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viernes, 4 de junio de 2010

98. PARIA'S BLUES

Letra: José Cruz.
Música: Real de Catorce.
Intérprete: Real de Catorce.
Disco: Real de Catorce.



En una de las calles
más lejanas del sueño
—la más confusa y apagada—,
donde las sombras se erizan
y los miedos se palpan,
hay un rincón de café.

Sorbiendo a tragos el olvido,
trazando penas de papel,
borrando nombres y apellidos,
está un cadáver de mujer.

Bailando con fantasmas
vestidos de negro,
vendiendo el sexo a placer,
fumando la absurda
tonada de un necio,
rompiendo bocas de un revés.

Tejiendo —muerta— telarañas,
guardando lutos por hacer,
odiando el llanto de una virgen,
está un cadáver de mujer.

Tejiendo —muerta— telarañas,
guardando lutos por hacer,
odiando el llanto de una virgen,
está un cadáver de mujer.

Con más de un siglo después…


José Cruz, sin duda el armoniquero más impactante de la historia del rock mexicano, pero también gran cantante, guitarrista y compositor, ha vuelto una y otra vez sobre el tema de esta canción: el arrabal y sus criaturas. Como una especie de actualización rocanrolera del Agustín Lara de Aventurera o Los Panchos de Amor de la calle y Perdida, Real de Catorce nos introduce en la luz roja, la madrugada humeante y los despojos del lupanar y sus callejones, verdaderos nidos de parias, como la mujer de este blues desgarrado. Despojo humano, derrota con medias raídas, tos seca de cigarrillo y bilé corrido, todo eso es este “cadáver de mujer”. No le queda nada, y justo por eso hay que cantarle, que trovarle metáforas osadas como manos bajo la falda, porque José Cruz nos hace ver la nueva Dulcinea que se esconde tras esa nueva Aldonza pintarrajeada de rímel y agonía. Porque no es tan diferente a nosotros, que de una manera u otra, somos también despojos de nuestro tiempo.
La música de esta rola es uno de los blueses más clásicos y deliciosos de la historia del rock mexicano, con sus urgentes solos de guitarra y armónica, que son un auténtico alivio para el alma. Y la voz de José Cruz muestra un inmejorable nivel, un gran control del vibrato y los juegos de los cambios tonales, que hacen de Paria’s blues una obra cumbre de este género, generalmente fallido en México, pero con excepciones tan honrosas como esta canción, a la altura del mejor blues negro clásico.

jueves, 27 de mayo de 2010

57. PAGO MI RENTA CON UN POCO DE BLUES

Letra y música: José Cruz.
Intérprete: Real de Catorce.
Disco: Voces interiores.



Pago mi renta con un poco de blues.
Navío de noche trae el amor a mis brazos.
Suena el piano sobre tablas de nogal.
El bar se esfuma en dos compases.
Música de antiguos amigos anclados al mundo por un trago de ron.
Pago mi renta con un poco de blues.
Derrumbada en mi cama,
tu marea de carne es eterna,
hada alcohólica bañada por la luna de tus treinta y tres.
Tus rasguños en mi rostro son palabras de un poema limpio,
limpio como el cielo de tus ojos.
Pago mi renta con monedas de mi alma abaratada,
de mi alma recargada en los muros de un sueño,
de mi alma de música hambrienta,
perdida en el corazón de taciturnos bebedores,
de mi alma encarnada en un polvoso escenario.
Amor, debemos cruzar los puentes ardiendo,
las negras ciudades selladas con nuestros dulces espíritus,
ansiando la paz de otro mundo,
reunidos en la antesala del infierno,
¡fumando y riéndonos!,
¡fumando y riéndonos!,
pisando colillas de entusiasmo,
amor, tú y yo intensos,
¡nos hemos desgarrado por un poco de blues!

¡No dejamos nada al Señor!
¡No dejamos nada al Señor!
¡No dejamos nada al Señor!
¡No dejamos nada al Señor!

¡No dejamos!, ¡no dejamos!, ¡no dejamos!, ¡no dejamos!,
¡no dejamos!, ¡no dejamos!, ¡no dejamos!, ¡no dejamos!,
¡no dejamos!, ¡no dejamos!, ¡no dejamos!, ¡no!

¡No dejamos nada al Señor!
¡No dejamos nada al Señor!

¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!,
¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!


Real de Catorce no sólo es el mejor grupo de blues en México: me parece que es el único realmente bueno, pues, para ser sincero, creo que en general los grupos nacionales de este género dejan mucho que desear (hablo de grupos, no de solistas, porque ahí sí que se destacan grandes intérpretes, como Betsy Pecanins y Nina Galindo). Si bien el grupo ha explorado otros terrenos, como la balada-rock en Polvo en los ojos, el boogie en Pájaro loco, el rock’n’roll en Halcón, y hasta un malogrado rap en Voces interiores, lo que más los distingue es el blues clásico, pero enriquecido con búsquedas renovadoras, como la ya analizada Paria’s blues, La medicina o su gran éxito Azul (un blues en tono menor). Otro ejemplo de ello es Pago mi renta con un poco de blues. En este caso, se trata más bien de un poema recitado sobre un blues desgarrador en tono menor. La letra es un regodeo sobre las condiciones adversas de la vida de un bluesman urbano mexicano, en realidad una especie muy poco común, pero al fin y al cabo el arte se permite toda ficción. José Cruz suele hacer canciones con cierta mitología personal, llena de personajes, situaciones y objetos un tanto exóticos, como “cigarrillos morados traídos de la vieja Persia”, “cálidas carnes de una mujer fenicia” o “piano sobre tablas de nogal”. Hay mucho de exageración en esto, pero cada elemento no es más que un pretexto retórico, poético, literario, al estilo del Modernismo de Rubén Darío, Gutiérrez Nájera, el Martí más experimental o Valle-Inclán (José Cruz mismo parece un Marqués de Bradomín actualizado). Sólo que en lugar de hadas, cisnes y mujeres indígenas despampanantes, la mitología exótica de Cruz es maldita, oscura, de lupanar, de billar, de piojoso escenario, callejón y zona prohibida. Se ha señalado la gran influencia de los poetas malditos, como Artaud, Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire y aun Bukowski en sus letras. Me parece que, como en todo gran artista, hay una mezcla de estas y seguramente muchas otras influencias.
En Pago mi renta con un poco de blues, a la manera de Hambre de Knut Hamsun, Real de Catorce desglosa la miseria, la vida marginal del artista, en este caso del músico de blues, su inadaptación, su vida de paria rodeado de amigos parias, mujeres parias, vidas de parias, desgarrándose noche a noche en un solo de armónica, en una guitarra eléctrica desvencijada, entre humo, sudor, medias corridas, bilé, licor barato. Las canciones sobre el mismo tema abundan en sus discos, pero cada una recurre a formas diferentes. En este caso, una declamación insólita, muy cargada, casi raída de melancolía. Que toda la pieza se desenrede bajo ese recurso resulta muy novedoso, casi refrescante, de no ser porque ese adjetivo es casi lumínico al lado del contenido de la canción. Más bien habría que decir que su atmósfera densa, espesa y doliente es el gran mérito de esta rola.
Pero todo esto no podría ser así sin la melodía, sin este arreglo sin par, basado en una figura de armónica extraordinaria, tocada como sólo José Cruz ha logrado en el rock mexicano. Cruz ha llevado el instrumento, generalmente limitado, elemental, a extremos insospechados. Muy pocas veces la armónica ha sido el instrumento que lleva el peso de una melodía fija y compleja como en Pago mi renta con un poco de blues; generalmente ese privilegio lo tiene la guitarra eléctrica o el sax. Y en tono menor, bastante más difícil para las limitaciones melódicas del instrumento, menos. Es realmente un hallazgo, un privilegio escuchar una ejecución tan brillante, tan limpia, tan impactante. José Cruz demuestra que la armónica de blues (no las enormes y con botón, que sí poseen todas las notas) puede equipararse al sax o a la guitarra misma si se sabe tocar bien, si se le sabe sacar todo su potencial. Estamos ante una de las mejores piezas de blues jamás grabadas en México. La atmósfera que ese solo crea no tiene competencia en la historia del rock nacional. Por si fuera poco, los solos de guitarra y bajo enriquecen aún más la canción, y ese crescendo del “¡sí!” en la voz final lleva a un clímax, que luego desemboca en la catarsis plena del solo de armónica nuevamente.
Esta rola es deleite puro, rotura de alma, desgarro, y después exhalación de alivio. Una genialidad.

miércoles, 26 de mayo de 2010

54. AL ROJO DE LA TARDE

Letra y música: José Cruz.
Intérprete: Real de Catorce.
Disco: Tiempos obscuros.



Al rojo de la tarde,
se eleva una silueta,
murmura una tonada.
La llave está en la puerta.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.

De notas desgarradas,
su sangre lleva ríos,
el llanto se le escurre,
sus manos son de vidrio.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.

El moño azul
de un gato viejo
le prende al pecho algún recuerdo.
Rueda profundo,
tocando un solo.
Le pinta el pelo un muerto sol.

La noche se amortigua
al tibio de su cuerpo,
se hiela su cintura,
la música huye lejos.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.

El moño azul
de un gato viejo
le prende al pecho algún recuerdo.
Rueda profundo,
tocando un solo.
Le pinta el pelo un muerto sol.

Al rojo de la tarde,
se eleva una silueta,
murmura una tonada.
La llave está en la puerta.
Sentada y casi a oscuras,
tocando el piano
hasta el final.


En Al rojo de la tarde, Real de Catorce nos regala una balada-rock deliciosa. La letra es casi una estampa, una instantánea de una mujer vespertina sacando toda su pena mientras toca en el piano alguna canción dolorosa. Mientras busca el olvido, que es lo único imposible, según Jorge Luis Borges. La letra es tan delicada, con unas pretensiones tan cercanas, tan íntimas, que resulta de una calidez enormemente disfrutable. Aquí no se busca agotar la psicología de la protagonista, ni explorar sus recovecos emocionales. La intención es sentir su pena, compartirla, o mejor aún: que esa pena nos resulte tan familiar, tan nuestra, que el alivio lo sintamos nosotros, ya que la protagonista no lo tiene al alcance. En ese sentido, pese a que no se trata de ninguna manera de una canción optimista —al contrario—, sí se diferencia del estilo común del blues de Real de Catorce. Eso no quiere decir que no existan más ejemplos así en su obra: pienso en Malo, Sostente de pie o Toca un rock’n’roll, canciones que, ya sea por la ironía o un dejo de esperanza, se van más por la línea del regocijo. Al rojo de la tarde parece concentrarse, sin decirlo, en el alivio que esa canción al piano dejará al final en la protagonista. ¿Por qué lo digo?, porque la música no conserva ese tono lóbrego.
La música de Al rojo de la tarde incluso posee ciertas líneas melódicas del número de cabaret, sólo que el arreglo eléctrico impide notarlo. Su parentesco más evidente se da con cierto rock’n’roll de los cincuentas y sesentas, al estilo de When a man loves a woman de Percy Sledge, ciertas canciones de Temptations y Jimmy Ruffin, y de manera más reciente, Oh, Darling de los Beatles. Obviamente, la esencia bluesera y rockera más moderna de Real de Catorce hace que de esas influencias no queden sino pálidas reminiscencias, en algunas armonías. Como sea, la melodía de Al rojo de la tarde es mucho más cálida que melancólica, o quizá se trate de una melancolía más liviana, menos dramática. Aunque esto pareciera indicar una incongruencia entre letra y música, en realidad se traduce en un espíritu catártico, que al final define a la canción. El solo de guitarra de la introducción, a cargo del desaparecido José Iglesias —sin duda uno de los mejores guitarristas de la historia del rock mexicano—, se ha convertido en un clásico. La voz de José Cruz, inexplicablemente cuestionada por algunos críticos, aquí alcanza uno de sus niveles más altos, arropada por los estupendos coros de la invitada Baby Bátiz. Un sólido solo de teclado intermedio apuntala la fuerza de la rola (aunque yo hubiera preferido un piano clásico), y la intensidad vocal del final remata la gratísima sensación de catarsis ya mencionada.
De esta manera, Al rojo de la tarde es una canción de melancolía deliciosa. ¿Contradicción? Los masoquistas del alma lo entenderán...

lunes, 24 de mayo de 2010

44. POLVO EN LOS OJOS

Letra: José Cruz.
Música e intérprete: Real de Catorce.
Disco: Mis amigos muertos.



¿Fue el amor, o polvo en los ojos?
Esa noche yo no hacía nada,
volaba hablando con las nubes blancas,
en los linderos de una luna más.

Numeré las estrellas nuevas;
no noté que una se apagaba.

Dime que te amó la noche,
que no dudaste ni dos minutos,
que no estaba el agua helada,
que reíste para ti,
que una flor siguió tu sombra,
que soñaste cuando niña,
que nadabas y flotabas,
que llegaste a salvo al fin.

¿Fue vivir a mil por hora,
o esa forma de cruzar el fuego?
Dejaste cartas y nudos de nostalgia.
Pienso en tu alma corriendo calle abajo.

Numeré las estrellas nuevas;
no noté que una se apagaba.

Dime que te amó la noche,
que no dudaste ni dos minutos,
que no estaba el agua helada,
que reíste para ti,
que una flor siguió tu sombra,
que soñaste cuando niña,
que nadabas y flotabas,
que llegaste a salvo al fin.

Vida mía,
¿qué día es hoy?
Ando solo, mudo y triste,
recordando
tu luz.

Vida mía,
¿qué día es hoy?
Ando solo, mudo y triste,
recordando
tu luz.

Vida mía…


En cine, existe el género del falso documental o mockumentary; es decir, una ficción que se presenta como documental, para obtener veracidad, humor o simplemente para jugar con sus posibilidades. Quizá el más logrado es Zelig de Woody Allen. Bueno, pues también en el rock se ha creado algo similar: la falsa balada, la falsa canción de amor o la falsa canción dulce. El ejemplo clásico es Hotel California de Eagles, una canción sobre el infierno, que más de algún despistado, por estar en inglés, cree que es de amor. En la Nueva Trova Cubana, está el caso de Por quien merece amor de Silvio Rodríguez, una canción de tema totalmente político (la defensa de la ayuda cubana a El Salvador y otros países centroamericanos, para buscar su liberación, dirigida a los Estados Unidos), que también se malinterpreta frecuentemente. En realidad, a diferencia del falso documental cinematográfico (aunque no siempre), en las canciones uno nunca sabe si el autor tiene esa intención, la de jugar con el escucha, o si simplemente ocurre. Los recursos para lograr esto son varios. Los más usuales son, por un lado, hacer que no concuerden la letra y la música (por ejemplo, una música de balada tradicional, pero una letra oscura, maldita), que es el caso de Hotel California. Otro es utilizar el final sorpresivo, que rompe con lo que se ha venido tratando. Como ya dijimos, Eclipse de Pink Floyd sería el mejor ejemplo. Uno más es la ambigüedad, al sostener una alegoría, dando sólo claves oscuras del sentido real de la letra. Este es el caso de Por quien merece amor.
Polvo en los ojos de Real de Catorce corresponde a este último tipo de balada falsa, aunque también posee características del primer ejemplo, la no concordancia entre letra oscura y música suave. Cuando uno escucha por vez primera cualquier canción, se queda con el conjunto, con la suma de la letra, la música y la interpretación vocal. Pero los que ya tenemos la deformación profesional del análisis inmediato, pronto aislamos los elementos, para valorarlos uno a uno. La primera vez que escuché Polvo en los ojos fue en radio, recién salida; y con la grabadora encendida, la obtuve, antes de tener el disco. Debido a esta deformación profesional, la analicé de inmediato, siguiendo el método de análisis literario más básico: el Método por lexías de Roland Barthes, es decir, tomar cada lexía, cada unidad mínima con significado literario, para comprender mejor el fondo primero, y así poder analizar la forma enseguida. Noté que había un campo semántico principal, con los siguientes elementos: “agua helada”, “nadabas”, “flotabas”. Después, otro campo semántico: “una (estrella) se apagaba”, “dime que llegaste a salvo al fin”, “dejaste cartas y nudos de nostalgia” y “ando solo, mudo y triste, recordando tu luz”. Así, concluí que el segundo campo semántico se refería a la pena por una mujer (“soñaste cuando niña”) que se fue, que se ha perdido. Releyendo la letra, añadí: se fue porque está muerta. ¿Cómo se relaciona esto con el otro campo semántico, que habla de agua, de nadar y flotar? Concluí: murió ahogada. Esto, más las otras lexías de la canción me llevaron a interpretar que la rola habla de una mujer que murió ahogada. Pero faltaba algo: el motivo. ¿Accidente, asesinato o suicidio? Había que releer, para buscar una lexía o un campo semántico que lo explicara, o para concluir que el autor decidió no incluir el motivo, una posibilidad muy válida, como ya vimos en Si tuviera un corazón de Arturo Meza. Pero encontré un campo semántico: “¿fue el amor, o polvo en los ojos?”, “¿fue vivir a mil por hora, o esa forma de cruzar el fuego?”, “dime (...) que no dudaste ni dos minutos (...) que reíste para ti”, “que soñaste cuando niña”. Así, uniendo estos elementos queda claro: en las primeras dos lexías, el autor se pregunta por qué lo hizo, qué la llevó a hacerlo. Eso sólo puede preguntárselo si se trata de suicidio. Después, en el resto de las lexías hay un deseo de que haya sido con la suficiente convicción, y que la decisión no haya sido tan dolorosa, tan amarga, incluso apoyada en el recuerdo de los momentos felices de la infancia. Esto también reafirma la idea de suicidio. Bajo todo este análisis, mi interpretación se amplió: se trata de una canción para una mujer que se suicidó, ahogándose. Como la música es una balada, melancólica, pero al fin suave, dulce, se contradecía un poco con una letra tan trágica, así que dejé abierta la posibilidad de que me hubiera equivocado en mis conclusiones.
Luego de unos meses, al fin obtuve el disco Mis amigos muertos. Al leer el sobre del LP para revisar las letras vi que Real de Catorce incluía un epígrafe en Polvo en los ojos, que obviamente no está al alcance del que sólo oye la canción, que dice: “mujer desconocida se suicidó arrojándose al cauce de un río. No se encontraron rastros de violencia…”. Más allá del lógico y casi inevitable orgullo ególatra de comprobar la eficacia de mi interpretación, me alegró saber lo acertado del método de Roland Barthes, porque así su aplicación me permitiría comprender mejor las canciones complejas, que requieren un esfuerzo de esa naturaleza. Eso me ha permitido valorar el manejo formal, estilístico, literario de los buenos compositores del rock mexicano.
Además de confirmar mi interpretación, el epígrafe del disco me permitió saber que la mujer era desconocida, y que, por lo tanto, sólo inspiró la canción, y que no se trataba de una vivencia directa. Pero eso no tiene importancia en realidad. Lo qué sí importa es que comprobé que la suavidad de la música de Polvo en los ojos, que incluye un dúo de guitarras eléctricas de una tibieza magistral, se explica si uno la entiende como balada falsa. Pero nunca se trata de falsedad completa: el sentimiento de ternura hacia la mujer suicida es totalmente sincero, porque en realidad esa mujer representa todo dolor humano extremo. Así, José Cruz se conmueve con el destino trágico de la mujer que, además, nadie reconoció; y al conmoverse, nos conmueve a nosotros, porque conocemos la experiencia del dolor. De esta manera, Polvo en los ojos tiene toques de balada falsa porque su maravilloso estilo poético logra una elipsis impecable, que enriquece su nivel literario, y eso provoca una sorpresa cuando entendemos su sentido real trágico en medio de una música tan dulce. Pero son sólo toques de balada falsa, porque ese dolor, narrado con figuras retóricas de tal delicadeza, sí conmueve profundamente, y al final sí hay coherencia con la sutileza de la melodía y del arreglo.
Sin duda alguna, Polvo en los ojos es una de las letras más hermosas de José Cruz, y, además, una de las cumbres de su nivel poético.

viernes, 21 de mayo de 2010

33. SOLEDAD Y SOL

Letra: José Cruz.
Música e intérprete: Real de Catorce.
Disco: Real de Catorce.



El cuerpo envuelto,
en periódico envuelto,
alcohol y lluvia,
soledad y sol,
soledad y sol.

Calles, patios sucios,
antenas, perros,
bruma de las 7:00
en un día gris.
Es un día gris.

Hay que caminar
cuatro horas más
bajo esta espada
de metal.
Los niños fuman
el viento aural.
Julia rompe un vaso,
cambia el canal,
abre sus venas,
le brota el mar.

Un auto hierve
en su reflejo,
los ojos flacos,
de mí, de yo, de mí, de yo, de mí.
Los edificios
andan despacio.
En el 500
vive Dios
con su mujer.
Baldía nación;
se te derriten
todos tus muchachos,
todos tus borrachos,
todos tus muchachos
en un rincón.


Si antes mencionamos lo escasas que son las canciones optimistas en el rock mexicano, sin duda alguna Soledad y sol de Real de Catorce representa el extremo opuesto, el máximo pesimismo. Los personajes marginales, olvidados, perdidos en su soledad y miseria, se pasean una y otra vez por las canciones de José Cruz, como ya vimos al analizar Polvo en los ojos y Paria’s blues. Pero en Soledad y sol vemos el punto cumbre de esta visión oscura, en la descripción de la mujer derrotada, suicida. El suicidio no ha sido aceptado casi por ninguna doctrina religiosa o postura filosófica. Sólo el Nihilismo, sobre todo de Schopenhauer y Heidegger, lo asume como posibilidad válida. El arte romántico sí que lo trató con amplitud, como ya vimos al hablar del Werther de Goethe, la obra cumbre sobre el tema. Los libros El suicidio, un estudio sociológico de Emile Durkheim y el famosísimo El dios salvaje de Al Alvarez (donde se analizan suicidios de personajes célebres, como Sylvia Plath y Antonin Artaud) son muy buenas referencias si se quiere profundizar en la revisión histórica del asunto. En la historia del rock, el suicidio se ha abordado poco. Se pueden citar Yer blues de los Beatles, de sutileza exquisita Ballad of a thin man de Bob Dylan (que se menciona en Yer blues), de forma indirecta The final cut de Pink Floyd, el final de la ópera-rock Quadrophenia de The Who, y de manera más reciente, toda la línea del rock gótico, dark y grunge. Pero no se ha explorado demasiado en el rock mexicano. Las excepciones son la revisada Mírame desaparecer de Roberto Ponce, La última lágrima y Quiero huir de Lucerna Diogenis, Para un compa de Arturo Meza, Nos queremos morir de Santa Sabina de manera mucho más pop, y alguna que otra más. Pero Real de Catorce lo ha hecho en varias ocasiones, como en la rola Con el alma borracha y las canciones ya mencionadas.
En Soledad y sol, Real de Catorce se aproxima al suicidio de otra manera, pues lo ubica como una reacción provocada por las condiciones sociales del país, que dejan a los seres marginales sin opciones, sin más salida que el alcohol, la droga, y finalmente, el suicidio. Pero toda esta carga temática, pesada y patética, no deforma el sentido poético de la letra; al contrario, se vuelve la vía, el detonante que desata la búsqueda estilística. José Cruz suelta algunos elementos escogidos, que permiten echar un vistazo, sólo entrever las condiciones del día final de Julia, la suicida. Un día deforme, asfixiante, porque más que el exterior, es el día interno, poblado de asperezas y enemigos, ajenos, extraños que sólo pasean su olvido, su indiferencia, cómplices de un país asesino, porque todo suicidio en realidad es un asesinato social, según la tesis de José Cruz. Y no importa si se comparte o no su postura; la sensibilidad ante el dolor ajeno que muestra Soledad y sol, junto con su riqueza expresiva y artística, bastan para darle su justo valor. En todo caso, toda la sutileza que muestra la canción a lo largo de casi todas sus líneas se rompe en las últimas, como si finalmente se impusiera la desesperación ante esa fractura expuesta, terrible del personaje, y eso nos la hace más próxima, más semejante.
La música de Soledad y sol es de rock clásico, pero con el detalle del cambio de tono que va adquiriendo, siempre en aumento, con cada cambio de estrofas; un recurso original y de gran riqueza melódica, que rompe cualquier monotonía. El arpegio de guitarra eléctrica sola y limpia en la introducción, sin efectos, apenas acompañada del muy discreto adorno de otra guitarra, es de una delicadeza magnífica. La melodía parece arropar cálidamente la voz grave de José Cruz. Pero de pronto la música revienta, muy intensamente, energética, y la voz de Cruz se eleva una octava completa. Este cambio simula la agitación anímica del personaje central de la letra, del dolor apretado a la decisión final desesperada. Al final, el impecable y efervescente solo de guitarra del desaparecido José Iglesias se lleva la melodía como una avalancha aguda y desgarrada.
De esta manera, amargura y poesía se desenvuelven a la par, y Soledad y sol alcanza una intensidad profundamente emocional, que ejemplifica la verdadera solidaridad (antes que el malnacido Salinas de Gortari echara a perder para siempre la palabra en México) ante el inigualable dolor del prójimo perdido, destrozado.

jueves, 20 de mayo de 2010

30. UN MEDIODÍA TRISTE

Letra: José Cruz.
Música: José Cruz y Fernando Ábrego.
Intérprete: Real de Catorce.
Disco: Tiempos obscuros.



“Un mediodía triste, viendo el lomo gris del metro
aplanando la banqueta,
mientras derrite el asfalto un sol blanco y voraz”.

“Pasan los delfines como almas en pena,
consortes de la muerte que se sube al mundo sin pagar boleto.
El viento aúlla canciones flacas.
Gente hay una peste, como esperando a Cristo.
Cristo está sentado seguramente
en la tercera fila de un burlesque”.

Hay un bar pequeño,
con la esquina verde,
afuera dormita un organillero.
Tiene espesas cejas
y babea alcohol:
lo cubre la sombra de un ángel bluesero.

Poco movimiento,
es temprana hora.
La ciudad no muestra su cara granosa,
supurante y roja,
sus pelos al pecho,
ni su carne floja.

“La tarde se sienta en el centro viejo,
se baja las medias corridas y sucias,
menea sus pestañas de mujer nocturna
y deja caer la noche al abrir las piernas”.

“Podrías morir de una enfermedad que usa placa y corriente eléctrica,
o sumergido en una plácida niebla de opio,
o montado en las cálidas carnes de una mujer fenicia.
Podrías morir un día cualquiera,
la hora poco importa,
¡son tiempos obscuros,
escucha atento a las sirenas!”.

De una madriguera
surge la pandilla,
por usar espuelas todos son buscados.
Como la marea
de un mar iracundo,
van cubriendo tramos de calles ajenas.
Embarran los muros
de pintura roja;
hay una emoción que fricciona el aire.
Aún no crecen flores en el pavimento.
La ciudad se ha vuelto una novia amarga.

Tengo tres preguntas,
responda el primero:
¿quién mató la noche?,
¿quién abrió la puerta?,
¿descifró este sueño
y se ocultó en el alba?

Ya mencionamos la mitología del arrabal que emplea José Cruz, figura principal de Real de Catorce, con referencias exóticas y poéticas. Quizá Cruz ha sido el único rockstar mexicano auténtico, galán, maldito y talentoso, como una mezcla de Byron y Rimbaud con Jim Morrison y Bono de U2 (sin la carga comercial de este último, y totalmente tirado al blues, sin dejar de explorar otros ritmos, como ya mencionamos). Pero si hay muchas canciones donde se mira este exotismo maldito, sin duda la más representativa, la más extrema, es Un mediodía triste. Aquí, esa mitología se muestra en su expresión máxima, al estilo de Una temporada en el infierno de Rimbaud, Los cantos de Maldoror de Lautrèamont o Las flores del mal de Baudelaire, y aun las Narraciones extraordinarias de Poe. Por Un mediodía triste resuenan la blasfemia, la alegoría sexual cruda, los seres marginales, la ciudad perdida, comparaciones y metáforas ácidas, alternando canto y recitación, para cerrar todo con las desgarradas interrogaciones retóricas de la estrofa final. Un auténtico resumen y testamento de la obra de Real de Catorce y de José Cruz, ahora caído en lamentable desgracia de salud. Una rola muy intensa, ambiciosa, pese a que su melodía es un círculo en tono menor, más o menos simple, muy bluesero. Una postal del lado oscuro, nocturno, oculto capitalino, y sus criaturas olvidadas, miserables. En este caso el exceso es asumido, intencional, porque la ciudad misma lo es: su caos, su falta de límites, su impunidad, su muerte a la vuelta de la esquina. Cada línea nos devuelve esa realidad que omiten los discursos oficiales. Un mediodía triste es una ciudad perdida, un suburbio, una favela. La más clara demostración de que la Ciudad de México lastima, duele en el alma.
Como ya dijimos, la música se basa en un círculo en tono menor. Pero Real de Catorce experimenta, juega con él: lo vuelve lento, lo acelera, introduce una guitarra distorsionada, rechinante, agudísima, unos teclados intensos y reafirmantes, con sonido de metales y cuerdas, y un solo de saxofón sensual, de arrabal, pero desgarrado. Por su parte, la voz de José Cruz también explora, pasea, se desgañita en un grito o se vuelve casi ronroneo en su lamento, en su caída emocional.
Sin duda en Un mediodía triste Real de Catorce se explaya, se arriesga al máximo. Quizás a algunos les irriten sus excesos, pero resulta imposible no admirar el esfuerzo de alcanzar la canción total, límite, tanto en su ambición poética, como en la variedad de su arreglo.