Letra y música: José Elorza.
Intérprete: Cecilia Toussaint.
Disco: Arpía.
En la calle de Sex Farderos
juegan de sol a sol los viejos.
Unen el calabozo, el ruedo
—hermano—, habitación y sueños.
¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!
¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!
¡Llegaron ya las nenas!,
¡ya, ya, ya!, ¡ay, qué lindas!
¡Llegaron ya las nenas!,
¡ya, ya, ya!, ¡ay, qué lindas!
Una salió
cual sandía santa,
y otra volvió
con su madre santa.
En la calle de Sex Farderos
juegan de sol a sol los viejos.
Unen el calabozo, el ruedo
—hermano—, habitación y sueños.
¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!
¡A la baranda, ese!
¡Con la muñeca, ese!
¡Todos a la vez, ese!
He sostenido siempre que no existe una “interpretación correcta” de la obra de arte. Salvo errores de mínima comprensión, toda conclusión derivada de una obra no sólo es válida, sino enriquecedora. Incluso la misma interpretación del autor no es “la verdadera”, porque todo autor, al ser persona, posee una psique, y por lo tanto, su misma obra incorpora manifestaciones propias del subconsciente. No obstante, sí creo fundamentales dos señalamientos: 1) Sí hay personas con mayor preparación teórica para interpretar obras de arte, y por lo tanto, su opinión tiene más sustento; y 2) Una interpretación debe responder a cada una de las preguntas, dudas o aparentes contradicciones que provoque; si no es así, debería ponerse en duda la validez de dicha interpretación. Ya expliqué por qué a lo largo de esta lista he reiterado la importancia del manejo de la elipsis narrativa o literaria (que no hay que confundir con la gramatical), ese recurso estilístico que esconde o resguarda elementos significativos, para no develar antes de tiempo, o aun nunca, el sentido de la obra, y así permitir que el lector, oyente o testigo de una obra sea partícipe, activo, que utilice su bagaje cultural, su imaginación, su inteligencia, su intuición, su reflexión y sus sentimientos en la interpretación de la obra. De esta manera, el autor da indicios, pistas, alusiones, y también usa distractores, maneja la tensión, para enriquecer la originalidad, la forma, la emoción y el fondo de la obra artística. Básicamente, su calidad, el único compromiso obligado para el artista, y no el mensaje, la crítica social ni la sola expresión de sentimientos, elementos que la obra de todas maneras cubre, pero que no son el sentido de la obra, sino una consecuencia meritoria, pero secundaria. Obviamente, entre más elíptica sea una obra, entre más connotaciones y menos denotaciones contenga, mayor esfuerzo interpretativo requiere. Y eso aplica no sólo para el arte moderno. Ahí están Las soledades de Góngora, por poner un solo ejemplo. Creaciones muy elípticas, como las novelas Ulises de Joyce, Las olas de Virginia Woolf, Farabeuf de Salvador Elizondo y Obsesivos días circulares de Gustavo Sáinz, o películas como Tequila de Rubén Gámez y Un perro andaluz de Buñuel y Dalí, o rolas como I am the walrus de los Beatles o A whiter a shade of pale de Procol Harum en el rock, o Reza el cartel de Noel Nicola en la trova, implican un auténtico desafío para quien desea apreciar en plenitud la propuesta artística de una obra, pero eso mismo demuestra su amplitud, su ancho abanico de posibilidades. El arte moderno, sobre todo a partir de las vanguardias, ha asimilado totalmente el valor de la elipsis, y algunos movimientos han llegado a los límites más insospechados. El Letrismo en poesía, por ejemplo, suprimió de plano todo elemento lógico, todo significado y significante, y conservó únicamente el ritmo. El Creacionismo de Vicente Huidobro rompió los usos habituales del lenguaje. Y ni hablar del Dadaísmo. Y en pintura, el predominio del Abstraccionismo y la instalación definen la línea principal hasta nuestros días.
Como dije al analizar Bonzo de Jaime López, el arte mexicano se destaca por el manejo preciso y cuidadoso de la elipsis. Ya he puesto muchos ejemplos de ello. Y el rock mexicano posee extraordinarios ejemplos de rolas crípticas, elípticas, misteriosas y complejas, como la mencionada Bonzo, las ya revisadas Tiempo de híbridos de Rockdrigo y La gata hidráulica de Guillermo Briseño, o Invención para tragafuegos y Cuarteto Rupestre de Armando Rosas. Pero una de las más extremas es sin duda alguna Sex Farderos de José Elorza, que conocemos gracias a la magnífica interpretación de Cecilia Toussaint. Ya dijimos, al analizar Viaducto Piedad, que Elorza es un compositor especialmente dotado para la obra cerrada, oscura, de difícil interpretación. Pero en Sex Farderos la elipsis es realmente extrema, y Elorza logra reducir la rola a su mínima expresión semántica, prescindiendo de todo elemento superfluo, limitándose a los indicios puros. Así, más que elíptica, Sex Farderos ya es auténticamente una obra de arte abstracto, quizá (y repito, quizá, para no caer en debates inútiles) la primera canción del rock mexicano en llegar a ese punto. No obstante, creo posible una interpretación, porque a pesar de su abstraccionismo, Elorza otorga algunas pistas que permiten una determinada postura analítica. Y quisiera compartir mi análisis, mi interpretación, que obviamente y como ya dije, no es “la verdadera”.
Cuando analicé Polvo en los ojos de Real de Catorce expliqué (y apliqué) uno de los métodos de análisis más sencillos, el Método por lexías de Roland Barthes, que juzgué más conveniente para un blog de rock, no académico. Intentaré lo mismo con Sex Farderos. La primera lexía, del título, es sex, obviamente la palabra inglesa para sexo, pero no con el significado de género, sino referido a la sexualidad. Por ello, la lexía me permite aventurar que la canción posiblemente tendrá algo que ver con el sexo. Pero ya se verá. La segunda lexía, farderos, sugiere el sustantivo fardo, que significa básicamente bulto. Pero la experiencia me indica que suele usarse fardo para referirse no sólo al bulto real, hecho de objetos como ropa o papeles, sino también metafóricamente, para designar a una persona con la voluntad o la consciencia deformadas, ya sea por el alcohol, las drogas, la tristeza o la condición marginal, social o económica. Pero la lexía es farderos, no fardo. ¿Qué sería un fardero? En realidad es un neologismo, cuya desinencia sugiere algo así como quien manipula, usa, crea o hace fardos. Pero ambas lexías, sex y farderos forman un título, es decir, una unidad. Por lo tanto, podrían sugerir una sola idea. Sex está en inglés, pero farderos en español. Si uno asocia esto con un uso muy común en el rock mexicano (contexto y género al que pertenece la obra, así que es una asociación lógica), que toma el significado y sobre todo la función de la palabra en inglés, tendría que recordar títulos como el de la ya revisada Paria’s blues de Real de Catorce, que significa El blues del paria (en este caso de la paria), pero que se ha expresado de esa forma, para reafirmar su relación con el blues y el rock tradicionales, ritmos de origen anglosajón. Me atrevo a sugerir que Elorza puede estar haciendo algo similar, y por lo tanto, Sex Farderos querría decir algo así como quienes manipulan, usan, crean o hacen fardos, pero no cualquier fardo, sino fardos sexuales. Extraño, ¿no es verdad? Pero como sugiere el método, hay que dejar esa interpretación inicial sólo como posible, y avanzar a las otras lexías, a ver si el resto del texto reafirma, niega o modifica lo que hemos concluido. Así, en la primera línea nos da una nueva pista: Sex Farderos es una calle, es decir, un espacio urbano (no dice camino, sino calle), externo, para transitar. Y hay tres posibilidades: a) Sex Farderos es el nombre de la calle; b) es donde viven o transitan los farderos sexuales; o c) ambas, quizás una consecuencia de la otra, y expresado como metáfora. Pero para agilizar un poco el análisis, podemos añadir que en esta calle juegan viejos, y que esos juegos o esos viejos unen distintos elementos, de los que hay que buscar un campo semántico común. Y como aún sigue punzando la hipótesis del título, yo interpreto que esos viejos son los farderos sexuales, y que esos juegos son sexuales, ya que el campo semántico que encuentro es el de una habitación, que a ratos toma tintes de calabozo, de ruedo, y donde caben incluso los sueños. ¿Qué une el sexo, los viejos farderos, los fardos sexuales, los juegos, la habitación y los sueños? Concluyo que hablamos de una calle donde hay habitaciones para el sexo de los viejos, y que los fardos son, metafóricamente, las mujeres con las que se tiene sexo, a quienes se usa y manipula, como auténticos fardos. Es decir: Sex farderos es una calle de prostitutas. ¿La siguiente estrofa lo corroborará?
Primero, hay que decir que toda la segunda estrofa es una serie de vocativos, de llamados imperativos, a gritos. A alguien se le llama, para que vaya o venga “a la baranda”, que traiga “la muñeca”, y que sea en grupos, juntos. ¿A quiénes? El uso del vocativo “¡ese!”, reconocible para el mexicano, señala familiaridad, pero también un origen urbano, barriero. Y se dirige a un hombre primero, pero sugiere después un grupo de hombres. Concluyo: los viejos, los farderos. Es decir: los clientes de las prostitutas, las muñecas. ¿Por qué se les llama? Lo resuelve la tercera estrofa: porque se les avisa, eufóricamente, que llegaron las nenas, que son muy lindas, una “cual sandía” (¿fresca?, ¿colorada, acaso de las mejillas o los labios?) y otra que, o llega en compañía de su madre (¿matrona?), o quizá se cuenta que se fue de regreso hacia donde su madre está (¿escapando de este mundo sórdido?). José Elorza lo deja abierto, no da más pistas. Pero me parece que, por todos estos indicios, y siguiendo el método de Barthes, la canción retrata, muy oscuramente —acorde con su sordidez—, una callejuela urbana, perdida, de prostitutas, y/o que posee un burdel, donde los hombres (creo que llamados viejos no por mera edad), uno tras otro, sin pausa, “de sol a sol”, sin escape, viven su sexualidad marginal, decadente, que usa a las mujeres como fardos, despojos humanos, “muñecas” de placer vacío y limitadísimo, fugaz, miserable, “nenas” de la agonía y la derrota más absolutas, pues la única alegría es la paupérrima novedad de la llegada de prostitutas nuevas al burdel o a la calle, y todos se agolpan al llamado del que avisa, para ser testigos del mínimo movimiento que alcanza a esas vidas sin escape. He ahí mi interpretación. Bienvenidas todas las que existan.
De esta manera, José Elorza nos entrega una letra muy enigmática, tenebrosa, donde los indicios sugieren lo mínimo posible. Pero no cabe duda que esa elección límite requiere un cuidado enorme, un trabajo de eliminación seguramente extenuante, que marca un gran oficio, pues en general el error del principiante es querer decirlo todo, expresar y expresar, para estar en el texto, pues aún no ha aprendido que el mérito es no notar al autor. Evidentemente, Elorza no ejerce crítica obvia, pronunciamiento moral ni sermón fácil. Sólo muestra, con un dejo irónico, para que el escucha reflexione y llegue a sus propias emociones y juicios ante lo descrito. El gran trabajo formal de Sex Farderos se centra en la elección precisa de esos elementos mínimos, que contengan una gran carga connotativa, y al mismo tiempo la denotativa menor posible, y sin que se repitan los recursos estilísticos. Así, el tono críptico, pero al fin narrativo, solemne y con narrador omnisciente de la primera estrofa (pero que se rompe al usar “hermano” y se revela como discreto narrador personaje) no tiene nada que ver con el estilo de la segunda, en la que acude a la figura retórica de conversión con el vocativo “¡ese!”, al léxico familiar y marginal urbano, y al narrador personaje pleno. Como podemos ver, limitar el lenguaje y eliminar elementos es en realidad la consecuencia de un elaboradísimo trabajo estilístico y poético, y el abstraccionismo literario de Sex Farderos muestra la gran capacidad creativa de José Elorza. Una letra única, brillante, y como podemos ver si logramos encontrar su significado escondido, muy profunda, fuerte, durísima y emocional.
Al igual que en Viaducto Piedad, Cecilia Toussaint interpreta magistralmente Sex Farderos, con una energía impactante. Ya dijimos que su fuerte es la potencia, la garra. Aquí el arreglo es impecable e intenso. La figura de guitarra eléctrica rítmica que sostiene toda la pieza (y que recuerda la de la ya revisada Corazón de cacto del otro gran compositor de Cecilia: Jaime López) es densa, ácida, de un hard rock poderoso. Y una vez más, el solo de requinto de José Luis Domínguez es desgarrador, alucinante, con un pedal distorsionador muy bien ecualizado, preciso.
De esta manera, Sex Farderos es una gran pieza, una obra cumbre del rock mexicano más vanguardista y atrevido. Una rola límite, que representa el verdadero desafío del arte contemporáneo.