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jueves, 27 de mayo de 2010

58. CORAZÓN DE CACTO

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: 1ª calle de la Soledad.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint, en su disco Arpía.


Noche tras noche, el amor, con distinta piel,
envolvió al velador trasnochado de mi corazón.
Noche tras noche, al saciar el sueño su sed,
deja un beso distinto en los labios de mi soledad.

El amor, como un nubarrón,
llueve recio y tupido, y luego se va;
y si llega a quedarse, se va evaporando,
se va.

Sorbo tras sorbo, en el fondo del viejo bar,
absorbiendo el amor, gota a gota, está un corazón.
Sorbo tras sorbo, en el bache del eje vial,
trasplantado te veo en el desierto de esta ciudad.

El amor, como un nubarrón,
llueve recio y tupido, y luego se va;
y si llega a quedarse, se va evaporando,
se va.

Ese beso, que ya se secó,
todavía crepita, se crispa y palpita en un corazón.
Corazón de cacto, tacto de asfalto,
corazón de cacto, tacto de asfalto,
sigue guardando beso tras beso,
que ya lloverá,
ya lloverá.

Noche tras noche, el amor, con distinta piel,
envolvió al velador trasnochado de mi corazón.
Noche tras noche, al saciar el sueño su sed,
deja un beso distinto en los labios de mi soledad.

El amor, como un nubarrón,
llueve recio y tupido, y luego se va;
y si llega a quedarse, se va evaporando,
se va,
se va,
se va,
el amor.


Corazón de cacto es otra de las grandes canciones de amor del rock mexicano, a pesar de que su arreglo la hace más potente y agresiva que la balada-rock de amor tradicional. Jaime López vuelve a cambiar de ruta, y ahora se pone más serio, más íntimo. La mutabilidad del amor, su fragilidad, su eterno retorno, son los aspectos que López toca en esta rola. Esta vez no hay esperanza ni desesperanza completas: la realidad del amor contemporáneo es así, líquido, casi vaporoso, inabarcable. Si ya lo había tratado en la canción En toda la extensión de la palabra amor, aquí la fugacidad de los encuentros es la piedra de tope y definición del sentimiento, y su continuo renacer y morir, agotador, no deja lugar a otra cosa que la aceptación: así son las cosas, y nada más. A través de la alegoría sostenida entre la lluvia y la aridez del corazón de cacto, Jaime López elabora juegos de palabras, juegos fonéticos y metáforas, pero sobre todo una reflexión sobre la no permanencia, la soledad que de cuando en cuando (de relación en relación) se enmascara, pero que sigue definiendo al ser humano contemporáneo. Así, Corazón de cacto es un buen análisis de la condición del amor en nuestro tiempo.
El arreglo de Corazón de cacto es uno de los mejores que ha grabado Jaime. Lleno de detalles, sobresale el rasgueo de la guitarra acústica rítmica, un bajo muy notable, más los teclados y el grupo de metales, que llenan y amplifican los énfasis del ritmo y la emoción. La voz de López es fuerte aquí, más controlada y seria; sólo al final se suelta un poco y vuelve a sus jugueteos habituales, pero ya la canción se está yendo, en fade out.
Así, Corazón de cacto es una canción de amor, sí, pero mucho más viva, más intensa, como si buscara taladrar esa noche inabarcable que describe, que acompaña las reflexiones amorosas, que ya ni llegan a decepción, del protagonista.

jueves, 20 de mayo de 2010

28. 1ª CALLE DE LA SOLEDAD

Letra, música e intérprete: Jaime López.
Disco: 1ª calle de la Soledad.
También existe una versión de
Cecilia Toussaint, en su disco Arpía.


Tal vez te suene esta tonada como transistorizada,
entonada por la laringitis del escape,
pero así suena en la tatema cuando vas a La Merced.

Tal vez te suenen mis palabras a humedad ahumada urbana,
tan cascadas por la sinusitis que contraje,
pero te traje escaparates, ¡ya le va!, pa’ su merced.

Desde el taxi, recorriendo medio sueldo,
veo al sol detrás, viajando de mosca,
llegando tarde a la chamba a chambear,
en la 1ª calle de la Soledad.

Quizá te encuentres agüitado a media estaca, trago a trago;
oye, ¡buzo!, enlata tu gastritis —¡buena idea!—,
y si le pegas su etiqueta, a la fayuca llévala a vender.

Si ya tu chava no te pela, ponle a tus zapatos suelas,
que es consuelo andar con peatonitis, pie de atleta,
y si te cansas, en la esquina ponle un veinte al 03, ¿cómo la ves?

Mete un metro en el boleto anaranjado;
a media realidad, te bajas —¡qué país!—;
detrás del Palacio Nacional,
está la 1ª calle de la Soledad.

Tal vez te suene esta tonada como transistorizada,
entonada por la laringitis del escape,
pero así suena en la tatema cuando vas a La Merced.

Si ya tu víscera cardiaca cacarea, queja a queja,
la Doctora Corazón de perdis te remienda,
y si de a devis te desvela La llorona, pss… te hace bien.
¡Órale pues! Va de nuez:

Desde el taxi, recorriendo medio sueldo,
llevo al sol detrás, viajando de mosca,
llegando tarde a la chamba a chambear,
en la 1ª calle,
en la 1ª calle,
en la 1ª calle de la Soledad.


En el principio fue el rock’n’roll, que, al evolucionar, perdió el apellido, y se convirtió en rock, a secas. ¿Qué significó esa pérdida, más allá de la nomenclatura? Primero que todo, que la estructura fija de tres acordes en ritmo de 4/4 dejó de ser esencial, y poco a poco se fue volviendo compleja, amplió sus influencias y búsquedas sonoras, rítmicas, letrísticas. Pero la mayoría de los músicos vuelven de vez en cuando a la vieja estructura, tratando de incorporar variantes, pero conservando el espíritu rocanrolero original, fresco, vibrante, energético y circular. Así, podemos encontrar grandes rocanroles (y blueses) al estilo clásico entre los grupos más ambiciosos del rock. Ahí están I’m down, One after 909 o Revolution de los Beatles, Seamus de Pink Floyd, Hi, hi, hi de Paul McCartney, Roadhouse blues de los Doors, Rock and roll de Led Zeppelin, New York City de John Lennon, etc. Como ya explicamos, esta lista no toma en cuenta la época del rock’n’roll propiamente dicho en México, por ser casi exclusivamente de covers. Pero los músicos más modernos y de todos los géneros (incluido el progresivo) han acudido una y otra vez al rock’n’roll, innovando sobre lo clásico. Podemos citar Ojo de ballena y Apaga la luz de Guillermo Briseño, El feo de Rockdrigo, Oh, Dennys y El Zarco de Botellita de jerez, Rocanrolas domésticas, El enredo y Treintañeros de Carlos Arellano, La élite de Lucerna Diogenis, Cuentos del miedo de Gerardo Enciso, Blues de los 5 pesos de Tierra baldía, En México me quedo de Hebe Rosell, No y No hubo modo de Mamá-Z, Brindis por un difunto, Susana y Te regalo mi sombra de Roberto Ponce, El diablo y yo de Iván Rosas, Toca un rock’n’roll y Pájaro loco de Real de Catorce, El gato y Alguien de Roberto González, Juan Camaney de Trolebús, y un larguísimo etcétera. Y ni hablar de los grupos que todavía sustentan su música en el rock’n’roll tradicional, como Naftalina (que toca sólo covers humorísticos), El Tri y casi todo el llamado rock urbano.
Jaime López es de los músicos que más vuelven al rock’n’roll clásico. Rolas como Nunca me he llevado con el pizarrón (cover con letra libre de Johnny B. Goode de Chuck Berry), Puñalada trapera, Tengo la edad del rock’n’roll, Blue Demon blues, Me siento bien pero me siento mal o Caite cadáver así lo demuestran. Pero su obra máxima en esta línea es 1ª calle de la Soledad. Básicamente se trata de un rock’n’roll clásico en La Mayor —quizá el tono más usado en este estilo—, con la ligera variante de una bajada a Fa Mayor en los estribillos, que se regresa a la dominante. En esta rola, Jaime López juega una vez más con el lenguaje, uno de sus recursos más explorados, como ya vimos con Chilanga banda, y en otras canciones, como El Mequetrefe, Caite cadáver y El Malafacha. En 1ª calle de la Soledad nos presenta una estampa, una instantánea de la vida urbana, barriera, centrada en la supervivencia, con ciertos aires picarescos. La idea es sobrellevarla, resistir, envueltos en su lenguaje, su tránsito, y sobre todo la soledad, representada por el símbolo de la calle céntrica con ese nombre, que recuerda la obra de teatro El cuadrante de la Soledad de José Revueltas. Así, 1ª calle de la Soledad es una actualización rocanrolera de Sábado, Distrito Federal de Chava Flores, un pequeño paseo por ese purgatorio asfáltico que es la Ciudad de México, apasionante, límite y dolorosa. López recrea el léxico urbano, pero no al estilo lumpen de Chilanga banda, sino más enfocado a la clase media, que padece la burocracia, el caos, el trajín exprimidor de la chamba y los transportes repletos, la camisa sudada, las relaciones mediocres. Con humor, rima inteligente y original, más los juegos vocales y corales, López crea una rola profundamente energética, vivísima, chispeante. El desahogo de esa realidad conocida se logra con el ritmo y la letra lúdica, de gran inventiva y dominio del léxico citadino. Una más de las proezas lingüísticas de Jaime.
La música de 1ª calle de la Soledad es intensa, rica. Si bien acude al grupo de metales, no suena realmente fonky, sino rocanrolera pura, quizá por el extraordinario solo de guitarra eléctrica, de los mejores del rock mexicano, porque no se basa en su alto nivel de distorsión; al contrario, el efecto elegido es muy claro, así que la velocidad de sus escalas resalta de manera impresionante, en una ejecución técnica de una limpieza muy notable. Los metales hacen figuras, pero no solos, son de soporte, y mesurados, lo que también ayuda a que la rola conserve la línea rocanrolera. Y la voz de Jaime también es más limpia que otras veces, mucho más centrada en la interpretación apasionada que en los jugueteos guturales de otras canciones.
Así, 1ª calle de la Soledad es un rocanrolazo, redondo, impecable, una especie de guiño —sin ninguna intención— a otro fronterizo: Javier Bátiz (siento que mucho de su espíritu se ve en esta rola), que le recuerda lo que hubiera podido llegar a ser (y hacer), de no ser porque siempre fue sólo músico; enorme, pero sólo ejecutante, nunca verdadero compositor. Una verdadera muestra de ingenio absoluto.

miércoles, 19 de mayo de 2010

22. VIADUCTO PIEDAD

Letra y música: José Elorza.
Intérprete: Cecilia Toussaint.
Disco: Arpía.



Desde aquí, desde arriba,
puente de Viaducto Piedad.
Desde aquí, desde arriba,
en un lomo de la ciudad,

alacranes esconden su malla,
a la Cruz Roja siempre una valla,
y la superimaginación
estalla.

Desde aquí, desde arriba,
el acero, luces de gas;
donde tú, azulejo,
sé bien que quisieras estar.

Carcajearte con todos tus chistes,
o leer tus novelas felices,
y no estar frente a un carro chocado, embrocado,
entre gritos y heridos y muertos,
y gritos y heridos y muertos,
y gritos y heridos y muertos…

Desde aquí, desde arriba,
puente de Viaducto Piedad.
Desde aquí, desde arriba,
en un lomo de la ciudad,

alacranes esconden su malla,
a la Cruz Roja siempre una valla,
y la superimaginación
estalla.

Desde aquí, desde arriba,
puente de Viaducto Piedad.
Desde aquí, desde arriba,
sé bien que debieras estar.

Porque aquí todo miro hacia abajo,
porque a nadie le importa un carajo,
porque a nadie le importa un carajo
si lloro, si muero, si grito,
si lloro, si muero, si grito,
si lloro, si muero, si grito…


En un caso más de la pobreza del rock mexicano, a José Elorza se le conoce sólo a través de su mayor intérprete: Cecilia Toussaint, porque nunca ha logrado tener acceso a una grabación propia, a pesar de ser un extraordinario compositor. Pero no es de extrañar: lo mismo ocurre con Roberto Ponce, Jaime Moreno Villarreal, Iván Rosas, Emilia Almazán, Fabio Morábito, Eduardo Langagne, etc. Lamentable, imperdonable. Pero como dije, gracias al trabajo de Cecilia podemos apreciar la riqueza creativa de Elorza. Un ejemplo notable es Viaducto Piedad. Una canción cruda, oscura, que se centra en la referencia citadina como símbolo, para significar algo más allá, al estilo de las ya revisadas Calzada de Tlalpan de Roberto Ponce, Suburbia madre de Guillermo Briseño o Perro en el Periférico de Rockdrigo. Pero Viaducto Piedad va al límite de la visión negra, desesperanzada. No se sabe si el personaje protagonista es testigo de un accidente de tránsito real, o si se trata de una imaginación distorsionada. El caso es que el instante de asfixia existencial que vive en el puente peatonal de la gran avenida se convierte en el grito, en el estallido que es la letra. Pero también contiene un reproche. ¿Hacia quién? No se dice, pero podría ser hacia una referencia específica, personal, o podría dirigirse hacia todos, hacia el resto, los que siguen (seguimos) encerrados en los infiernos propios, sin voltear nunca, sin auxiliar a nadie. Sin mirar a nadie. Y hay un deseo final, una necesidad de venganza ante la brutalidad de tal indiferencia: ojalá fueras tú, yo, nosotros, todos los que se lo merecen, los que tuviéramos que estar ahí, muriendo poco a poco. Tal vez si el dolor fuera más compartido, no dolería tanto. En todo caso, Viaducto Piedad es una crítica feroz hacia la indiferencia de los habitantes del D.F., hacia esa deshumanización, ese individualismo que ha terminado con cualquier posibilidad de sorpresa. Nada, ningún ente, ningún dolor, ninguna tragedia puede conmovernos ya, porque sólo curtiéndonos de esta manera se logra resistir, sobrevivir. Pero es una sobrevivencia de hombres sin rostro, sin calor, sin pulso, autómatas, inercias andantes. José Elorza estalla ante esta realidad, y comparte su instante de ruptura interna ante tal panorama, por si nos sacude el alma, aunque sea por un segundo. Porque la canción también incluye, en su cuarta estrofa, una crítica a los acomodaticios, los que se evaden a través de la ingenuidad —esa otra forma, tolerada y hasta aplaudida, de la estupidez—, la inconsciencia o de plano la corrupción (el “azulejo” aludido podría referirse al policía, a la autoridad corrupta). Pero no hay que engañarse: la canción no critica porque espere realmente una reacción. No hay esperanza, y la estrofa final lo reafirma: “a nadie le importa un carajo”.
Pero el lenguaje de Elorza no es obvio. Su estilo, siempre críptico —salvo en su composición más conocida y menos lograda, en una ironía más del rock nacional, y también interpretada por Cecilia: Carretera—, es quizá de los más elípticos del rock mexicano, como lo demuestran canciones como Sex Farderos o Astrágalo, estilísticamente complejas y brillantes. En Viaducto Piedad también acude a figuras literarias tenues, que sugieren, pero cuidadosamente alternadas con expresiones más enfáticas y claras, que aumentan el efecto emocional, desgarrado, que retrata el del (o la, en la versión de Cecilia) protagonista. Las rimas son asonantes, simples, propias de una letra de canción, pero bien logradas, y todo el trabajo formal equilibra el evidente interés mayor, emotivo.
La música de Viaducto Piedad es intensa. El arreglo del grupo de Cecilia Toussaint, Arpía, es de hard rock clásico, muy poderoso, con el estupendo requinto de José Luis Domínguez. Y si le sumamos la voz de Cecilia, que se caracteriza justo por la intensidad y la garra, más que por las florituras modulares, el resultado es una rola muy intensa, brava (por algo sus trabajos posteriores, más sutiles, no han alcanzado el mismo nivel, porque no se corresponden con sus cualidades vocales e interpretativas). Canción de desgarramiento y hartazgo puros, Viaducto Piedad es rock fuerte del más alto alcance.

martes, 18 de mayo de 2010

12. SEX FARDEROS

Letra y música: José Elorza.
Intérprete: Cecilia Toussaint.
Disco: Arpía.



En la calle de Sex Farderos
juegan de sol a sol los viejos.
Unen el calabozo, el ruedo
—hermano—, habitación y sueños.

¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!
¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!

¡Llegaron ya las nenas!,
¡ya, ya, ya!, ¡ay, qué lindas!
¡Llegaron ya las nenas!,
¡ya, ya, ya!, ¡ay, qué lindas!
Una salió
cual sandía santa,
y otra volvió
con su madre santa.

En la calle de Sex Farderos
juegan de sol a sol los viejos.
Unen el calabozo, el ruedo
—hermano—, habitación y sueños.

¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!
¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!


He sostenido siempre que no existe una “interpretación correcta” de la obra de arte. Salvo errores de mínima comprensión, toda conclusión derivada de una obra no sólo es válida, sino enriquecedora. Incluso la misma interpretación del autor no es “la verdadera”, porque todo autor, al ser persona, posee una psique, y por lo tanto, su misma obra incorpora manifestaciones propias del subconsciente. No obstante, sí creo fundamentales dos señalamientos: 1) Sí hay personas con mayor preparación teórica para interpretar obras de arte, y por lo tanto, su opinión tiene más sustento; y 2) Una interpretación debe responder a cada una de las preguntas, dudas o aparentes contradicciones que provoque; si no es así, debería ponerse en duda la validez de dicha interpretación. Ya expliqué por qué a lo largo de esta lista he reiterado la importancia del manejo de la elipsis narrativa o literaria (que no hay que confundir con la gramatical), ese recurso estilístico que esconde o resguarda elementos significativos, para no develar antes de tiempo, o aun nunca, el sentido de la obra, y así permitir que el lector, oyente o testigo de una obra sea partícipe, activo, que utilice su bagaje cultural, su imaginación, su inteligencia, su intuición, su reflexión y sus sentimientos en la interpretación de la obra. De esta manera, el autor da indicios, pistas, alusiones, y también usa distractores, maneja la tensión, para enriquecer la originalidad, la forma, la emoción y el fondo de la obra artística. Básicamente, su calidad, el único compromiso obligado para el artista, y no el mensaje, la crítica social ni la sola expresión de sentimientos, elementos que la obra de todas maneras cubre, pero que no son el sentido de la obra, sino una consecuencia meritoria, pero secundaria. Obviamente, entre más elíptica sea una obra, entre más connotaciones y menos denotaciones contenga, mayor esfuerzo interpretativo requiere. Y eso aplica no sólo para el arte moderno. Ahí están Las soledades de Góngora, por poner un solo ejemplo. Creaciones muy elípticas, como las novelas Ulises de Joyce, Las olas de Virginia Woolf, Farabeuf de Salvador Elizondo y Obsesivos días circulares de Gustavo Sáinz, o películas como Tequila de Rubén Gámez y Un perro andaluz de Buñuel y Dalí, o rolas como I am the walrus de los Beatles o A whiter a shade of pale de Procol Harum en el rock, o Reza el cartel de Noel Nicola en la trova, implican un auténtico desafío para quien desea apreciar en plenitud la propuesta artística de una obra, pero eso mismo demuestra su amplitud, su ancho abanico de posibilidades. El arte moderno, sobre todo a partir de las vanguardias, ha asimilado totalmente el valor de la elipsis, y algunos movimientos han llegado a los límites más insospechados. El Letrismo en poesía, por ejemplo, suprimió de plano todo elemento lógico, todo significado y significante, y conservó únicamente el ritmo. El Creacionismo de Vicente Huidobro rompió los usos habituales del lenguaje. Y ni hablar del Dadaísmo. Y en pintura, el predominio del Abstraccionismo y la instalación definen la línea principal hasta nuestros días.
Como dije al analizar Bonzo de Jaime López, el arte mexicano se destaca por el manejo preciso y cuidadoso de la elipsis. Ya he puesto muchos ejemplos de ello. Y el rock mexicano posee extraordinarios ejemplos de rolas crípticas, elípticas, misteriosas y complejas, como la mencionada Bonzo, las ya revisadas Tiempo de híbridos de Rockdrigo y La gata hidráulica de Guillermo Briseño, o Invención para tragafuegos y Cuarteto Rupestre de Armando Rosas. Pero una de las más extremas es sin duda alguna Sex Farderos de José Elorza, que conocemos gracias a la magnífica interpretación de Cecilia Toussaint. Ya dijimos, al analizar Viaducto Piedad, que Elorza es un compositor especialmente dotado para la obra cerrada, oscura, de difícil interpretación. Pero en Sex Farderos la elipsis es realmente extrema, y Elorza logra reducir la rola a su mínima expresión semántica, prescindiendo de todo elemento superfluo, limitándose a los indicios puros. Así, más que elíptica, Sex Farderos ya es auténticamente una obra de arte abstracto, quizá (y repito, quizá, para no caer en debates inútiles) la primera canción del rock mexicano en llegar a ese punto. No obstante, creo posible una interpretación, porque a pesar de su abstraccionismo, Elorza otorga algunas pistas que permiten una determinada postura analítica. Y quisiera compartir mi análisis, mi interpretación, que obviamente y como ya dije, no es “la verdadera”.
Cuando analicé Polvo en los ojos de Real de Catorce expliqué (y apliqué) uno de los métodos de análisis más sencillos, el Método por lexías de Roland Barthes, que juzgué más conveniente para un blog de rock, no académico. Intentaré lo mismo con Sex Farderos. La primera lexía, del título, es sex, obviamente la palabra inglesa para sexo, pero no con el significado de género, sino referido a la sexualidad. Por ello, la lexía me permite aventurar que la canción posiblemente tendrá algo que ver con el sexo. Pero ya se verá. La segunda lexía, farderos, sugiere el sustantivo fardo, que significa básicamente bulto. Pero la experiencia me indica que suele usarse fardo para referirse no sólo al bulto real, hecho de objetos como ropa o papeles, sino también metafóricamente, para designar a una persona con la voluntad o la consciencia deformadas, ya sea por el alcohol, las drogas, la tristeza o la condición marginal, social o económica. Pero la lexía es farderos, no fardo. ¿Qué sería un fardero? En realidad es un neologismo, cuya desinencia sugiere algo así como quien manipula, usa, crea o hace fardos. Pero ambas lexías, sex y farderos forman un título, es decir, una unidad. Por lo tanto, podrían sugerir una sola idea. Sex está en inglés, pero farderos en español. Si uno asocia esto con un uso muy común en el rock mexicano (contexto y género al que pertenece la obra, así que es una asociación lógica), que toma el significado y sobre todo la función de la palabra en inglés, tendría que recordar títulos como el de la ya revisada Paria’s blues de Real de Catorce, que significa El blues del paria (en este caso de la paria), pero que se ha expresado de esa forma, para reafirmar su relación con el blues y el rock tradicionales, ritmos de origen anglosajón. Me atrevo a sugerir que Elorza puede estar haciendo algo similar, y por lo tanto, Sex Farderos querría decir algo así como quienes manipulan, usan, crean o hacen fardos, pero no cualquier fardo, sino fardos sexuales. Extraño, ¿no es verdad? Pero como sugiere el método, hay que dejar esa interpretación inicial sólo como posible, y avanzar a las otras lexías, a ver si el resto del texto reafirma, niega o modifica lo que hemos concluido. Así, en la primera línea nos da una nueva pista: Sex Farderos es una calle, es decir, un espacio urbano (no dice camino, sino calle), externo, para transitar. Y hay tres posibilidades: a) Sex Farderos es el nombre de la calle; b) es donde viven o transitan los farderos sexuales; o c) ambas, quizás una consecuencia de la otra, y expresado como metáfora. Pero para agilizar un poco el análisis, podemos añadir que en esta calle juegan viejos, y que esos juegos o esos viejos unen distintos elementos, de los que hay que buscar un campo semántico común. Y como aún sigue punzando la hipótesis del título, yo interpreto que esos viejos son los farderos sexuales, y que esos juegos son sexuales, ya que el campo semántico que encuentro es el de una habitación, que a ratos toma tintes de calabozo, de ruedo, y donde caben incluso los sueños. ¿Qué une el sexo, los viejos farderos, los fardos sexuales, los juegos, la habitación y los sueños? Concluyo que hablamos de una calle donde hay habitaciones para el sexo de los viejos, y que los fardos son, metafóricamente, las mujeres con las que se tiene sexo, a quienes se usa y manipula, como auténticos fardos. Es decir: Sex farderos es una calle de prostitutas. ¿La siguiente estrofa lo corroborará?
Primero, hay que decir que toda la segunda estrofa es una serie de vocativos, de llamados imperativos, a gritos. A alguien se le llama, para que vaya o venga “a la baranda”, que traiga “la muñeca”, y que sea en grupos, juntos. ¿A quiénes? El uso del vocativo “¡ese!”, reconocible para el mexicano, señala familiaridad, pero también un origen urbano, barriero. Y se dirige a un hombre primero, pero sugiere después un grupo de hombres. Concluyo: los viejos, los farderos. Es decir: los clientes de las prostitutas, las muñecas. ¿Por qué se les llama? Lo resuelve la tercera estrofa: porque se les avisa, eufóricamente, que llegaron las nenas, que son muy lindas, una “cual sandía” (¿fresca?, ¿colorada, acaso de las mejillas o los labios?) y otra que, o llega en compañía de su madre (¿matrona?), o quizá se cuenta que se fue de regreso hacia donde su madre está (¿escapando de este mundo sórdido?). José Elorza lo deja abierto, no da más pistas. Pero me parece que, por todos estos indicios, y siguiendo el método de Barthes, la canción retrata, muy oscuramente —acorde con su sordidez—, una callejuela urbana, perdida, de prostitutas, y/o que posee un burdel, donde los hombres (creo que llamados viejos no por mera edad), uno tras otro, sin pausa, “de sol a sol”, sin escape, viven su sexualidad marginal, decadente, que usa a las mujeres como fardos, despojos humanos, “muñecas” de placer vacío y limitadísimo, fugaz, miserable, “nenas” de la agonía y la derrota más absolutas, pues la única alegría es la paupérrima novedad de la llegada de prostitutas nuevas al burdel o a la calle, y todos se agolpan al llamado del que avisa, para ser testigos del mínimo movimiento que alcanza a esas vidas sin escape. He ahí mi interpretación. Bienvenidas todas las que existan.
De esta manera, José Elorza nos entrega una letra muy enigmática, tenebrosa, donde los indicios sugieren lo mínimo posible. Pero no cabe duda que esa elección límite requiere un cuidado enorme, un trabajo de eliminación seguramente extenuante, que marca un gran oficio, pues en general el error del principiante es querer decirlo todo, expresar y expresar, para estar en el texto, pues aún no ha aprendido que el mérito es no notar al autor. Evidentemente, Elorza no ejerce crítica obvia, pronunciamiento moral ni sermón fácil. Sólo muestra, con un dejo irónico, para que el escucha reflexione y llegue a sus propias emociones y juicios ante lo descrito. El gran trabajo formal de Sex Farderos se centra en la elección precisa de esos elementos mínimos, que contengan una gran carga connotativa, y al mismo tiempo la denotativa menor posible, y sin que se repitan los recursos estilísticos. Así, el tono críptico, pero al fin narrativo, solemne y con narrador omnisciente de la primera estrofa (pero que se rompe al usar “hermano” y se revela como discreto narrador personaje) no tiene nada que ver con el estilo de la segunda, en la que acude a la figura retórica de conversión con el vocativo “¡ese!”, al léxico familiar y marginal urbano, y al narrador personaje pleno. Como podemos ver, limitar el lenguaje y eliminar elementos es en realidad la consecuencia de un elaboradísimo trabajo estilístico y poético, y el abstraccionismo literario de Sex Farderos muestra la gran capacidad creativa de José Elorza. Una letra única, brillante, y como podemos ver si logramos encontrar su significado escondido, muy profunda, fuerte, durísima y emocional.
Al igual que en Viaducto Piedad, Cecilia Toussaint interpreta magistralmente Sex Farderos, con una energía impactante. Ya dijimos que su fuerte es la potencia, la garra. Aquí el arreglo es impecable e intenso. La figura de guitarra eléctrica rítmica que sostiene toda la pieza (y que recuerda la de la ya revisada Corazón de cacto del otro gran compositor de Cecilia: Jaime López) es densa, ácida, de un hard rock poderoso. Y una vez más, el solo de requinto de José Luis Domínguez es desgarrador, alucinante, con un pedal distorsionador muy bien ecualizado, preciso.
De esta manera, Sex Farderos es una gran pieza, una obra cumbre del rock mexicano más vanguardista y atrevido. Una rola límite, que representa el verdadero desafío del arte contemporáneo.