como absortos.

Si veías tal escritura, te sentías medio atontado,
porque con tal estructura te ibas bien apantallado.
No sabías si eran marcianos, mexicanos o europeos,
ángeles, diablos o enanos, cardíacos o prometeos.

Y así estos tipos extraños siempre estaban cavilando,
y hasta cuando iban al baño se la pasaban pensando.
Pensaban cuando comían, en la esquina, en el avión;
pensaban cuando dormían, pensaban en el camión.

Y entre tanto pensamiento, análisis y estructura,
decían conocer la neta y hasta también la locura.
Pero al llegar a su casa se liaban con su mujer:
sintiéndose de otra raza, nunca daban pa’ comer.

Ya que en un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.
En un lejano lugar, retacado de nopales,
había unos tipos extraños, llamados intelectuales.


Todos los que, de una manera u otra, trabajamos en el ámbito intelectual, nos hemos estremecido con esta bofetada de Rodrigo González, el Rockdrigo. Su canción Los intelectuales es absolutamente certera, como una bomba terrible. Siempre he querido saber qué experiencia pudo inspirarla, cómo se le ocurrió, qué desató este mazazo. Y varias veces he tratado de objetarla: que es injusta, que ya tenemos suficiente con la falta de oportunidades, que uno se esfuerza por acrecentar el uso de la inteligencia. Etcétera, etcétera, etcétera. ¿Pero saben qué?, es INAPELABLE. Simple y sencillamente inapelable. No sé por qué, pero siempre la relaciono con la frase del poema de Vinicius de Moraes: “para vivir un gran amor (…) hay que (…) saber ganar dinero con poesía”. Y yo, que aún no sé hacerlo, sigo sangrando con cada estrofa de Rockdrigo. ¿Qué lo llevó a ponerse “del otro lado”, uno que nunca reflexionamos, y que menos criticamos? No podremos saberlo, pero sí podemos apreciar de nuevo un arranque de originalidad, un mito derribado, una nueva máscara que cae. El mensaje es claro: quien sólo se queja, es cómplice, no víctima. No basta con padecer la incultura popular ni encerrarse en la inconexión con la realidad práctica. Rockdrigo lo decía: “ha llegado la hora de modificar las estructuras”. Quizá se hartó de ver cómo se rendían todos, se resignaban, se quedaban en la queja, y por eso creó esta pequeña terapia de shock, este electroshock. O mejor dicho, como buen rupestre, un acustishock. La explicación se perdió con él bajo las ruinas del terremoto de 1985.
La música de Los intelectuales es sólo un rocanrolito clásico en 4/4, y el toque más rupestre, más precario aún, es el sonido gutural que sustituye el inalcanzable trombón o saxofón. Porque la paradoja es que tampoco él daba mucho “pa’ comer”, también él padeció esa precariedad, y quizá la explicación más lógica es que, al final, y al estilo de John Lennon, todo es sólo una impecable, genial y despiadada autoironía.

84. ROJOS DE MARZO

Letra, música e intérprete: Roberto Ponce.
Disco: Sin editar en disco, grabada en
Radio Educación.


Tu falda de granada, las cinco por la tarde.
En nuestros abetos, escondida la mañana.
Los patos, el lago, tu risa temprana.
Hay tantos amores, como rojos de marzo.

Rojos de marzo en tu piel.
Rojos de marzo.

Mi loca guitarra deambula por los parques.
Antiguas ciudades se pintan en mi cara.
La gente nos mira como monigotes.
Tú quieres a varios, te lleno de flores,
la vida que exige volvernos a ver.

Rojos de marzo en tu piel,
la primavera nunca más.
Rojos de marzo en tu sien, nena.
Rojos de marzo.

Serpientes de seda circundan tu cintura.
Susurran “hermana” como a una calavera.
Los cuervos no vuelan, contemplan el acto.
Recoges tu prenda y nos vamos en camión.

Tu falda de granada, las cinco por la tarde.
En nuestros abetos, escondida la mañana.
Los patos, el lago, tu risa temprana.
Hay tantos amores, te lleno de flores,
la vida que exige volvernos a ver.

Rojos de marzo en tu piel,
la primavera nunca más.
Rojos de marzo en tu sien, nena.
Rojos de marzo.


Uno de los principios —quizá nunca dichos ni conscientes, pero innegables— del rock rupestre fue la creación de un nuevo tipo de canción de amor, una manera distinta de tratar el tema amoroso y un nuevo lenguaje para expresarlo. Claros ejemplos de esto son Te pareces de Iván Rosas, No sé por qué será de Qual y Perra guardiana de Carlos Arellano. Las canciones de amor rupestres incorporaron un léxico aparentemente menos delicado, una visión más cotidiana de la pareja y de los sentimientos, que asumía, por supuesto, el deseo, las contradicciones, el humor, el contexto sociopolítico mexicano. Pero sin renunciar a la emotividad: sólo se buscó verla desde otros ángulos, en su humanidad completa, sin negar sus complejidades como lo hacen las baladas comerciales.
Otro ejemplo de esto es Rojos de marzo. Esta canción vespertina y tenue de Roberto Ponce centra su belleza en la creación de una atmósfera, cálida, de un erotismo sutil, pero vivificante. Es un pequeño canto a la complicidad de pareja, a la valoración de los detalles corporales, gestuales, de ese pequeño mundo que forman juntos, al que nadie tiene verdadero acceso, y que filtra los paisajes citadinos circundantes, les da un significado propio, único. Colorea la urbe. Rojos de marzo es una pequeña instantánea de ese ámbito cómplice, donde los amantes logran refugiarse, salvarse. Donde los estragos del machismo, del sexismo, los mecanismos de control, no golpean, porque por fin se trata de dos, juntos, sin fuertes ni débiles, sin imposiciones, asumiendo el propio cuerpo, toda su sed y su hambre. Uno ve en esta canción la fuerza de una nueva juventud, crítica, que crea sus propias convicciones, que se sacudió finalmente la culpa judeocristiana ante la sexualidad. Roberto Ponce describe los elementos de este paisaje y esta entrega auténtica a través de metáforas y prosopopeyas concisas, de belleza nueva. Las edénicas “serpientes de seda” avivan el fuego de esta nueva Eva, ya sin esa carga moralista anquilosada y obtusa, como si Ponce subscribiera la nueva moral que proponía Nietzsche, más allá el bien y del mal. De este modo, Rojos de marzo renueva (si no es que inaugura en México) la auténtica canción erótica con contenido crítico y profundo.
Sólo con su guitarra, en Rojos de marzo Roberto Ponce arma sucesiones de acordes, rasgueos cachondos que acompañan y recrean ese paisaje, esa tarde, ese sol que cae y enrojece los parques, y la gradación de sonidos crece al final hasta reencontrar su calma, como los amantes que describe. Todo suavemente, pero con firmeza, como la propuesta del nuevo amor rupestre.

83. CHILANGA BANDA

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: Odio fonky.
Es de sobra conocida la versión de
Café Tacuba en su disco Avalancha de éxitos, mucho más comercial. También existe una curiosa versión de la cantante de jazz, trova y bolero Margie Bermejo en su disco Mamacita del Mayab.


¡Ya chole, chango chilango,
qué chafa chamba te chutas!;
no checa andar de tacuche,
¡y chale con la charola!

Tan choncho como una chinche,
más chueco que la fayuca,
con fusca y con cachiporra
te pasa andar de guarura.

Mejor yo me echo una chela
y chance enchufo una chava.
Chambeando de chafirete
me sobra chupe y pachanga.

Si choco, saco chipote;
la chota no es muy molacha,
chiveando a los que machucan,
se va en morder, su talacha.

De noche caigo al congal.
“¡No manches!”, dice la changa.
Al choro del teporocho,
en chifla pasa la pacha.

Pachucos, cholos y chundos,
chichifos y malafachas,
acá los chómpiras rifan
y bailan Tíbiri tábara,
y bailan Tíbiri tábara,
y bailan Tíbiri tábara.

Mi ñero mata la bacha
y canta “La cucaracha”;
su choya vive de chochos,
de chemo chulo y garnacha.

Transando de arriba a abajo,
a’i va la chilanga banda.
¡Chin chin si me la recuerdan!
¡Carcacha y se les retacha!


Otro de los rasgos más distintivos del rock mexicano, sobre todo el llamado rupestre —otra vez— es el uso libre del lenguaje, experimentar con él, estirar sus límites. Si en la literatura se han dado numerosos ejemplos de obras experimentales, como el cuento En defensa de la Trigolibia de Carlos Fuentes, o todos los del libro Las vocales malditas de Óscar de la Borbolla, las novelas Morirás lejos de José Emilio Pacheco, Farabeuf de Salvador Elizondo y Pasto verde de Parménides García Saldaña, o los famosos calambures del Nocturno en que nada se oye de Xavier Villaurrutia en poesía, si hablamos de música es en el rock donde se manifiesta más naturalmente. Y Jaime López ha sido uno de los que más lo han intentado, ya sea en algunas frases como en Vagón de vagabundos, Amar a Marta era mi tarea, Adiós a los dioses o Lacayo de la calle, o en canciones enteras, como Caite cadáver. Esta última es el antecedente más cercano de Chilanga banda.
Originalmente Chilanga banda era un texto sin música, igual que El malafacha o Nuestro amor es ese gato negro muerto en el baldío. En el disco Odio fonky presentó las tres, unas medio entonadas y otras sólo recitadas sobre un fondo musical hecho por José Manuel Aguilera, guitarrista de La barranca, Jaguares, etc. El pie forzado de Chilanga banda es unir en una canción que sí narre una historia (y no sea sólo una acumulación sin sentido), varios de los vocablos del léxico barriero lumpen, que contengan la letra ch. El resultado es esta especie de himno a la banda, a la tribu urbana ñera, de barrio defeño, y sus costumbres de sobrevivencia picaresca, etílica, auténtica, en oposición al tira, al policía corrupto e intransigente que, salido del mismo barrio y condición, ahora pertenece al bando contrario, se ha vuelto el enemigo, una mona vestida de seda azul, credencial y macana. Ante la alta exigencia de tan difícil pie forzado, Jaime López sale más que airoso: produce una obra maestra de ingenio y originalidad, un juego límite con el lenguaje, intraducible a otras lenguas e indescifrable en otras partes de Hispanoamérica (incluso muchas transcripciones en páginas web mexicanas son fallidas, dada su complejidad), porque pertenece y define al grupo social cerrado que retrata; cerrado para no contaminarse de inautenticidad trepadora, como el policía enemigo.
La entonación de Chilanga banda tenía que ser también barriera, pura de callejón, tal como ocurre en Odio fonky. Sin más distracciones que unas percusiones tropicales, unos discretísimos teclados y guitarra rítmica en la última parte, el final es un remate de metales clásico del mambo, que reafirma su condición absolutamente popular. Un acierto imaginativo, y correcto en su mesura.
Así, en Chilanga banda Jaime López consigue que su jugueteo léxico llegue más allá, con un fondo más profundo del que la sorpresa deja ver a primera impresión.

82. BIGOTE AZOTADOR

Letra y música: Roberto Ponce.
Intérprete: Callo y colmillo, es decir,
Nina Galindo y Roberto Ponce.
Disco: Sin editar en disco, grabado para
Radio Educación.


—¡Yo también!
—¡Yo también!
—¡Yo también!

—¡Yo también trabajo mucho, señor,
y usted todas las noches toma
su autobús, y no se da cuenta
que esto es una entrada de coche!
—¡Yo también trabajo día y noche!
—¡Bigote azotador,
quita tu portafolio, deja pasar!,
me voy a guillotinar…
—¡Yo también trabajo mucho, señora,
doce horas en la oficina!
De tarde en tarde no me falta alguna nena que me dice:
“oye, vamos a una cantina”.
¡Yo también hago pan de harina,
y la llamo “vieja loca”,
pues le toco el claxon y no deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!

—¡Yo también hago pan de harina,
y la llamo “vieja loca”,
pues le toco el claxon y no deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!
—¡Yo también trabajo mucho, señor,
tengo que cuidar a mis hijos!
—Cada noche, cuando entro en la cama, oigo que mi esposa tiene ganas de…
—¡Yo también trabajo a más no poder!
¡Bigote azotador,
quita tu portafolio, deja pasar!
¡Quiero llegar al hogar!


Igual que Jaime López en la recién revisada Chilanga banda, Roberto Ponce da una muestra de juego de ingenio y lenguaje en la canción dialogada Bigote azotador. En este caso, la estampa urbana es la típica discusión neurótica de automovilistas y peatones en la ciudad de México. En esa lucha de poderes y géneros, se cae en el más ridículo de los infantilismos, tratando de ser a toda costa el que tiene razón: “¡Yo también!”, se repite en una segunda línea sonora al fondo, a lo largo de toda la letra. Es decir, “¡yo puedo más!”, “¡yo merezco más!”, “¡yo necesito más!”. Y para subrayarlo, se acude a su otra cara: “¡usted no puede!”, “¡usted no merece!”, “¡usted no necesita tanto como yo!”. Y el colofón es ese “¡yo también!” en ping pong sordo, de los que nunca se ponen en los zapatos del otro. Hasta que, ante la falta de argumentos, sólo cabe la descalificación, también ridícula, del pugilato citadino: “¡vieja loca!” vs. “¡bigote azotador!”. De carcajada. Pero una carcajada que se congela en la boca, cuando entendemos cuánto nos salpica la caricatura, cuando esa mascarada de intolerancia y miseria ética encaja perfectamente en nuestras caras. Y de pronto vemos nuestros propios rasgos en los esperpentos.
Pese a la curiosa decisión de dejar en la voz de Nina Galindo los diálogos de ambos personajes, y que Roberto Ponce sólo haga los “¡Yo también!” y discretos coros al fondo, la disputa se capta plenamente. La melodía, vivaz y simpática de rock'n'roll simple, sostenida en la guitarra de Ponce, más el sonido bilabial del intermedio, imitando un sax o un trombón, muy al estilo rupestre (como ya vimos en Los intelectuales de Rockdrigo) atizan el humorismo inteligente de la canción, sin duda una de las más originales del rock mexicano.

81. DOMINGO AZUL / PASANDO POR INTRUSO

Letra, música e intérprete: Roberto González.
Disco: Lentejuelas.
Igual que en el caso ya visto de la canción
Lentejuelas, de Pasando por intruso y Domingo azul existen dos versiones, porque el disco fue regrabado. Aquí tomamos la versión original, donde forman una sola canción en los hechos.


Llegó en un domingo azul a nacer,
en este mundo gris.
Llegó decidido a ser un ser
genial, y así lo fue.
Entregó su vida al arte,
y el arte se lo tragó;
vivió haciendo hermosuras
que nadie imaginó.

Y más bien nunca le importó
saber por qué vivió.
Siempre tuvo a la mano un trago
calientito de ron.
Entregó su vida al sexo,
y el sexo se lo tragó;
vivió haciendo hermosuras
que nadie, nunca, vio.

Amando siempre a dos,
las dos eran iguales;
gozando con las dos,
las dos eran sus madres.

Mantuvo su orgullo en inflación
y nunca claudicó.
Llevaba un secreto personal
que nunca develó.
Entregó su vida al arte:
él mismo se atrapó.
Sirvió, haciendo hermosuras,
que nadie imaginó.

Su espacio vital nadie invadió,
lo supo conservar.
Sostuvo un desprecio puritano
a la mediocridad.
Entregó su vida al sexo:
él mismo se atrapó.
Sirvió, haciendo hermosuras
que nadie, nunca, oyó.

Amando siempre a dos,
las dos eran iguales;
gozando con las dos,
las dos eran sus madres.

***

Después de haber nacido siendo viejo,
crucé a nado lagunas de demente,
me crié a punta de sones y de rezos,
mirando vida sólo en los reflejos.

Fui niño, fui a la escuela y aprendí;
pero en la sacristía, jugando al sexo,
las niñas me cobraron en canicas,
y entonces a la escuela no volví.

Después he estado atento a las corrientes,
las modas, movimientos y vaivenes;
gozando como un loco, aquí me tienes,
pasando por intruso en los ambientes.

He oído lloriqueos justificantes,
a un anarco cantante de rancheras,
he sentido un olfato tras mis huellas,
y he sufrido un fascismo galopante.

He visto a radicales refugiarse,
a un modesto argentino oportunista,
he visto dibujar a un feminista
luces de neón y homosexuales.

Los he visto venir desde provincia,
y he vístome reír en vacaciones.
He conocido porros de ambas clases,
y he conocido perros alpinistas.

Me gustó el sabroso sangrar de los 60’s,
diez años vi este mundo desde Praga
con una manzana latiéndome incrustada,
y he muértome de risa en los 80’s.


Roberto González nos entrega aquí un par de canciones tan relacionadas que, como dije, en su primera versión se sucedían sin pausa. Ambas forman un auténtico manifiesto generacional, que desglosa la caída y los padeceres de sueños, cambios y luchas, personales y grupales. Si bien se narra la vivencia personal, es obvio que las semejanzas con los contemporáneos le dan ese valor de cántico de época. El recorrido, desgastante, lleno de angustias y renuncias, pero también de afán de seguir en pie, ve pasar las décadas, sin descifrar ni adaptarse a los cambios de lleno, en parte porque mucho fue determinado por las condiciones sociopolíticas de México. Así, se pasó del sueño sesentero a la desilusión y evasión consecuente de los 70’s, y de ahí a esa especie de resignación-revaloración en los 80’s, momento en el que se compone la rola, y del que aún no se puede tomar distancia para sopesar lo que se siente ahora. Una vez más Roberto González nos entrega una letra honesta, que incluye contradicciones, dudas, incluso miedos, y es eso lo que permite identificarnos.
Domingo azul es una pequeña balada-rock, cálida y suave, con introducción y adornos permanentes de armónica, como si tratara de reflejar los tiempos del grupo Un viejo amor de Roberto González, Jaime López, Emilia Almazán y Guadalupe Sánchez, que luego se convertiría en el disco Roberto y Jaime. Sesiones con Emilia. Por su lado, Pasando por intruso se acelera ligeramente, y su mayor aporte musical está en los cambios de ritmo que van ilustrando los que se van mencionando o sugiriendo (tango, ranchera, disco), y que resaltan así todas las modificaciones que el paso del tiempo fue dejando. En ese sentido, el arreglo es notable, sobre todo en la sección de ritmos (batería y bajo), que Roberto González trató de rescatar en su segunda versión, con notoria pérdida, pese a que hablamos casi de los mismos músicos. Realmente un himno generacional de honestidad conmovedora.

miércoles, 2 de junio de 2010

80. PARADA SUPRIMIDA

Letra, música e intérprete: Gerardo Enciso.
Disco: Sin editar en disco, grabada en
Radio Educación.


No puedo echarme un toque ni leer a Marx,
ni echarme un cachondeo con mi nena allá atrás,
ni traer el pelo largo, ni rocanrolear,
no puedo ir a la escuela ni a trabajar.

Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.

Parada suprimida es este país;
te ponen florecitas, dicen que eres feliz,
los comics en primera plana me hacen reír,
me importa Nicaragua y lo que pasa aquí.

Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.

Camino y veo a esa raza, que es la militar,
y sólo de acordarme me hacen vomitar.
Los tiras hacen razzias y no puedo más,
lo único que quiero es que me dejen en paz.

Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.

No puedo echarme un toque ni leer a Marx,
ni echarme un cachondeo con mi nena allá atrás,
ni traer el pelo largo, ni rocanrolear,
no puedo ir a la escuela ni a trabajar.

Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.
Parada suprimida.


Siempre se ha tomado a la visceralidad como defecto. Como una reacción impulsiva que no toma en cuenta a la razón. Pero no sé qué tan cierto es eso, cuando nos topamos con una rola como Parada suprimida de Gerardo Enciso, que insta a llamarla visceral. En este caso, la visceralidad no significa carencia de motivos racionales, sino que prima en ella la rabia, el hartazgo, la desesperación. Tomando un elemento de la cotidianidad capitalina, la parada de autobús que ya no cumple su función, y que fue sustituida o movida por motivos poco claros, es decir, suprimida, dicho elemento se vuelve un símbolo del nulo funcionamiento de la vida urbana (y nacional), de sus limitantes irracionales, de la prepotencia imperante. De tanta asfixia y tanta parálisis emocional.
Compuesta en una época en que ese era el infierno de los sensibles: la indiferencia y sumisión del resto, Parada suprimida es un puñetazo al aire, que sabe que nada sacude, pero sí permite el respiro momentáneo. Por eso no podía ser demasiado refinada en su estilo literario: tenía que ser directa, cruda, sin piedad. Gerardo Enciso suelta su impotencia en la voz desgarrada, áspera, en medio de golpes retumbantes de guitarra sola, acústica y rápida, y todo junto forma un grito fugaz, pero intenso. Una canción sin concesiones, que responde a la brutalidad de una decisión que nada tiene que ver con el ciudadano, autoritaria, con líneas musicales y letrísticas en bruto, en una ciudad en que la visceralidad es la única sensibilidad posible.

79. CALZADA DE TLALPAN

Letra, música e intérprete: Roberto Ponce.
Disco: Sin editar en disco, grabada para
Radio Educación.


Cada lunes veo la basura en su lugar.
Calzada de Tlalpan, ocho en punto, reventó.
El operador de una naranja da el tostón.
El smog azul, azul…

Esa mujer vieja no se queja, no hay lugar;
se levanta el joven, el asiento cede, y ya.
Todo el pueblo, muy temprano, sale a trabajar
el smog azul, azul…

Las mariposas van velando los peseros.
La lluvia de todos es muy rica en el verano
de todos, de todos.

Madera y maíz, todo un elote me como aquí;
dentro de mi estómago, una cáscara de nuez.
Ese es el salario que yo llevo al hogar:
el smog azul, azul…

Traigo un universo aquí en mis hombros, y un desván.
Vamos en el metro, vean mis ojos en el sol.
Este viernes canto una tarde, con amor,
aquel smog azul, azul…

Los candelabros van velando el otoño.
La lluvia de todos es muy rica este verano
de todos, de todos.

Sí, la lucha se alarga,
¿y tú que has hecho?
Ven a encender la luz,
cual es tu deber.
Mira, toma una estrella,
danos el fuego,
vuelve a casa,
aún es tiempo de soñar.

Soy un hombre viejo en el espejo de un Ruta 100,
Calzada de Tlalpan, ocho en punto, reventó.
El operador de esa naranja da el lugar
a una niña azul, azul…


Al igual que en Rojos de marzo, Roberto Ponce nos entrega en Calzada de Tlalpan una estampa, una instantánea del día urbano, narrado desde los vaivenes de la contradicción entre sobrevivencia y sensibilidad. La invitación de Ponce es la misma que en su otra canción, El rol debe seguir: hay que avanzar pese a todo, porque así como hay elementos y sucesos angustiantes, hay colores, voces limpias, creaciones, sonrisas, heroísmos mínimos, amor. Los rupestres brindan o develan una esperanza, pero real, no sostenida en la falta de crítica, sino en el humor, los afectos, los trozos de belleza que abundan en la realidad cotidiana, y que poco a poco dejamos de apreciar. Por lo tanto, nunca encontraremos en sus canciones un discurso ramplón al estilo de los patéticos libros de autoayuda o superación personal, sino un sacudimiento de la sensibilidad, para ver lo verdadero, en sus lados terribles, pero también gráciles. Calzada de Tlalpan nos muestra cómo en una avenida principal del D.F. hay misterios, luces, hambres, lucha y calidez, para poder apreciar la complejidad de la vida cotidiana, pero sólo en su totalidad, como se hace si se es auténticamente crítico. Para ello, resalta los elementos en su real valía poética (candelabros, mariposas, lluvia, un simple elote, el autobús mismo, etc.), que arman la gran suma de la calidez oculta, su familiaridad ya transparente para los ojos hartos, pero fundamental para el artista y el ser sensible citadinos. Las elecciones de Roberto Ponce son muy cuidadas, de campos semánticos cercanos, pero diferentes, como en toda buena obra de arte, y la forma en que mezcla los conjuntos es imaginativa y fresca como la “niña azul” del final, símbolo del pequeño milagro cálido en medio del trajín autómata de la urbe.
La música de Calzada de Tlalpan, una balada-rock a guitarra acústica limpia como buena rola rupestre, posee, como aporte, un par de estribillos en puente hacia un tono diferente, para volver al tono principal al cerrarse, al estilo de Here, there and everywhere de los Beatles, más una especie de segundo estribillo solitario, en el que se centra el tema de la canción: la resistencia y el aporte combativo en la vida de la capital.

78. LA BARDA

Letra y música: Fabio Morábito.
Intérprete: Barburia.
Disco: Sin editar en disco, grabada para radio.
También existe una estupenda versión de
Carmen Leñero, en su disco Casas en el aire.


Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.

Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.

¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.

Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?

Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera
podrida del baldío.

¿Qué dirán los vecinos cuando abran las ventanas?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán de nosotros?
Que me he caído a fondo, amor, que ya me voy.
Ya di de mí, ya sobro aquí, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?, ¿qué dirán?

Que se cayó,
que se cayó la barda,
aquella barda de madera…

Que se cayó por fin,
y la basura asoma
a la avenida sola,
a la avenida música.

¿Qué dirán los periódicos,
los partidos, las cámaras?
Que me he caído a fondo, amor,
que ya me voy.

Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?
Ya di de mí, ya sobro aquí.
¿Qué dirán de nosotros?


Con una sutileza maravillosa, La barda describe el dolor del rompimiento amoroso, la debilidad en que se queda, expuesto ante los otros, ante sus miradas, preguntas, murmullos. O su silencio, que es casi peor, por todo lo que podría contener oculto. Como en Pink Floyd The Wall, la peor condena es quedar expuesto ante los semejantes; aquí no en la locura, sino en la fragilidad, el dolor que habrá que disimular, seguramente sin éxito. Porque si la barda de la calle cae y muestra la basura, la máscara de estabilidad, rota, expone la gran pena del amante abandonado, esa vivencia de muerte, como señala Igor Caruso en La separación de los amantes. En la letra del dueto Barburia (formado por Fabio Morábito y Óscar Domínguez) la alegoría pierde pronto su condición retórica simuladora, atenuante, y la verdadera historia, la del fracaso amoroso, se adueña del texto, y la caída de la barda, de la coraza ante los demás, implica la derrota del mecanismo de defensa, para hacerse vulnerabilidad viva, carne viva, vacío. La paradoja es que todos somos una calle, y nuestra barda puede caerse también en cualquier momento. Y sin embargo, no podemos sentir esperanza de comprensión, sino el rechazo ante su otra cara, espantosa: la compasión. Un gran fondo envuelto en una forma altamente poética (La barda apareció como poema, con ligeras variaciones, en el poemario Lotes baldíos de Fabio Morábito).
La melodía de La barda es melancólica, en tono menor, casi tímida. Así es también el pequeño solo de aliento —quizá hecho con teclado, no alcanzo a descifrarlo, dada la baja calidad de la grabación— que adorna apenas la base de guitarra acústica, en el sencillo arreglo de Barburia (en la versión de Carmen Leñero el arreglo es más complejo, rico y moderno, casi de reggae, pero conserva la atmósfera triste, gracias al registro de Carmen, diáfano y leve; sin embargo, considero que el trozo de letra que añadió, y que se volvió repetición final [“¿quién escribe en los muros?, ¿quién inventa los chismes?, ¿quién sella los refranes?”], no aportó nada significativo, es prescindible). Quizá la mayor osadía del arreglo de Barburia es que en el intermedio de La barda las voces de Morábito y Domínguez arman un pequeño canon ingenioso y rico, hasta volver finalmente a la melodía principal, a voz sola primero, y en armonía con la segunda después.
Así, la sencilla música de La barda pasea suavemente esa angustia llena de incertidumbres ante el infierno de los otros, los que, una y otra vez, inevitablemente rasgarán la herida de la relación fallida.

77. ¿QUÉ VAS A HACER?

Letra, música e intérprete: Iván Rosas.
Disco: Sin editar en disco, grabada en
Radio Educación.


¿Qué vas a hacer con tu rímel?
Te vi sentada, triste, en la última banca,
en un suspiro de lata,
cara chorreada,
entre la luna y la nada,
entre tu casa y la almohada,
entre tus noches sin sol.

¿Qué vas a hacer en tu cuarto,
con esas horas largas, largas,
con el beso estancado en pomadas,
piedras pintadas,
y una estúpida tonada,
entre coronas plateadas,
entre el borroso salón?

¿Qué vas a hacer de tu carmín?
Te vi sentada, triste, en la última banca,
en un suspiro de lata.

La última banca y un suspiro de lata.
La última banca y un suspiro de lata.
La última banca y un suspiro…

¿Qué vas a hacer por tus calles,
pateando esa angustia de saberte leprosa,
con la cabeza espumosa
y alguna rosa,
de esas que nunca se tocan,
de esas que miras, tan rojas,
entre un lejano calor?

¿Qué vas a hacer con tu rímel?
Te vi sentada, triste, en la última banca.

Te vi sentada, triste, en la última banca.
¿Qué vas a hacer con tu rímel?
Te vi sentada, triste, en la última banca.
¿Qué vas a hacer con tu rímel?
Te vi sentada, triste, en la última banca.
¿Qué vas a hacer con tu rímel?
Te vi sentada, triste, en la última banca,
en un suspiro de lata,
en la última banca,
y un suspiro…


Actualmente alejado por Europa, Iván Rosas nos dejó un puñado de rolas muy notables, como El diablo y yo, Junior de la Santa Fe, Es, Te pareces, etc., pese a que quedaron fuera de esta lista (cosas del método, como ya dijimos). Pero ¿Qué vas a hacer? ejemplifica perfectamente sus alcances. Como hemos revisado, los rupestres y sus herederos practicaron la canción de instante, como una foto artística en que el mensaje obvio de antaño ha sido sustituido por la elipsis, que obliga al escucha a participar activamente con su interpretación de la letra, para descubrir ese fondo que, no por ser menos digerible o menos fácil de entender, significa que no esté. En eso son continuadores, tanto del rock inglés (más que gringo), como de la estética de la literatura del Boom latinoamericano, pues al igual que Rulfo, Donoso, Fuentes, García Márquez, Cortázar, etc., creen en la obra polisémica y en el lector móvil, partícipe de la creación. Canciones como Bonzo de Jaime López, Las mujeres solas lo hacen de Jaime Moreno Villarreal o Cisne de La Camerata Rupestre (como analizaremos más adelante) requieren un esfuerzo analítico más hondo para descifrar su contenido, lo que hace de esas canciones, y muchas otras, obras de una riqueza muy notoria.
¿Qué vas a hacer?, pese a no ser tan compleja, también acude a la elipsis para enriquecer su nivel formal. La soledad de la mujer protagonista en realidad es el símbolo de la soledad como concepto, por lo que Iván Rosas crea un arquetipo, al estilo de los protagonistas de los cuentos Funes el memorioso de Borges (que representa la memoria), Fragmento de un diario de Amparo Dávila (que representa el dolor) o los personajes de la novela La comedia del arte de Adolfo Couve (que representan la disputa entre el arte tradicional y el arte moderno). En ¿Qué vas a hacer? Iván Rosas se centra en algo similar a lo que cantará Carlos Arellano en Ella: si uno se quedó solo, ¿para qué está?, ¿para quién está?, ¿de qué sirve lo que se tiene, lo que se es, lo que se siente? Y sobre todo, ¿qué se va a hacer con todo eso?, ¿dónde se va a guardar para que no duela? Iván Rosas no puede responder, porque la mujer de la canción tampoco puede, y por lo tanto, el objetivo de la canción no es la búsqueda pragmática de una solución, sino una cadena de preguntas retóricas, que no aspiran más que al desahogo, al conflicto compartido. Pero para eso se vale de metáforas y tropos osados y originales (como “cabeza espumosa” o “el beso estancado en pomadas”), porque el lenguaje de los rupestres busca nuevas perspectivas y léxicos, más modernos, alejados del facilismo, pero también de la academia artrítica (sigue siendo rock, no hay que olvidarlo). El rímel en este caso simboliza un ilusorio y fracasado intento de acceder a la belleza, porque la del estereotipo occidental, la única válida en el mundo real, siempre estará negada para los solitarios como la mujer protagonista.
La melodía de ¿Qué vas a hacer?, a guitarra acústica sola como tanta rola rupestre, es cambiante en su ritmo, y los acordes pausados revientan de pronto en un rasgueo de rock'n'roll, pero luego se regresan al reposo. Así son las dudas de la protagonista: saltan de angustia, y se apaciguan al estrellarse contra la falta de opciones. Extraordinaria rola, de un extraordinario y poco reconocido músico.

76. NO TENGO TIEMPO (DE CAMBIAR MI VIDA)

Letra, música e intérprete: Rodrigo González, Rockdrigo.
Disco: Hurbanistorias.



Cabalgo sobre sueños innecesarios y rotos,
prisionero iluso de esta selva cotidiana,
y como hoja seca que vaga en el viento,
vuelo imaginario sobre historias de concreto.

Navego en el mar de las cosas exactas,
muy clavado en momentos de semánticas gastadas,
y cual si fuera una nube esculpida sobre el cielo,
dibujo insatisfecho mis huellas en el invierno.

Ya que yo
no tengo tiempo de cambiar mi vida,
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa,
y aunque soy la misma tuerca que han negado tus ojos,
sé que aún tengo tiempo para atracar en un puerto.

Camino automático en una alfombra de estatuas,
masticando en mi mente las verdades más sabidas,
y como lobo salvaje que ha perdido su camino,
he llenado mis bolsillos con escombros del destino.

Sabes bien que manejo implacable mi nave cibernética,
entre aquel laberinto de los planetas muertos,
y cual si fuera la espuma de un anuncio de cerveza,
una marca me ha vendido ya la forma de mi cabeza.

Ya que yo
no tengo tiempo de cambiar mi vida,
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa,
y aunque soy la misma tuerca que han negado tus ojos,
sí, sé que aún tengo tiempo para atracar en un puerto.



En esta especie de canción folk, con clarísima influencia de Bob Dylan, Rockdrigo describe metafóricamente el mal de nuestra era: la falta de tiempo para uno mismo, embriagados en la necesidad de producción que ha impuesto el neoliberalismo, el capitalismo salvaje. En esta realidad, el espejo es un enemigo terrible, y quedarse a solas con los pensamientos propios, una tortura que sólo la acción sin tregua, la evasión con la tele o la vida social pueden acallar. Pero una vez más, como vimos en Calzada de Tlalpan de Roberto Ponce, hay un atisbo de esperanza, pero no la obvia de los discursos oficiales, rosados y acríticos. Comparaciones, metáforas y prosopopeyas, al estilo de Like a rolling stone y tantas otras de Dylan, se suceden, y Rockdrigo consigue una de sus letras más poéticas, sólidas y profundas.
El arreglo de No tengo tiempo (de cambiar mi vida) es emotivo, marca los cambios de ánimo de la letra. La bajada del Do Mayor al Re menor y luego al La menor en la segunda mitad del estribillo, por poner sólo un ejemplo, resalta la melancolía de lo que se está diciendo. Pero cuando se pasa, a través del Re7, al Sol Mayor, para caer de nuevo al Do Mayor, el tono de la canción, se retoma ese espíritu de esperanza. Así, estos juegos entre tonos menores, propios de lo triste, y mayores, más cálidos, se ajustan a los vaivenes del texto, para reafirmar el tono optimista a través del solo de la armónica y la vivacidad de la voz de Rockdrigo. Un clásico del rock mexicano.